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Notas de Opinión

El acta secreta que revela el apoyo de Perón a Pinochet luego del golpe en Chile

Sucedió horas después del triunfo de Juan Domingo Perón el 23 de septiembre de 1973, a 12 días del derrocamiento de Salvador Allende. Un enviado viajó a Santiago para dar “ayuda material y respaldo” a la Junta Militar trasandina. Para el líder justicialista, significaba cerrar “la única válvula de escape para la guerrilla argentina”. Además, las duras condiciones en que vivían los exiliados en nuestra embajada

Columna originalmente publicada en Infobae

Nada se hizo de una manera intempestiva ni sonora. Como suelen tomarse las grandes decisiones de Estado, el movimiento diplomático argentino se realizó tras un viaje secreto de un “Enviado Especial” a Santiago de Chile para dar su apoyo “material y el respaldo argentino a la Junta Militar”. Así consta en el Acta Secreta N° 8 del 24 se Septiembre de 1973, a las 10,45 horas, durante una reunión secreta de la junta de comandantes que gobernaba Chile tras el derrocamiento del presidente de la Unidad Popular, Salvador Allende Gossens. La junta chilena estaba integrada por el general Augusto Pinochet Ugarte; el almirante José Toribio Merino; el brigadier Gustavo Leigh y el comandante César Mendoza. El 12 de septiembre, al día siguiente del golpe, la Junta Militar chilena informaba al gobierno de Raúl Lastiri que Chile tenía un nuevo gobierno. El reconocimiento argentino demoró una semana en concretarse y cuando finalmente ocurrió, fue hecho “formalmente” a través de una comunicación del Palacio San Martín del día 19 de septiembre.

Cinco días más tarde del restablecimiento, el lunes 24, en toda la Argentina, gran parte de su población todavía festejaba la victoria electoral del teniente general Juan Domingo Perón, que lo conduciría a su tercera presidencia constitucional. Y al día siguiente (martes 25 de septiembre), el presidente electo, recibiría el primer mensaje concreto y fatal de parte de Montoneros, el sector radicalizado de ultraizquierda que se decía peronista en su Movimiento: el asesinato de José Ignacio Rucci, el Secretario General de la Confederación General del Trabajo (CGT). Fue en esas horas que Perón diría ante los restos del dirigente sindical metalúrgico “me cortaron las piernas”. El Acta N° 8, contiene en cuatro páginas todos los temas tratados ese día entre la mañana y las 19, 15 horas. En su amplio contenido hay algunos ítems que llaman la atención y que fueron tratados entre los miembros de la junta con la participación individual de cada uno de los miembros del gabinete presidencial. El encargado de las relaciones exteriores era el vicealmirante Ismael Huerta Díaz. Entre las primeras cuestiones a tratar estuvo la próxima designación de la periodista Carmen Puelva que sería nombrada Agregada Cultural y de Prensa en la embajada de Chile en los EEUU. Era la persona que debería hacerle frente a los ataques de la prensa norteamericana. Era considerada una obstinada opositora al gobierno de la Unidad Popular y luego de trabajar en Washington sería destinada en París, Francia.

El punto 12° informa sobre materias que el Ministro Secretario General de Gobierno, general Pedro Ewing Hodar, debió considerar. Entre otras los funerales del poeta Pablo Neruda y dice textualmente: “Se acuerda hacerse representar por un Edecán y respetar integralmente lo que señala el Reglamento de Servicio de Guarnición”. A renglón seguido se habla de la disolución de los partidos políticos y a continuación se dice: “Presencia de un representante oficial de Perón en Chile que trae ayuda material y el respaldo argentino a la Junta.”

