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Notas de Opinión

Cuba hace sonar la cuerda autoritaria de la izquierda argentina

Dirigentes e intelectuales domésticos se amoldan, resignados o con entusiasmo según los casos, como si fuera un precio módico por “conquistas populares” que es difícil identificar

Columna publicada originalmente en Todo Noticias

La reciente ola de protestas en la isla, reprimida con puño de hierro por el régimen castrista, tal como cíclicamente sucede desde hace más de 60 años, ha obligado a muchos dirigentes e intelectuales de la izquierda argentina, que no quisieron o no pudieron imitar a Alberto Fernández y hacerse los otarios, a decir abiertamente lo que en el fondo siempre han pensado, o con las vueltas de la vida han vuelto a pensar: la democracia pluralista no les interesa, los derechos individuales tampoco, y cuando su ejercicio se contrapone a la conveniencia política, directamente les molestan, los descartan o devalúan sin hacerse mucho problema.

Se dirá que eso no es lo que sucede en la llamada “izquierda democrática”, “socialdemócrata”, “reformista” o “moderada”. Pero ¿algo de eso existe entre nosotros?, ¿dónde?

Lo cierto es que hoy en día resulta más difícil que nunca localizar en nuestro zoológico político a la fauna, sea una figura, corriente o partido, que porta esos atributos. Tal vez se los podría hallar en algún intelectual o dirigente suelto, o en un sector minoritario de una fuerza más amplia, o alguna fuerza menor (“la izquierda del radicalismo”, o el Partido Socialista), pero nada de eso alcanza para desmentir el hecho de que la izquierda en general se ha plegado a las tesituras más tradicionales y recalcitrantes contra el liberalismo político.

No por nada, ella ha sido absorbida por el Frente de Todos, a más bajo precio y de modo mucho más exhaustivo de lo que lo había sido en tiempos del Frente para la Victoria.

Hoy hay, desde el trotskismo hasta Ricardo Alfonsín, una línea de continuidad: nadie allí se desvela por los derechos de las minorías, la división de poderes, la separación entre el partido de gobierno y el Estado, la libertad de expresión ni la independencia de la Justicia, pues entienden que la mayoría de las veces son excusas de los ricos, la “derecha oligárquica” y demás aliados del Imperialismo norteamericano para perjudicar a los “gobiernos nacionales y populares”. El papel penoso que vienen cumpliendo figuras otrora críticas del kirchnerismo en estos aspectos, como es el caso de nuestro embajador en Madrid, o la directora del Inadi Victoria Donda, alguna vez crítica con la “manipulación de los derechos humanos”, o los sindicalistas de ATE y la CTA que la década pasada supieron defender la autonomía del INDEC, ilustra bastante bien el punto.

Influye también, advirtamos, la experiencia macrista, que tanto en lo que hizo bien, como fue el caso con nuestras relaciones externas, como en lo que hizo mal, el manejo del financiamiento del Estado y sus déficits, terminó validando y hasta extremando ese tipo de opiniones, en detrimento de las más moderadas y matizadas.

Es en este marco de ideas y actitudes maniqueas y fuertemente ideologizadas que irrumpe el caso Cuba. Gravitante porque Cuba siempre estuvo allí, bien dispuesta para estimular lo más recalcitrante en los imaginarios y las costumbres políticas de ese sector de la vida política nacional.

Su régimen, acorralado por el malhumor social, se ofrece una vez más como una “dictadura”, pero una “justiciera y a la defensiva”, ejercida por un frágil David que tiene enfrente a un enorme Goliat que, según se dice, no se cansa de victimizar a los Davids de este mundo, a los más pobres y débiles. Por lo que resulta para muchos justificado que suprima las voces de quienes podrían “dividir su frente interno”, “conspirar contra la unidad del pueblo” y su “santa comunión”, al decir de Frai Betto, con el Estado y el Partido. Ayudando así a que el Imperio se salga con la suya.

En un país como Argentina, que ostenta niveles récord de antinorteamericanismo y victimismo, se entiende que esas imágenes ejerzan fuerte influencia. Incluso más allá de las fronteras de la izquierda, en grupos nacionalistas de todo tipo. Más todavía en un momento como el actual: las protestas en Cuba coinciden con una intensa agitación política en prácticamente toda la región, fruto de la pandemia, la subsecuente crisis de las economías nacionales, y también de un largo ciclo de polarización que no parece tener final a la vista.

