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Notas de Opinión

CFK saca a la cancha a su candidato preferido para el 2023

La movida para instalar a Wado de Pedro como candidato a presidente o a gobernador es un globo de ensayo que impulsan Cristina y Máximo Kirchner. Es una apuesta a tratar de poner en la cancha un dirigente que no mida tan mal como la mayoría de la primera línea del Frente de Todos

Columna publicada originalmente en MDZOL.com

En medio del silencio de Cristina Fernández de Kirchner luego de la renuncia de Máximo a la presidencia del bloque de diputados del Frente de Todos comienza a emerger Eduardo “Wado” de Pedro como figura de recambio para el 2023. La mayoría de las fuentes consultadas por MDZ coinciden en afirmar que la vicepresidenta pone en la cancha al principal aliado de su hijo especulando al mismo tiempo con ser candidato a presidente o a gobernador de la provincia de Buenos Aires.

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“Las señales son deliberadamente confusas, Wado se mostró activo en los últimos días visitando a gobernadores del PJ y además se empieza a mover territorialmente en Buenos Aires”, comenta una fuente oficialista. Son varios los intendentes del Gran Buenos Aires que comentan haber recibido llamados de la vice para habilitarle acciones y recorridas en sus distritos al ministro del Interior. “Lo empieza a instalar como un jugador polifuncional ante el fracaso de Axel Kicillof y las malas mediciones de Máximo”, agrega un diputado del Frente de Todos.

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“Wado tiene un par de activos que lo ponen en carrera, lo conocen pocos y no mide mal”, comenta un encuestador con buenos contactos con el oficialismo. Tal como venimos anticipando en MDZ, toda la primera línea del FdT tiene mucha más imagen negativa que positiva, sobre todo el jefe de La Cámpora que era la gran apuesta de Cristina para las próximas elecciones presidenciales. Y además ella está absolutamente decepcionada con el actual gobernador de Buenos Aires, quien no sólo perdió el poder, sino que aparentemente no tendría chances de aspirar a un nuevo mandato.

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Luego de las elecciones legislativas todo el peronismo bonaerense se empezaba a encolumnar con el ascendente jefe de Gabinete, Martín Insaurralde como el candidato a la sucesión de Kicillof, el sueño del regreso de un intendente a La Plata después de tantos años de experimentos. “Máximo se sigue mostrando cerca de Martín y parece jugar al proyecto presidencial de su amigo Wado para generar un recambio generacional en los dos cargos más estratégicos en términos institucionales”, dice un jefe comunal de la Tercera Sección Electoral.

La sensación que se percibe en gran parte del oficialismo es que la movida de Wado es un globo de ensayo que apunta a instalarlo en primera instancia y luego se verá donde lo ponen. “Todavía no está definido, ni siquiera se sabe si va a terminar siendo candidato a algún cargo”, agrega un vocero de la Casa Rosada, en cuyas oficinas más importantes no es muy popular. En el entorno del presidente Alberto Fernández no lo quieren y suelen mofarse diciendo que “recorre los pasillos como un fantasma”.

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Pero lo concreto es que el ministro del Interior se ha mostrado muy activo y mediático en los últimos tiempos. Trata de presentarse como más moderado que su jefa y su socio Máximo. Desde su entorno pretenden instalar que no estuvo “para nada de acuerdo” con la renuncia de su amigo a la bancada de diputados del oficialismo. También intentan “humanizarlo” haciendo trascender las razones por las cuales siempre tuvo dificultad para el habla. Todo apunta a presentar un referente K que no mida tan mal. No será fácil pero falta una eternidad.

Notas de Opinión

Camino a una tragedia

El Gobierno toma todas las decisiones se acuerdo a lo que ha ocurrido en el pasado y no en virtud de lo que desean que ocurra en el futuro

Columna publicada originalmente en Infobae

Los planes económicos no parecen ser prioridad uno en el Gobierno: lo han demostrado durante los tres años de gestión. La dinámica diaria logró llevarse por delante cualquier intento (si es que lo hubo) de implementar un programa económico de mediano plazo y largo plazo.

Incluso allá por el año 2020 el propio Presidente de la Nación, Alberto Fernández, ya había delatado su negligencia: confesó no creer en los planes económicos. Los resultados están a la vista.