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El Acta no agrega el nombre del enviado argentino. Sería errado imaginar que Perón había delegado la misión en un civil, más bien habría que pensar en un militar y, ahí, se debe tener en cuenta a Carlos Dalla Tea, jefe de Inteligencia del Estado Mayor del Ejército. Perón lo había tratado mucho mientras era Agregado Militar en Madrid. Como sostenían los periódicos de la época, el presidente electo argentino consideraba al Chile de la Unidad Popular como una suerte de “santuario” del terrorismo argentino. La prensa extranjera se mostraba muy activa respecto del “cambio de rumbo” de la política local liderada ya por Perón desde el día que retorno a la Argentina y el desplazamiento de Héctor J. Cámpora. El diario ABC de Madrid señalaba que “mientras Allende pretende implantar en Chile un régimen marxista Perón ha dicho una vez mas que no quiere nada con el marxismo”, mientras Il Messaggero de Roma entendía que el jefe del justicialismo “tiene la intención de terminar con el ERP y con los grupos guerrilleros afiliados al justicialismo”. En la intimidad, Perón le dijo a Pedro Cossio, uno de sus médicos, que “con lo que ha pasado en Chile desde ese lado estamos protegidos”. El testimonio es coincidente con las declaraciones que formuló a “Il Giornalle D’Italia” (septiembre de 1973). En las mismas Perón destacó que la caída de Salvador Allende había cerrado “la única válvula de escape para la guerrilla argentina” y aseguró estar menos preocupado por el problema “de lo que la mayoría de los argentinos creen.” También afirmó al mismo medio italiano “los responsables de los acontecimientos en Chile fueron los guerrilleros y no los militares.” “O Globo” de Río de Janeiro saludaba el nuevo horizonte que se abría para los argentinos. Ya en las semanas previas al golpe del 11 de septiembre de 1973, el “Acuerdo de la Cámara de Diputados”, una iniciativa del diputado democristiano Luis Pareto con la firma de más de ochenta diputados nacionales y democratacristianos, la oposición allanó con sus argumentos el camino para el derrocamiento de Allende, al sostener que “el Presidente ha quebrantado gravemente la Constitución”.

Como consta en el punto 13° la Junta analizó “la posibilidad de reemplazo del Cardenal”. Estaban hablando del Arzobispo de Santiago cardenal Raúl Silva Henríquez, que días antes se había negado a realizar un Te Deum de Acción de Gracias en la Escuela Militar porque consideraba que debía realizarse en la Catedral. Finalmente se llevo a cabo en la Iglesia de la Gratitud Nacional, con la presencia de los expresidentes González Videla, Alessandri y Frei Montalva. Durante la misma Silva Henríquez rezó por Chile y los caídos de ambos bandos y pidió que “no haya entre nosotros ni vencedores ni vencidos”. El Cardenal se destacaría por su defensa de los Derechos Humanos y fundaría la Vicaría de la Solidaridad. En los hechos, el Vaticano no removió a Silva Henríquez.

En el Acta no figuran dos hechos relevantes de esas horas. Gracias a la intermediación del embajador de Francisco Franco, Enrique Pérez-Hernández, un grupo de ciudadanos españoles fue autorizado a salir de Chile. Uno de los beneficiados por el salvoconducto era el valenciano Joan Garcés, asesor de Allende, con acceso permanente en La Moneda, lo mismo que el agente del Departamento América, “Luis Fernández Oña, Ministro Consejero de la Embajada de Cuba en ésta, casado con Beatriz Allende, de quien corrían comentarios que apuntaban a señalarlo como el creador del Grupo de Amigos del Presidente (GAP) del ex Jefe de Estado y principal ideólogo de las escuelas de adiestramiento en la técnica de la guerrilla que había esparcidas en diversos puntos de Chile”. El diplomático argentino se refería a Beatriz, “Tati”, que además colaboró en la formación del Ejército de Liberación Nacional (ELN) del Partido Socialista chileno, que participó en la guerrilla de Ernesto Guevara y de los hermanos Peredo en Bolivia. Así consta en la Nota “R” 592 de la Embajada de la Argentina en Chile, donde se analizan los “ataques del nuevo gobierno a extremistas y a ciertos extranjeros”. González Oña y Beatriz Allende son los padres de la militante socialista Maya Fernández, la futura Ministro de Defensa del presidente Gabriel Boric.

El documento de la Junta Militar tampoco cuenta que el mismo 24, el embajador estadounidense Nataniel Davis se entrevisto con Huerta y le entrego una nota verbal en la que expresaba el interés de mantener relaciones con la Junta Militar y que lo haría formalmente dos días más tarde después del Reino Unido. El acta tampoco menciona que ya en esos momentos la embajada americana buscaba a Charles Horman y Frank Teruggi, dos ciudadanos desaparecidos.

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Mientras los medios de comunicación oficialistas y no tan próximos a la Junta Militar se solazaban con información provista por fuentes gubernamentales referidas al modus vivendi y otras intimidades del presidente Salvador Allende (un episodio que a los argentinos los retrotrajo a 1955, cuando la “Libertadora” exhibió públicamente los vestidos, joyas y zapatos de Eva Perón), las embajadas acreditadas en Santiago se poblaban de asilados. Había de todo. Desde gente muy comprometida con la ultraizquierda; ex funcionarios y muchos que no participaron en hechos delictivos pero que se sentían perseguidos. No había tiempo para meditar el grado de responsabilidad por lo sucedido con el gobierno de la Unidad Popular. Todos estaban en la misma bolsa. Eran horas de escape frente a lo que se veía o escuchaba. Muchos asilados entraron a la residencia de la Embajada Argentina en Vicuña Mackenna por la puerta, otros lo hicieron saltando el muro y unos pocos -en un acto de real coraje- fueron llevados a su interior en los autos de sus amigos diplomáticos argentinos. A alguno que otro, estos gestos le costó la carrera.