Y es en particular esta polarización imperante en la política latinoamericana, por factores no del todo ajenos a la política cubana, aunque se manifiesten mucho más llamativamente en otros países, la que parece tener un rol hoy más determinante para explicar la inclinación autoritaria de la izquierda, la argentina y en alguna medida también la del resto de la región: nos referimos en concreto al hasta aquí “exitoso” giro autoritario que están atravesando diversas expresiones del populismo radicalizado, desde el venezolano hasta el nicaragüense, pasando por el boliviano y en alguna medida también el argentino, en los últimos años. Un giro que, a medida que prospera, va generando un nuevo sentido común respecto a lo que es aceptable o tolerable y lo que no lo es.

La diferencia a este respecto con lo que sucedía 10 o 15 años atrás es muy elocuente. En la década de los 2000, recordemos, Hugo Chávez pagó costos políticos y reputacionales muy altos por adoptar medidas antipluralistas y represivas mucho más tenues que a las que hoy nos tienen acostumbrados sus herederos, Nicolás Maduro y sus acólitos. Eso fue así porque todavía en aquellos años la democracia liberal era una conquista reciente en la región y una promesa compartida por prácticamente todas las fuerzas políticas con gravitación en ella; era una “casa común”, depositaria de una legitimidad incuestionable incluso por muchos de los seguidores del propio Chávez.

En cambio hoy esa legitimidad está más acotada y cascoteada. Se ha ido naturalizando en el ínterin el hecho de que los derechos individuales y de las minorías se sacrifiquen para preservar a regímenes que se arrogan una legitimidad propia y superior a cualquier constitución o sistema institucional preexistente. Y estos regímenes lograron, al menos en algunos casos, imponer esos abusos y perdurar. Por lo que sus simpatizantes, dentro y fuera de sus fronteras, han tendido también a adaptarse a sus modos, naturalizando el aval que se brinda a esas violaciones de derechos. Lo que resulta una gran ventaja, porque ya no hace falta andar dando tantas explicaciones.

Habrá que ver a cuántos de nuestros izquierdistas la represión en Cuba los empuja a reflexionar más allá de las barreras de la polarización y del fanatismo ideológico. Probablemente, igual que ha sucedido con la tragedia venezolana, lo logre en mayor medida entre los más jóvenes: para muchos adeptos al rap y el trap les va a resultar difícil desatender el hecho de que el movimiento generado en torno a Patria y Vida en la isla se parece más a L-Gante y a Residente que a los esbirros uniformados de su propia generación, y sus mismos orígenes sociales, pero que tanto en La Habana, en Caracas como en Buenos Aires salen a la calle solo cuando se trata de defender sus espacios de poder en el Estado, y festejar las ocurrencias de sus líderes (por caso, la “innovadora” e “igualadora” idea de repartir netbooks donde ha dejado de haber escuelas, y dar a entender que así están salvando a los jóvenes de la exclusión), precisamente contra la amenaza que ejerce gente como ellos, con su voto, sus voces o su pataleo, desde fuera de esos regímenes.

Economía

El tiempo se termina, las opciones también

El posible acuerdo con el Fondo Monetario Internacional no es el fin del camino, sino apenas el principio

Columna de opinión publicada originalmente en Infobae

Más allá del relato oficial, no será este un fin de año con buenas noticias. La pobreza no cesa, la inflación en niveles record, las inversiones y la generación de empleo que no son una realidad y los dólares que ya prácticamente no se encuentran en las arcas del Banco Central, o al menos eso es lo que muestran sus números.

En el medio de este desaguisado estamos a días de tener que cumplir con el último vencimiento del año con el FMI: algo más de 1.800 millones de dólares que se irán (sin fecha de regreso) a la espera de un acuerdo con el organismo que nos permita refinanciar cerca de 45.000 millones de dólares, refinanciación esta que será acompañada seguramente con algunos años de gracia para que seguramente dentro de algún tiempo no muy lejano volvamos incumplir, obligándonos nuevamente a tener que renegociar lo que se pacte también en esta oportunidad. Padecemos de incumplimiento crónico.

