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Notas de Opinión

Las citas de Alberto Fernández, obra cumbre de la chantada argentina

El Presidente se ha lanzado a una competencia peculiar con Cristina, Kicillof y compañía por ver quién debilita más su autoridad presidencial. El desorden oficial se agrava y la expectativa de que la campaña lo contenga se debilita. ¿Qué puede hacer la oposición?

Columna publicada originalmente en Todo Noticias

Nada evidenció más la dimensión del papelón internacional protagonizado por AF esta semana que la reacción de Jair Bolsonaro: aprovechó la oportunidad para tildarlo de racista mientras, magnánimo, mandaba “un cariño al pueblo argentino”, se felicitaba de cuidar la selva amazónica y lanzaba otras bromas menos pesadas para sintonizar con el ánimo de sus conciudadanos. El prestigio de nuestro país pocas veces quedó más por el piso ante nuestros vecinos y el mundo.

Es que los pifies de nuestro presidente ya son antológicos, y unos van tapando los otros, en una escalada de canchereadas que quedan en ridículo, torpezas que arrastran por el lodo la autoridad presidencial y patéticas explicaciones que oscurecen más de lo que aclaran.

Encima el presidente no se da descanso. Horas después de ofender a brasileños y mexicanos y quedar en ridículo en el mundo entero, se peleó con los peruanos, al felicitar al candidato de su preferencia, Pedro Castillo, antes de que terminara el recuento de votos. Y no habían transcurrido 24 horas cuando metió de nuevo la pata, al arengar a los asistentes de un acto oficial: “¡¡vayan y contágiense!!”.

Todo indica que el Alberto no está pasando por su mejor momento.

Aunque, convengamos, ya en su mejor momento el hombre anticipaba lo que se venía. Solo que muchos preferían ver, y propalar con entusiasmo “albertista” o “antigrieta” según los casos, que era el más rubio y de ojos más celestes de todos los estadistas que habíamos podido elegir como presidente.

Recordemos su insólita referencia a los dibujos animados de Bugs Bunny como instrumento de difusión de los vicios del neoliberalismo, cuando estaba a punto de asumir el gobierno. Tenía entonces, es de suponer, todas las pilas cargadas para ponerse al servicio del país. Y eso, no más que eso, fue lo que se le ocurrió ofrecer como pista intelectual del rumbo que iba a seguir: That´s all folks!

¿Cómo asombrarse entonces de que, meses después, dijera que Evo Morales era genial porque había sido “el primer presidente boliviano que se parecía a los demás bolivianos”?, un comentario pretendidamente reivindicatorio pero que desnudó un paternalismo reaccionario y racista que se ve Alberto lleva bien metido en el alma, por debajo de la fraseología “progre” adoptada cuando se hizo kirchnerista.

¿O que hace unos días haya dicho, muy suelto de cuerpo que “el capitalismo no funciona”? Claro, el capitalismo ni se dio por enterado, pero si le avisaran seguramente se pondría del lado de Cristina: es Alberto el que muy bien que digamos no está funcionando.

Ahí están también, en el arcón de los recuerdos, las explicaciones absurdas que ofreció sobre lo que significaría, según él, un “sano federalismo”, en la muy complaciente entrevista que le realizó Beatriz Sarlo poco antes de la elección de 2019: “alguna vez la ciudad de Buenos Aires va a tener que devolverle a las provincias todo lo que ellas le aportaron para que sea lo que es”. Una burrada que la entrevistadora, miembro destacado de la progresía culposa porteña, dejó pasar en silencio, y que sirve para entender algunos de los conflictos que tiempo después terminarían en manos de la Corte Suprema.

Como sabemos, desde entonces hasta hoy, mientras generaba con sus decisiones, cada vez más frecuentemente, conflictos constitucionales de ese tenor, se dedicó también a dar clases públicas de derecho constitucional, intentando explicar que poner a su gobierno a trabajar las 24 hs del día para desarmar las investigaciones de la Justicia contra su vice era la vía para recuperar la república y acabar con las infaustas “intromisiones del poder político en los tribunales”. Porque la premisa indiscutible sobre la que su gobierno se construyó fue que “Cristina es inocente de todo, siempre, digan lo que digan”. Cualquiera que le preste un poco de atención a afirmaciones de ese tenor, que casi textualmente pronunció también frente a Beatriz Sarlo, ante su completo silencio, advertiría que no resisten el menor análisis. Y carecen, incluso, de toda lógica: ¿cómo un gobierno podría definirse por la fe inquebrantable en la inocencia de uno de sus integrantes, postulada como guía para orientar sus pasos en relación a los demás poderes, y considerarse a la vez democrático y republicano? Pese a lo absurdo de esa pretensión, muchos, al menos hasta hace poco, seguían celebrando la auto presentación de Alberto como el más moderado y razonable de los peronistas y, por sobre todas las cosas, como “un hombre del derecho”.

