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Notas de Opinión

Conmebol, el Estado sudamericano con influencia en toda la región

La creencia de que el fútbol y la política internacional van por carriles separados quedó desterrada hace mucho tiempo al haber grandes ejemplos de países que utilizan el deporte más famoso del mundo con objetivos políticos; celebrar el Mundial es uno de ellos. De lo que no se habla mucho es de la política que hacen con el fútbol instituciones deportivas como la Conmebol.

La asociación que nuclea a las federaciones de fútbol nacionales de Sudamérica, cuya oficina se encuentra en Paraguay, gozó durante más de 18 años de la misma subjetividad de derecho internacional que embajadas y oficinas de organismos internacionales gracias a la ley 1070, aprobada en 1997 por el Congreso paraguayo. Esto es, sus trabajadores tenían inmunidad diplomática y su edificio, bienes y documentos gozaban de inmunidad contra allanamiento, requisición, confiscación y expropiación y contra toda otra forma de interferencia, ya sea de carácter ejecutivo, administrativo, judicial o legislativo.

Pese a que en 2015 esa ley fue derogada, no le impidió continuar operando políticamente, algo que se ha podido evidenciar durante los últimos meses con la pandemia y las revueltas sociales que han sucedido en la región con la posesión de cierta inmunidad contra normativas locales.

En Sudamérica, donde es el deporte predominante, el fútbol siempre ha sido un termómetro para medir los humores y ritmos sociales y políticos de un país. Colombia hoy se encuentra en un delicado escenario, con manifestaciones sociales en todo el país  que ya han dejado cientos de heridos y decenas de muertos. La situación se tornó de gran gravedad, lo que obligó a suspender la liga colombiana de futbol.

Sin embargo, para la Conmebol rigen otras reglas y los hechos mostraron que gozaba de una “inmunidad implícita” a las ordenes nacionales ya que los partidos de Copa Libertadores y Sudamericana continuaron jugándose en el país. Mientras dentro de los estadios se disputaban partidos de dichas competiciones, las calles aledañas eran escenarios de batallas entre manifestantes y policías con disparos y gases lacrimógenos que obligaron a pausar los encuentros porque sus efectos comenzaban a afectar a los jugadores.

La situación en Colombia no fue la única ya que las revueltas en Chile durante fines de 2019 plantearon un escenario similar: el fútbol como termómetro social ya no es manipulado por autoridades locales que pueden optar por suspenderlo por seguridad, sino que existe un ente supranacional que toma otras decisiones y tiene parámetros mucho más laxos para decidir si en un determinado país se puede jugar fútbol o no: en Colombia, los partidos internacionales se suspendieron dos semanas después que los locales.

La pandemia también ha permitido a la Conmebol hacer política, en este caso con las vacunas. La institución de futbol está siendo utilizada por China como una herramienta para desplegar su diplomacia de vacunas en la región. A mediados de abril informó que recibiría de Beijing 50.000 dosis de Sinovac para inocular a los planteles de fútbol que disputan competiciones internacionales, noticia que generó un doble impacto político: por un lado, la Conmebol se presta a los intereses de China para reforzar su posicionamiento en la región al donar vacunas para países donde los programas de inmunización avanzan lentamente y en los que jugadores de futbol (jóvenes y sin comorbilidades) están últimos en la lista de prioridades.

Alejandro Domínguez recibiendo las vacunas de Sinovac junto a autoridades chinas

Por el otro, Conmebol burló descaradamente al Gobierno paraguayo. Cabe recordar que China negoció una donación de vacunas con una institución deportiva radicada en un país que no reconoce diplomáticamente al Gigante Asiático. Paraguay mantiene relaciones con Taiwán y no con China producto de la política de Una Sola China impulsada por este último: Beijing se rehúsa a establecer vínculos diplomáticas con quienes reconozcan a Taiwán como un Estado soberano y no como una “provincia rebelde”.

