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Notas de Opinión

Costos y límites de la política de la ambigüedad

La Argentina irrelevante: el mundo no perderá su tiempo tratando de entender los jeroglíficos que aquí improvisan políticos de cabotaje

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación

A pesar del contundente triunfo opositor, los mercados siguen castigando sin piedad a los activos argentinos. El riesgo país alcanza récords, mientras la creciente incertidumbre sobre lo que puede llegar a ocurrir dentro y fuera del FDT mantiene en vilo al conjunto de la sociedad. Sin embargo, no conmueve a una comunidad de inversores para la que la Argentina es mala palabra y lo seguirá siendo por mucho tiempo, al menos hasta que pueda demostrar un cambio drástico de comportamiento (superávits gemelos a lo largo de varios años) y un apego genuino y duradero a las reglas del juego del sistema financiero, incluido el FMI. Como consecuencia de la falta de precisión sobre los lineamientos económicos y los equipos de gestión de un eventual gobierno en el futuro, las dudas abarcan también a la oposición. Fundamentalmente, nadie sabe si Alberto Fernández estará en condiciones y tendrá la voluntad y el coraje de ejercer la presidencia sin la tutela, la influencia, la presión y el acoso de su compañera de fórmula. ¿Qué significa el silencio de Cristina? ¿Cuánto tiempo durará? ¿Pondrá otra vez en juego la estabilidad de su gobierno con otra de sus arteras misivas?

Las tensiones internas entre los renacidos “albertistas” y los perennes “cristinistas” han venido escalando a tal punto que el propio Kulfas salió a desmentir al hasta ahora poderoso secretario de Comercio, Roberto Feletti, respecto de un tópico particularmente sensible para el universo K: las sacrosantas retenciones, en este caso a las exportaciones de carne. Sin embargo, la cuestión más polémica es el eventual acuerdo con el FMI: corren las agujas del reloj y, con la sangría permanente de reservas del Banco Central y un vencimiento imposible de pagar en marzo próximo, el gobierno argentino necesita de manera urgente poner fin a esta negociación innecesariamente dilatada. ¿Por qué Guzmán prefirió estirar tanto este proceso, cuando las condiciones para el país eran extremadamente favorables durante el pico de la pandemia, en el tercer trimestre del año pasado? “Típica maniobra kirchnerista: cuando Néstor veía que en una negociación la contraparte estaba dispuesta a un acuerdo, siempre pedía algo más”, afirma un exfuncionario. No siempre lo conseguía: es más, en alguna oportunidad pagó un precio muy caro por su inflexibilidad. Por ejemplo, antes de la brutal derrota de la 125 hubo varios intentos de acercar las partes que daban la sensación de que podían prosperar. Intermediarios hábiles como Julio De Vido o el propio Alberto Fernández fueron responsables de esos esfuerzos. Su fracaso no estuvo relacionado con la rigidez de los grupos de autoconvocados que a la vera de las rutas limitaban el margen de acción de los integrantes de la Mesa de Enlace, sino por la renuencia de Kirchner a ceder y ser consecuentemente percibido como débil.

Tal vez ahora Alberto Fernández se lamente de tanta procrastinación: negocia desde la debilidad, si no desde la desesperación. ¿Fue Cristina la que vetó aquellos supuestos avances logrados con el Fondo? Si no directa, fue al menos la responsable indirecta: el “affaire Basualdo” puso de manifiesto su negativa a corregir el déficit fiscal mediante una recomposición tarifaria (esa curiosa costumbre K de subsidiar a quienes no los votan). Y la carta del 15 de septiembre ratificó su peculiar concepción de la economía política: capitalismo es sinónimo de consumo y debe estimularse con un déficit mayor financiado con emisión monetaria. ¿Quiere la vicepresidenta un acuerdo ahora, aunque implique una corrección más severa de las tarifas y una nueva política cambiaria? El Presidente dice que apoya el paquete que prometió enviar al Congreso a comienzos de diciembre para que los nuevos representantes lo discutan. Probablemente rechace esas condicionalidades, pero tema aún más las consecuencias de un eventual default con un organismo financiero internacional perteneciente al sistema de las Naciones Unidas. Vale la pena recordar que ella vincula los casos de corrupción de su gobierno a la acción de lobbies extranjeros vinculados a los holdouts, meros especuladores privados. Aunque eso sea solo una fantasía, su miedo debería escalar, pues al incumplir con el Fondo estaría afectando el interés de los contribuyentes de los principales países del mundo. Lección para ella y para el resto de “la casta”: gobernar implica a menudo optar entre dos alternativas consideradas malas, eligiendo el mal menor.