Sumemos a todo eso que las afirmaciones altisonantes, para disimular la impotencia, se han ido volviendo cada vez más altisonantes, frecuentes, y desubicadas: ¿en serio hacía falta, justo ahora que la argentina ha sido calificada entre las peores gestiones de la pandemia en el planeta, y su economía pinta que tendrá el peor desempeño entre todos los miembros del G-20, que nuestro presidente vuelva a dar cátedra sobre lo que funciona y no funciona del capitalismo? ¿No le convendría ser un poco más modesto?

Y, la verdad que no: hay que entender la lógica que hay detrás de actitudes que, a primera vista, parecen solo desubicadas y ridículas. Las anima la experiencia de que conviene siempre desconocer los errores, negar toda responsabilidad y tirar la pelota lo más lejos posible. Así viene haciendo el gobierno con las vacunas, cuya escasez sigue sin explicación, con los muertos, que nunca, jamás, se mencionan en los discursos ni informes oficiales, con el enredo por la deuda, y con todos los problemas que en vez de resolverse, se agravan: o no existen, o son problemas de otros. Si la economía argentina hace agua, culpa del capitalismo, que no funciona.

Santiago Cafiero también dio el ejemplo, de ese modo entre infantil y bestial que lo caracteriza, en estos últimos días: al exponer en el Congreso su “informe de gestión” advirtió a los opositores que iban a “tener que rendir cuentas”. Como si eso no lo tuviera que hacer el gobierno; más aún, como si no fuera lo que él debía hacer justo en ese momento, en vez de armar un combo de camelos, agresiones y chicanas que, una y otra vez, en todos los temas, le servía para tirar la pelota afuera.

Es difícil imaginar, en síntesis, cómo podría emprolijarse un gobierno que está lanzado a zafar como sea con este tipo de recursos. Y que a cada paso que da suma más y más imprevisibilidad, inconsistencia, y por tanto, genera más desconfianza.

Lo sucedido el viernes con las escuelas de la provincia de Buenos Aires ilustra el punto, en un área que se ha vuelto crítica para la gestión de gobierno, para la opinión pública, y por tanto también para la campaña electoral. Y que es difícil imaginar que se pudiera manejar peor de cómo lo ha hecho el oficialismo.

Axel Kicillof, en una decisión intempestiva y muy poco fundamentada, optó por olvidar los números de contagios, a los que se había comprometido unas semanas atrás a atender como lo único importante y que justificaría mantener las escuelas cerradas. En realidad hizo algo aún peor: decidió camelear, afirmó que los contagios en la provincia se habían derrumbado (lo que no se condice ni con las cifras oficiales ni con las no oficiales), para poder atender a otros números, que cada vez pesan más en su ánimo, y con toda lógica: los de las encuestas. Que están indicando, por primera vez en estos últimos días, que el oficialismo podría perder la votación bonaerense. Así que abrió las aulas. Por fin una buena decisión, uno podría decir. Aunque sea por malos motivos.

Nadie lo esperaba. Ni siquiera el gobierno nacional. Tan es así que ese mismo viernes el ministro Nicolás Trotta, con los datos de contagios reales de la provincia en la mano, no con los trucados que usaría horas después Kicillof, se paseó por los medios advirtiendo que no era hora de reaperturas. Pobre Trotta, siempre llega tarde a todos lados, y queda peleando batallas que todos sus amigos ya han abandonado. Sería bueno que, al menos alguna vez, le avisen antes de dar volantazos.