Para peor, el presidente de la Conmebol, Alejandro Domínguez, fue a negociar las vacunas con autoridades chinas a Uruguay, país con el que sí tiene relaciones diplomáticas, para que luego las dosis aterricen en el Aeropuerto de Montevideo. Algunas de ellas le corresponden a la  Federación Paraguaya de Fútbol, por lo que allí se inoculará con dosis chinas pese a que a nivel estatal eso no pueda ocurrir.

Esto también le genera un problema a Asunción, las vacunas escasean y las dosis chinas que podrían servir para mermar esta situación no las pueden adquirir. ¿Cómo le van a comprar inoculantes a un país que no reconocen? Sin embargo, a 15 kilómetros del Palacio de López (casa de gobierno paraguaya), una institución deportiva aprovecha una vez más sus peculiares beneficios para ejercer su propia política exterior y gestionar sus propias vacunas.

Para concluir, también hay que mencionar que la Conmebol es inmune a las disposiciones sanitarias vigentes en los países al poseer sus propios protocolos. Sin ir más lejos, en el día de ayer se dispuso que gran parte de Argentina volverá a Fase 1 desde el sábado a raíz de la disparada de contagios por la que atraviesa el país. En esta linea, la AFA dispuso suspender la liga local hasta que se levanten las nuevas restricciones, sin embargo, los partidos de Copa Libertadores y Sudamericana se disputarán de todos modos.

Notas de Opinión

La Argentina se acorrala a sí misma en una zona de fuertes turbulencias

El país necesita un cambio de timón urgente, y mucha suerte, para evitar que la película de suspenso que ha venido protagonizando se transforme en una de terror

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación

Un gobierno debilitado, fragmentado e incapaz de resolver las cuestiones más elementales. En muchas ocasiones, ni siquiera resulta apto para al menos encauzarlas o priorizarlas. Una oposición que fracasa a la hora de ordenar la puja de poder entre sus principales líderes y al mismo tiempo continúa sin plantear con nitidez alternativas viables frente a los principales problemas de la sociedad, en particular la estanflación y la larga decadencia que experimenta una economía cada vez más frágil, cerrada, trabada por cepos y regulaciones estériles, sin financiamiento y que, como consecuencia, se vuelve día a día más pobre e irrelevante. Los actores emergentes (los segmentos liberales/libertarios, en menor medida la izquierda más dura) continúan afianzándose, aunque no tienen aún el volumen ni la densidad política como para meterse en la gran pelea entre las dos coaliciones dominantes. Como resultado, nuevamente el sistema político en su conjunto se devela incapaz de evitar que el país quede encastrado en una suerte de encerrona trágica: sin chances claras de revertir la crisis, las expectativas de los principales protagonistas de la vida pública varían entre los optimistas que creen que podremos continuar igual de mal y los realistas/pesimistas que descuentan un futuro aún peor.

Desde el pavoroso estallido de 2001, la Argentina no logró restablecer un camino lógico y congruente con las reglas y las prácticas vigentes en el mundo civilizado para promover el desarrollo humano, fortalecer la democracia e integrarse más y mejor en un mundo complejo, lleno de desafíos pero, en especial para los países emergentes, sobre todo de oportunidades. Pero desde la crisis disparada en abril de 2018, agotada la confianza del mercado financiero en la administración Macri por su renuencia a implementar la imprescindible consolidación fiscal y con exportaciones menguadas por la sequía, el país entró en una zona de fuertes turbulencias que, al no resolverse ninguno de los problemas centrales (más: con varios de ellos que habían mejorado en franca curva descendente, como ocurre con el enorme déficit creado por los subsidios energéticos), condiciona el margen de maniobra de un gobierno que es la principal víctima de su propia mala praxis y que entró, a partir de la derrota electoral de noviembre, en un estrecho desfiladero del cual no está claro si sabrá y podrá salir. Para peor, las potenciales consecuencias de un agravamiento de la penosa situación actual serían severas y dolorosísimas para el conjunto de una sociedad empobrecida, agotada, defraudada y desconfiada. Sobre todo, para los sectores más vulnerables, esos a los que el FDT dice o cree aún representar.