El mismo 24 de septiembre, con la firma del jefe del Departamento América Latina, Francisco “Tito” Pullit (el trabajo había sido escrito por el funcionario José María Otegui), se informaba por Memorándum “Secreto” Nº 222 a la Dirección General de Consejería Legal de la cancillería que “con motivo del golpe militar del 11 del corriente en Chile, solicitaron asilo en nuestra Representación Diplomática en Santiago ciudadanos de varios países latinoamericanos”.

“El criterio político adoptado -sostenía Pullit- fue su concesión sin distinción de nacionalidad. En tal sentido se cursó la pertinente instrucción a nuestra Embajada indicando que el asilo, sin calificarlo, estaba otorgado. Posteriormente, se adoptó la decisión de consentir la permanencia en territorio nacional de todos los chilenos asilados que lo peticionen, no así del resto de los ciudadanos latinoamericanos, a quienes se les otorgaría facilidades de tránsito hacia los países por los cuales opten como destino final.”

“Vicuña Mackenna (la residencia argentina en Santiago de Chile) ya no tiene lugar para el medio millar de asilados. Se duerme de a turnos en cualquier espacio de la residencia porque los colchones y sillones no alcanzan. La comida escasea, existen problemas con la provisión de agua, los baños no dan abasto. Hay varias mujeres embarazadas, tres de ellas a punto de dar a luz. El encargado de atenderlos, consejero Albino Gómez (que ya había pasado por esta experiencia cuando el “tanquetazo” de junio de 1973) debe realizar verdaderos prodigios para darles a todos una solución. El grupo de asilados es heterogéneo.”

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“En muchos casos se trata de familias extranjeras que, ante el clima de xenofobia levantado en Chile en los primeros días del golpe, buscaron resguardo. El criterio de que constituyen – en bloque – un grupo extremista con el cual es preferible evitar contactos parece ser sustentado, también, según versiones no confirmadas pero que parece necesario consignar, por algunas autoridades de la Embajada”, se informaba en la página 3 de La Opinión del 29 de septiembre. Años más tarde, Pinochet afirmaría que a Chile “llegaban extranjeros subversivos, miles de cubanos, también montoneros, tupamaros. Aquí se daban cita todos los guerrilleros de América Latina como también activistas soviéticos y de otros países europeos” (Augusto Pinochet: Diálogos con su historia, María Eugenia Oyarzún).

Para el Comandante en Jefe de la Armada, almirante José Toribio Merino, “lo realmente criminal es que los militares carabineros, y algunos marinos que fueron asesinados fueron victimados por guerrillas y francotiradores extranjeros, la mayoría de los cuales como hemos comprobado, son argentinos, uruguayos o cubanos”, así fue informado al Palacio San Martín por la nota “Reservada” Nº 592, del 20 de setiembre de 1973.

En definitiva, bajo el subtítulo “probable evolución”, la Inteligencia Militar argentina estimaba que: “Chile dejaría de constituir un foco de irradiación del comunismo en América. Sin embargo, la persecución desatada contra los comunistas chilenos y de otras nacionalidades permite prever la afluencia de dirigentes marxistas hacia otros países, especialmente a los vecinos. Si bien el gobierno de Allende concitaba expectativa internacional por constituir una experiencia muy particular sobre la instauración del socialismo por vía democrática, interrumpido el proceso, la observación se centraría sobre el gobierno militar y los logros que pueda obtener un procedimiento marcadamente distinto al anterior”. Los militares argentinos advertían que podía desatarse “una verdadera puja por atraer a Chile hacia las áreas de influencia de los distintos estados hegemónicos”, tanto en los planos económico como ideológico: “En tal sentido, incidirá la decisión de Brasil al reconocer en forma inmediata al gobierno surgido del golpe de estado”.

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Notas de Opinión

Inflación, vergüenza nacional

Quienes dirigen los destinos de la Argentina parecen no comprender las razones del problema inflacionario que ellos mismos se encargaron de engendrar

Columna publicada originalmente en Infobae

El recordado tango esbozaba que 20 años no son nada, y parece que para los problemas estructurales que atraviesa la Argentina tampoco lo son. Finalmente se ha conocido el tan ansiado índice de inflación de julio: 7,4%. Con este dato la Argentina confirma su nivel de inflación más alto desde abril de 2002 en donde el mismo fue del 10,4%, momento éste que era atravesado por el abrupto final del esquema de convertibilidad.

