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Notas de Opinión

¿Y si lo que va camino a Venezuela no es la Argentina, sino la oposición?

Algo crucial para comprender el fenómeno del país caribeño es la fragmentación y descoordinación de los líderes y partidos opositores

Columna publicada originalmente en La Nación

Hasta hace unos meses, algunos líderes opositores, entre ellos, Mario Negri (enfocado en estos días en mantener su papel como jefe de la bancada de JxC en la Cámara de Diputados), repetían un mantra con el que aspiraban a alertar sobre el riesgo institucional que según ellos vivía el país y, al mismo tiempo, a galvanizar al electorado en unos comicios que lucían muchísimo más competitivos de lo que terminaron siendo: “Estamos a siete diputados de ser Venezuela”.

Muchos observadores descontaban que el oficialismo seguiría controlando el Senado y advertían sobre el hecho de que en la Cámara baja la oposición debía reemplazar las bancas obtenidas en las elecciones de 2017, antes del desbarranco económico y con el peronismo todavía dividido. ¿Sería posible superar el umbral del 40% de los votos con el FDT gobernando la Nación y la enorme mayoría de las provincias, entre ellas, Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Tucumán y Entre Ríos? Excepto CABA y Mendoza, se trata de los distritos más relevantes desde el punto de vista demográfico.

“Y con La Cámpora controlando el proceso electoral, incluido el crítico Correo”, se preocupaba un dirigente opositor convencido de que “las redes del castro-chavismo” habían penetrado el aparato del Estado, incluidos los servicios de inteligencia, con lo cual, a diferencia de lo que venía ocurriendo en este sinuoso período democrático a punto de cumplir 38 años, la transparencia de las elecciones estaba en riesgo.

En perspectiva, el escenario actual es diametralmente opuesto. A pesar de las típicas irregularidades que ocurren en todos los comicios, y sin olvidar la necesidad de agilizar el sistema de votación, por ejemplo, con la incorporación de la boleta única de papel, entre otras medidas para mejorar la calidad del proceso electoral, las últimas elecciones fueron libres y justas. Más, la diferencia en la crucial provincia de Buenos Aires fue de alrededor del 1% y, sin embargo, los derrotados no cuestionaron el resultado, sino que curiosamente prefirieron festejarlo. A primera vista, la Cámara de Diputados quedó idéntica en términos de correlación de fuerzas, aunque experimentará un salto extraordinario con la incorporación de importantes figuras que en principio permiten ser más optimistas en cuanto a la calidad del debate y el prestigio del cuerpo. En el Senado, por el contrario, se produjo un cambio histórico con la pérdida del quorum propio por parte del peronismo, un hecho inédito desde 1983 hasta la fecha. Es difícil aún definir hasta qué punto esto va a transformar viejas prácticas y valores característicos de la cultura política argentina. ¿Continuará el viejo criterio según el cual el Senado no acepta pedidos de desafuero hasta que no haya una sentencia firme por parte de la Corte Suprema? Seguramente la Cámara alta se convertirá en un cuerpo mucho más alineado a lo que supone la letra y el espíritu de la Constitución. Por eso, CFK pretendía convalidar una centena de DNU justo un día antes de que lo que hasta ahora era su “zona de confort” se convirtiera en un potencial dolor de cabeza.

Las elecciones de mitad de mandato ratificaron que tenemos un sistema político basado en dos grandes coaliciones que, al menos de 2015 a la fecha, representan entre el 70% y el 90% del electorado, según se elija presidente o legisladores. Como ocurría con el viejo bipartidismo imperfecto vigente hasta la gran crisis de 2001, surgen terceras fuerzas que pujan por desafiar a los actores dominantes, aunque por lo general terminan pactando con el ganador. Ocurrió con el Partido Federal de Manrique y el radicalismo, con la UCD y el menemismo y con Acción para la República y el gobierno de Fernando de la Rúa. Eso le reclamaban muchos a Mauricio Macri en relación con el Frente Renovador, y de hecho incorporó a su gobierno a algunos funcionarios de ese espacio, pero sus diferencias con Sergio Massa fueron y son irreconciliables. Excepciones no menores: los derrotados de 1995 conformaron la Alianza, y los de 2017, el FDT. Y López Murphy, tercero en 2003, siempre estuvo en las antípodas del kirchnerismo.