¿Cuál sería la dinámica si se agudizaran los dilemas más acuciantes? ¿Es posible identificar los eventuales disparadores que profundizarían los problemas actuales, rompiendo este equilibrio inestable, agónico pero que ha durado más de lo que algunos pronosticaban? Con prudencia, extrapolando lecciones de experiencias pasadas y especulando con la combinación de dos o más variables, es posible explorar algunos escenarios contingentes para delinear eventuales cursos de acción. Y aunque seguramente la realidad será más vaporosa y compleja, vale la pena identificar los mecanismos que podrían alterar la actual inercia y precipitar entornos todavía más problemáticos e inestables.

En el plano económico, madura sin tropiezos una tormenta perfecta: con ínfimas reservas, una inflación que solo el Presidente dice imaginar bajo control, el riesgo país bordeando los 2000 puntos básicos y una sequía que compromete la balanza comercial y los ingresos por retenciones, sin considerar el impacto de la ola ómicron en la producción y el consumo. Con el dólar blue en niveles récord por el amesetamiento de las negociaciones con el FMI, una declaración formal de default dispararía una situación sencillamente caótica. Pero un acuerdo con fórceps y/o percibido como incumplible podría disparar lo que Rozenwurcel y Cavarozzi denominaron recientemente una “híper-estanflación”. En ese contexto, viejas tensiones irresueltas (como ocurre con el campo, ese sempiterno archienemigo del kirchnerismo) y una creciente asfixia por parte de los contribuyentes alimentarían un clima de rebelión fiscal. El ciclo vicioso déficit-inflación-disparada del dólar-licuación de ingresos podría acelerarse y, como indicó Buscaglia hace unos días, el milagro sería evitar una nueva hiperinflación.

En el plano político-institucional, el panorama luce también innecesariamente convulsionado: el ataque a la Corte Suprema y a la independencia de la Justicia, impulsado por los sectores más duros del kirchnerismo, falazmente presentado como demanda social (en ningún sondeo aparece como una cuestión prioritaria) e insólitamente avalado por el Gobierno, no alcanza a disimular las fuertes tensiones dentro de la coalición gobernante, lo que produce inevitables conflictos de coordinación e importantes trabas en la gestión. Además, si juzgamos por los resultados de las últimas legislativas, estos desencuentros internos fortalecen la percepción por parte de una mayoría de la sociedad respecto de un plan de impunidad impulsado desde el propio Poder Ejecutivo Nacional para beneficiar a CFK, sus familiares y sus allegados en las causas de corrupción en que están involucrados. En paralelo, las pugnas dentro del bloque opositor complican el panorama para una ciudadanía apática y amilanada que no encuentra un liderazgo que ordene la agenda ni priorice cursos de acción razonables y conducentes para evitar que la crisis escale.

A todo esto deben agregársele las crecientes tensiones sociales. Frente a la caída en términos reales de los ingresos, en particular los de los jubilados y los asalariados del sector público, víctimas del ajuste inflacionario, y en un contexto de incremento de los casos de inseguridad más que nada (aunque no únicamente) en los grandes centros urbanos, no debe descartarse que surjan episodios de gran impacto mediático con capacidad para movilizar a la ciudadanía y ahondar la sensación de un Estado ausente, cómplice o, al menos, totalmente ineficaz para prevenir hechos graves de violencia e inseguridad. Imposible no remitir, como ejemplo, al “caso Blumberg”. En paralelo, el malhumor generalizado se ve alimentado por fenómenos como los cortes prolongados de luz, las inundaciones por precipitaciones intensas y severas, los incendios como resultado de la interminable sequía y nuevas series de complicaciones sanitarias relacionadas con el Covid-19. Estas situaciones podrían constituir factores complementarios que echen leña al fuego en algunas localidades o provincias en particular que ya estén experimentando situaciones puntuales complejas.