¿Quiere un acuerdo serio y sustentable o solamente salir del paso para evitar un descalabro mayor y dejarle al próximo gobierno la responsabilidad de presentar un programa integral y consistente? Muchos consideran esa opción subóptima la más probable. Pues el Fondo, cansado de lidiar con un gobierno que perdió credibilidad y abusó de su paciencia, que cuestionó reglas establecidas desde siempre y pidió lo imposible, puede facilitar un acuerdo que no le cree riesgos a futuro en el sentido de que pueda generar antecedentes que otros países puedan solicitar. “¿Quién querría ser visto como un paria?”, afirma un avezado inversor de Wall Street. “Ser comparado con la Argentina es algo que ningún país serio va a querer”.

A finales de los años 80, Peter Evans analizó con brillantez la cuestión de los “Estados depredadores” que en contextos poscoloniales, sobre todo en África y América Latina, solían obstaculizar la implantación de modelos desarrollistas. Más recientemente, Daron Acemoglu y James A. Robinson dedicaron un capítulo completo del libro Por qué fracasan los países (Why Nations Fail) a la Argentina. Allí estudian cómo ciertas elites se especializan en extraer los recursos a los sectores más productivos de la economía en vez de generar incentivos para que se multiplique la riqueza. Lo que expresó el voto popular reciente es que más allá de las disidencias y de su amplio espectro ideológico, y sin importar si tiende a radicalizarse o a optar por el pragmatismo, el FDT continúa siendo la expresión más acabada del concepto de coalición depredadora y explica, en buena medida, por qué nuestro país lleva un estancamiento de una década durante la cual no ha logrado crecer y, peor aún, por qué perdió el tren del desarrollo desde, al menos, aquel lejano 1975 en que se produjo el Rodrigazo.

Los debates respecto de si el Gobierno encararía hacia la radicalización o hacia el pragmatismo en caso de un resultado negativo en las elecciones parecen haber omitido que históricamente el peronismo optó por la vía ambigua, tal vez con algunas pocas excepciones, como durante el menemismo a partir de 1991. Esto tomó particular fuerza en el período que Perón debió estar en el exilio, cuando el propio general incitaba a la “juventud maravillosa” a inclinarse hacia la violencia al tiempo que promovía entre el sindicalismo y entre algunos sectores más políticos aplicar estrategias menos confrontativas e incluso negociar con los militares. Así, inició una cultura que continúa hasta nuestros días: en el marco de un movimiento extremadamente heterogéneo, la mejor opción es producir múltiples mensajes que puedan satisfacer a sus diferentes segmentos. Esta política de la ambigüedad en casi todas las esferas, incluida la política exterior, con una coexistencia de actores y elementos ideológicos tan opuestos y hasta contradictorios en un mismo espacio, se tolera a nivel doméstico, pero resulta imposible de explicar fronteras afuera de la Argentina. Eso, sin contar que somos un país demasiado irrelevante para que el mundo pierda su tiempo tratando de comprender los jeroglíficos que improvisan políticos de cabotaje demasiado acostumbrados a mirarse al espejo.

Notas de Opinión

El crecimiento del PBI es un resultado, no una meta

En la Argentina, los desequilibrios económicos hacen que los empresarios, a la hora de invertir, deban consultar más a su contador que a sus ingenieros

Columna publicada originalmente en La Nación

No conozco país que se haya propuesto lograr el estancamiento secular de su economía, y luego de verificar que durante 10 años seguidos el PBI total no creció, haber festejado por haberlo logrado. De manera que el estancamiento económico siempre es un fracaso, y la cuestión referida a qué tiene que ocurrir para volver a crecer, pertenece al plano de los instrumentos.