Aún más importante, considerar opción posible una eventual “venezolanización” del país suponía ignorar que el chavismo es una dictadura militar, que Hugo Chávez fue un líder carismático que llenó un vacío de poder generado por el colapso del viejo orden bipartidario (Adeco-Copei) a partir del Caracazo (1989) y que se consolidó gracias a los recursos petroleros que el Estado venezolano controla mediante una empresa pública hoy arrasada, como Pdvsa. Por el contrario, nuestras FF.AA. son profesionales y respetuosas del orden institucional (a pesar de los intentos del general Milani en la segunda presidencia de Cristina Kirchner), el sistema político está consolidado y la revuelta fiscal de la 125 puso límites al avance depredador del kirchnerismo. Puede que en la coalición gobernante haya segmentos radicalizados que sueñan con parecerse a Venezuela y de hecho algunos integran la flamante agrupación Soberanxs. Pero que logren su cometido parece, con suerte, un evento de bajísima probabilidad.

Sin embargo, existe un elemento crucial para comprender el fenómeno del país caribeño que no se puede soslayar: la fragmentación, descoordinación y disfuncionalidad de los líderes y partidos de la oposición. La historia del régimen chavista habría sido muy distinta si la oposición hubiera actuado como un bloque homogéneo o, al menos, unido por el espanto. Nada de eso ocurrió. Y no solo por cuestiones de egos y diferencias ideológicas: el régimen se encargó de profundizar rivalidades y sospechas mutuas con todo tipo de artimañas.

La Argentina conoce algo parecido. Para las elecciones de 2011, la oposición hizo todo lo posible para facilitar el triunfo de CFK, despreciando el entonces debutante mecanismo de las PASO y presentando demasiadas opciones, lo que pavimentó el camino para una victoria arrolladora por más del 54% de los votos. Semejante acto de irresponsabilidad política e institucional pudo haber costado mucho más caro de no haber sido por los innumerables errores no forzados y las muestras permanentes de ineptitud de un gobierno que pretendió ir por todo y se quedó sin nada, incluyendo la derrota en la provincia de Buenos Aires en 2015.

Desde la notable y menospreciada victoria del 14 de noviembre, los principales dirigentes opositores tendieron a comportarse de una manera peligrosamente parecida a los que protagonizaron aquella patética elección hace justo una década y a sus fatigados colegas venezolanos que son víctimas y a la vez facilitan los atropellos de la narcodictadura chavista, hace más de dos. Los tempraneros animal spirits de algunos precandidatos se combinan con los codazos para ocupar espacios de poder y otros recelos personales e ideológicos para mostrar, en conjunto, la peor imagen de una coalición heterogénea y, por eso, competitiva de cara a 2023. Si el Gobierno saliera de la fracasada comodidad del “ah, pero Macri” y no estuviera viviendo situaciones parecidas podría hacerse una panzada con los cortocircuitos de la oposición.

No solo hay problemas entre los partidos, sino también en el interior de cada uno de los componentes. Y lo más importante: la profunda crisis actual y el fresco recuerdo del fracaso económico de la experiencia 2015-2019 constituyen razones contundentes como para que los esfuerzos estén puestos en diseñar un plan de gobierno serio, consensuado e integrador, así como equipos de gestión capaces de implementarlo. No queda más espacio para las promesas, la improvisación ni el relato. Es hora de grandes decisiones, no de politiquería barata o devaneos personalistas.

Notas de Opinión

El talentoso Dr. Stiglitz

Las ideas controversiales del ganador del Premio Nobel de Economía en 2001 y sus viejas disputas con los organismos de crédito ahora tienen como “conejillo de indias” a la Argentina.

*Columna publicada originalmente en Infobae.

Recibir el Premio Nobel de Economía es un honor inmenso que pocos economistas académicos pueden exhibir. La mayoría de los economistas que han sido premiados con el Nobel suelen conservar sus trabajos en la academia y proseguir con las investigaciones por las que fueron honrados. Algunos pocos aprovechan este título honorífico para extender “bulas macroeconómicas” a gobiernos populistas y a difundir ideas que poco tienen que ver con los campos académicos por los cuales fueron distinguidos. Ese es, sin duda, el caso del Dr. Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía (2001).

