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Notas de Opinión

¡Frederic, volvé! ¡Te perdonamos!

Qué bien que estábamos cuando pensábamos que estábamos mal, con funcionarios que no funcionaban, pero al menos no te amenazaban. Con la buena de Sabina haciendo chistes de mal gusto sobre la inseguridad, pero al menos no provocando aún más miedos de los que ya atraviesan a la sociedad

Columna publicada originalmente en Todo Noticias

Aníbal Fernández es el testimonio vivo de que el kirchnerismo no tiene forma de imponerse como sentido común de este país. Que no va a poder nunca ejercer una más o menos perdurable hegemonía entre nosotros. Simplemente porque es demasiado abiertamente monstruoso. Practica una forma degradada del peronismo, que lleva al extremo sus rasgos más problemáticos, cebándose en ellos hasta el extremo de volver irrespirable el ambiente a su alrededor.

Y como dijo en una ocasión un famoso escritor argentino, sobre otro fenómeno político con rasgos también bastante problemáticos, los monstruos no ignoran que lo son y suelen colaborar secretamente con su derrota.

Es difícil explicar de otro modo que como un secreto deseo de hundir aún más de lo que está a su propio gobierno el tweet amenazante que le dedicó el ministro de Seguridad al humorista Nik, por un comentario crítico, que la verdad no era nada del otro mundo, nada que no se diga en estos días millones de veces, y muchas en tonos mucho más duros.

Aníbal no tuvo mejor idea que agarrárselas con las hijas del humorista, y el colegio al que concurren, rompiendo ya todo límite en materia de brutalidad, con un tono insinuante para transmitir temor en el que se ve es muy ducho: “puedo decir a qué colegio van tus hijas si no te callás la boca”, no otro era el mensaje subyacente que rebotó miles de veces antes de que lo borrara.

Decí que no lo pueden echar, porque supuestamente es el que vino a salvarlos, pero bien que deberían preguntarse en el oficialismo, si este era el mejor de nuestros refuerzos, mejor no sigamos buscando reemplazos.

¿Por qué, además, esta manía de agarrársela y muy mal con los humoristas, convertir asuntos nimios que los enfrentan con ellos en conflictos brutales, enfrentamientos irreparables? Que recordemos fue también un síntoma y un disparador de la primera fase de radicalización K, la que se inició en el otoño de 2008: a raíz de un dibujo de Sábat los Kirchner declararon una guerra que duró años, y no sólo contra el dibujante, ni contra el diario Clarín donde trabajaba, sino contra más de la mitad de la sociedad argentina.

Tal vez tenga que ver con esta obsesión de ser ellos siempre y para todo el mundo los reyes del buen humor, y en una clave muy peculiar: les encanta ser los que se burlan de los demás, tanto como detestan ser objetos de burla. Esta parece ser también una obsesión que tiende a desbordarse, extremarse y tornarse entonces un poco monstruosa: se la pasan tanto tiempo autocelebrándose como expresión excelsa del amor, la solidaridad, la justicia y todo un montón de otras maravillas, que deben ser también y por sobre todas las cosas la expresión de la alegría; aunque ella sea casi siempre una alegría que se funda en la desgracia de los demás, en humillarlos, maltratarlos y, finalmente, hacerlos callar.

Aníbal es también un ducho practicante de este oficio, un tipo capaz de decirle cualquier bestialidad a sus adversarios, pero pasar por simpático, al menos para sus adherentes, porque lo hace con sorna, en verso, con algún firulete al mejor estilo guasón. Y se ve que quiso en este caso demostrar sus habilidades, probar de paso que era también él un humorista, y uno mejor que Nik, y se le fue la mano. ¿Con qué, en concreto, se le fue la mano? Con la dosis de omnipotencia que agregó a su pretendida sátira: “me meto con tus hijas, porque puedo hacer y decir cualquier cosa, nadie me va a parar”.

Aníbal Fernández no es el único

Y lo peor es que no se trata de un problema exclusivo de Aníbal: el entero gobierno del Frente de Todos está experimentando una suerte de sobredosis de realidad y expresividad. Es como si la última carta de Cristina los hubiera arrojado desnudos a la palestra, y pretendieran que nos acomodemos a un nuevo registro de comunicación y representación, en que las cosas se dicen a lo bestia, y a lo bestia se llevan a la práctica.