Lo cierto es que el posible acuerdo con el Fondo Monetario Internacional no es el fin del camino, sino apenas el principio. Si bien el final feliz con el organismo debe llevar consigo un plan que implique la posibilidad de en algún momento podamos hacer honor a nuestros compromisos, sabemos que esto será un cúmulo de buenas intenciones que no resolverán los verdaderos problemas del país.

Desde ya que el desafío principal que tiene la República Argentina es el de la generación de empleo a través de la inversión y el impulso del sector privado, aunque para que esto ocurra hacen falta reformas estructurales que lejos están de figurar en la hoja de ruta de la política argentina. La creación de empleo es lo importante, lo verdaderamente crítico.

Luego existen cuestiones de carácter urgente que deben resolverse en el corto plazo. La falta de dólares es una de ellas. Increíblemente en uno de los países que ostenta tener la mayor cantidad de dólares físicos por habitante, el BCRA está prácticamente sin reservas. El cepo al dólar y por sobre todo la brecha cambiaria hacen cada vez más crítica la situación. Por un lado quienes exportan y generan los dólares están sin incentivos para hacerlo: un dólar que ostenta un valor en torno a los 200 pesos al exportador se lo pagan en el mejor de los casos 106 pesos (si es que tienen la suerte de no estar sujeto a retenciones). Por otro lado (siguiendo con la misma lógica) el apetito del importador se dispara: con un dólar en torno a los 200 pesos, nada más apetecible que importar comprando bienes en el exterior con un dólar a 106 pesos. Incluso con la expectativa que este tipo de cambio se encuentra por debajo del valor que algún día alcanzará, las compras se incrementan por sobre lo habitual.

La solución que le ha encontrado el Gobierno al problema de los dólares es rudimentariamente sencilla y se basa en simplemente no permitir a absolutamente nadie hacerse de unos dólares, no importa el motivo. Si uno quiere viajar, no se le permite hacerlo (o al menos no a toda la clase media que gustaba de viajar al exterior y su única posibilidad era hacerlo financiado). Si uno desea importar, las autorizaciones tardan e incluso muchas veces nunca llegan. Si uno quiere comprar para ahorrar, no es posible hacerlo en el mercado oficial.

Ante la limitada visión del Gobierno esto roza la perfección: esquilmo al exportador, le compro los dólares baratos y los uso solo yo, sin vendérselos prácticamente a nadie. Si bien en algún punto dentro de la lógica kirchnerista esto podría resultar auspicioso, cometen el error de olvidar un pequeño detalle: el 80% de lo que se importa está ligado a la industria y a la producción. Buena parte de los productos que existen dentro de las fronteras del país tienen algún componente importado. No permitiendo importar indefectiblemente generan un estancamiento profundo de la economía y aquí tendrán que tomar una decisión: corregir el mercado cambiario y permitir que se importe libremente o tendrán que enfrentar el costo de un nuevo freno a la actividad económica en una sociedad que ya no puede más. No existirá crecimiento si no se permiten importar insumos, maquinarias y demás bienes necesarios para poder crecer.

El otro gran desafío que reviste urgencia es el de resolver (en lo que ellos llaman el “Plan Plurianual”) un presupuesto que se ajuste a las necesidades que imperan en virtud del posible acuerdo con el fondo: achicar el agujero fiscal. Entender que no se puede gastar más de lo que ingresa implica entender que para pagar las deudas nos debe sobrar dinero. En la práctica lo que el Ministro de Economía Martín Guzmán pretende es exponer números más acordes con un déficit que ronde el 3%. Lo interesante es que esto se lograra en parte ajustando las tarifas de los servicios públicos (tarifas que están atrasadas más del 100%) y deberán aquí pagar el costo del impacto inflacionario que generarán estos ajustes en los subsidios a las tarifas.

Sin embargo la situación parece no importarle a los funcionarios de turno: dicen que este año se crecerá un 10% (ya no tienen en cuenta la brutal destrucción económica que se propició durante el año 2020), que la inflación se encuentra atravesando un proceso de desaceleración (a pesar de estar en torno al 50% anual), y que el año que viene el país crecerá un 4% (sin absolutamente ningún argumento) y por sobre todo, el Estado está y seguirá presente.