La influencia intelectual del Dr. Stiglitz sería irrelevante para todos los argentinos de a pie si no fuese porque sus ideas controversiales, sus reflejos anti-sistémicos y sus viejas disputas con los organismos de crédito internacional ahora tienen como “conejillo de indias” a la propia Argentina. Es sabido que el Dr. Stiglitz fue el mentor intelectual en la Universidad de Columbia del Ministro de Economía argentino, Martín Guzmán. Su influencia intelectual es tan grande que sus teorías y pensamientos se mimetizan a lo largo de sus escritos, algunos en co-autoría.

Las andanzas del talentoso Dr. Stiglitz tienen muchos años y son bien conocidas en el mundo de la academia pero poco conocidas para el público en general.

Desde su puesto de Economista Jefe del Banco Mundial entre 1997 y 2000 el Dr. Stiglitz comenzó a darle un giro político a su perfil para convertirse en un feroz crítico de los organismos de crédito internacional, en particular del FMI y del Banco Mundial, y de la arquitectura financiera internacional.

Puesto en términos simples, su punto es que los países con crisis fiscales y externas deben salir del laberinto por arriba: con más expansión del gasto. Aclaración: no estamos hablando de un ciclo recesivo sino de una crisis. Traducido: significa que si un país atraviesa una crisis externa o fiscal debe acudir al FMI para pedir financiamiento para gastar más en lugar de aplicar esos recursos para financiar una corrección de los desequilibrios que lo llevaron a la crisis en primer lugar. De esa forma, la economía se expandiría y se saldría de la crisis “de manera virtuosa”. Las ideas del Dr. Stiglitz -que Guzmán repite como un mantra- son música para los oídos de cualquier gobierno que enfrenta una crisis e intenta sortear los ajustes.

La prescripción de política económica del Dr. Stiglitz es tan irreverente y políticamente correcta como desopilante y descabellada. Si no fuese un Premio Nobel de Economía el que lo postula, hubiese despertado algunas tiernas sonrisas antes de pasar a otro tema.

En el año 2002, el por entonces Economista Jefe del FMI, Kenneth Rogoff, escribió una carta abierta al Dr. Stiglitz indignado por varias de sus afirmaciones en un libro crítico de las políticas y los economistas del FMI y el Banco Mundial, a los que Stiglitz había dirigido entre 1997 y 2000 como Economista Jefe.

Las frases de la carta de Rogoff cobran sentido para interpretar e interpelar la política económica que viene aplicando el Ministro Guzmán en sus más de dos años de gestión: “Nosotros, los terrícolas, hemos descubierto que cuando un país en apuros fiscales trata de escapar imprimiendo más dinero, la inflación aumenta, a menudo sin control”. Le habla a Stiglitz en 2002 aunque bien podría estar hablándole a Guzmán 20 años después.

Las ideas y la prédica del Dr. Stiglitz llegan hoy hasta nuestras orillas. En una reciente nota en la revista Project Syndicate, Stiglitz intenta argumentar cómo y por qué Argentina está viviendo un verdadero “milagro económico” de recuperación y por qué el FMI no debería interponerse en su camino. En su artículo argumenta que este “milagro” se debe a las políticas expansivas aplicadas por el gobierno de Alberto Fernández a las cuales adjudica el rebote que siguió a la cuarentena más larga del planeta.

La gente inteligente miente inteligentemente. Por eso Stiglitz omite mencionar que la inflación trepó llegó al 50% el año pasado y que está en ascenso, que el país se ha quedado sin reservas y que se ha visto obligado a restringir sus importaciones para evitar una gran devaluación, a pesar de los USD 17.000 millones extra que recibió por la suba de precios de exportación y los DEGs del FMI, que la brecha cambiaria supera el 100%, que el riesgo país subió a más de 1.800 puntos básicos y que el Estado Nacional se ha quedado sin financiamiento voluntario, a excepción de los inversores institucionales domésticos que están cautivos.

En gran medida, este estado de cosas se explica por el desbarajuste fiscal que ha generado Alberto Fernández y su Ministro Guzmán en dos años de gobierno. No fue la pandemia ni la cuarentena las que desequilibraron las cuentas públicas de manera permanente. Fueron la expansión de las políticas de gasto, los congelamientos tarifarios y el déficit de las empresas públicas que crece sin pausa, además de una multitud de leyes que ampliaron transferencias y subsidios sin control.