Lejos de buscar apaciguar las aguas o contener los mecanismos más explosivos, el Gobierno tiende a multiplicar sus tradicionales errores no forzados. En particular, iniciativas totalmente disociadas de la agenda ciudadana y declaraciones de connotados funcionarios que parecen orientadas a enervar al menos a un segmento significativo de la sociedad. Lo mismo ocurre con los intentos de justificar lo injustificable (embarazosa tarea de voceros oficiales y oficiosos) o de construir narrativas esperanzadoras (“sarasas”, diría el ministro Guzmán). Por eso, luego de protagonizar una larga y previsible película de suspenso, la Argentina necesita un cambio de timón urgente –y, por cierto, mucha suerte–, para evitar convertirla en una de terror.

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Notas de Opinión

Con la democracia no se come, ni se educa ni se cura

Necesitamos trabajo, inversión e incentivos a la acción privada son prioridad. Si dejamos que nos sigamos engañando, terminarán quedándose con el futuro que alguna vez imaginamos tener y que hoy parece cada vez más inalcanzable

Columna publicada originalmente en Infobae

Argentina es un país que viene transitando sus últimas décadas en un permanente estado de situaciones virulentas. Solo desde la llegada de la democracia hemos tenido en nuestros bolsillos cinco monedas diferentes: iniciamos el período democrático con el “Peso argentino” que luego de quitarse tres ceros se convirtió, allá por 1985, en el “Austral” para siete años después transformarse finalmente en el “Peso” quién al nacer se encargó de sacarle a su antecesor otros cuatro ceros más. Luego, casi de manera imperceptible, con la crisis del 2001, pasamos de tener una moneda “convertible” a tener una moneda “no convertible”. En definitiva durante casi cuatro décadas hemos convivido con cuatro monedas a las que les hemos quitado en total siete ceros y que hoy nadie la quiere en sus bolsillos. Resulta sorprendente que aún no logremos resolver nuestro dilema monetario. Incluso un sector de la sociedad parece creer que la soberanía nacional necesariamente implica contar una moneda local a pesar de los desastres que han ocasionado con ella.

También hemos atravesado años de estabilidad (como aquellos que nos ofreció la “Ley de Convertibilidad” durante los años 90), tiempos de hiperinflación (como la de los años 1989 y 1990), y años como los actuales donde tener un 50% de inflación anual nos parece absolutamente normal a pesar de ser junto con Venezuela y Sudán uno de los países con el mayor aumento de precios en el mundo.

La pobreza ha sido otro de los temas que no hemos logrado resolver: hace varias décadas en Argentina no se conocía lo que significaba la indigencia. Hoy hay 5 millones de personas que no logran alimentarse y unos 19 millones que viven debajo de la línea de pobreza. La peor de las imágenes es aquella que muestra una realidad mucha más dura: el 65% de los chicos en el país son pobres. Además la zona más densamente poblada, conocida como el Conurbano Bonaerense, ostenta el triste logro de tener en sus habitantes más personas pobres que no pobres. La pobreza infantil resulta un dato que habla mucho de nuestro futuro: chicos que hoy no se están alimentando bien, son aquellos que tampoco están en condiciones de educarse como corresponde, a pesar de ser ellos quienes dentro de algunos años tendrán la responsabilidad de hacer de este un país distinto. Si seguimos sin ocuparnos de este tema dentro de algunas décadas más el piso de pobreza del que se hablará en la Argentina será del 65% y ya no habrá posibilidades de volver a inclinar la balanza hacia un futuro próspero y pujante.