La portavoz de la Presidencia se encargó de advertir que el tan esperado índice de inflación no fue de dos dígitos “tal como algunos habían advertido de manera temerosa”. Resulta increíble que el Gobierno festeje esta marginalidad dentro de un contexto de absoluto fracaso en lo que ellos mismos se atrevieron a titular como la “guerra contra la inflación”.

La política no ha estado a la altura de las circunstancias desde hace mucho tiempo. En materia inflacionaria se han escuchado frases que van desde “que haya un poquito de inflación no es malo” hasta “la emisión de dinero no genera inflación”. Si bien parecen frases dichas por gente ajena a la realidad argentina, lo cierto es que los autores de las mismas son sindicalistas y políticos de primera línea de nuestro país. Quienes dirigen los destinos de la Argentina parecen no comprender las razones del problema inflacionario que ellos mismos se encargaron de engendrar.

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El flamante Ministro de Economía parece haber intentado transmitir a los mercados cierto grado de entendimiento del problema: refirió entre sus primeras expresiones la necesidad de “ordenar el gasto” y de no recibir más asistencia del Banco Central. Con estos planteos uno podría llegar a deducir que Sergio Massa logra comprender que el déficit fiscal conlleva necesariamente a la emisión monetaria (en virtud de no disponer de acceso al crédito), la que indefectiblemente termina impactando en el nivel general de precios. Más allá del atino conceptual hay que preguntarse si efectivamente está convencido de lo que el mismo plantea, y de estarlo, si la política le permitirá hacer los cambios necesarios para cumplir con lo prometido (teniendo en cuenta que en el horizonte ya se puede observar el año electoral).

Incluso si el equipo económico logra controlar el gasto público y con ello logra también terminar con las asistencias del Banco Central (que hasta ahora lo obliga a emitir dinero para cubrir parte del gasto del Gobierno) la batalla inflacionaria lejos estará de ser ganada.

Hoy el BCRA tiene entre sus pasivos remunerados unos 7 billones de pesos ($7.000.000.000.000). Estos pesos “retenidos” dentro de las cuatro paredes del organismo no son más que el dinero que los bancos depositan en el Banco Central a cambio de una tasa de interés (hoy del 69,5% nominal anual): este dinero proviene de los ahorristas del sistema financiero, desde ya. Si en algún momento los ahorristas deciden no dejar más el dinero en sus bancos porque les surgen mejores opciones de inversión o de consumo (deciden comprarse bienes, cambiar sus pesos por dólares o refugiarse en algún otro activo), el BCRA deberá emitir estos pesos para devolvérselos a sus verdaderos dueños. Si esto en algún momento llega a ocurrir de manera masiva, el espiral inflacionario sería estrepitoso. Mientras tanto estos montos representados por Leliqs y Pases pagan una tasa de interés que hoy es de algo más el 96,8% efectivo anual. Se calcula que estos instrumentos pagarán intereses anuales por unos 6 billones de pesos y claro, el problema cada vez se hace más grande: estos pesos en algún momento verán la luz e impactarán en los precios. ¿Cuándo? Nadie lo sabe. Ya lo decía alguien por ahí: por ahora la codicia supera al pánico y no sabemos cuánto pueda durar eso.

Lo cierto es que Massa pretende encarar el problema fiscal con cierto convencimiento de su posible victoria tal vez sin tener demasiado en cuenta que su gran desafío va mucho más allá que un mero ajuste en las cuentas públicas: el Banco Central de la República Argentina es hoy la mejor promesa de inflación futura.

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Para tomar dimensión del desastre patrimonial que tiene el BCRA hace falta recordar solo un dato: hoy hay muchos más pesos retenidos en el mismo en forma de Leliqs y Pases que todo el dinero que existe en los bolsillos de la gente y sus cuentas bancarias. La bomba está encendida y la mecha parece ser demasiado corta.

Hasta que los gobiernos no encaren el problema inflacionario de manera integral solo nos dedicaremos a observar como los precios escalan de manera exponencial. La emisión siempre ha sido la herramienta política para hacer populismo, herramienta esta que hoy nos muestra su efecto más letal en cada uno de los bolsillos de los argentinos. Por desgracia el populismo sin recursos para dilapidar no es más que una terrible desgracia traducida en hambre, pobreza y subdesarrollo donde la inflación es la eterna compañía.

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Notas de Opinión

Los secretos de Sergio Massa y los últimos días de Miguel Pesce

El ministro estableció un buen vínculo con el FMI y la Casa Blanca. El presidente del Banco Central, jaqueado: los embates ocurren en las sesiones del equipo económico.