Los contagios diarios en la ciudad bajaron, entre el máximo de abril hasta ahora, alrededor de un 50%, de un poco más de 3000 a alrededor de 1700. Con las escuelas abiertas. Los de la provincia bajaron, en el mismo período, de alrededor de 12000 a 9500, es decir, poco más de 20%. Con las escuelas cerradas. Obviamente, el problema no eran las escuelas, y por tanto está muy bien que las abran. Pero como Kicillof y su banda no podían reconocer que nunca debieron cerrarlas, y que todo lo que dijeron sobre el “asesino de niños y docentes” de Larreta era una bestialidad y una tontería, optaron por silbar bajito, camelear, y tirar la pelota afuera, disimulando su responsabilidad en el caos educativo en que sumieron a millones de niños y jóvenes, y en el desastre general que siguen generando alrededor suyo. Mientras pretenden, como hizo Kicillof ese viernes a la tarde, con cifras truchas para justificarse, que están “derrotando al virus” y van de acierto en acierto.

En suma, el desorden que reina en las gestiones de gobierno del FdeT está causando un daño cada vez más profundo e indisimulable en la sociedad, en su salud, en su educación, y sobre todo, en su economía. Y no parece que la campaña electoral vaya a ser capaz de poner orden en semejante desmadre.

Justo en el momento en que nuestro presidente aleccionaba al mundo sobre los problemas que va a enfrentar si no se saca de encima al capitalismo, su gestión económica se metía más a fondo, con el plan “aguantemos hasta noviembre”, en un callejón sin salida. O mejor dicho: en un callejón que tiene como única salida posible un nuevo descalabro. Pues ya no habrá forma de evitar que el manejo irresponsable de los compromisos financieros, de las cuentas públicas y los demás asuntos económicos acumulado hasta entonces termine en un estallido.

La deuda finalmente se va a manejar, de aquí hasta entonces, a nivel nacional igual que como viene manejando la suya la provincia de Buenos Aires, sin acordar nada y al filo de una ruptura de las negociaciones. Y como todos los esfuerzos por contener la inflación fracasaron, el gobierno se prepara, en vez de a corregirlos, a llevarlos a su versión más trucha: un congelamiento preelectoral, que “levante el ánimo” de los votantes. Congelamiento que en el mejor de los casos solo va a durar hasta que se terminen de contar los votos, tras lo cual la aceleración inflacionaria será inevitable. Mientras tanto, la bomba de las leliqs supera ya los máximos a los que llegaron las dos gestiones anteriores, así que el presidente y su ministro se desentienden: saben muy bien que solo va a quedar como opción licuarlas con una mega devaluación poselectoral, o sumar un nuevo default.

Lo único que trae un poco de alivio es que nada de esto es una sorpresa. La gran ventaja que ofrecen Alberto y su gestión es que no vienen “con el cuchillo bajo el poncho”, pues simplemente no tienen poncho, están como Dios los trajo al mundo. Nadie tendrá derecho por tanto a sorprenderse ante lo que se viene.

Todo sucede, además, en cámara lenta: hace meses que se estira una situación insostenible, que no va para ningún lado, en la negociación externa, así que a muy pocos les va a asombrar cuando sean los actores externos los que decidan si Argentina queda o no del todo fuera del mapa. Como tampoco nadie se va a sorprender si se anuncian más y más congelamientos electorales: ya los comerciantes se han podido anticipar, con la silenciosa tolerancia de los funcionarios, elevando sus precios antes de entrar al “Súper cerca”, último invento marketinero de Paula Español; y deben haber empezado enseguida a hacer la cuenta regresiva de lo que falta para que la medida se deshilache. Es súper entendible que lo hagan, porque de otro modo irían a la quiebra. Y los consumidores lo entienden muy bien, por eso ellos también anticipan compras, o se refugian en el dólar, si pueden.

Dada esta capacidad de anticipación y los consecuentes comportamientos defensivos, ¿puede preverse que también como votantes se protegerán de lo que se viene, acotando el poder de daño que hoy ejerce con pocos límites el oficialismo? Habrá que ver. Depende fundamentalmente de lo que haga la oposición. Y no alcanza que ella diga lo que ya todos saben, expresando la desconfianza y los temores y las broncas que campean muy orondos en el ánimo colectivo. Lo que la sociedad espera, o necesita, es que alguien sea capaz de abrir una perspectiva distinta para este país, prometer un futuro no solo diferente, sino verosímil, en ruptura con este orden decadente. Si lo que los opositores se proponen es solo “expresar el ánimo colectivo” no van a dejar muy en claro por qué cabría creerles que pueden ser algo “nuevo”. Dado que ese ánimo está demasiado atrapado en el presente como para ser más que la válvula de escape de un malestar reproductivo. La oposición debe hacer más, sobre todo algo más que declaraciones. Por más que sean más razonables que las del presidente. Eso no tiene chiste, lo hace cualquiera.