El economista que afirma que si durante una década el PBI total creciera 5% anual, al terminarla “la torta” aumentaría 63%, y que si la deuda permaneciera constante, pero el PBI se duplicara, la relación deuda/PBI caería a la mitad, está haciendo aritmética, no economía. Porque el análisis económico usa la aritmética, el álgebra, la geometría, pero también la historia, la psicología, la geografía, etcétera; pero no es ninguna de ellas.

El análisis económico reflexiona sobre un aspecto de la decisión humana, el que tiene que ver con el hecho de que el PBI no cae del cielo, como el maná, sino que resulta del esfuerzo concreto, y la asunción de riesgos, por parte de los seres humanos.

En todo proceso de crecimiento, la inversión es clave. La decisión de inversión es instrumental: nadie compra una heladería porque le gusta comer helados. La fabricación y venta de cualquier producto requiere mano de obra, maquinarias, energía, pero por sobre todo, la decisión empresaria.

Si les exigimos a los empresarios que sean tan inteligentes como Einstein y tan buenos como la Madre Teresa, estamos en problemas. Afortunadamente esto no es necesario. Pero entendamos que la Argentina es un caso de energías distraídas, no de energías inexistentes.

Lo que hoy ocurre en nuestro país es que, para decidir la compra de una nueva máquina, el empresario consulta menos a su ingeniero que a su contador y a su abogado, y encima tiene que procesar las advertencias de los economistas, los analistas políticos y los intelectuales.

Algunos por ingenuidad, otros por ejercicio de poder, creen que están en condiciones de determinar qué y cuánto debe producir cada fabricante. Prefiero reglas de juego generales, con la menor cantidad de excepciones posibles, dentro de las cuales cada empresario elegirá qué hacer.

Luego de lo cual, los funcionarios del Indec recogerán la información y la sistematizarán, creando sectores, regiones, etc.

Capaz que existe algo mejor que esto, lo que sé es que esto es mucho mejor que lo que existe ahora.

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Notas de Opinión

Con los peores violadores de DD.HH.

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación

Los gobiernos de la Argentina y México se merecen el escándalo en el que se encuentran tras desafiar el boicot de las democracias occidentales y asistir a la nueva toma de posesión del dictador nicaragüense Daniel Ortega, el 10 de enero. Resulta que compartieron la ceremonia con uno de los sospechosos de terrorismo más buscados del mundo. La Argentina y México participaron en la ceremonia inaugural de Ortega con un alto funcionario iraní buscado por Interpol como uno de los autores intelectuales del atentado de 1994 contra el centro comunitario judío AMIA de la Argentina que dejó 85 muertos y más de 300 heridos.

Mohsen Rezai, vicepresidente para asuntos económicos de Irán y excomandante del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria de Irán, fue uno de los invitados de honor de Ortega en la ceremonia, junto con el dictador venezolano Nicolás Maduro, el dictador cubano Miguel Díaz-Canel, el presidente saliente de Honduras y funcionarios de China y Rusia. Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea (UE) y la mayoría de las democracias occidentales no enviaron representantes a la ceremonia, como una forma de protestar por la farsa electoral del 7 de noviembre en Nicaragua.

Estados Unidos y la UE también impusieron nuevas sanciones a la dictadura nicaragüense el mismo día de la nueva toma de posesión de Ortega para un cuarto mandato consecutivo. Ortega arrestó a los siete principales candidatos de la oposición antes de las elecciones del año pasado y luego se proclamó ganador. También es responsable del asesinato de por lo menos 317 manifestantes opositores durante las protestas callejeras de 2018, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. A pesar del boicot de las democracias occidentales, la Argentina y México enviaron a los encargados de sus respectivas embajadas en Nicaragua a la ceremonia, reconociendo de hecho el régimen ilegítimo de Ortega. Horas después, luego de que la oposición argentina denunciara la presencia de Rezai en el evento, el gobierno del presidente Fernández emitió un comunicado condenando la asistencia del funcionario iraní, señalando que la Argentina tiene una orden de arresto pendiente contra Rezai por el ataque terrorista de 1994. Pero la Asociación Mutual Israelita Argentina, AMIA, exige que el gobierno de Fernández “explique por qué el embajador argentino (en Nicaragua) no se retiró de la ceremonia”.