Miguel Pesce tiene rodeado el rancho. Su gestión está en el ojo de la tormenta y quieren que se vaya ahora. El titular del BCRA resiste. Este jueves se sacó el gusto: un maxi aumento de la tasas para enfrentar el 7,4% de inflación. Pero tendría los días contados. Cristina lo trata en el Senado de “pelotudo” y Axel Kicillof lo acusa de “dilapidar” las reservas. Ambos empujan su salida. Cristina está a los gritos: “¡Se tiene que ir ya!”.

El dúo habla como si no tuvieran responsabilidad en el descalabro. Los ataques de Cristina activaron el derrape y las ideas de Axel, la desconfianza. Sergio Massa mira para otro lado: “Yo por ahora, mudo”. Lo dijo frente a sus íntimos. No quiere líos políticos con Alberto –el único apoyo de Pesce-, pero ya hubo dos peloteras fuertes entre Massa y Pesce.

Massa lo acusó de falta de profesionalismo para explicar la salida de reservas. El martes ardió otra pelea: a Massa lo irritó la declaración sobre la utilización del swap chino. Lisandro Cleri y Eduardo Setti le tiran munición gruesa por el inadecuado manejo de la mesa de dinero. Cleri lo lapida: “Fueron un desastre”.

Los embates ocurren en las sesiones del equipo económico. Ahí se reparten culpas por igual contra Pesce y Martín Guzmán. Massa afirmó: “Guzmán mintió y nos engaño a todos”. Ahora Massa le recomienda a empresarios y banqueros: “Hablen con Cleri”. Cleri es el actual vice del BCRA. El ministro ya no discute del tema con Alberto. Ya fue motivo de una dura controversia cuando se produjeron los cambios. Massa –hace dos semanas– pidió la cabeza de Pesce: “Está desgastado”. Alberto contragolpeó: “Miguel es mi hombre de confianza”.

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Pesce integró el equipo íntimo de seis funcionarios que acompañaron en soledad a Alberto a negociar el ingreso de Massa al Gabinete. Entregar su cabeza hubiera sido un signo de mayor debilidad.

Miguel Pesce tendría los días contados como presidente del Banco Central. Foto Télam

Miguel Pesce tendría los días contados como presidente del Banco Central. Foto Télam

Esos días pasó de todo. La noche del miércoles 27 de julio hubo una reunión heavy en Olivos. Estaba ya el rumor del inminente desembarco de Massa y Alberto lo desmintió frente a sus íntimos: “Ni loco voy a nombrar a Sergio. Se va a querer quedar con todo el gobierno”. Entre otros, lo escuchó Gustavo Beliz. Al día siguiente Alberto hizo lo contrario y Beliz explotó: “Me tiene podrido”.

Ahora la situación de Pesce no está saldada. Massa espera, igual, confiado: el 23 de septiembre –en 40 días- termina el mandato legal de Pesce y nadie moverá un dedo para que continúe en el BCRA. También se van otros tres directores.

El ministro de Economía tiene varios frentes abiertos. El primero es político. El propio Roberto Lavagna se lo dijo en una cena secreta a Alberto. Eran los últimos días de Martín Guzmán. El ex-ministro afirmó: “El problema es político y no económico. Yo pondría a Sergio en Economía”.

Massa deberá superar dos embates fuertes. Primero, de los sectores duros que lidera Mauricio Macri. El ex presidente propicia que Massa “no haga pie”. Para Macri, es una chance de revindicar su mala gestión y a la vez terminar con Alberto. Desde ese sector político se “fogonea” la crisis y la hecatombe política.

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Macri estuvo el martes en una cena con el equipo de Evolución de Martín Lousteau y ahí sus colaboradores se pavonearon de que fue el autor intelectual de los ataques de Elisa Carrió. Algo difícil de creer. Pero el principal problema lo tiene el Frente de Todos, con una interna en ebullición que todo destruye. Massa logró ya cierta “pax”. No los une el amor sino el espanto del abismo económico.

Pero ese acuerdo, por ahora, es delicado y temporal. La relación entre Cristina y Alberto está en su peor momento. Entre ambos existen odios, desprecios , insultos y una absoluta desconfianza. Cristina dice que le torció el brazo al Presidente y que fue autora de la movida política. En verdad, en noviembre pasado Máximo fue el primero que habló de la operación “Massa ministro”.

La vice acusa al Presidente por sus sofocones judiciales. Así lo dice: “Alberto no movió un dedo. Incumplió el pacto”.

El espurio acuerdo consistiría en lo siguiente: Cristina hacía presidente a Alberto y Alberto la ayudaba para cerrar sus causas por corrupción. Cristina atraviesa un momento difícil. Diego Luciani dejó al descubierto la trama de la corrupción kirchnerista.

