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Entrevistas Nexofin

Entrevista a Darío Mizrahi: impacto de la pandemia, sociología y la política exterior de la Argentina

En diálogo con Nexofin, el sociólogo y periodista recuerda cómo eligió su carrera, analiza sobre la nueva era de los talibanes en Afganistán y comenta sobre cómo enfrenta la cobertura del coronavirus en el programa Buenos Días América por América TV

Darió Mizrahi decidió seguir periodismo a los 17 años, después de haber cursado más de un año la carrera de Sociología. La alternativa más clara era dedicarse a la doble función de investigador y docente en la mencionada ciencia social.

En 2011, Darío se recibió en TEA, y tres años después, el comunicador finalizaba sus estudios para ser Licenciado en Sociología en la UBA. Su formación académica incluye la Maestría en Ciencia Política de la Universidad Torcuato Di Tella.

En los últimos años se destacó en varios medios, entre otros, Infobae y Forbes Argentina.

Antes del comienzo de la pandemia, en febrero del 2021, Mizrahi tuvo su debut televisivo: se incorporó a América TV como columnista de política internacional en Buenos Días América (lunes a viernes de 6:30 a 11) junto a Antonio Laje, María Belén Ludueña, Fernando Carolei, Ramón Indart, Carlos Salerno y Sergio Jalfín.

Al detallar su experiencia en el medio ubicado en el barrio porteño de Palermo, el comunicador explica: “El desafío es dar la mayor cantidad de información posible, aclarando siempre lo que no se sabe —que es mucho— y hacerlo de la forma más calma y matizada que se pueda. Algunas veces se logra; otras, no”

En diálogo con Nexofin, el licenciado en Sociología y periodista recuerda cómo eligió su carrera, analiza sobre la nueva era de los talibanes en Afganistán y comenta sobre cómo enfrenta la cobertura del coronavirus en el programa Buenos Días América por América TV.

Nexofin (N): ¿Cuándo decidiste ser periodista?

Darío Mizrahi (DM): A los 19 años, después de haber cursado más de un año de la carrera de sociología, empecé a tener dudas sobre mi futuro laboral.

La disciplina me gustaba mucho, pero no me convencían ni la carrera de investigador ni sus salidas laborales habituales en el sector público o privado.

Entonces, en paralelo, comencé a estudiar periodismo, que siempre me había interesado y me parecía que podía ser un camino más apasionante. Supongo que dos años después, antes de recibirme, ya sabía que iba a ser periodista.

N: De no haber sido la comunicación, ¿hubieras seguido el camino de la docencia?

Probablemente sí. La alternativa más clara al periodismo era dedicarme a la doble función de investigador y docente en sociología.

N: ¿A quiénes destacas entre tus colegas del medio?

Hay muchos muy destacables y tengo la suerte de trabajar junto a excelentes profesionales. Pero si tengo que elegir un nombre diría Carlos Pagni, por sus cualidades analíticas y su capacidad de vincular historia y presente, coyuntura y largo plazo, y dinámicas internacionales y domésticas.

N: ¿Cuáles son los desafíos y oportunidades que tiene la Argentina en política exterior?

Desafíos: centralmente dos, que están muy entrelazados.

Primero, tiene que haber un mínimo acuerdo entre los principales partidos sobre ciertos lineamientos generales de política exterior, que deberían mantenerse pese a los cambios de gobierno: pragmatismo por sobre simpatías ideológicas, la necesidad de una política exterior puesta al servicio de potenciar el comercio y el crecimiento económico, y la defensa de los derechos humanos en la región, sin importar si quien los vulnera es de derecha o de izquierda.

Segundo, un acuerdo elemental que permita sentar las bases de un modelo de desarrollo económico sostenido en el tiempo. Es imposible tener una política exterior consistente con una economía que va de crisis en crisis.

Oportunidades: muchas. Argentina tiene un servicio exterior de primer nivel mundial y a pesar de lo erráticas que fueron sus políticas en las últimas décadas, y del profundo deterioro de su economía, sigue siendo un actor decisivo en América Latina y uno de los únicos tres países de la región que forman parte del G20, lo que no es poco.

Con un mínimo orden macroeconómico y algo más de previsibilidad en sus políticas el potencial sería inmenso.

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N: Teniendo en cuenta que fue uno de los señalados para dejar el Gobierno, ¿cómo ves la gestión de Felipe Solá en la Cancillería?

Con más sombras que luces, lamentablemente. Es muy grave el deterioro de las relaciones con los socios del MERCOSUR, que es una herramienta indispensable para una inserción económica inteligente en el mundo.

El gobierno argentino tiene una orientación política diferente a los de Brasil, Uruguay y Paraguay, lo cual es absolutamente legítimo. Pero esas diferencias no pueden llevar a la ruptura del bloque, como se está viendo.

Lejos de apreciarse una política exterior al servicio de potenciar el comercio y el desarrollo económico, se ve una política defensiva difícil de entender para un país que necesita tan desesperadamente como Argentina volver a crecer.