El congresista opositor Waldo Wolff me dijo que planea presentar una denuncia penal contra el canciller argentino por “incumplimiento de sus deberes de funcionario público” al no exigir el arresto inmediato de Rezai. “La obligación del gobierno argentino era de denunciar y procurar la detención de Rezai”, me dijo Wolff. “Emitir una declaración de condena no es suficiente”.

En México, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo horas antes de la toma de posesión de Ortega que, en ausencia de un embajador mexicano en Nicaragua, enviaría al encargado de negocios de la embajada mexicana a la ceremonia. “Lo mínimo que podrían haber hecho era abandonar la sala en señal de protesta”, me dijo José Miguel Vivanco, director del departamento de las Américas de Human Rights Watch, refiriéndose a los diplomáticos argentinos y mexicanos.

Dina Siegel Vann, directora de la división de América Latina del Comité Judío Americano, AJC, me dijo: “Es vergonzoso que no solo la Argentina, sino también México, que dice ser un adalid de los derechos humanos, de hecho hayan respaldado con su presencia a un individuo buscado por la Argentina e Interpol por actos de terrorismo”. Una alta funcionaria del Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel, Tammy Rahamimoff-Honig, tuiteó que es “indignante” que Rezai “viaje por el mundo con impunidad”.

Nadie debería sorprenderse por la presencia de las peores dictaduras del mundo en la asunción de Ortega, porque los tiranos se apoyan entre ellos. Pero los gobiernos democráticamente elegidos de la Argentina y México merecen una condena especial por haber abandonado la defensa mundial de la democracia. Ambos gobiernos no pueden ser tomados en serio cuando dicen que la presencia de Rezai en la ceremonia los tomó por sorpresa. Si Fernández y López Obrador se codean con los peores violadores de derechos humanos, era obvio que tarde o temprano iban a quedar manchados. Se merecen una fuerte condena de todos los defensores de la democracia, los derechos humanos y la dignidad.

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Notas de Opinión

Volnovich, otro sapo que traga la debilidad del Presidente

La jefa del PAMI es intocable, muy cercana a Cristina y Máximo Kirchner

Columna publicada originalmente en Clarín

Existieron dos mojones que establecieron límites férreos a la autoridad del Presidente en su gestión de gobierno y el manejo político en el Frente de Todos, la coalición oficial. El primero y más importante fue aquella renuncia inconsulta de Eduardo De Pedro, luego de la derrota en las PASO, que obligó a Alberto Fernández a realizar un cambio de gabinete que no estimaba conveniente.

No se fue ningún funcionario cercano a Cristina Fernández ni a La Cámpora. Incluso el ministro del Interior permanece hoy en su sillón.

El otro episodio fue una grave mentira presidencial. Mantenida oculta casi un año: la celebración del cumpleaños de la primera dama, Fabiola Yañez, en Olivos. Realizada de modo clandestino mientras la Argentina atravesaba el trance más severo de la cuarentena (julio del 2020) a raíz de la pandemia que pervive.

A la inicial delimitación política que trazó De Pedro se añadió entonces otra de carácter ético y moral que horada a Alberto. Aunque la atención pública esté colocada ahora en la potencia de contagio de la variante Òmicron, del Covid, la inflación, o la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI), las secuelas del capítulo de la pareja presidencial no dejan de hacer daño.

Antes que el juez federal de San Isidro, Lino Mirabelli, hiciera alguna consideración sobre el llamado Olivosgate, Alberto consideró que no había cometido ningún delito. Ofreció como reparación donar parte de su salario al Instituto Malbrán.

Luego su mujer propuso la donación de un respirador artificial (utilizado en tratamientos graves contra el Covid) para intentar algún acuerdo con la Justicia. Las ofertas se desmoronaron cuando Mirabelli dispuso la continuidad de la causa y la investigación por violación a las disposiciones de prevención por la pandemia.

El panorama permite comprender las dificultades internas que debió atravesar el Presidente para abordar un conflicto en el Gobierno que, en otras circunstancias, pudo saldarse fácilmente. Fue el desafío que planteó la titular del PAMI, Luana Volnovich, de La Cámpora, cuando decidió pasar sus vacaciones en una isla mexicana. Junto a su pareja y también autoridad de la entidad, Martín Rodríguez. Alberto había pedido con énfasis a sus funcionarios que no salieran del país.