La pandemia ha dejado un millón de chicos que no han logrado regresar a las aulas, siendo este el nivel de deserción escolar más estrepitoso de la historia. Un país que solía ser la envidia del mundo en calidad educativa hoy no solo no logra que los chicos vayan a la escuela sino que además quienes logran terminar el secundario tienen serias dificultades para comprender textos y también para resolver ejercicios matemáticos básicos. El sindicalismo y la política tercermundistas han sido cómplices de este desastre educativo del que nos llevará décadas recuperarnos. Como dato adicional, de los chicos con menores recursos solo el 10% llega a poner un pie en la universidad.

La economía es la principal compañera del progreso. Nuestro país no solo ha sido un desastre en materia monetaria: los despilfarros y desórdenes de las cuentas fiscales, la falta de planes económicos sostenibles y la falta de sentido común en materia tributaria y regulatoria que ha imperado a través de los años en la dirigencia argentina (al punto que el propio Presidente de la Nación ha manifestado que no cree en los planes económicos) han transformado a la Argentina en una tierra estancada desde hace más de 10 años, sin creación de empleo genuino, sin nuevas empresas y prácticamente sin inversión privada. Solo un dato: el que nació junto con la democracia ha vivido unos 16 años en recesión, un 42% de su vida.

Nos engañaron haciéndonos creer que con la democracia se come, se educa y se cura, sin decirnos que eso solo ocurre únicamente cuando el trabajo, la inversión y el incentivo a la acción privada son prioridad. Si dejamos que nos sigamos engañando, terminarán quedándose con el futuro que alguna vez imaginamos tener y que hoy parece cada vez más inalcanzable.

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Notas de Opinión

La encrucijada opositora

No es un secreto que Javier Milei ha producido un estrepito social importante. Algunos quieren bajarle los decibeles y dicen que lo que ha producido es un golpe de efecto mediático. Es posible

Columna publicada originalmente en The Post Argentina

La oposición política y la oposición social deben resolver un intríngulis político cuanto antes. Se trata nada más y nada menos de aquel que involucra a los llamados libertarios. También estos deberán tomar decisiones.

No es un secreto que Javier Milei ha producido un estrepito social importante. Algunos quieren bajarle los decibeles y dicen que lo que ha producido es un golpe de efecto mediático. Es posible.

Pero lo cierto es que sus votos y su prédica ya no son una bala perdida que nadie toma en cuenta sino que tranquilamente su figura puede decidir una elección.

Es sabido que una porción importante de JxC -básicamente compuesta por los llamados “halcones” del Pro- quiere tentarlo para que se sume al espacio. Milei, por su lado, insiste en que, más allá de las simpatías personales que pueda llegar a tener por alguno de sus miembros (Bullrich, Macri) entiende que todos ellos, con matices, son parte de aquello a lo que él se opone y que ha popularizado con el nombre de “casta”.

Basa su prédica en el lema “la política vs nosotros”, y allí no hace distingos entre el gobierno y la principal coalición de oposición.

El punto es que en la calle, en donde los votos se cuentan, sí hay una evidente yuxtaposición de simpatías que de no ordenarse en forma inteligente, podría derivar en una carta a favor del peronismo.

No hay dudas de que existe una enorme porción de votantes de JxC que quiere disminuir el Estado, bajar los impuestos, terminar con la legislación laboral fascista de 1946 y sus sucedáneos, aumentar el radio de soberanía individual de los ciudadanos, abrirse al mundo, asociarse con lo mejor de Occidente, y dotar de un amplio bagaje de libertades a los individuos para que puedan crecer, proyectarse, innovar, crear y desatar los asfixiantes nudos que a lo largo de tres cuartos de siglo fue tejiendo la mentalidad fascista y prohibitiva del peronismo.

Esos votantes coinciden en el fondo con lo que Milei pregona. Pero intuyen que el economista no tiene aún la fuerza suficiente de los votos para derrotar al peronismo.