No es una novedad que buena parte de nuestra sociedad está sometida a la dádiva, y a la extorsión que la acompaña. Pero el modo en que Daniel Gollán transmitió el mensaje al respecto, el de que los pobres deben votar pensando solo en “la platita” que reciben del Estado, fue por demás sorprendente. Tan sorprendente como la sintonía que con este mismo registro “a lo bestia” establecieron Pérsico, Alberto y Máximo en el último acto público que los reunió, y donde explicaron con una sinceridad excepcional el país que quieren: atendiendo a las palabras de los tres, es uno en donde no existe la oposición, la alternancia por tanto queda descartada, donde no existan lo medios, nadie que “confunda a la gente” ni dispute con el gobierno lo que “es verdad”, ni existan los acreedores, nadie que nos reclame que gastemos lo que no tenemos; donde no exista en suma nada que obstaculice sus deseos, que frene su voluntad. ¿Un sueño un poquitín infantil, verdad? Pero es en lo que sueña esta gente, que parece adulta y madura, pero no es ni una cosa ni la otra.

Mientras Aníbal Fernández insulta y ataca, Juan Manzur reza, y Alberto Fernández desvaría, nada que sorprenda. A esa dirigencia los votantes le dieron una lección de sensatez el 12 de septiembre.

Dejándola en off side no solo a ella, sino en general a los devotos de la imbatibilidad del peronismo, de la idea de que “juntos pueden hacer cualquier cosa, nadie los para”.

En las reacciones posteriores del oficialismo muchos quisieron ver una lectura exclusivamente “económica” de ese resultado electoral: como si el FdeT estuviera registrando solo un problema de caja, de cuánta plata puede poner sobre la mesa. Pero se pasa por alto así lo otro que está poniendo sobre la mesa: la radicalización discursiva, las patoteadas contra los críticos, el hiperrealismo con que apuesta a las dádivas, que están animados no sólo por la omnipotencia sino, por sobre todo, por la disposición a poner en juego el miedo en todas sus formas.

Es como si el mensaje de campaña al que estuviera recurriendo el oficialismo fuera el de un “colectivero loco”: “vótennos porque si no lo hacen, no habrá convivencia posible, este colectivo choca, mejor dicho, nosotros lo chocamos”. No es la primera vez que lo intentan, pero es sin duda la versión más burda y desarrapada que han podido concebir.

Notas de Opinión

El país del delirio total

Argentina es un país extraño, donde cada día pagamos los costos de cada uno de nuestros delirios: un firme avance hacia el pobrismo más absoluto, a pesar de que para algunos delirantes, todo parece estar cada día mejor

Columna publicada originalmente en Infobae

Cuando quienes hoy gobiernan la Argentina estaban en campaña, allá por mediados del año 2019, los delirios que eran anunciados por aquel entonces no eran otra cosa que parte del triste folclore electoral que vivimos en cada año impar en el país. Aquella recordada amenaza del candidato Alberto Fernández a los bancos, prometiendo destinar los supuestos espurios intereses que ganaban impunemente, hacia el bolsillo de los jubilados el mismísimo día de su asunción. Más allá de la inconsistencia en el anuncio que pretendía expropiar los intereses de un instrumento financiero del Banco Central para pagar incrementos jubilatorios, lo cierto es que nadie le dio demasiada importancia porque a todos los candidatos se les permite de algún modo algo de exageración en sus dichos. Incluso poco tiempo antes de asumir en calidad de Presidente de la Nación, Fernández indicaba que “el dólar a $60 estaba bien” a pesar de que al momento de la frase, ya había superado holgadamente ese valor: ni vale la pena aclarar que desde allí a la actualidad ese valor se ha más que triplicado.

Lo cierto es que más allá de las campañas electorales, uno pretende que ya con la tranquilidad de haber obtenido el sillón de Rivadavia (al menos por cuatro años) esos delirios queden en el pasado. Lo curioso es que desde que asumió Alberto Fernández esos delirios muy en contra de mermar, se han incrementado de manera exponencial. Los divagues oscilaron en todos los temas, pasando por los sanitarios, económicos y hasta políticos.