Dice Rogoff a Stiglitz en 2002: “Las leyes de la economía pueden ser diferentes en tu parte del cuadrante gamma, pero aquí encontramos que cuando un gobierno casi en bancarrota no logra restringir de manera creíble el perfil temporal de sus déficits fiscales, las cosas generalmente empeoran en lugar de mejorar.”

El Dr. Stiglitz también se cuida de advertir que el gobierno financió parte de sus políticas con los “colchones” macroeconómicos que se habían gestado con enorme sacrificio en los 4 años previos: fiscal, monetario, cambiario y tarifario. Usó y abusó de todos hasta agotarlos por completo.

Ahora el Gobierno se ha quedado sin recursos para seguir financiando su política de expansionismo fiscal. Las políticas del Gobierno están llevándonos a un ajuste inevitable y eventualmente a una crisis, con o sin acuerdo con el FMI. Esto es un dato. Por eso el gobierno precisa encontrar un chivo expiatorio a quien culpar del ajuste inevitable. Sus candidatos son el FMI y la oposición.

Si hay acuerdo con el FMI, el gobierno dirá que por culpa de “las recetas del Fondo” (esas que Stiglitz critica) el país deberá sufrir un duro ajuste. Si no hay acuerdo, el Gobierno buscará culpar del ajuste al “golpe de mercado” y a la terquedad del FMI que no acepta las excéntricas teorías del talentoso Dr. Stiglitz. Es win-win para el relato kirchnerista pero una tragedia para los argentinos.

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Notas de Opinión

La Argentina se acorrala a sí misma en una zona de fuertes turbulencias

El país necesita un cambio de timón urgente, y mucha suerte, para evitar que la película de suspenso que ha venido protagonizando se transforme en una de terror

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación

Un gobierno debilitado, fragmentado e incapaz de resolver las cuestiones más elementales. En muchas ocasiones, ni siquiera resulta apto para al menos encauzarlas o priorizarlas. Una oposición que fracasa a la hora de ordenar la puja de poder entre sus principales líderes y al mismo tiempo continúa sin plantear con nitidez alternativas viables frente a los principales problemas de la sociedad, en particular la estanflación y la larga decadencia que experimenta una economía cada vez más frágil, cerrada, trabada por cepos y regulaciones estériles, sin financiamiento y que, como consecuencia, se vuelve día a día más pobre e irrelevante. Los actores emergentes (los segmentos liberales/libertarios, en menor medida la izquierda más dura) continúan afianzándose, aunque no tienen aún el volumen ni la densidad política como para meterse en la gran pelea entre las dos coaliciones dominantes. Como resultado, nuevamente el sistema político en su conjunto se devela incapaz de evitar que el país quede encastrado en una suerte de encerrona trágica: sin chances claras de revertir la crisis, las expectativas de los principales protagonistas de la vida pública varían entre los optimistas que creen que podremos continuar igual de mal y los realistas/pesimistas que descuentan un futuro aún peor.

Desde el pavoroso estallido de 2001, la Argentina no logró restablecer un camino lógico y congruente con las reglas y las prácticas vigentes en el mundo civilizado para promover el desarrollo humano, fortalecer la democracia e integrarse más y mejor en un mundo complejo, lleno de desafíos pero, en especial para los países emergentes, sobre todo de oportunidades. Pero desde la crisis disparada en abril de 2018, agotada la confianza del mercado financiero en la administración Macri por su renuencia a implementar la imprescindible consolidación fiscal y con exportaciones menguadas por la sequía, el país entró en una zona de fuertes turbulencias que, al no resolverse ninguno de los problemas centrales (más: con varios de ellos que habían mejorado en franca curva descendente, como ocurre con el enorme déficit creado por los subsidios energéticos), condiciona el margen de maniobra de un gobierno que es la principal víctima de su propia mala praxis y que entró, a partir de la derrota electoral de noviembre, en un estrecho desfiladero del cual no está claro si sabrá y podrá salir. Para peor, las potenciales consecuencias de un agravamiento de la penosa situación actual serían severas y dolorosísimas para el conjunto de una sociedad empobrecida, agotada, defraudada y desconfiada. Sobre todo, para los sectores más vulnerables, esos a los que el FDT dice o cree aún representar.

