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Notas de Opinión

La Argentina se acorrala a sí misma en una zona de fuertes turbulencias

El país necesita un cambio de timón urgente, y mucha suerte, para evitar que la película de suspenso que ha venido protagonizando se transforme en una de terror

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación

Un gobierno debilitado, fragmentado e incapaz de resolver las cuestiones más elementales. En muchas ocasiones, ni siquiera resulta apto para al menos encauzarlas o priorizarlas. Una oposición que fracasa a la hora de ordenar la puja de poder entre sus principales líderes y al mismo tiempo continúa sin plantear con nitidez alternativas viables frente a los principales problemas de la sociedad, en particular la estanflación y la larga decadencia que experimenta una economía cada vez más frágil, cerrada, trabada por cepos y regulaciones estériles, sin financiamiento y que, como consecuencia, se vuelve día a día más pobre e irrelevante. Los actores emergentes (los segmentos liberales/libertarios, en menor medida la izquierda más dura) continúan afianzándose, aunque no tienen aún el volumen ni la densidad política como para meterse en la gran pelea entre las dos coaliciones dominantes. Como resultado, nuevamente el sistema político en su conjunto se devela incapaz de evitar que el país quede encastrado en una suerte de encerrona trágica: sin chances claras de revertir la crisis, las expectativas de los principales protagonistas de la vida pública varían entre los optimistas que creen que podremos continuar igual de mal y los realistas/pesimistas que descuentan un futuro aún peor.

Desde el pavoroso estallido de 2001, la Argentina no logró restablecer un camino lógico y congruente con las reglas y las prácticas vigentes en el mundo civilizado para promover el desarrollo humano, fortalecer la democracia e integrarse más y mejor en un mundo complejo, lleno de desafíos pero, en especial para los países emergentes, sobre todo de oportunidades. Pero desde la crisis disparada en abril de 2018, agotada la confianza del mercado financiero en la administración Macri por su renuencia a implementar la imprescindible consolidación fiscal y con exportaciones menguadas por la sequía, el país entró en una zona de fuertes turbulencias que, al no resolverse ninguno de los problemas centrales (más: con varios de ellos que habían mejorado en franca curva descendente, como ocurre con el enorme déficit creado por los subsidios energéticos), condiciona el margen de maniobra de un gobierno que es la principal víctima de su propia mala praxis y que entró, a partir de la derrota electoral de noviembre, en un estrecho desfiladero del cual no está claro si sabrá y podrá salir. Para peor, las potenciales consecuencias de un agravamiento de la penosa situación actual serían severas y dolorosísimas para el conjunto de una sociedad empobrecida, agotada, defraudada y desconfiada. Sobre todo, para los sectores más vulnerables, esos a los que el FDT dice o cree aún representar.

¿Cuál sería la dinámica si se agudizaran los dilemas más acuciantes? ¿Es posible identificar los eventuales disparadores que profundizarían los problemas actuales, rompiendo este equilibrio inestable, agónico pero que ha durado más de lo que algunos pronosticaban? Con prudencia, extrapolando lecciones de experiencias pasadas y especulando con la combinación de dos o más variables, es posible explorar algunos escenarios contingentes para delinear eventuales cursos de acción. Y aunque seguramente la realidad será más vaporosa y compleja, vale la pena identificar los mecanismos que podrían alterar la actual inercia y precipitar entornos todavía más problemáticos e inestables.