Notas de Opinión

Costos y límites de la política de la ambigüedad

La Argentina irrelevante: el mundo no perderá su tiempo tratando de entender los jeroglíficos que aquí improvisan políticos de cabotaje

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación

A pesar del contundente triunfo opositor, los mercados siguen castigando sin piedad a los activos argentinos. El riesgo país alcanza récords, mientras la creciente incertidumbre sobre lo que puede llegar a ocurrir dentro y fuera del FDT mantiene en vilo al conjunto de la sociedad. Sin embargo, no conmueve a una comunidad de inversores para la que la Argentina es mala palabra y lo seguirá siendo por mucho tiempo, al menos hasta que pueda demostrar un cambio drástico de comportamiento (superávits gemelos a lo largo de varios años) y un apego genuino y duradero a las reglas del juego del sistema financiero, incluido el FMI. Como consecuencia de la falta de precisión sobre los lineamientos económicos y los equipos de gestión de un eventual gobierno en el futuro, las dudas abarcan también a la oposición. Fundamentalmente, nadie sabe si Alberto Fernández estará en condiciones y tendrá la voluntad y el coraje de ejercer la presidencia sin la tutela, la influencia, la presión y el acoso de su compañera de fórmula. ¿Qué significa el silencio de Cristina? ¿Cuánto tiempo durará? ¿Pondrá otra vez en juego la estabilidad de su gobierno con otra de sus arteras misivas?

Las tensiones internas entre los renacidos “albertistas” y los perennes “cristinistas” han venido escalando a tal punto que el propio Kulfas salió a desmentir al hasta ahora poderoso secretario de Comercio, Roberto Feletti, respecto de un tópico particularmente sensible para el universo K: las sacrosantas retenciones, en este caso a las exportaciones de carne. Sin embargo, la cuestión más polémica es el eventual acuerdo con el FMI: corren las agujas del reloj y, con la sangría permanente de reservas del Banco Central y un vencimiento imposible de pagar en marzo próximo, el gobierno argentino necesita de manera urgente poner fin a esta negociación innecesariamente dilatada. ¿Por qué Guzmán prefirió estirar tanto este proceso, cuando las condiciones para el país eran extremadamente favorables durante el pico de la pandemia, en el tercer trimestre del año pasado? “Típica maniobra kirchnerista: cuando Néstor veía que en una negociación la contraparte estaba dispuesta a un acuerdo, siempre pedía algo más”, afirma un exfuncionario. No siempre lo conseguía: es más, en alguna oportunidad pagó un precio muy caro por su inflexibilidad. Por ejemplo, antes de la brutal derrota de la 125 hubo varios intentos de acercar las partes que daban la sensación de que podían prosperar. Intermediarios hábiles como Julio De Vido o el propio Alberto Fernández fueron responsables de esos esfuerzos. Su fracaso no estuvo relacionado con la rigidez de los grupos de autoconvocados que a la vera de las rutas limitaban el margen de acción de los integrantes de la Mesa de Enlace, sino por la renuencia de Kirchner a ceder y ser consecuentemente percibido como débil.

Tal vez ahora Alberto Fernández se lamente de tanta procrastinación: negocia desde la debilidad, si no desde la desesperación. ¿Fue Cristina la que vetó aquellos supuestos avances logrados con el Fondo? Si no directa, fue al menos la responsable indirecta: el “affaire Basualdo” puso de manifiesto su negativa a corregir el déficit fiscal mediante una recomposición tarifaria (esa curiosa costumbre K de subsidiar a quienes no los votan). Y la carta del 15 de septiembre ratificó su peculiar concepción de la economía política: capitalismo es sinónimo de consumo y debe estimularse con un déficit mayor financiado con emisión monetaria. ¿Quiere la vicepresidenta un acuerdo ahora, aunque implique una corrección más severa de las tarifas y una nueva política cambiaria? El Presidente dice que apoya el paquete que prometió enviar al Congreso a comienzos de diciembre para que los nuevos representantes lo discutan. Probablemente rechace esas condicionalidades, pero tema aún más las consecuencias de un eventual default con un organismo financiero internacional perteneciente al sistema de las Naciones Unidas. Vale la pena recordar que ella vincula los casos de corrupción de su gobierno a la acción de lobbies extranjeros vinculados a los holdouts, meros especuladores privados. Aunque eso sea solo una fantasía, su miedo debería escalar, pues al incumplir con el Fondo estaría afectando el interés de los contribuyentes de los principales países del mundo. Lección para ella y para el resto de “la casta”: gobernar implica a menudo optar entre dos alternativas consideradas malas, eligiendo el mal menor.