Las acciones de gobierno en materia económica parecen solo ser algo temporal. El Gobierno toma todas las decisiones se acuerdo a lo que ha ocurrido en el pasado y no en virtud de lo que desean que ocurra en el futuro.

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Hoy ese plan cortoplacista se llama “dólar soja”. Este esquema cambiario ocupará buena parte de las noticias económicas durante Diciembre, no por ser algo precisamente algo novedoso: ya estamos transitando su tercera versión.

La primera estuvo ejecutada por la ex Ministro de Economía Silvina Batakis –la que resultó en un rotundo fracaso– y luego su versión mejorada operó en septiembre último, la que ha logrado que se liquiden cerca de 8.000 millones de dólares provenientes del sector sojero. Hoy parece no haber más plan que este.

Suena iluso creer que la inflación va a poder derrumbarse hasta un 3% mensual en el corto plazo (al menos de manera consistente y perdurable en el tiempo). Solo en diciembre los combustibles aumentarán un 4%, los planes de medicina prepaga un 6,9%, el transporte público un 40%, los colegios privados de la Ciudad de Buenos Aires un 14,5% (los de Provincia de Buenos Aires un 10%), el personal doméstico un 9% y los quienes tengan la desdicha de ser inquilinos en este momento ajustarán sus valores en torno al 80%.

Además de estos aumentos preanunciados, la propia dinámica inflacionaria y las expectativas en lo que viene no colaboran en explicar cómo logrará el gobierno bajar la inflación de manera contundente.

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El programa “Precios justos” no es más que un intento de repetir fracasos conocidos que tampoco colaborará demasiado en los deseos del Ministro Massa.

El nuevo esquema cambiario para el sector sojero acelerará la emisión monetaria. Si bien las liquidaciones de granos parecen estar resultando algo más lentas de lo esperado por el gobierno, lo cierto es que el equipo económico estima el BCRA se hará de al menos 4.000 millones de dólares por lo que se emitirán adicionalmente para comprar esas divisas unos 200.000 millones de pesos.

Además de esto el Banco Central de la República Argentina probablemente tenga que emitir cerca de otros 500.000 millones de pesos de aquí a fin de año: la imposibilidad del Tesoro Nacional de conseguir esos pesos en el mercado hará que el déficit necesariamente se deba cubrir con la máquina de hacer billetes.

Hay más combustible inflacionario en el futuro cercano: de aquí a las elecciones los vencimientos en pesos superan ampliamente todo el dinero circulante existente en la Argentina. Incluso los pasivos remunerados del Banco Central más que se duplicarán en los próximos doce meses. La emisión monetaria será brutal y el impacto en precios tal vez resulte imparable.

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El deseo del gobierno de bajar la inflación a menos de la mitad de los niveles actuales peca de optimista. Más bien el equipo económico tiene que preocuparse por que los niveles actuales de inflación no signifiquen una pequeña muestra de lo que vendrá en materia de precios en los próximos meses. Sin plan, la tragedia económica puede ser una realidad. A pesar de los riesgos nadie parece querer intentar evitar el colapso.

Ojalá en algún momento quienes nos gobiernen tengan ese plan económico que termine con la decadencia crónica que atraviesa la Argentina, decadencia ésta que se traduce en 19 millones de pobres, 4 millones de indigentes y en un país que no parece tener rumbo.

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Notas de Opinión

En qué se convertirá el kirchnerismo

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación

¿La única verdad es la realidad? Perón en esta época seguramente no habría podido repetir su apotegma de cabecera sin ser amonestado por la juventud maravillosa de hoy. Le habrían salido al cruce cultores irreductibles del realismo representacional, adictos a la semiología de café, denunciantes metódicos de la invisibilidad de los poderes fácticos, miembros de la asociación amigos de Saint Exupéry, terraplanistas agazapados.

Sin embargo, hay realidades crudas que tenemos delante de las narices, bien lo sugería el General, y nos esmeramos por no ver. Hasta por razones neurológicas. Es bastante conocido el experimento que hicieron estudiosos del cerebro humano, aquel de dos equipos de seis personas, uno de camiseta blanca, el otro de camiseta negra, a quienes un grupo de voluntarios debe contabilizarles la cantidad de veces que se pasan la pelota. En determinado momento un gorila atraviesa la pista, pero los observadores ni lo advierten: están concentrados en contar pases de pelota.