Volnovich no fue la única. Jorge Ferraresi, el ministro de Vivienda, optó por descansar en Cuba. Claudio Moroni, de Trabajo, en Uruguay. Ninguno de ellos, a diferencia de la titular de PAMI, se expuso a la mirada pública. Quizás Luana no lo hizo provocativamente: fue filmada, sin embargo, en la barra de un bar isleño conversando atentamente con su pareja, Rodríguez. Situación que, dado lo avanzado del siglo XXI, debió haber tenido en cuenta.

Hubo algo que agravó aquel desenfado. Volnovich y Martínez son la conducción del PAMI. Directora y Subdirector. En el mismo momento de sus paseos por México, la Secretaría Administrativa de la entidad también quedó vacante por vacaciones. Un vacío temporario pero muy inoportuno. Fueron los días del calor agobiante que impacta siempre sobre las personas de mayor edad. También días en los cuales se afianzó la inflación elevada (50,9% en 2021) y siguió creciendo el valor del dólar blue. Las magras jubilaciones y pensiones sufrieron otra pérdida.

Los hombres más cercanos al Presidente, sólo un puñado, entendieron la necesidad de un gesto firme de su parte. Después de ocho días de iniciado el escándalo prevalece la indefinición. El Presidente carecería de alguna dosis de autonomía política para proceder.
Volnovich es intocable. Muy cercana a Cristina Fernández y al titular de La Cámpora, Máximo Kirchner. Vale recordar algo para comprender de qué se trata: Luana acompañó a De Pedro con aquella renuncia después de la derrota en las PASO. Nunca se le pasó por la cabeza a Alberto aceptársela.

La historia se repite. El Presidente indagó la posibilidad de una señal a la sociedad apartando a Rodríguez. Conjeturó la chance de un traslado a otro organismo del Estado. Para no dejarlo sin conchabo ni salario. Hasta este martes a la noche tampoco parecía lograrlo. En los pliegues de todas las conversaciones está el diputado Máximo. No desea ninguna baja entre sus filas.

El caso de Volnovich y su pareja se asemeja a otro sapo que estaría forzado a tragar la fragilidad de Alberto. Tampoco parece sería el único infortunio condenado a padecer en estas horas. Basta para entenderlo con reponer a De Pedro en la escena. Empeñado, sin dudas, en complicar más de lo que están las relaciones con la oposición de Juntos por el Cambio.

El ministro del Interior hizo un viaje repentino a Jujuy junto a la ministra de la Mujer, Elizabeth Gómez Alcorta. Fue para realizar una visita a la piquetera Milagro Sala, con condena judicial y prisión domiciliaria. El gobernador de la provincia, Gerardo Morales, se enteró cuando el hecho había sido consumado.

Morales fue, hasta ahora, el principal interlocutor del Presidente en medio de las opacas negociaciones con el FMI. Fue quien resolvió, para disgusto del PRO, que los tres mandatarios radicales (también Rodolfo Suarez de Mendoza y Gustavo Valdes, de Corrientes) enviaran delegados a la reunión que Martín Guzmán mantuvo hace 10 días con los gobernadores del PJ.

Se estableció, entre ambos, como una condición para que, posteriormente, el ministro de Economía se juntara con los mandatarios de Juntos por el Cambio, incluido el titular de la Ciudad, Horacio Rodríguez Larreta, y los jefes parlamentarios a fin de rastrear algún consenso en la negociación con el FMI. Ese encuentro fue desgajado de a poco por el Gobierno.

El Presidente construyó con Morales una relación basada en una premisa: que no tendría injerencia sobre la situación de Sala. Cuya detención significa probablemente el mayor aval social a la gestión del gobernador de Jujuy. Parece claro que Alberto posee demasiadas dificultades para cumplir con cada palabra. No habla sobre Sala. No puede impedir que La Cámpora y el Frente de Todos hagan del encarcelamiento de la mujer una campaña pública.

Tampoco el Presidente logró garantizar aquella reunión prometida sobre el FMI. Tal vez Morales, en pocos días, haya recibido una inmersión política: el profundo baño de realismo.

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