¿Quiere un acuerdo serio y sustentable o solamente salir del paso para evitar un descalabro mayor y dejarle al próximo gobierno la responsabilidad de presentar un programa integral y consistente? Muchos consideran esa opción subóptima la más probable. Pues el Fondo, cansado de lidiar con un gobierno que perdió credibilidad y abusó de su paciencia, que cuestionó reglas establecidas desde siempre y pidió lo imposible, puede facilitar un acuerdo que no le cree riesgos a futuro en el sentido de que pueda generar antecedentes que otros países puedan solicitar. “¿Quién querría ser visto como un paria?”, afirma un avezado inversor de Wall Street. “Ser comparado con la Argentina es algo que ningún país serio va a querer”.

A finales de los años 80, Peter Evans analizó con brillantez la cuestión de los “Estados depredadores” que en contextos poscoloniales, sobre todo en África y América Latina, solían obstaculizar la implantación de modelos desarrollistas. Más recientemente, Daron Acemoglu y James A. Robinson dedicaron un capítulo completo del libro Por qué fracasan los países (Why Nations Fail) a la Argentina. Allí estudian cómo ciertas elites se especializan en extraer los recursos a los sectores más productivos de la economía en vez de generar incentivos para que se multiplique la riqueza. Lo que expresó el voto popular reciente es que más allá de las disidencias y de su amplio espectro ideológico, y sin importar si tiende a radicalizarse o a optar por el pragmatismo, el FDT continúa siendo la expresión más acabada del concepto de coalición depredadora y explica, en buena medida, por qué nuestro país lleva un estancamiento de una década durante la cual no ha logrado crecer y, peor aún, por qué perdió el tren del desarrollo desde, al menos, aquel lejano 1975 en que se produjo el Rodrigazo.

Los debates respecto de si el Gobierno encararía hacia la radicalización o hacia el pragmatismo en caso de un resultado negativo en las elecciones parecen haber omitido que históricamente el peronismo optó por la vía ambigua, tal vez con algunas pocas excepciones, como durante el menemismo a partir de 1991. Esto tomó particular fuerza en el período que Perón debió estar en el exilio, cuando el propio general incitaba a la “juventud maravillosa” a inclinarse hacia la violencia al tiempo que promovía entre el sindicalismo y entre algunos sectores más políticos aplicar estrategias menos confrontativas e incluso negociar con los militares. Así, inició una cultura que continúa hasta nuestros días: en el marco de un movimiento extremadamente heterogéneo, la mejor opción es producir múltiples mensajes que puedan satisfacer a sus diferentes segmentos. Esta política de la ambigüedad en casi todas las esferas, incluida la política exterior, con una coexistencia de actores y elementos ideológicos tan opuestos y hasta contradictorios en un mismo espacio, se tolera a nivel doméstico, pero resulta imposible de explicar fronteras afuera de la Argentina. Eso, sin contar que somos un país demasiado irrelevante para que el mundo pierda su tiempo tratando de comprender los jeroglíficos que improvisan políticos de cabotaje demasiado acostumbrados a mirarse al espejo.

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Entrevistas Nexofin

Entrevista a Antonella Punzino: sus inicios en el periodismo, análisis político y comunicación con perspectiva de género

En diálogo con Nexofin, la comunicadora recuerda sus comienzos, el arribo desde Mendoza, comenta sobre su actualidad en el Canal de la Ciudad y FiloNews y opina sobre la última contienda legislativa

Antonella Punzino construye a paso firme su carrera en la comunicación. Nació en la provincia de Mendoza y, a comienzos del 2019, luego de cinco años de experiencia en los medios de la zona cuyana, decidió seguir su crecimiento profesional en la Ciudad de Buenos Aires.

Su objetivo, según explicó a NEXOFIN, es aprovechar al máximo las oportunidades que se presentan.  Cursó la Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Cuyo.

“Por suerte en Mendoza siempre pude dedicarme a la comunicación porque empecé a trabajar a la par del cursado de la carrera a los 20 años”, comentó Punzino a NEXOFIN.