En el plano económico, madura sin tropiezos una tormenta perfecta: con ínfimas reservas, una inflación que solo el Presidente dice imaginar bajo control, el riesgo país bordeando los 2000 puntos básicos y una sequía que compromete la balanza comercial y los ingresos por retenciones, sin considerar el impacto de la ola ómicron en la producción y el consumo. Con el dólar blue en niveles récord por el amesetamiento de las negociaciones con el FMI, una declaración formal de default dispararía una situación sencillamente caótica. Pero un acuerdo con fórceps y/o percibido como incumplible podría disparar lo que Rozenwurcel y Cavarozzi denominaron recientemente una “híper-estanflación”. En ese contexto, viejas tensiones irresueltas (como ocurre con el campo, ese sempiterno archienemigo del kirchnerismo) y una creciente asfixia por parte de los contribuyentes alimentarían un clima de rebelión fiscal. El ciclo vicioso déficit-inflación-disparada del dólar-licuación de ingresos podría acelerarse y, como indicó Buscaglia hace unos días, el milagro sería evitar una nueva hiperinflación.

En el plano político-institucional, el panorama luce también innecesariamente convulsionado: el ataque a la Corte Suprema y a la independencia de la Justicia, impulsado por los sectores más duros del kirchnerismo, falazmente presentado como demanda social (en ningún sondeo aparece como una cuestión prioritaria) e insólitamente avalado por el Gobierno, no alcanza a disimular las fuertes tensiones dentro de la coalición gobernante, lo que produce inevitables conflictos de coordinación e importantes trabas en la gestión. Además, si juzgamos por los resultados de las últimas legislativas, estos desencuentros internos fortalecen la percepción por parte de una mayoría de la sociedad respecto de un plan de impunidad impulsado desde el propio Poder Ejecutivo Nacional para beneficiar a CFK, sus familiares y sus allegados en las causas de corrupción en que están involucrados. En paralelo, las pugnas dentro del bloque opositor complican el panorama para una ciudadanía apática y amilanada que no encuentra un liderazgo que ordene la agenda ni priorice cursos de acción razonables y conducentes para evitar que la crisis escale.

A todo esto deben agregársele las crecientes tensiones sociales. Frente a la caída en términos reales de los ingresos, en particular los de los jubilados y los asalariados del sector público, víctimas del ajuste inflacionario, y en un contexto de incremento de los casos de inseguridad más que nada (aunque no únicamente) en los grandes centros urbanos, no debe descartarse que surjan episodios de gran impacto mediático con capacidad para movilizar a la ciudadanía y ahondar la sensación de un Estado ausente, cómplice o, al menos, totalmente ineficaz para prevenir hechos graves de violencia e inseguridad. Imposible no remitir, como ejemplo, al “caso Blumberg”. En paralelo, el malhumor generalizado se ve alimentado por fenómenos como los cortes prolongados de luz, las inundaciones por precipitaciones intensas y severas, los incendios como resultado de la interminable sequía y nuevas series de complicaciones sanitarias relacionadas con el Covid-19. Estas situaciones podrían constituir factores complementarios que echen leña al fuego en algunas localidades o provincias en particular que ya estén experimentando situaciones puntuales complejas.

Lejos de buscar apaciguar las aguas o contener los mecanismos más explosivos, el Gobierno tiende a multiplicar sus tradicionales errores no forzados. En particular, iniciativas totalmente disociadas de la agenda ciudadana y declaraciones de connotados funcionarios que parecen orientadas a enervar al menos a un segmento significativo de la sociedad. Lo mismo ocurre con los intentos de justificar lo injustificable (embarazosa tarea de voceros oficiales y oficiosos) o de construir narrativas esperanzadoras (“sarasas”, diría el ministro Guzmán). Por eso, luego de protagonizar una larga y previsible película de suspenso, la Argentina necesita un cambio de timón urgente –y, por cierto, mucha suerte–, para evitar convertirla en una de terror.

Notas de Opinión

La verdadera deuda de la política argentina

Las estadísticas sobre los niveles de empleo y educación de los jóvenes dejan en evidencia la falta de futuro para gran parte de la sociedad

Columna publicada originalmente en Infobae

Cuando nos referimos a las deudas que la dirigencia política mantiene con la sociedad en general nos limitamos a hacer una descripción de los indicadores que más preocupan: inflación (hoy en niveles que cualquier país civilizado los rotularía hiperinflacionarios), la destrucción crónica de nuestra moneda, el nivel de pobreza, la indigencia y hasta los niveles de ocupación y subocupación. Claramente a estos clásicos reclamos se suman la inseguridad, la educación y la salud pública los que seguramente deban agregárseles muchos otros que dan cuenta de lo alejada que ha estado y está la dirigencia política argentina de las verdaderas preocupaciones y temores de la gente.