En el plano sanitario, lo conocido: nos dijeron que el coronavirus nunca llegaría a la Argentina (incluso nos llegaron a transmitir que por lo que había que preocuparse más que por el Covid era por el dengue), el vacunatorio VIP (donde se vacunaron primero los políticos y amigos del poder), el retraso en el plan de vacunación (a lo que se le sumaron los innecesarios traspiés públicos con algunos de los laboratorios productores de vacunas) y hasta un faltante de testeos que hace que incluso hoy (más de un año y medio después de comenzada la pandemia) no sepamos a ciencia cierta la cantidad de infectados que existen. Desde ya que el resultado fue el indeseado: Argentina se encuentra entre los países con mayor cantidad de fallecidos por millón de habitantes relacionados con el virus de origen chino.

En el plano económico siempre ocurren serios desórdenes del sentido común cuando impera el populismo. Mucho más cuando este populismo es sin recursos, o al menos sin los recursos que el populismo argentino tiene recuerdos de poseer. Se intentó la expropiación de empresas, se trató de miserables a los empresarios (mientras la cuarentena intentaba fundirlos), se le prohibió a los empleadores despedir personal y se emitieron sin ningún plan más de 3 billones de pesos. Más aún, el propio Fernández dijo no creer en los planes económicos: esta fue una de las frases más desopilantes de todo su mandato. De igual forma el congelamiento de precios reciente, sustentado en una ley de hace 47 años, hace también sus esfuerzos por ser de las locuras más exóticas.

En el plano político también estuvieron a la orden del día los delirios: se jactaron de haberle dado a la Secretaría de Salud de la Nación rango ministerial a pura demagogia. Sin embargo cuando jaqueado por el vacunatorio VIP se tuvo que ir, el Presidente se limitó a decir que perdió un amigo mientras a miles se le habían muerto familiares y amigos por el desaguisado sanitario. El Presidente también nos amenazaba por televisión con su dedo índice levantado. Nos asustaba con la posibilidad de secuestrarnos el auto si no cumplíamos con lo que él decía. No le importaba demasiado si uno necesitaba moverse para buscar el plato de comida del día: claro, el organizaba y permitía encuentros sin ninguna restricción puertas adentro de la Quinta de Olivos.

También se dedicó a intercambiar palabras con su vicepresidente, Cristina Fernández Kirchner, de una manera muy particular: él le dedicaba tuits y ella le escribía cartas. Todo muy alternativo. Ocurrieron más episodios desopilantes: muchos ministros del gabinete pusieron su renuncia a disposición del Presidente luego de la derrota en las elecciones PASO: se fueron los que no lo hicieron. Incluso tenemos una “Portavoz” de Presidencia que aclaró que no será la portavoz del Presidente sino de toda la coalición gobernante. Sin dudas la nota la dio el Presidente enfrentando el accionar seudo-mapuche en la Patagonia (esos delincuentes que con violencia usurpan territorios ajenos): dijo que no era su responsabilidad la seguridad del territorio. Increíble, pero cierto.

Argentina es un país extraño, donde cada día pagamos los costos de cada uno de nuestros delirios: un firme avance hacia el pobrismo más absoluto, a pesar de que para algunos delirantes, todo parece estar cada día mejor.

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Notas de Opinión

El Estado, presente o ausente según le convenga a Alberto

El Presidente le negó ayuda a Río Negro ante ataques mapuches. Pero hubo un embajador para asistir a un delincuente

Columna publicada originalmente en Clarín

Hay que leerla dos o tres veces para comprobar que es cierto. La carta de Alberto Fernández a la gobernadora de Río Negro, Arabela Carreras, tiene un párrafo asombroso que dice así. “No es función del Gobierno nacional reforzar el control de las rutas nacionales o brindar mayor seguridad a la región”.

El Presidente se esconde bajo la frazada de la ley 24.059 de Seguridad Interior para escaparle a la responsabilidad de resolver el desafío violento de algunos grupos de origen mapuche. Con lenguaje menos técnico, el ministro Aníbal Fernández prioriza el barrio para eludir el mismo sayo.

“No señora, está equivocada, no es nuestra obligación”, explica por radio. La Gobernadora, los rionegrinos y el resto de los patagónicos ahora lo saben. Nadie del Gobierno los va a ayudar en esta encrucijada.

Es impactante el proceso de degradación que viene sufriendo el gobierno de Alberto Fernández desde el resultado adverso en las PASO. Y ese deterioro se advierte sobre todo en el retroceso del Estado en muchas de las decisiones que más impactan en la vida de los argentinos. Los ejemplos sobran.