Ha trabajado en varios medios como la TV Pública, Diario con Vos, TVE, GreenCoom, Diario UNO y distintos espacios del Grupo América. En la actualidad se destaca como redactora en el medio de comunicación multiplataforma FiloNews.

Desde octubre de 2021 se incorporó al Canal de la Ciudad. Se la puede seguir en el programa Hoy nos toca con Daniel Santa Cruz (lunes a viernes de 22 a 23) donde brindan información general.

Al detallar sobre su rol en el medio ubicado en la zona del Abasto, la joven comunicadora explica: “Este es un programa de análisis político por lo cual es nuevo para mí y eso es un desafío: seguir de cerca e interiorizarme todos los días con la agenda política”.

En diálogo con Nexofin, la comunicadora recuerda sus comienzos, el arribo desde Mendoza, comenta sobre su actualidad en el Canal de la Ciudad y FiloNews, y opina sobre la última contienda legislativa.

Nexofin (N): Arranquemos desde el principio en Mendoza, ¿en qué momento decidiste que te ibas a dedicar al periodismo?

Antonella Punzino (AP): Desde los 8 años jaja. Tengo cassettes donde me grababa y jugaba que tenía mi propio programa de radio, entrevistaba a mi familia y no los dejaba hablar.

Después, cuando tuve que decirme no habían más opciones, siempre pensé: “No puedo trabajar de algo toda mi vida y que no me apasione”, así que fui por Comunicación Social.

N: ¿Cuáles fueron tus primeros trabajos por fuera del medio?

Por suerte en Mendoza siempre pude dedicarme a la comunicación porque empecé a trabajar a la par del cursado de la carrera a los 20 años.

Cuando llegué a Buenos Aires en el 2019, a pesar de tener varios años de experiencia en Mendoza fue como un “empezar de cero” y acá sí tuve otros trabajos como moza de un restó hasta que me pude acomodar, con una amiga vendíamos aceites y vinos, nos la rebuscábamos hasta poder acomodarnos.

N: Durante tu etapa de formación en la Universidad Nacional de Cuyo, ¿quiénes fueron tus maestros y referentes?

No quiero olvidarme de ningunx, pero tuve grandes educadores que nos transmitían siempre la pasión y la vocación de la comunicación, sea en el periodismo o no, uno de ellos fue Jorge Sosa, personalidad muy reconocida en Mendoza con una enorme trayectoria y una forma de ver la vida a través de la poesía que hacía de sus clases magistrales.

También, uno de los primeros que me llamó la atención y no pude parar de seguirlo fue Lalo Mir en radio y después con los especiales de “Encuentro en Estudio”.

Amo la música y su forma de entrevistar y empatizar con esos “ídolos” que yo tenía, me motivó a decir: “Esto quiero hacer”. El gran Juan Albetro Badía otro gran periodista que tuvimos y al que también seguía en esa época.

N: En octubre te incorporaste al Canal de la Ciudad en el programa Hoy Nos Toca (con Daniel Santa Cruz), ¿cuál es tu mayor desafío a la hora de salir al aire?

Primero que nada el formato de HNT es un desafío para mí porque yo venía más del formato noticiero o coberturas culturales en televisión, aunque mi mayor experiencia está en radio y gráfica.

Este es un programa de análisis político por lo cual es nuevo para mí y eso es un desafío: seguir de cerca e interiorizarme todos los días con la agenda política.

Igualmente mi rol es el de darle una mirada social a las diferentes problemáticas y temáticas que suceden a la par. En resumen: lo tomo todo como un desafío y aprendizaje.

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N: También hoy estás en FiloNews, ¿cómo te organizas con la rutina?

Actualmente trabajo de domingos a domingos, en la semana en el canal y los fines de semana y feriados cubro el breaking news de Filo. Durante la semana hago mis propias notas que llevan un poco más de tiempo.

El resto lo voy mechando, soy una persona disciplinada y organizada y eso me permite tener una vida aparte de lo laboral, aunque a veces se desdibuje un poco, pero trato de hacerme mis tiempos.

N: ¿Qué aspectos faltan en la comunicación con perspectiva de género?

Aunque el debate pareciera que tiene un espacio, falta muchísimo. El periodismo, la comunicación y los medios deben aggiornarse a los cambios (necesarios).

Que ya se hable de un debate y exista una discusión (sana) al respecto es un gran paso, pero dista mucho del ideal.