Sin demasiado sustento hay que tener expectativas y ser optimista en que el nivel de delirio que impera hoy en quienes gobiernan la Argentina no esté por encima de la imperiosa necesidad de enfrentar de una buena vez los problemas reales, estructurales, serios y urgentes y evitar así lo que pueda ser una nueva crisis de proporciones incalculables en la República Argentina.

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Notas de Opinión

¿Y si lo que va camino a Venezuela no es la Argentina, sino la oposición?

Algo crucial para comprender el fenómeno del país caribeño es la fragmentación y descoordinación de los líderes y partidos opositores

Columna publicada originalmente en La Nación

Hasta hace unos meses, algunos líderes opositores, entre ellos, Mario Negri (enfocado en estos días en mantener su papel como jefe de la bancada de JxC en la Cámara de Diputados), repetían un mantra con el que aspiraban a alertar sobre el riesgo institucional que según ellos vivía el país y, al mismo tiempo, a galvanizar al electorado en unos comicios que lucían muchísimo más competitivos de lo que terminaron siendo: “Estamos a siete diputados de ser Venezuela”.

Muchos observadores descontaban que el oficialismo seguiría controlando el Senado y advertían sobre el hecho de que en la Cámara baja la oposición debía reemplazar las bancas obtenidas en las elecciones de 2017, antes del desbarranco económico y con el peronismo todavía dividido. ¿Sería posible superar el umbral del 40% de los votos con el FDT gobernando la Nación y la enorme mayoría de las provincias, entre ellas, Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Tucumán y Entre Ríos? Excepto CABA y Mendoza, se trata de los distritos más relevantes desde el punto de vista demográfico.

“Y con La Cámpora controlando el proceso electoral, incluido el crítico Correo”, se preocupaba un dirigente opositor convencido de que “las redes del castro-chavismo” habían penetrado el aparato del Estado, incluidos los servicios de inteligencia, con lo cual, a diferencia de lo que venía ocurriendo en este sinuoso período democrático a punto de cumplir 38 años, la transparencia de las elecciones estaba en riesgo.

En perspectiva, el escenario actual es diametralmente opuesto. A pesar de las típicas irregularidades que ocurren en todos los comicios, y sin olvidar la necesidad de agilizar el sistema de votación, por ejemplo, con la incorporación de la boleta única de papel, entre otras medidas para mejorar la calidad del proceso electoral, las últimas elecciones fueron libres y justas. Más, la diferencia en la crucial provincia de Buenos Aires fue de alrededor del 1% y, sin embargo, los derrotados no cuestionaron el resultado, sino que curiosamente prefirieron festejarlo. A primera vista, la Cámara de Diputados quedó idéntica en términos de correlación de fuerzas, aunque experimentará un salto extraordinario con la incorporación de importantes figuras que en principio permiten ser más optimistas en cuanto a la calidad del debate y el prestigio del cuerpo. En el Senado, por el contrario, se produjo un cambio histórico con la pérdida del quorum propio por parte del peronismo, un hecho inédito desde 1983 hasta la fecha. Es difícil aún definir hasta qué punto esto va a transformar viejas prácticas y valores característicos de la cultura política argentina. ¿Continuará el viejo criterio según el cual el Senado no acepta pedidos de desafuero hasta que no haya una sentencia firme por parte de la Corte Suprema? Seguramente la Cámara alta se convertirá en un cuerpo mucho más alineado a lo que supone la letra y el espíritu de la Constitución. Por eso, CFK pretendía convalidar una centena de DNU justo un día antes de que lo que hasta ahora era su “zona de confort” se convirtiera en un potencial dolor de cabeza.

Las elecciones de mitad de mandato ratificaron que tenemos un sistema político basado en dos grandes coaliciones que, al menos de 2015 a la fecha, representan entre el 70% y el 90% del electorado, según se elija presidente o legisladores. Como ocurría con el viejo bipartidismo imperfecto vigente hasta la gran crisis de 2001, surgen terceras fuerzas que pujan por desafiar a los actores dominantes, aunque por lo general terminan pactando con el ganador. Ocurrió con el Partido Federal de Manrique y el radicalismo, con la UCD y el menemismo y con Acción para la República y el gobierno de Fernando de la Rúa. Eso le reclamaban muchos a Mauricio Macri en relación con el Frente Renovador, y de hecho incorporó a su gobierno a algunos funcionarios de ese espacio, pero sus diferencias con Sergio Massa fueron y son irreconciliables. Excepciones no menores: los derrotados de 1995 conformaron la Alianza, y los de 2017, el FDT. Y López Murphy, tercero en 2003, siempre estuvo en las antípodas del kirchnerismo.