También ha sido muy errática la política de derechos humanos en la región. No está clara cuál es la postura ante países como Venezuela o Nicaragua, en los que se evita una condena enérgica a los abusos cometidos por sus gobiernos en nombre de un principio de no injerencia que es absurdo en un momento en el que ya nadie plantea la posibilidad de una intervención militar ni nada parecido.

Una no injerencia que además se contradice con los posicionamientos adoptados por el propio gobierno en otros casos —Chile, Colombia y Brasil, por ejemplo—.

Son cosas que le quitan credibilidad al país y reducen su influencia en la escena internacional.

N: Hablemos sobre la nueva era de los talibanes en Afganistán, ¿cómo crees que influirá en la imagen de poder de los Estados Unidos en la región?

La forma en la que Estados Unidos dejó Afganistán fue devastadora para su reputación en la región y en el mundo.

Las fuerzas afganas en las que invirtió miles de millones de dólares no fueron capaces de aguantar más de tres meses la presión talibán desde que comenzó la retirada de tropas estadounidenses.

Si bien casi nadie discute que la salida era inevitable, se hizo de manera tan torpe que le dejó el camino allanado a los talibanes y dejó expuestas a cientos de miles de personas que habían colaborado con Estados Unidos a lo largo de los 20 años de intervención.

Por otro lado, tres días antes de la caída de Kabul se difundió un informe de inteligencia que anticipaba un probable triunfo talibán en 90 días. Terminó siendo en apenas tres.

Son cosas que van a tener un impacto de largo plazo en la capacidad de Washington de incidir en Medio Oriente y en Asia Central, porque gobiernos y potenciales colaboradores se dan cuenta de que es un socio poco confiable.

N: ¿Puede tener un impacto directo en nuestro país?

El nivel de interconexión en el mundo contemporáneo es tal que es difícil que cosas así no tengan ningún impacto.

De hecho, Dinamarca anunció el cierre de su embajada en Argentina en el marco de un reordenamiento de su política exterior directamente vinculado a lo sucedido en Afganistán.

Dicho esto, el impacto será más bien indirecto y poco decisivo frente a otros factores que son mucho más determinantes para la realidad argentina.

N: Te sumaste como columnista de política internacional en América TV en febrero, ¿cómo se enfrenta la cobertura de la pandemia?

Una de las cosas más difíciles es hacer equilibrio entre informar lo que está pasando, contando los resultados de los últimos estudios y los cambios abruptos en la situación de los distintos países del mundo, sin generar alarma.

Creo que es algo en lo que hemos fallado en general los periodistas a lo largo de la pandemia, en gran medida por nuestra debilidad intrínseca por el drama.

El desafío es dar la mayor cantidad de información posible, aclarando siempre lo que no se sabe —que es mucho— y hacerlo de la forma más calma y matizada que se pueda. Algunas veces se logra; otras, no.

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N: En tu rol de Licenciado en Sociología, ¿qué escenarios nos deja el coronavirus sobre la mesa?

La pandemia causó la mayor disrupción de la vida social a escala global desde la Segunda Guerra Mundial. Todavía estamos procesando su impacto sanitario, educativo, económico y en las relaciones interpersonales.

¿Qué nos deja? Creo que nos demostró al mismo tiempo la fragilidad y el poder de los gobiernos para tomar decisiones ante situaciones críticas.

Fragilidad porque, guiados por el pánico, líderes de todo el planeta —hablo de los responsables, no de los negacionistas que juegan a otra cosa— tomaron decisiones que sin demasiada evidencia sobre sus resultados sanitarios provocaron daños sociales incalculables, afectando de forma desmedida a la población y a sus propios intereses políticos.

Por otro lado, cuando hablo del poder me refiero a que la pandemia también nos dejó la evidencia de que el apego de las sociedades occidentales a los valores democráticos y liberales es mucho más débil de lo que se creía.

El muy comprensible miedo llevó a millones de personas a soportar por meses y meses restricciones severísimas, que no deberían tener lugar en democracia por períodos tan prolongados, y a aceptar —e incluso apoyar— conductas decididamente autoritarias por parte de algunos líderes. Ambas tendencias son preocupantes mirando al futuro.

N: Vamos con un pequeño ping-pong, ¿personajes históricos que te fascinan?

El emperador Adriano, Karl Marx, Sigmund Freud, Max Weber, Julio Argentino Roca, Juan Domingo Perón, Nelson Mandela y Fernando Henrique Cardoso (sigue activo, pero dejó la presidencia hace más de 18 años así que lo cuento como histórico).

N: ¿Un político del exterior que te haya decepcionado?

Emmanuel Macron.

N: ¿Cuenta pendiente?

No haber viajado lo suficiente ni conocer de verdad tantos países como quisiera.

N: ¿Frase de vida?

No tengo.

N: ¿Un sueño/proyecto fuera del medio?

Viajar y conocer tantos países como pueda.

N: Para cerrar en un concepto, ¿Darío Mizrahi es…?

Un periodista obsesionado con entender al menos una parte de los procesos sociales y políticos del mundo.

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