Capacitaciones con perspectiva de género es lo fundamental y necesario para que no consumamos la violencia machista y mediática.

Es un proceso y también respeto eso, nadie nació deconstruidx, pero hacernos conscientes de que existe es lo que necesitamos las mujeres y disidencias para poder ocupar esos espacios que hoy no se acceden solo por cuestión de género.

N: En la actualidad política, ¿a quiénes destacas entre tus colegas mujeres del medio?

Todo es político en mí entender porque denota cómo te parás para con la vida y lo que querés comunicar.

Hace unos años cuando nació Filo, me sorprendió ver a mujeres hablando de temas que siempre lo hacían los varones, poniendo en palabras lo que nos sucede, afecta e interpela. Por eso puedo decirte que el equipo de género de FiloNews me ha enseñado y enseña muchísimo.

Por fuera destaco mucho el laburo de Marina Abiuso, la editora de género de TN, Maru Duffard y Luciana Geuna, Diana Maffía. Hay muchas que no estoy nombrando.

Hoy nos toca con la conducción de Daniel Santa Cruz, acompañado por Antonella Punzino y Leandro Dario

N: Siguiendo la línea electoral, ¿las campañas han perdido interés en la población?

Sí, en mi opinión las campañas de este año estuvieron centradas en las chicanas y ofensas personales entre candidatos.

Estuvieron anémicas de propuestas concretas para la gente que necesita de una fuerza política que de verdad se encargue de los problemas que afectan todos los días como: inflación, pobreza, vivienda, seguridad, educación.

Aparte, sentí que no estaba defino a quiénes les hablaban, directamente con el electorado joven no saben cómo hacerlo discursivamente.

Hacer un baile de Tik Tok o sumarse a un challenge como propuesta para los jóvenes creo que es subestimar sus capacidades e inteligencia, siendo que hoy son los jóvenes los que le ponen el cuerpo y llevan adelante causas como medioambiente, derechos humanos y conciencia social.

Están comprometidos, ya no va más eso de “los jóvenes no les interesa o saben nada”.

N:¿Quiénes aprovecharon la última contienda legislativa?

Respecto a los jóvenes creo que ninguna fuerza logró cautivar y aprovechar ese grupo, no lograron comunicarse.

Hubo mucha capitalización del enojo y la indignación, y eso fue un atractivo para las personas que están cansadas, por eso puede haber sido una sorpresa los números de los libertarios, que igualmente es un fenómeno que avanza y se está desarrollando paralelamente en el mundo (ejemplo de hoy con Chile).

N: Vamos con un pequeño ping-pong, ¿con qué periodista te gustaría trabajar?

No tengo hoy un favorito, siento que en cada lugar al que llego/estoy aprendo muchísimo de diferentes colegas y eso me enriquece y me hace crecer.

N: ¿Una aplicación que nunca usarías?

No sé si “nunca”, pero me generan mucho cringe las de citas, siento que es un catálogo de personas, muy obvio todo jaja.

N: ¿Qué lugar en el mundo te gustaría visitar?

Italia, es un viaje pendiente, tengo familiares allá que quiero conocer/visitar.

N: ¿Frase motivacional?

El universo está a mi favor.

N: Para cerrar en un concepto, ¿Antonella Punzino es…?

Enérgica y perseverante.

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Notas de Opinión

El Gobierno pretende eliminar la pobreza aniquilando la riqueza

Creer que se puede dividir la riqueza y así lograr multiplicarla es no entender que la torta que se reparte requiere para ser más grande más harina y más relleno para que muchos más personas puedan alimentarse

Columna publicada originalmente en Infobae

Resultan innecesariamente ridículas algunas de las declaraciones que esgrimen algunos funcionarios. Cuando esas frases declaraciones son hechas por el propio Ministro de Economía Martín Guzmán, no sólo resultan ridículas sino además extremadamente preocupantes.

“Necesitamos acciones tributarias para evitar que los ricos se hagan más ricos y los pobres, más pobres”, decía el Ministro sin inmutarse mientras se encargaba de brindar las últimas palabras en el cierre de las “Jornadas Monetarias del Banco Central”. Esta idea tercermundista de creer que el pobre es pobre simplemente porque el rico es rico es una virtual condena a la miseria eterna.