¿Cuál sería la dinámica si se agudizaran los dilemas más acuciantes? ¿Es posible identificar los eventuales disparadores que profundizarían los problemas actuales, rompiendo este equilibrio inestable, agónico pero que ha durado más de lo que algunos pronosticaban? Con prudencia, extrapolando lecciones de experiencias pasadas y especulando con la combinación de dos o más variables, es posible explorar algunos escenarios contingentes para delinear eventuales cursos de acción. Y aunque seguramente la realidad será más vaporosa y compleja, vale la pena identificar los mecanismos que podrían alterar la actual inercia y precipitar entornos todavía más problemáticos e inestables.

En el plano económico, madura sin tropiezos una tormenta perfecta: con ínfimas reservas, una inflación que solo el Presidente dice imaginar bajo control, el riesgo país bordeando los 2000 puntos básicos y una sequía que compromete la balanza comercial y los ingresos por retenciones, sin considerar el impacto de la ola ómicron en la producción y el consumo. Con el dólar blue en niveles récord por el amesetamiento de las negociaciones con el FMI, una declaración formal de default dispararía una situación sencillamente caótica. Pero un acuerdo con fórceps y/o percibido como incumplible podría disparar lo que Rozenwurcel y Cavarozzi denominaron recientemente una “híper-estanflación”. En ese contexto, viejas tensiones irresueltas (como ocurre con el campo, ese sempiterno archienemigo del kirchnerismo) y una creciente asfixia por parte de los contribuyentes alimentarían un clima de rebelión fiscal. El ciclo vicioso déficit-inflación-disparada del dólar-licuación de ingresos podría acelerarse y, como indicó Buscaglia hace unos días, el milagro sería evitar una nueva hiperinflación.

En el plano político-institucional, el panorama luce también innecesariamente convulsionado: el ataque a la Corte Suprema y a la independencia de la Justicia, impulsado por los sectores más duros del kirchnerismo, falazmente presentado como demanda social (en ningún sondeo aparece como una cuestión prioritaria) e insólitamente avalado por el Gobierno, no alcanza a disimular las fuertes tensiones dentro de la coalición gobernante, lo que produce inevitables conflictos de coordinación e importantes trabas en la gestión. Además, si juzgamos por los resultados de las últimas legislativas, estos desencuentros internos fortalecen la percepción por parte de una mayoría de la sociedad respecto de un plan de impunidad impulsado desde el propio Poder Ejecutivo Nacional para beneficiar a CFK, sus familiares y sus allegados en las causas de corrupción en que están involucrados. En paralelo, las pugnas dentro del bloque opositor complican el panorama para una ciudadanía apática y amilanada que no encuentra un liderazgo que ordene la agenda ni priorice cursos de acción razonables y conducentes para evitar que la crisis escale.

A todo esto deben agregársele las crecientes tensiones sociales. Frente a la caída en términos reales de los ingresos, en particular los de los jubilados y los asalariados del sector público, víctimas del ajuste inflacionario, y en un contexto de incremento de los casos de inseguridad más que nada (aunque no únicamente) en los grandes centros urbanos, no debe descartarse que surjan episodios de gran impacto mediático con capacidad para movilizar a la ciudadanía y ahondar la sensación de un Estado ausente, cómplice o, al menos, totalmente ineficaz para prevenir hechos graves de violencia e inseguridad. Imposible no remitir, como ejemplo, al “caso Blumberg”. En paralelo, el malhumor generalizado se ve alimentado por fenómenos como los cortes prolongados de luz, las inundaciones por precipitaciones intensas y severas, los incendios como resultado de la interminable sequía y nuevas series de complicaciones sanitarias relacionadas con el Covid-19. Estas situaciones podrían constituir factores complementarios que echen leña al fuego en algunas localidades o provincias en particular que ya estén experimentando situaciones puntuales complejas.

Lejos de buscar apaciguar las aguas o contener los mecanismos más explosivos, el Gobierno tiende a multiplicar sus tradicionales errores no forzados. En particular, iniciativas totalmente disociadas de la agenda ciudadana y declaraciones de connotados funcionarios que parecen orientadas a enervar al menos a un segmento significativo de la sociedad. Lo mismo ocurre con los intentos de justificar lo injustificable (embarazosa tarea de voceros oficiales y oficiosos) o de construir narrativas esperanzadoras (“sarasas”, diría el ministro Guzmán). Por eso, luego de protagonizar una larga y previsible película de suspenso, la Argentina necesita un cambio de timón urgente –y, por cierto, mucha suerte–, para evitar convertirla en una de terror.