JxC, a su vez, obtiene muchos de los votos que lo hacen electoralmente viable para derrotar al peronismo en el abrevadero radical. Y es precisamente esa fuente de votos la que produce fuertes chirridos cuando se la expone al ideario de Milei y, en muchos casos incluso, al de las “palomas” del Pro.

Ni bien asumió como jefe del radicalismo, Gerardo Morales, el gobernador de Jujuy, dijo que Milei era un “límite” y que “no se podía mezclar todo”, cuando ya eran muy obvias las referencias de Bullrich y Macri para tirar ondas de unión con los libertarios.

La cuestión fue tema incluso de una reunión puntual entre Bullrich, Gerardo Milman y Morales para limar las asperezas que ese coqueteo había suscitado.

En JxC dicen que, luego de la última elección, la fuerza debe salir a buscar los tres puntos que la separan de una victoria en primera vuelta (obtuvo algo más del 42% de los votos y necesitan el 45% para lograrlo). En esa estrategia piensan Bullrich y Macri cuando alaban a Milei.

El punto es que Milei -ya lo conocemos bien- no prestará su consentimiento a cualquier cosa. En eso, paradójicamente, coincide con Gerardo Morales. Muchas veces suele traer a colación las dos facetas de Domingo Cavallo que según él fue el mejor ministro de economía de la historia en la primera presidencia de Carlos Menem y terminó muy mal en la administración de Fernando De La Rúa.

Siempre repite el mismo ejemplo para dejar claro que sin un respaldo político monolítico a lo que se necesita hacer en la economía, ningún plan va a funcionar y mucho menos el de él.

Si la porción de JxC que representan los radicales, Horacio Rodriguez Larreta, la Coalición Cívica y las palomas del Pro suponen que la Argentina tiene aún paño para otra presidencia “de prueba”, de “gradualidad”, de “medianía” como fue la primera gestión de Macri, creo que va a cometer un error histórico monumental.

El tiempo de esas pruebas, de aquella tecnocracia educada pero que aún cree que es en el Estado en donde se deben cocinar las grandes soluciones para el país, se terminó; ya no va más eso. Rodríguez Larreta sobreactúa su corrección política porque aún cree que el valor que más demanda la sociedad es el buen modo y la gestión tranquila. Pero eso, con ser cierto, ya no alcanza.

Otro tanto puede decirse de los radicales. Aquí, justamente, lo que la sociedad advirtió es que una concepción de vida y una cultura económica colapsó y que ya no sirve más. Ya no sirve más el Estado (aunque esté en manos de las personas más honestas y mejor educadas del mundo), ya no sirve más el encierro, ya no sirven más las tutelas de la ley, ya no sirven más las regulaciones, ya no sirven más las superestructuras bancadas con impuestos: todo eso ya no sirve más, se acabó, aunque venga la Madre Teresa de Calcuta a administrarlo. Es la idea la que no funciona más.

Por lo tanto, si JxC no encuentra una vía interna que le permita canalizar estas nuevas aspiraciones sociales sufrirá una fuga decisiva de votos hacia las fuerzas libertarias que, naturalmente, no le permitirá a éstas ganar, pero si será suficiente para que, la que es la principal fuerza de oposición hoy, pierda la elección presidencial.

JxC tiene hoy dentro suyo una diagonal que puede producir un efecto de síntesis del problema para salir de esta disyuntiva dramática. Esa diagonal es Ricardo López Murphy. Mientras veamos que RLM sigue perdido en un rincón olvidado de la coalición, las señales serán malas. Si de repente viéramos que comienza a ganar espacio y su figura convoca las adhesiones de los “halcones” y de las “palomas”, se habrá abierto una esperanza para que el caudal electoral de esa oposición demostrado en las legislativas de noviembre maride con las nuevas exigencias sociales y se funda en una oferta que no solo despierte la expectativa de la sociedad sino que la invite a creer que finalmente le proveerá lo que reclama.

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