En la Argentina 2022 no se trata de un gorila sino todo lo contrario. Tal vez suene a verdad de Perogrullo, otros dirán “para qué menear este dato”. No faltará un socarrón, chocolate por la noticia. La única verdad, en fin, aquí va (de nuevo): uno de cada cuatro argentinos es kirchnerista. Y muy probablemente lo siga siendo.

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El kirchnerismo probó ser la corriente política de núcleo duro más robusto de plaza, lo que significa que su piso, comparativamente alto, no se conmueve demasiado con los oleajes del humor social. Ni con la inflación ni con lo que le suceda al blue, a las jubilaciones o a la educación. Mucho menos con nuevas condenas judiciales por corrupción, si vinieren, que hasta reforzarían el fervor.

Claro que puede expandirse: de hecho, en algunos momentos engordó -fue uno de cada tres- y también algo puede mermar. ¿Qué los kirchneristas serían el 20 por ciento y no el 25? Tal vez. Seguiría siendo una fuerza inusualmente perdurable y musculosa. En 2003 a Néstor Kirchner le alcanzó estar a mitad de camino entre 20 y 25 para llegar al poder. Ramón Castillo salió primero el año pasado en Perú con el 18 por ciento y en segunda vuelta le ganó a Keiko Fujimori (una especie de kirchnerismo de derecha) por 44 mil votos.

Expertos en opinión pública como Jorge Giacobbe hablan del kirchnerista avergonzado. La teoría del kirchnerista avergonzado dice que debido al ostensible fracaso del gobierno Fernández-Fernández (si se quiere ser más amable, a las dificultades que atraviesa el país) muchos kirchneristas no saben bien adónde pararse. Entonces las encuestas dan resultados distorsionados. Efecto Bolsonaro. Inexactitudes. Los instrumentos de medición no permiten medir procesos mentales confusos. Para ahondar en el pensamiento del encuestado se recurre por eso a preguntas indirectas, por ejemplo, acerca del odio y de sus responsables. ¿De qué lado piensa usted que están los odiadores? Pistas para construir radiografías.

Sucede así que a un 20 por ciento de kirchnerismo explícito habría que agregarle un 10 por ciento, estimado, de kirchnerismo escondido. Como se trata de presunciones, tal vez convenga calcular 25. Uno de cada cuatro argentinos. Pero otra cosa es la intención de voto. ¿Por quién votará esa porción del electorado en 2023? Hipótesis: una buena cantidad, por quien Cristina Kirchner diga. La campaña será, probalemente, en base a un leit motiv que ya se escucha: la derecha es peor.

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Contar kirchneristas no es tarea fácil también por otras razones. El kirchnerismo repele cualquier organicidad. Está mimetizado, fusionado o quién sabe qué con el peronismo, movimiento septuagenario que carece de perímetro. La oscilante relación del kirchnerismo con el peronismo probablemente sea la clave más importante de la política argentina. ¿Hay pertenencia? ¿Acaso inclusión? ¿Son dos cosas o una sola? ¿El kirchnerismo es “entrismo” versión siglo XXI? ¿O los K finalmente son una corriente interna? Esta discusión nunca va a saldarse. La ambigüedad viene ensamblada de fábrica en ambos artefactos, el peronismo y el kirchnerismo.

Sea lo que fuere, ese vínculo regula el cuadro electoral de la Argentina. Cuando en términos corrientes hoy se habla de “la unidad del peronismo”, en esencia se está hablando de la calidad del pegamento peronismo-kirchnerismo. Pero hay una dificultad taxonómica adicional: en la cultura peronista las migraciones de cabotaje están más naturalizadas que entre las aves. Emilio Pérsico, albertista insigne, refrescó la semana pasada la explicación de por qué volver es el verbo que organiza la dinámica del peronismo. En su caso le tocó volver a ser cristinista.

Casualmente ahora la lideresa del kirchnerismo está volviendo a citar a Perón (cuyo monumento inauguraron en 2015 Macri, Tula, el hijo de Hugo del Carril, Hugo Moyano y, recuérdese una vez más, ningún kirchnerista), cosa que muchos atribuyen a que se acaba de largar la temporada electoral. Cambió el menú. Alberto Fernández y los funcionarios que no funcionan desaparecieron por completo del discurso. Junto con Perón entró la inseguridad, asunto “de la derecha”.