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La vice enfureció, pero en la Corte Suprema insisten con una cuestión central: Cristina descalifica a la Justicia, porque no puede responder, ni desacreditar ninguna de las graves acusaciones.

Al inicio de julio, la vice vetó el nombramiento de Massa. Fue el fin de semana de la explosiva renuncia de Guzmán. Esa noche, la vice le dijo a Alberto: “¿Vos confiás en Sergio?” y todo se frenó. Un mes después terminó cediendo e impulsando al propio Massa: esa falta de olfato político le costó al BCRA perder en julio US$ 1.275 millones.

Cristina cree que podrá sortear los costos del ajuste y que -si las cosas van mal- el descrédito político lo pagarán Massa y Alberto. Se trata de una ilusión fruto de la pérdida de su sagacidad política: Cristina será la máxima responsable, si las cosas explotan, porque es la jefa del FdT.

La vice estableció un puente funcional con Massa: Axel es el interlocutor directo y operativo con el Palacio de Hacienda. Hasta ahora, Kicillof se está “tragando sapos” y aceptando todo lo que le cuestionaba a Guzmán. Primero, las consultas a Daniel Marx.

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Cristina Kirchner puso a Axel Kicillof como interlocutor directo y operativo con Sergio Massa. Foto Maxi Failla

Cristina Kirchner puso a Axel Kicillof como interlocutor directo y operativo con Sergio Massa. Foto Maxi Failla

El tarifazo es sustancialmente mayor al que Axel frenaba. Massa se ufanó en la intimidad: “En un día bajé los subsidios en un 1% del PBI”. El ministro estableció un buen vínculo con el FMI. La amable carta de Kristalina Georgieva reflejó ese onda. Pero eso no garantiza nada.

El vínculo con Estados Unidos

En Washington le otorgan a Massa una virtud: creen que lo que se acuerde con él, se va a cumplir. El ministro es el político oficialista de mejor vínculo con la Casa Blanca. Viaja a la brevedad. Georgieva, además, consideraba que la dupla Alberto-Batakis era muy endeble. Afirmaba que la ex ministra no tenía fuerza para instrumentar el ajuste que prometía.

Para el FMI, Massa tiene un fuerte volumen político y logró el apoyo de Cristina. En Washington se habla de la salida de Sergio Chodos del FMI. Kicillof sugirió a Augusto Costa como viceministro. No avanzó.

El blooper de Gabriel Rubinstein abrió una secuela y refleja problemas operativos que tiene el equipo económico. Los exportadores de soja, petróleo y minería dicen que Economía demora y piden que concrete las resoluciones para liquidar dólares.

También hay líderes empresarios calientes: dicen que los llaman para hacer un acuerdo de precios y salarios, y -por otro lado- les meten la mano en el bolsillo con el tributo a Ganancias. El nombre de Rubinstein lo sugirió Leonardo Madcur. Pero Economía no hizo lo elemental: revisar su historial y chequear sus redes sociales. Habló con Massa, pero su nombramiento estaría caído.

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También el ministro conversó con Marina Dal Poggetto. Emmanuel Alvarez Agis dialoga con el ministro y sugiere ideas. Pero no quiere un cargo público y tampoco Cristina lo banca: desconfía y cuestiona sus apoyos de empresarios como Marcelo Mindlin. Por eso, ahora el candidato sería Martin Rapetti, el ex titular de CIPPEC. Integra el círculo de economistas de Massa.

El ministro tiene en observación a YPF. Este jueves estuvo en Neuquén. En la petrolera de La Cámpora hay un escándalo oculto de proporciones: la salida de Sergio Affronti estaría vinculada a una denuncia por favoritismos en el otorgamiento de cupos de exportación.

 

Columna publicada originalmente en Clarín.

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Notas de Opinión

Lilita contra todos, menos contra Macri

El ataque de Carrió a dirigentes de Juntos por el Cambio pone en riesgo la unidad opositora y lastima a Larreta, Bullrich y la UCR. Y muestra una estrategia que beneficia el ex presidente y a Massa

Columna publicada originalmente en Infobae

Lillita Carrió es tal vez el personaje más querible de Juntos por el Cambio. Nadie puede negar su inteligencia. Es culta, es valiente, tiene historia política y en la coalición opositora siempre han celebrado su capacidad de decir las cosas que otros callan, aunque a veces duelan. Se puede abrazar con María Eugenia Vidal, con Horacio Rodríguez Larreta o con Alfonso Prat-Gay. Y es quien se ha atrevido a pedirle a Mauricio Macri que tomara distancia de la figura de su padre Franco allá por febrero de 2016, cuando la causa por el pronto pago de la deuda estatal de Correo Argentino al grupo empresario familiar puso al entonces presidente contra las cuerdas. Macri sorprendió al hacerle caso a Carrió, dar marcha atrás con la medida y escapar del entuerto.