La pandemia fue la tormenta perfecta para que se produjera este fenómeno de ausencia estatal. El Gobierno impulsó el cierre de las escuelas y de las universidades, como única solución a los riesgos de contagios en los alumnos. Y también impidió el funcionamiento de las empresas y de los comercios condenando a la pobreza a miles de empresarios, de comerciantes y de trabajadores. Donde el Estado se retiraba, quedaban a la buena de Dios quienes necesitaban seguir educándose o trabajando.

Algo parecido sucedió en el ámbito de la salud. El Gobierno hizo una elección caprichosa con la compra de vacunas y retiró al Estado de aquellas ofertas que juzgó inconvenientes por razones ideológicas o por amistad para los negocios. Sólo cuando la Argentina atravesó la barrera inaudita de los 100.000 muertos, y cuando se acercaron las elecciones, Alberto y Cristina cedieron a que las dosis para salvar a los argentinos incluyeran también vacunas de Pfizer o de Moderna. Las de Johnson & Johnson por ahora no llegan.

La seguridad es otro de los escenarios donde el Gobierno manipula extrañamente la presencia y la ausencia del Estado. Utilizó la excusa de la pandemia en las cárceles para liberar a cerca de 5.000 delincuentes en la provincia de Buenos Aires. Todas las semanas, la Argentina comprueba como cientos de esos presos liberados roban, y a veces asesinan, sin que los funcionarios, ni los jueces, ni los fiscales y mucho menos la Policía se conviertan al menos en un obstáculo mínimo y haya algún tipo de protección sobre los ciudadanos indefensos.

Ahora es la amenaza, que ya lleva varios años, de la violencia ejercida por grupos de delincuentes que se abrigan con el legado de los ancestros mapuches. Algunos de ellos lo son. Otros ni siquiera eso. Pero se sirven de la reparación cultural que la Argentina lleva adelante con los pueblos originarios para reclamar e invadir tierras en la Patagonia, y llevar el planteo al terreno de la agresión, a la destrucción de casas o iglesias, o al incendio de un patrimonio histórico como el del Club Andino Piltriquitrón.

Los Fernández le dejaron en claro a la gobernadora Carreras, y a todo Río Negro, que el Estado no estará presente para ayudarlos a defender a la provincia. No está presente en El Bolsón, ni en Villa Mascardi ni en las ciudades de Chubut donde también se produjeron ataques contra la población. Resulta extraño para un Gobierno que se llena la boca y al que le gusta exhibirse como campeón del marketing de la presencia del Estado.

El que sí estuvo presente ante la justicia de Chile fue el embajador Rafael Bielsa. Fue en persona para defender al activista del grupo Resistencia Ancestral Mapuche, Facundo Jones Huala, un argentino condenado a nueve años de prisión en ese país por incendiar una finca habitada. El delincuente presume de ser un jefe aborigen y no reconoce al Estado argentino ni al chileno. Esa es la gran paradoja de este gobierno, cada vez más debilitado. La del Estado presente, que se ausenta sin remordimientos, cuando al Presidente, a Cristina o algún funcionario simplemente les conviene.

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Notas de Opinión

El camino de la sanación

¿Cuándo la sociedad se va a dar cuenta que el peronismo representa todo esto? La violencia, el terrorismo, el ataque a las instituciones, la apropiación del Estado? La respuesta social del 14 de Noviembre debería ser contundente, inolvidable

Columna publicada originalmente en The Post Argentina

La multiprocesada vicepresidente sabe que puede perder el quórum propio en el Senado en las próximas elecciones. Cinco senadores la separan de esa catástrofe.

Con las mayorías con las que el feudalismo argentino lo ha beneficiado, el peronismo ha designado y removido los jueces que hoy están muy lejos de entregar la seguridad jurídica que el país necesita.

La Sra Fernández, por su lado, encontró en ellos el refugio que la mantuvo en la calle y no donde debería estar, la cárcel.

Ese creciente temor la llevó a ordenarle a su amanuense, el presidente Fernández, que lleve una reunión de gabinete a Chubut (provincia cuyos senadores están en riesgo) para montar una mentirosa escenografía que haga creer a los chubutenses que el gobierno se ocupa de ellos.

El tiro no podría haberle salido a la señora más por la culata.