El porcentaje preciso de kirchnerismo estable, es cierto, puede ser discutible, pero si convenimos que anda en torno del 25 por ciento, ¿qué significa eso, no en términos electorales sino de funcionamiento del sistema político? Simple: que un cuarto del electorado prefiere una opción contestataria. Todavía hay que agregar a la izquierda de raíz marxista, que en las últimas elecciones resultó la tercera fuerza más votada, con una marca del orden del 5 por ciento. El Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) pasó de tener dos diputados a cuatro, lo que sólo significa el uno y medio por ciento de la cámara, pero su influencia sindical, en las organizaciones sociales y sobre todo en la calle es infinitamente superior.

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Autopercibido progresista y revolucionario, el kirchnerismo funciona articulado con los más rancios conservadurismos provinciales. Su vanguardia juvenil lleva el nombre de un dirigente conservador, el odontólogo Héctor Cámpora, al parecer debido al malentendido que lo hizo aparecer 49 días como presidente izquierdista. Prevalece en el kirchnerismo el aire antisistema musicalizado por los pibes para la liberación. La líder deplora la alternancia y dice añorar un nuevo orden, otra Constitución, estatizar todo lo que se pueda, imponer una soberanía alimentaria, que los jueces sean elegidos por voto popular en campañas politizadas, una Corte Suprema multitudinaria auditada por los feudalismos provinciales, controlar el Consejo de la Magistratura, borrar el periodismo profesional, alinear los medios de comunicación y consagrar una política exterior proclive a Rusia y China. Ahora mismo desató un conflicto de poderes entre el Senado y el Poder Judicial porque pretende con una artimaña llevarse más sillas del Consejo de la Magistratura de las que le corresponden. Como sea.

El kirchnerismo, por otra parte, ya mostró durante el gobierno anterior qué entiende por ser opositor. No vale la pena repetir todo, bastan tres estampas: el boicot a la asunción de Macri, las manifestaciones golpistas con el infaltable ícono del helicóptero y las 14 toneladas de piedras arrojadas contra el Congreso cuando se trataba la reforma previsional.

El sindicalismo peronista avisó –nunca lo había hecho tan temprano- que no le permitirá a un futuro gobierno de Juntos por el Cambio avanzar con reformas. Todo esto promete para 2023 una intensa campaña electoral, ojalá que sincera. Hoy el debate público parece acaparado por nombres propios, lo cual pone en evidencia la incertidumbre del oficialismo, por una parte, y la desmedida, por momentos desmadrada pelea por el poder en Juntos por el cambio, por la otra.

Suele escucharse que el tema de las candidaturas relega lo importante, que es la discusión sobre el futuro, la pobreza, la indigencia, el control de la inflación, el crecimiento sostenido de la economía, la educación, las metas, los programas, el modelo de país, la inserción en el mundo. Aunque tal vez hay algo previo: las reglas.

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¿Es viable la democracia del 70 por ciento? En el supuesto de que se lograra avanzar en acuerdos dentro del 70 por ciento, ¿qué pasaría con el otro 30 (o 25)? Está volviendo a circular en los mentideros políticos la idea de que el próximo gobierno necesitará sí o sí obtener un fuerte respaldo en las urnas para poder llevar adelante consensos que permitan reformas y medidas poco simpáticas. Pero la historia desmiente que haya un link entre potencia electoral y éxito. Kirchner, con la peor génesis electoral de la historia en una consagración presidencial, inauguró un gobierno fuerte de doce años y medio. De la Rúa, votado nada menos que por la mitad de los argentinos, cayó a los dos años y le siguió el desastre.

Suele atribuírsele a Javier Milei, a quien con estándares europeos se califica de ultraderecha, la encarnación del extremismo antisistema. Muchos analistas dicen que, ideas aparte, es Milei quien mejor canaliza el enojo. Ahora están atentos a descubrir su aptitud acuerdista, si es que la tiene, porque de eso depende, en parte, la fortaleza del frente opositor. El kirchnerismo es una fuerza contestataria de mucha más envergadura y experiencia cuya líder repite que no hay estado de derecho porque los jueces que la juzgan por corrupción son pelotones de fusilamiento y se esfuerza por demostrar que detrás del intento de asesinarla estuvo la oposición.

Sin duda hace falta discutir cómo ejercerá cada uno el lugar que le toque según la voluntad popular, no sólo candidaturas.