El problema es que Carrió parece haber dejado de ser Lilita para la mayoría de los dirigentes de la coalición opositora. Cada vez que retoma la práctica de los ataques a diestra y siniestra, que hasta hace algunos años podían resultar pintorescos, son muchos más los que se enojan. Y ahora acaba de cruzar una línea de Capricornio que convocó al hartazgo de casi todos.

Lilita enhebró entrevistas a Joaquín Morales Solá, a Jorge Lanata y a María Laura Santillán con algunos tuits para sugerir que Gerardo Morales, Facundo Manes, Cristián Ritondo, Emilio Monzó y Rogelio Frigerio tenían relaciones peligrosas con Sergio Massa. Se trata del funcionario bajo fuego al que acudió Cristina Kirchner para tratar de evitar la debacle del gobierno exánime de Alberto Fernández. “Si quieren me retiro, pero no voy a mentir”, se victimizó Carrió cuando vio la magnitud del daño. A un año de las elecciones presidenciales, esta vez no la perdonaron.

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Salieron casi todos en línea y en simultáneo a responderle. Cada uno a su estilo. “El límite son los agravios”, tiró un balde de agua para apagar el incendio Rodríguez Larreta, tratando de dejar a salvo el vínculo con Lilita. “Basta Carrió”, fue el tuit electrizante de Patricia Bullrich, celebrado por alguno de los que la acompañan en su carrera de candidata. Y Morales prefirió la formalidad del comunicado de la UCR, el partido que preside y en el que se encolumnaron la mayoría de sus correligionarios.

A ninguno de ellos les pasó desapercibido el principal dato político de la andanada Carrió. No hubo ataque y, por lo tanto, no hubo respuesta alguna de Mauricio Macri. Es más. La propia Lilita en sus críticas se preocupó en señalar que ya le había anticipado al ex presidente lo que iba a decir. Va quedando en claro que, en este momento en el que se define quien va ser el candidato presidencial que enfrente al kirchnerismo, Carrió y Macri confluyen en la tormenta de una estrategia común.

A Rodríguez Larreta le perdonó un poco más la vida. Dijo que sabe que el jefe del gobierno porteño es amigo de Massa (como si eso fuera un delito), pero que no hicieron negocios juntos. Así de corrosivo. Tienen diálogos frecuentes, aunque está visto que ese contacto de Horacio no alcanza para evitar que ella apunte contra sus posibilidades de convertirse en candidato presidencial.

La cosa tampoco ha quedado bien con Bullrich. Carrió le disparó a uno de sus dirigentes de mayor confianza (el ex secretario de seguridad, Gerardo Milman), y la presidenta del PRO fue la que contraatacó con la respuesta más dura. “Hay que terminar con eso de tenerle miedo a Carrió”, provocó en las redes sociales.

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El caso de Frigerio es el que quizás generó más asombro en la interna caliente del frente opositor. Lo atacó con cuestiones personales que ni siquiera utilizan sus adversarios del peronismo. “Rogelio tiene 60% de intención de voto y va a ser seguramente el próximo gobernador de Entre Ríos; y justo lo mata Lilita que hace años que solo nos trae conflictos”, se lamenta un dirigente que tiene más cercanía con la fundadora de la Coalición Cívica que con el diputado de apellido y herencia desarrollista.

El bumerán de los archivos

El arma mortal de Lilita es la cercanía a Massa. Con esa vara intenta medir la honestidad o no de los dirigentes con los que integra Juntos por el Cambio. Y se dirige, sobre todo, a Rodríguez Larreta, a Vidal y a los que acompañaron a la ex gobernadora como funcionarios. Carrió no hace mención en cambio al acuerdo que Macri concertó con Massa en 2013, para que uno llevara lista de candidatos solo en la Ciudad y el otro lo hiciera solo en el distrito bonaerense. Aquel “voto útil” del PRO y el Frente Renovador los convirtió a los dos en ganadores de esa elección, y luego en adversarios para la presidencial de 2015.

El comienzo de Macri como presidente lo mostró muy cerca de Massa, tanto que lo llevó como integrante de la oposición al Foro Económico de Davos en Suiza. Pero las maniobras del ahora ministro de Economía en el Congreso contra el gobierno macrista rompieron aquella relación y le ganaron el apodo de “ventajita”, que el ex presidente le colgó y al que hoy sigue echando mano.