Lo cierto es que en primera instancia lo que hace el ministro es estigmatizar a quien ha logrado algo más que el resto. ¿Qué es lo que considera el ministro Guzmán que significa ser una “persona rica”? ¿Cuál es ese límite que separa en su mente a los ricos de aquellos que no lo son? ¿El empresario de 1.000 millones de dólares o una persona como el propio Martín Guzmán que tiene un puñado de dólares en el exterior lo que de por si es mucho más de lo que pueda poseer gran parte de los argentinos?

Hace algún tiempo el Presidente de la Nación cuestionó duramente las cualidades de la meritocracia, despreciándola sin entender la consecuencia de su deseo. Tal vez sus ministros piensen de igual forma. ¿El ministro Guzmán sentirá culpa de haber estudiado, de haber podido viajar y de tener un mejor nivel de vida que el de muchos argentinos? ¿Sentirá remordimiento por vestirse con trajes que una jubilación mínima no puede pagar? ¿Estará arrepentido de gastar en una comida el equivalente a una o dos (o vaya a saber cuántas) Asignaciones Universales por Hijo? Es primordial que cuando se alguien habla maldiciendo la riqueza, primero la defina, para que todos sepamos exactamente a que se está refiriendo con su crítica.

Supongamos por un instante que la frase del más alto funcionario económico del país esconde detrás únicamente a los “grandes ricos” de la Argentina. Esos empresarios supuestamente inescrupulosos que solo buscan llenar sus bolsillos con grandes utilidades. Seguramente el Gobierno cree firmemente que las motivaciones de inversión, de generar empleo y crecimiento van de la mano de la filantropía y la solidaridad y no del incentivo más perfecto y noble que tiene el mundo capitalista que es precisamente el de ir detrás de un beneficio económico, que no es más ni menos que la retribución a la inversión, al riesgo que cada empresario asume y a desde ya, la oferta que hacen de miles de productos y servicios que la gente demanda para satisfacer sus necesidades. Incluso con todos los intentos que hacen para aniquilar definitivamente al sector privado, los empresarios siguen día a día haciendo lo imposible por subsistir en un país que los está invitando a retirarse para no regresar jamás.

Uno de cada cuatro empleos en el sector privado depende de las grandes empresas, éstas que se encuentran en los patrimonios de cada uno de estos empresarios “ricos” de la Argentina. Creer que porque la torta se va a dividir en más porciones (aunque cada una más pequeña que las anteriores) o que si no le servimos a uno su porción y se la damos a otro, todos van a estar mejor alimentados, resulta al menos inocente. Creer que quitándole al rico le van a solucionar la vida al pobre no es otra cosa que ignorancia disfrazada de demagogia.

Las empresas argentinas que cotizan en la bolsa local hoy tienen un valor aproximado de 35.000 millones de dólares. Supongamos el extremo de aplicarles un impuesto del 100% del capital a sus propietarios que genera que el gobierno se quede con todo ese dinero. En la Argentina hay 19.000.000 de pobres por lo que este impuesto equivale a hacerse de 1.842 dólares por persona pobre. Si lo pesificamos al dólar oficial (que es la cotización que le gusta utilizar al ministro Guzmán para explicar las bondades de la economía local) esto equivale a que cada persona pobre recibiría unos 195.000 pesos. Hoy la Canasta Básica Total (lo que divide a las personas pobres de aquellas que no lo son) se ubica en $23.419 por lo que estarían recibiendo (en caso de que no haya nada extraño en el medio) el equivalente a 8 canastas básicas. La conclusión es sencilla: si se les cobra un impuesto del 100% al patrimonio de sus empresas a los ricos, en 8 meses volveríamos al nivel actual de pobreza con un agravante inevitable: esos empresarios ya no estarían generando trabajo y probablemente la pobreza crezca varios puntos porcentuales, generando millones de nuevos pobres y una degradación aún mayor de la República Argentina en su nivel educativo, social y cultural.

Creer que se puede dividir la riqueza y así lograr multiplicarla es no entender que la torta que se reparte requiere para ser más grande más harina y más relleno para que muchos más personas puedan alimentarse: esto es el equivalente a agregarle a la economía más trabajo y más inversión para generar crecimiento, más trabajo y como consecuencia, la disminución real de la pobreza. No hay otra fórmula que no sea la del sentido común, la cordura y por sobre todo, la del mérito y el esfuerzo.

Pretender eliminar la pobreza eliminando la riqueza, es simplemente un absoluto gran absurdo.

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