En plena reunión, que encima era transmitida por el canal de YouTube de la Casa Rosada, el intendente de Trelew comenzó a recordarle al ministro de producción, Matías Kulfas, los proyectos que le había presentado y que aún seguían esperando que alguien se ocupara de ellos. También se quejó y de alguna manera culpó al gobierno por la derrota, elogiando la estrategia presencial de JXC.

Mientras la cámara enfocaba la cara de pocos amigos de Kulfas, el intendente Adrián Maderna fue literalmente sacado del aire, muteado su micrófono y su imagen desaparecida detrás de un croma naranja sobre el que solo se veía a la traductora para sordomudos haciendo señas.

Maderna dijo: “Para nosotros es serio e importante que nos escuchen. Necesitamos medidas para los sectores industriales, paz social… Militamos todos los días, trabajamos con las organizaciones, hacemos peronismo. Pero atravesamos un momento delicado y no sabemos hasta cuándo podremos sostener esto”.

Como si esto fuera poco, en otro acto, el ministro de seguridad, Federico Massoni, enfrentó duramente la decisión del gobierno de hacer intervenir al embajador en Chile, Rafael Bielsa, en el proceso penal chileno para abogar por la libertad de Jones Huala el terrorista incendiario y ex flogger que no reconoce la soberanía argentina, que desafía sus leyes, sus instituciones y que vandaliza propiedad pública y privada, destruyeron tanto riqueza como patrimonio natural.

Massoni dijo que les había costado mucho detener y finalmente extraditar a este delincuente para que sea juzgado por delitos similares en Chile. Y agregó que más allá de las gestiones que pudiera llevar adelante el gobierno, ese personaje no iba a volver a pisar un solo centímetro cuadrado de Chubut, al menos mientras él fuera ministro.

Francamente, la decisión peronista de enviar a Bielsa a intentar, ilegalmente, solicitar la libertad condicional de Huala es completamente incomprensible.

Que un terrorista separatista, dispuesto a saquear parte del territorio nacional, que ha incendiado bosques milenarios, propiedades de gente que trabajó mucho para finalmente conseguirlas, que recibe asesoramiento montonero financiado por el gobierno nacional y que fuera puesto en su lugar por el trabajo conjunto de la administración del ex presidente Macri y del presidente Piñera, tenga el respaldo del embajador de una nación cuya autoridad y soberanía el reo repudia, es de una gravedad inusitada y que en parte explica por qué el pueblo de Chubut está dispuesto a castigar merecidamente en las urnas a un movimiento político cómplice de los delincuentes que atentan contra la paz en la que aspiran a vivir.

Hoy se conoció otro atentado incendiario, esta vez en la provincia de Rio Negro, por el que estos terroristas destruyeron por completo las instalaciones del Club Andino Piltriquitrón, el más emblemático de la localidad de El Bolsón, y los autores dejaron panfletos con amenazas para el Intendente Bruno Pogliano y la gobernadora Arabela Carreras.

El episodio ocurrió durante la madrugada de este miércoles, cerca de las 3, y es el segundo que se produce en pleno centro de la localidad cordillerana, luego del episodio que provocó daños importantes en un centro de informes turísticos que aún no había sido inaugurado.

El gobierno peronista tiene como una de las autoridades encargadas de los intereses de los pueblos originarios a Luis Pilquimán, un quinta columna, representante de los terroristas, que tampoco reconoce (igual que Jones Huala) la Constitución argentina ni la soberanía nacional y que, sin embargo, el gobierno de Fernández ha colocado allí para que la propia sociedad que Pilquimán ataca lo banque pagándole su sueldo con sus impuestos: el desideratum del desparpajo y de la sinrazón.

¿Cuándo la sociedad se va a dar cuenta que el peronismo representa todo esto? La violencia, el terrorismo, el ataque a las instituciones, la apropiación del Estado? La respuesta social del 14 de Noviembre debería ser contundente, inolvidable. Debería ser un cachetazo terminal a tanta destemplanza y a tanto desatino. El camino puede comenzar haciéndole perder al peronismo por primera vez desde la restauración democrática su mayoría automática en el Senado. Por allí debería comenzar luego la limpieza de la Justicia, del Consejo de Magistratura y la recomposición del orden natural del Ministerio Público.

Sería el camino de la sanación para que los resortes normales de la Constitución se deshagan definitivamente de un mal que ha durado siete décadas, mucho más de lo que un cuerpo social normal puede aguantar.

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