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La pureza partidaria o ideológica de los dirigentes argentinos hace tiempo que se ha transformado en una utopía, a la que se acostumbró una sociedad pendiente de urgencias mayores. La misma Carrió, en 2003, fue la artífice política en alianza con el recién asumido Néstor Kirchner, de la victoria del frepasista Aníbal Ibarra en la ciudad de Buenos Aires. Y el derrotado en esa ocasión no fue otro que Mauricio Macri. Los archivos son una trampa cruel que ningún dirigente debe detenerse a observar.

Lo cierto es que hay dos grandes ganadores del terremoto con el que Carrió hizo tambalear la unidad de Juntos por el Cambio. El triunfador interno es Mauricio Macri, quien viene siendo elogiado por Lilita en los últimos meses. Y el otro es, paradójicamente, el propio Massa, a quien la explosión de la interna opositora ante la opinión pública le dio una bocanada de oxígeno frente a las enormes complicaciones en el inicio de su gestión en Economía.

El raquitismo de dólares en el Banco Central y la inflación, que este jueves volverá al primer plano con las cifras impiadosas del Indec para el mes de julio, son los dos desafíos más urgentes de los muchos que tiene Massa en el horizonte inmediato. “Lilita es la única que nos dio una alegría en estos días”, ironizaba uno de los funcionarios que acompaña al ministro peronista en lo que probablemente sea el último intento de recomposición para el gobierno desconcertante de Alberto y de Cristina Kirchner.

Para Juntos por el Cambio, queda ahora la tarea incierta de recrear el clima de unidad indispensable para pelear con posibilidades la presidencia el año próximo. Este viernes le toca al PRO evaluar los daños que las palabras de Carrió le han provocado al ya muy golpeado equilibrio opositor. En un restaurante porteño, como lo hacen mes a mes, estarán si nadie falta Macri, Bullrich, Vidal, Ritondo, más otros dirigentes importantes que no cayeron en la redada de Lilita como Diego Santilli, Fernando de Andreis, Humberto Schiavoni y Federico Pinedo. Nadie duda sobre cuál será el tema principal de las discusiones desde la entrada hasta el postre y el café final.

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A los radicales también los desvela el bombardeo de Carrió. Los dirigentes de la UCR ensayan sus propios movimientos para ir posicionándose en la interna decisiva del año próximo. Morales, Manes y el mendocino Alfredo Cornejo siguen enarbolando sus proyectos presidenciales. El gobernador de Jujuy, enfrentado a Macri, viene conectando más seguido con Rodríguez Larreta. Manes le dedica un hemisferio de su cerebro a escuchar la promesa de lanzamiento del gobernador cordobés, Juan Schiaretti, y Cornejo acompañó la semana pasada a Patricia Bullrich en una recorrida por La Matanza, tan lejos de los Andes.

Algunos de los dirigentes agredidos por Carrió creen que la expansividad de la bomba de Lilita los beneficia y terminará por unificar la estrategia de la mayoría, pese a estar enfrentados por la mochila de los proyectos personales en el horizonte electoral.

A Juntos por el Cambio lo atraviesa un dilema de compleja solución. Necesita desesperadamente de la unidad interna para llegar a la Casa Rosada. Y tiene tantos candidatos con expectativas que esa diversidad sin liderazgo a la vista es la mayor amenaza para lograr esa unidad imprescindible. La abundancia de los egos, de las que alguna vez habló Macri.

Hablando de egos, en una crónica reciente que el periodista Bernardo Vázquez escribió en Clarín, el ex presidente se muestra dando definiciones ante sus ex compañeros del Colegio Cardenal Newman. La más ilustrativa de todas ellas es cuando, ante la consulta de si volverá a ser candidato presidencial, Macri elude la contundencia con un acertijo para propios y extraños. “A veces tengo ganas, y a veces no”, responde. Es de libre interpretación.

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Macri ha jugado en el pasado con esa indolencia, más frecuente en los intelectuales puros que en los hombres y mujeres de Estado. Ha sido criticado por aquella revelación desafortunada de irse a la cama a ver series de televisión al final del atardecer cuando lo angustiaban las adversidades ocurridas en el poder.

La evaluación de sus cuatro años de gestión, sin embargo, pueden resumirse en ese concepto arrojado al aire ante la cofradía del Cardenal Newman. El Macri gobernante dio la sensación en varias oportunidades de que a veces ejercía su gestión con ganas, y que tantas otras lo hacía sin ese combustible esencial.

Es una lección y una invitación al aprendizaje para los Larretas, las Bullrich, los Manes y los Morales que intenten heredar el mismo espacio que Macri ocupó cuatro años sin poder lograr la reelección. Y una lección para él mismo si cede a la tentación del regreso. La misma que envolvió en una imagen de decadencia final a Juan Perón, a Carlos Menem y en la que, país de egos indómitos, también parece querer enredarse Cristina Kirchner.

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