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Notas de Opinión

Con la democracia no se come, ni se educa ni se cura

Necesitamos trabajo, inversión e incentivos a la acción privada son prioridad. Si dejamos que nos sigamos engañando, terminarán quedándose con el futuro que alguna vez imaginamos tener y que hoy parece cada vez más inalcanzable

Columna publicada originalmente en Infobae

Argentina es un país que viene transitando sus últimas décadas en un permanente estado de situaciones virulentas. Solo desde la llegada de la democracia hemos tenido en nuestros bolsillos cinco monedas diferentes: iniciamos el período democrático con el “Peso argentino” que luego de quitarse tres ceros se convirtió, allá por 1985, en el “Austral” para siete años después transformarse finalmente en el “Peso” quién al nacer se encargó de sacarle a su antecesor otros cuatro ceros más. Luego, casi de manera imperceptible, con la crisis del 2001, pasamos de tener una moneda “convertible” a tener una moneda “no convertible”. En definitiva durante casi cuatro décadas hemos convivido con cuatro monedas a las que les hemos quitado en total siete ceros y que hoy nadie la quiere en sus bolsillos. Resulta sorprendente que aún no logremos resolver nuestro dilema monetario. Incluso un sector de la sociedad parece creer que la soberanía nacional necesariamente implica contar una moneda local a pesar de los desastres que han ocasionado con ella.

También hemos atravesado años de estabilidad (como aquellos que nos ofreció la “Ley de Convertibilidad” durante los años 90), tiempos de hiperinflación (como la de los años 1989 y 1990), y años como los actuales donde tener un 50% de inflación anual nos parece absolutamente normal a pesar de ser junto con Venezuela y Sudán uno de los países con el mayor aumento de precios en el mundo.

La pobreza ha sido otro de los temas que no hemos logrado resolver: hace varias décadas en Argentina no se conocía lo que significaba la indigencia. Hoy hay 5 millones de personas que no logran alimentarse y unos 19 millones que viven debajo de la línea de pobreza. La peor de las imágenes es aquella que muestra una realidad mucha más dura: el 65% de los chicos en el país son pobres. Además la zona más densamente poblada, conocida como el Conurbano Bonaerense, ostenta el triste logro de tener en sus habitantes más personas pobres que no pobres. La pobreza infantil resulta un dato que habla mucho de nuestro futuro: chicos que hoy no se están alimentando bien, son aquellos que tampoco están en condiciones de educarse como corresponde, a pesar de ser ellos quienes dentro de algunos años tendrán la responsabilidad de hacer de este un país distinto. Si seguimos sin ocuparnos de este tema dentro de algunas décadas más el piso de pobreza del que se hablará en la Argentina será del 65% y ya no habrá posibilidades de volver a inclinar la balanza hacia un futuro próspero y pujante.

La pandemia ha dejado un millón de chicos que no han logrado regresar a las aulas, siendo este el nivel de deserción escolar más estrepitoso de la historia. Un país que solía ser la envidia del mundo en calidad educativa hoy no solo no logra que los chicos vayan a la escuela sino que además quienes logran terminar el secundario tienen serias dificultades para comprender textos y también para resolver ejercicios matemáticos básicos. El sindicalismo y la política tercermundistas han sido cómplices de este desastre educativo del que nos llevará décadas recuperarnos. Como dato adicional, de los chicos con menores recursos solo el 10% llega a poner un pie en la universidad.

La economía es la principal compañera del progreso. Nuestro país no solo ha sido un desastre en materia monetaria: los despilfarros y desórdenes de las cuentas fiscales, la falta de planes económicos sostenibles y la falta de sentido común en materia tributaria y regulatoria que ha imperado a través de los años en la dirigencia argentina (al punto que el propio Presidente de la Nación ha manifestado que no cree en los planes económicos) han transformado a la Argentina en una tierra estancada desde hace más de 10 años, sin creación de empleo genuino, sin nuevas empresas y prácticamente sin inversión privada. Solo un dato: el que nació junto con la democracia ha vivido unos 16 años en recesión, un 42% de su vida.

Nos engañaron haciéndonos creer que con la democracia se come, se educa y se cura, sin decirnos que eso solo ocurre únicamente cuando el trabajo, la inversión y el incentivo a la acción privada son prioridad. Si dejamos que nos sigamos engañando, terminarán quedándose con el futuro que alguna vez imaginamos tener y que hoy parece cada vez más inalcanzable.

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