Lo cierto es que pocas veces nos detenemos a analizar con cierto grado mayor de profundidad el verdadero daño que han causado décadas de corrupción, desidia y negligencia en el presente y en el futuro de los argentinos.

Recientemente el “Observatorio de la Deuda Social Argentina” de la UCA nos ha proporcionado datos absolutamente lapidarios que explican la verdadera deuda que tiene la política local con la sociedad. Según el estudio la mitad de los jóvenes de entre 18 y 24 años no tienen acceso al sistema educativo. El nivel de educación en Argentina es una calamidad, a tal punto que de aquellos que se encuentran dentro del 50% de personas del mencionado rango etario que efectivamente logran acceder a la educación, muchos de ellos lo hacen con serias dificultades en áreas como matemáticas e incluso muchas veces fallan en la compresión de textos.

Los datos que siguen son aún más desoladores: uno de cada cuatro jóvenes no estudia ni trabaja. La realidad empeora cuando damos un paso más profundizando los detalles del estudio: el 14,8% de los jóvenes entre 18 y 24 años no sólo que no estudian ni trabajan sino que además, no están buscando empleo: esta sí es la foto más nítida de nuestra triste realidad.

La decadencia vivida a través de las décadas en materia educativa ha generado que prácticamente 15 de cada 100 chicos no tengan absolutamente ningún futuro. Dentro de este escenario y en combinación con los índices de pobreza, la proyección de lo que viene es aún más tenebrosa: más de la mitad de los chicos menores de 14 años hoy son pobres en la República Argentina. Esto implica que probablemente la posibilidad de que ellos puedan recibir en el futuro educación de calidad sea ínfima. Si no reciben educación de calidad probablemente en algún tiempo esos chicos engrosen los datos negativos brindados estos días por “Observatorio de la Deuda Social Argentina” de la UCA. Los jóvenes sin educación y sin futuro terminarán siendo cada vez a medida que transcurran los años si es que la política no comprende la gravedad de la situación y se pone a la altura de las circunstancias.

El nivel educativo influye de manera directa en la calidad del empleo al que una persona tenga la posibilidad de acceder. Sin educación el nivel de pobreza está destinado a incrementarse hasta límites inimaginables. La política tiene que entender que de un lado de la mesa del futuro deben sentarse los jóvenes con educación, conocimiento y preparación y del otro lado deben sentarse la inversión que combine el capital con el recurso humano, dando por resultado un futuro de crecimiento y calidad de vida. Por desgracia hasta aquí lo único que ha logrado la política es que en esa mesa del futuro aún no se haya sentado nadie: ésta es la verdadera deuda de la política argentina. Esta deuda no es sólo por lo que los políticos han hecho hasta aquí, sino también por lo que han logrado que jamás nos ocurra mañana: vivir en una Argentina con un futuro digno para todos.

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Economía

Inflación: entre las 4 más altas de los últimos 80 años y la más alta en tres décadas

Si no se le muestra al ciudadano de a pie que el ajuste tiene un propósito real y no toman medidas aisladas, la espiralización inflacionaria estará a la vuelta de la esquina

Columna de opinión publicada originalmente en Infobae

De acuerdo al informe de la Cámara de Comercio y Servicios, podemos ver que revelo que durante los últimos 100 años la tasa de inflación promedio fue de 105% anual, alcanzando un máximo histórico de 3079% en 1989.