Aún más importante, considerar opción posible una eventual “venezolanización” del país suponía ignorar que el chavismo es una dictadura militar, que Hugo Chávez fue un líder carismático que llenó un vacío de poder generado por el colapso del viejo orden bipartidario (Adeco-Copei) a partir del Caracazo (1989) y que se consolidó gracias a los recursos petroleros que el Estado venezolano controla mediante una empresa pública hoy arrasada, como Pdvsa. Por el contrario, nuestras FF.AA. son profesionales y respetuosas del orden institucional (a pesar de los intentos del general Milani en la segunda presidencia de Cristina Kirchner), el sistema político está consolidado y la revuelta fiscal de la 125 puso límites al avance depredador del kirchnerismo. Puede que en la coalición gobernante haya segmentos radicalizados que sueñan con parecerse a Venezuela y de hecho algunos integran la flamante agrupación Soberanxs. Pero que logren su cometido parece, con suerte, un evento de bajísima probabilidad.

Sin embargo, existe un elemento crucial para comprender el fenómeno del país caribeño que no se puede soslayar: la fragmentación, descoordinación y disfuncionalidad de los líderes y partidos de la oposición. La historia del régimen chavista habría sido muy distinta si la oposición hubiera actuado como un bloque homogéneo o, al menos, unido por el espanto. Nada de eso ocurrió. Y no solo por cuestiones de egos y diferencias ideológicas: el régimen se encargó de profundizar rivalidades y sospechas mutuas con todo tipo de artimañas.

La Argentina conoce algo parecido. Para las elecciones de 2011, la oposición hizo todo lo posible para facilitar el triunfo de CFK, despreciando el entonces debutante mecanismo de las PASO y presentando demasiadas opciones, lo que pavimentó el camino para una victoria arrolladora por más del 54% de los votos. Semejante acto de irresponsabilidad política e institucional pudo haber costado mucho más caro de no haber sido por los innumerables errores no forzados y las muestras permanentes de ineptitud de un gobierno que pretendió ir por todo y se quedó sin nada, incluyendo la derrota en la provincia de Buenos Aires en 2015.

Desde la notable y menospreciada victoria del 14 de noviembre, los principales dirigentes opositores tendieron a comportarse de una manera peligrosamente parecida a los que protagonizaron aquella patética elección hace justo una década y a sus fatigados colegas venezolanos que son víctimas y a la vez facilitan los atropellos de la narcodictadura chavista, hace más de dos. Los tempraneros animal spirits de algunos precandidatos se combinan con los codazos para ocupar espacios de poder y otros recelos personales e ideológicos para mostrar, en conjunto, la peor imagen de una coalición heterogénea y, por eso, competitiva de cara a 2023. Si el Gobierno saliera de la fracasada comodidad del “ah, pero Macri” y no estuviera viviendo situaciones parecidas podría hacerse una panzada con los cortocircuitos de la oposición.

No solo hay problemas entre los partidos, sino también en el interior de cada uno de los componentes. Y lo más importante: la profunda crisis actual y el fresco recuerdo del fracaso económico de la experiencia 2015-2019 constituyen razones contundentes como para que los esfuerzos estén puestos en diseñar un plan de gobierno serio, consensuado e integrador, así como equipos de gestión capaces de implementarlo. No queda más espacio para las promesas, la improvisación ni el relato. Es hora de grandes decisiones, no de politiquería barata o devaneos personalistas.

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Notas de Opinión

El “Plan retirada” de Cristina está en marcha

Es directamente proporcional a la resolución de sus causas judiciales. Nada dice de la Justicia en su última carta. Para la Vicepresidenta el lawfare terminó. Ella sobreseída y Mauricio Macri procesado

Columna publicada originalmente en El Cronista

Ulises aferrado al mástil de su barco, se amarró de pies y manos para poder oír el canto de las sirenas, sin sucumbir ante él. La mitología griega cuenta que cualquier hombre o mujer que lo escuchase entregaba su vida. Sin embargo, las sirenas callaron frente al engaño de Ulises. Pero el silencio también forma parte del canto y frente al silencio no hay escapatoria.