CFK se modera en temporada preelectoral. Ya empezó. No ataca más a Alberto Fernández.

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Notas de Opinión

El INADI, una institución que deberá ser repensada

El cambio cultural que los argentinos necesitamos cuenta también para este organismo, que necesita ser repensado en toda su dimensión, como toda la política de Derechos Humanos

Columna de opinión publicada originalmente en Infobae

Cuando se desvirtúa la función específica de un organismo o institución de cualquier índole, incumpliendo su misión, desviando sus objetivos y traspasando el límite que debe preservarla del uso partidario y más del personal, estamos ante hechos graves que por afectarnos a todos deben ser señalados insistentemente.

Esta es la realidad que observamos una vez más en el Inadi, (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenófobia y el Racismo), que a todas luces, como muchos estamentos del Estado, desde 2019 ha vuelto a ser cooptado ideológicamente y orientado a satisfacer objetivos sesgados lejos de una mirada amplia puesta al servicio del bien común, sin pensamiento crítico y plural que dé respuestas al conjunto de la sociedad.

Es oportuno tener presente que el INADI es una creación de tres organizaciones de la sociedad civil, la DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas de Argentina), FEARAB (Federación de Entidades Árabes de BsAs) y la APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos), que juntas, a mitad de los años noventa, comprendieron que el problema de la discriminación más allá de la existencia de la ley antidiscriminatoria y otras normas legales vigentes, era un desafío y necesidad que el Estado debía tomar para dar respuestas con políticas públicas que fueran permanentes en pos de garantizar la convivencia pacífica con pleno respeto de la diversidad y pluralidad propia de nuestro tejido social.

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En aquel tiempo, los trágicos atentados terroristas a la AMIA y la Embajada de Israel, que eran muy recientes, generaban miedos y desconfianzas en la sociedad, como también alimentaban polémicas y debates en la política y la opinión pública la aparición en Bariloche del buscado nazi Erich Priebke. Esos fueron los temas inspiradores para el nacimiento del Inadi, como testigo y partícipe puedo dar fe de ello.

Hoy, aquella confluencia de fuerzas que permitieron su creación debe ser reconocida de la misma manera que recuperada su inspiración.

Debemos ponderar el significativo hecho de haber sido un proyecto nacido sin color político, con un claro mensaje de fraternidad y acuerdo puesto a disposición del Estado, no de un gobierno.

Dista mucho este presente institucional de los objetivos e ideales planteados e imaginados hace tres décadas por dirigentes probos como Simón Lazara, Horacio Munir Haddad y Rogelio Cichowolski.

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Tristemente, la imposición de la lógica amigo/enemigo fue infectándolo hasta llegar a la situación actual de su dantesco desprestigio en la opinión pública, donde, incluso, la pregunta sobre su utilidad es repetidamente formulada.

Recientemente, su interventora, Victoria Donda, no hizo más que aumentar la mancha que tiñe a la institución al decir que no se respondió en tiempo y forma al brutal agravio discriminatorio que sufrió la diputada María Eugenia Vidal por parte del Gobernador Gildo Insfrán porque esperaba la denuncia de la damnificada.

Mintió la interventora y lo sabe.

El Inadi no necesita denuncia alguna para expedirse públicamente, hay infinidad de pruebas al respecto. Está debidamente autorizado para ello.

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Su voz como funcionaria y la palabra institucional estuvo ausente en respeto al victimario, protegido y exaltado por el gobierno, y no a la víctima, referente de la oposición a quien hay que ignorar y destruir.

La mentira enunciada, como los tantos silencios a las innumerables violaciones de derechos humanos sucedidos, y las pocas e irrelevantes acciones llevadas a cabo en estos tres años, son los hechos que definen la triste gestión del instituto.

Es cierto, no se puede volver hacia atrás, pero tampoco se puede continuar con esta realidad desvirtuada de parálisis, ausencia y sin sentido.

El cambio cultural que los argentinos necesitamos cuenta también para el Inadi que necesita ser repensado en toda su dimensión, como toda la política de Derechos Humanos que debe ser nuevamente puesta en su lugar, abrazando su universalidad, comprendiendo que ellos no poseen ideología y mucho menos pueden ser presa de ninguna.

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Son de y para la gente y jamás pueden ser propiedad de un gobierno de turno que acomode su comportamiento de acuerdo a sus propios intereses, dando la espalda a la sociedad.

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