Si hacemos un recorrido histórico desde el primer dato oficial de precios al consumidor (después de esta serie histórica Indec modificó la metodología de relevamiento de precios, con periodos donde el IPC dejo de medirse), veremos que en los últimos 60 años (desde 1943 hasta el 2003), fue en la presidencia de Raúl Alfonsín en la que se registro la mayor tasa de inflación anualizada, con un 398%. El contexto trajo devaluaciones, cambio de símbolos monetarios, recesiones y hasta una plan monetario drástico (la convertibilidad) para reducir el aumento generalizado de precios.

Este recorrido, nos da cuenta de dos cosas: primero, convivir con inflación superior a un dígito es lo usual para Argentina, y segundo, llevamos 80 años sin poder solucionarlo.

A partir del 2003, el nivel de inflación lejos de bajar continúa aumentando, ya que hasta el momento la inflación del gobierno Alberto Fernández marca un récord. Si acumulamos toda la inflación hasta abril 2022 (29 meses) da como resultado un nivel de inflación es de 159,36%, dato que si se compara con otros gobiernos, como el de Néstor Kirchner, observamos que este tuvo un acumulado de 24%, CFK I con 30%, CFK II 100% y MM con 95%.

En términos más sintéticos, la gestión Fernández convive con una inflación mensual promedio de 3,3%, una interanual de un 49% y el segundo peor registro de pérdida de poder adquisitivo de la serie. Si usamos la mediana estadística para todos los gobiernos, se reafirma que este mandato califica como el peor registro en 30 años.

 

 

Recordemos que al encontrarnos dentro del programa del FMI, tenemos metas a corto plazo que cumplir con respecto a las metas de política fiscal, ya que se espera que para el 2022 el déficit sea en -2,5%, y que eventualmente se llegue a 2025 con un déficit fiscal de 0%. O sea, no hay más espacio para errores.

Es importante ver que estamos frente a una economía donde ya no tenemos (y no es posible) mas “anclas” del tipo financiero y económico. Dentro del marco del FMI uno de los requisitos es “la normalización de los precios de la economía” y evitar seguir usándolos como anclas inflacionarias. Por lo cual, el Gobierno viene usando diversas formas para normalizar los precios económicos, por ejemplo entre ellas tenemos al dólar oficial que se encuentra acelerándose en un 4% mensual (versus el crawling peg mensual para 2021 de un 1%), tarifas públicas que se encontrarían repuntando en junio, los combustibles al no estar más congelados subieron en torno al 40% desde enero, paritarias salariales que gran parte de ella aumentan por sobre la inflación mensual y con cláusulas de ajustes en corto plazo, pero otras siguen perdiendo en términos reales, como por ejemplo, los planes sociales y jubilaciones, los cuales a pesar de los bonos extras (IFE 4 y Bono a jubilados), continúan licuándose contra la inflación.

Todas estas medidas que se están aplicando son para normalizar la economía, pero antes de ver esta mejora el ajuste será el primer impacto hacia el equilibrio. Todas estas medidas, deben venir acompañadas de un plan integral que permita estabilizar todos los desajustes. Si no se le muestra al ciudadano de a pie que el ajuste tiene un propósito real y no toman medidas aisladas, la espiralización inflacionaria estará a la vuelta de la esquina. De no haber confianza en que el plan funcione el siguiente paso es que se presione aún más sobre el salario real para que deje de perder contra la inflación generando una espiral inflacionaria.

Si sumamos a esto que las metas de política monetaria no se están cumpliendo, ya que con una cosecha récord el BCRA no está logrando acumular dólares en las reservas internacionales (hasta abril se acumuló USD 113 millones), son solo muestras que la devaluación futura se acerca, por lo cual aquella meta de inflación para el 2022 de 33%, hoy ya quedo no sólo olvidada y desfasada, sino que el mismo gobierno acepta la posibilidad real de un waiver es mucho más probable que contener los efectos de la inflación.