Cristina Fernández de Kirchner no puede aferrarse a un mástil, a ninguna idea dogmática en relación con el Fondo Monetario Internacional. Para mantener su capital simbólico requiere flexibilidad en el posicionamiento. Eso lo evidenció en su carta. En ella recordó su protagonismo y el de Néstor Kirchner en lo que ella denominó “la reestructuración más exitosa de deuda soberana de la que se tenga memoria”, al tiempo que le advirtió a Alberto Fernández que no olvide las palabras que él mismo había pronunciado en un discurso el 9 de Julio. Allí, el Presidente afirmó “nunca esperen de mi que firme algo que arruine la vida del pueblo argentino, antes me voy a mi casa”.

Un eventual acuerdo con el FMI implica costos políticos y sociales que CFK no está dispuesta a pagar. Por eso necesita flexibilidad. Al mismo tiempo que recuerda que la fuerza política que integra ha sido “pagadora serial de deudas contraídas por otros” le dice al Jefe de Estado, al Congreso y a la oposición que serán ellos los responsables de los costos del eventual acuerdo.

El “Plan retirada” de Cristina ya está en marcha. Es directamente proporcional a la resolución de sus causas judiciales. Nada dice de la Justicia en su última carta. Para la Vicepresidenta el lawfare terminó. Ella sobreseída y Mauricio Macri procesado.

Cuando asumió como Vicepresidenta, tenía cinco pedidos de prisión preventiva, contaba con siete causas elevadas a juicio oral, todas ellas por corrupción. Ya logró tres sobreseimientos, sin ir siquiera a juicio oral y público.

En un tuit de inédita gravedad institucional, el ministro de Justicia Martin Soria afirmó: “Hotesur, Dólar Futuro, Qunita, Memorándum. Cuando no hay una mesa judicial con funcionarios apretando jueces, los hechos y las pruebas pesan más que las tapas de Clarín o La Nación”. Lo hizo horas después del ataque intimidatorio con bombas molotov al grupo Clarín.

Sin embargo, quien está hoy detrás del seguimiento y resolución de las causas de Cristina y sus hijos es Carlos Zannini, actual procurador del Tesoro y ex Secretario de Legal y Técnica durante toda la gestión kirchnerista.

En paralelo, Máximo Kirchner también ha logrado parcialmente su objetivo: dotar a La Cámpora de mayor volumen político. A nivel parlamentario lo consiguió con el armado de listas en esta última legislativa. Para el caso de los ejecutivos provinciales depende del acuerdo que se alcance en relación con las relecciones de los intendentes.

El costo político y social de su plan de retirada aún no lo conocemos. Puede darse en un marco de tensiones simbólicas o en uno de quiebre institucional. Cristina es indescifrable.

La Vicepresidenta conducirá el Senado pero, por primera vez, sin quórum propio. A pesar del regreso a la presencialidad, aún no permite el acceso al recinto de asesores o periodistas.

La sesión del próximo 9 de diciembre promete ser épica. Jurarán los nuevos legisladores pero no estarán habilitados para votar hasta el día 10. Todo puede pasar.

Un viejo senador repite una frase muy oportuna: “¿Viste que aquí los pisos están lustrados? Es para que los que vayan muy rápido se patinen”.

Los partidos políticos suelen trabajar sobre dos objetivos: la conquista del mundo exterior y la disputa interna. Hoy en la Argentina lo segundo parece imponerse. Un riesgo inaceptable en un país que se desmorona.

En las democracias se garantiza que el Presidente que se impone por mayoría tiene la legitimidad y el poder. Cristina rompió esa lógica con su anómala fórmula presidencial. Hoy nos dice por carta “la lapicera no la tiene Cristina, siempre la tuvo, la tiene y la tendrá el Presidente de la Nación”. Ya es tarde, rápidamente detectamos el truco. Habla en tercera persona de sí misma, y finaliza su texto diciendo “que Dios y la Patria los ilumine a todos y todas”. Hasta de eso se excluye.

Ella ya se considera una iluminada, por eso cree que las sombras caerán sobre los otros. Para Cristina todos son responsables de la debacle presente y futura… menos ella. A no dejarse engañar por el canto de las sirenas.

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