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Notas de Opinión

La grieta en la vida: mi psicólogo es de La Cámpora

Es habitual que los dirigentes políticos que se analizan, o que hacen algún tipo de trabajo interno, elijan terapeutas afines a su ideología

Columna publicada originalmente en La Nación

La construcción de un enemigo como método para acumular poder, tal como propone Laclau –el intelectual de cabecera de todos los populismos, pero sobre todo de los Kirchner–, penetró profundamente en nuestros vínculos. Nos llenó de desconfianza, nos dividió, y no solo políticamente, sino también emocionalmente. Después de cavar durante casi 15 años, los efectos de la grieta se dejan ver desde hace rato en la vida cotidiana.

La toxicidad llegó a lugares impensados. La última semana, Twitter fue escenario de un encarnizado debate, a partir de la historia de una mamá, Lucía Bertotto, que canceló el turno con un psicólogo infantil cuando descubrió que era militante de La Cámpora. Cuando le confirmaron el turno para su hija de 10 años, lo buscó en Google y encontró al terapeuta con la pechera de “la Orga”. Con esa nueva información, se comunicó con el psicólogo y le dijo la verdad: “Busco algo más afín a mis valores”. Del lado de los que la masacraron, el usuario @Francisco_srs escribió: “Necesitás un psiquiatra que te medique para que te saque todo ese odio, un docente para que te quite la ignorancia y alguien que te atienda bien también”. Hermoso.

¿Puede la grieta colarse en la sesión con un psicólogo? Y algo más inquietante: ¿podría, incluso, intoxicar la relación médico- paciente?

En una de las tantas crisis de salud por las que atravesó Maradona, uno de sus médicos confesaba en la intimidad: “Fue mi peor diagnóstico, cuando lo vi pensé que se moría, pero vivió 20 años más”. Hablamos de un neurólogo de primera línea. ¿Qué le había pasado? Un fenómeno emocional, que se gatilla con las celebridades: el médico fue capturado por el astro y su percepción se alteró. Nada que sorprenda: los médicos no son dioses. Son humanos con emociones. Y un inconsciente.

Pero, si seguimos la línea de Lucía Bertotto, ¿qué diferencia habría entre cancelar una cita con un psicólogo porque es de La Cámpora o cancelarla porque es judío, negro o trans? Mucha.

Una cosa es desestimar a un profesional por prejuicios relacionados con su religión, etnia u orientación sexual y otra muy distinta es, como en el caso de Lucía, ejercer el derecho a informarse y elegir con base en nuestros propios valores. Hablamos de una ampliación de derechos de las democracias modernas, que apunta a la democratización de la relación médico-paciente. El consentimiento informado, planteado por la bioética, es parte de este novedoso pack.

El 7 de octubre de 2013 Cristina Kirchner tuvo miedo de morir. Al otro día la operaban, de urgencia, de un hematoma en el cráneo y su desconfianza más profunda era sobre la identidad del cirujano: ¿sería amigo o enemigo? En esta, que me disculpen, pero le doy la razón. Por más diplomas que tenga, personalmente no elegiría a un cirujano que me odia para que me abra la cabeza.

El asunto puede rozar lo tragicómico. Un colega crítico del Gobierno se sometió, hace un par de años, a una videocolonoscopia. Entró nervioso a practicarse un estudio que no es, precisamente, agradable. Lo esperaban tres profesionales, uno con la jeringa en la mano. Mi colega los observaba indefenso, acostado, desde la camilla. El de la jeringa, para relajarlo, le preguntó a qué se dedicaba. “Periodismo político”, respondió. “Ah, qué interesante. ¿Y de qué lado de la grieta estás?”. El periodista pensó con terror: ¿y si este es ultra-K? “Ni de un lado ni del otro –mintió, guiado por el instinto de supervivencia–. Estoy justo en el centro”.

Pero ¿y el juramento hipocrático? ¿No inmuniza a los médicos con un profesionalismo universal? Freud hablaba de las tres heridas narcisistas de la humanidad. Una la encarnaba Copérnico. Otra, Darwin. Y la tercera, el propio psicoanálisis. Copérnico injurió al ego humano cuando reveló que la Tierra no era el centro del universo. Darwin nos enrostró que somos la evolución del mono y no seres divinos. Y Freud expuso que no es exactamente la voluntad racional la que nos gobierna, sino que, muy a menudo, toma el control de nuestros actos un monstruo irracional llamado inconsciente. Y aunque parezca lo contrario, es en ese territorio puramente emocional donde se inscribe la política. Por eso las pasiones, las peleas familiares, las agresiones en las redes. Y esa adrenalina tan parecida al amor. Como resume Jaime Durán Barba: uno primero es emocionalmente de izquierda o de derecha y después se entera de qué tiene que leer para justificarlo.

En la elección de un psicólogo la cuestión es aún más espinosa. Es habitual que los dirigentes políticos que se analizan, o que hacen algún tipo de trabajo interno, elijan terapeutas afines a su ideología. En el mundo “psi” todos saben quién es quién y qué piensa. Muy probablemente un psicólogo militante de la izquierda dura no valore demasiado la meritocracia. ¿No sería mi derecho optar por uno que sí valore el mérito?

Las terapias no solo tienen una orientación, sino también una “ideología”, si por ideología entendemos una serie de creencias: un modo de ver y entender el mundo. No es lo mismo un psicoanalista clásico que uno gestáltico o transpersonal. O una terapia cognitivo-conductual. O una grupal. O la bioneuroemoción. O la biodecodificación. Para complicar aún más las cosas hoy también entran a jugar las neurociencias. En privado, algunos psicoanalistas clásicos relativizan su importancia: la consideran una moda. Otros la integran.

Un psicólogo clásico, formado en la Argentina, va a estar muy influido por Freud y Lacan y poco o nada por Jung. Tanto predominio tuvo y tiene Lacan en la carrera de Psicología de la UBA que, en los primeros años de la recuperación democrática, aquellos alumnos lo plasmaron, con humor, en un grafiti: “Se fue la cana, llegó Lacan”.

A riesgo de que me odien un poquito en el mundo “psi”, como paciente experimentada que soy, digo: algunos terapeutas deslizan opiniones personales en sus tratamientos, no son solo abordajes asépticos.

¿Y acaso las opiniones no están cargadas de ideología? Escucho las objeciones: si es un buen psicólogo, no puede opinar ni sugerir un curso de acción. Puede. En Los cuadernos de Laura publiqué la historia de una mujer que se atendía simultáneamente con dos terapeutas. Uno, en un grupo; otra, en forma individual. La mujer calificaba a su pareja como tóxica. El terapeuta grupal ponía empeño en mostrarle el aprendizaje que esa relación entrañaba; la individual, en cambio, la veía como un cáncer a extirpar. Uno consideraba la relación “tóxica” como un ejercicio útil para descubrir aspectos propios; la otra, como una enfermedad a curar. Acá no solo hay dos soluciones, sino dos maneras de ver el mundo. ¿Por qué no se podría elegir entre uno y otra?

Entre Jung y Freud también había una grieta. Una grieta bien narrada en Un método peligroso, film histórico-psicológico dirigido por David Cronenberg. Jung no creía en el azar, sino en los mensajes ocultos de las sincronicidades vitales. Freud, su maestro, no. Un mundo con o sin Dios. Optar por un junguiano o un freudiano, ¿es discriminatorio o el ejercicio de la propia libertad?

Como Lucía Bertotto, reivindico mi poder y mi derecho a elegir a quién le voy confiar mi cuerpo y mi mente. Y si un anestesista me va a pinchar, prefiero uno al que le caiga bien. Al que, por ejemplo, le guste lo que escribo. O, de mínima, que no me odie.

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