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Notas de Opinión

De la pasión por la peluquería a su último día de trabajo: quién era Analía Maldonado

El cuerpo de la mujer de 40 años fue hallado semicalcinado y en bolsas de residuos en una cuneta de un camino rural, a pocos kilómetros de la localidad bonaerense de Los Toldos. En diálogo exclusivo con este medio, vecinas del lugar relatan cómo era Maldonado en su vida diaria.

Desazón, angustia e indignación son algunas de las sensaciones por las que atraviesan los casi 20 mil habitantes de Los Toldos, tras el hallazgo sin vida de Analía Maldonado, una peluquera de 40 años que era intensamente buscada por la policía del lugar tras una denuncia que llevó a cabo su padre luego de su repentina desaparición el pasado domingo.

Vecinos de la mujer habían advertido sobre una fuerte discusión que se gestó en la madrugada del 18 de abril entre Maldonado y Samuel Moisés Llanos, pareja de la víctima y principal sospechoso de su asesinato. El presunto femicida, que se encontraba prófugo y era intensamente buscado por la Justicia, fue sorprendido y detenido en Luján en la tarde del martes.

Las estadísticas a nivel nacional han demostrado que en la Argentina ocurre un femicidio cada 30 horas. Durante el primer trimestre del año, 70 mujeres fueron asesinadas, según un relevamiento de la organización La Casa del Encuentro. Tristemente, hoy el nombre de Analía se suma a esa lista.

Quién era Analía Maldonado

Nacida en Los Toldos hace 40 años, era la mayor de cuatro de hermanos. Peluquera de profesión y por vocación, había ingresado en el rubro desde su adolescencia, cuando ayudaba a su tía Zulma en las tareas del local. La dedicación y pasión por su trabajo la condujeron a ser re-conocida por toda la comunidad toldense que hoy llora a una víctima más de violencia género.

Varias de sus clientas con las que NEXOFIN tuvo posibilidad de dialogar, recordaron cómo era la joven mujer por la que hoy a la tarde los habitantes de la ciudad cabecera de General Viamonte marcharán a la plaza principal para pedir por justicia.

 

Analía Maldonado

 

A.M, una comerciante del lugar que prefirió preservar su identidad -al igual que las otras ciudadanas consultadas-, dialogó con este medio y relató el vínculo que la unía a Maldonado: “Yo soy clienta desde que ella era adolescente, cuando trabajaba con su tía. Cuando murió Zulma (la tía), ella siguió con la peluquería”, manifestó.

A.M. fue una de las últimas clientas atendidas por Analía antes de su desaparición durante la madrugada del domingo: “Ese sábado fui a las ocho y media de la mañana y estuve hasta las 10. No noté nada raro al respecto. Nuestro diálogo era con respecto a su hijo -un pequeño de siete años fruto de una relación anterior-, cómo iba en la escuela; preguntas que hacemos las abuelas”, comentó a NEXOFIN la mujer.

Sobre la personalidad de la joven, sostuvo que “era una buena chica, criada con los valores dados por los padres, ambos muy buenas personas.” “No merecía terminar así”, concluyó indignada.

 

Analía Maldonado y Samuel Llanos

 

De la misma manera, M.D.C, una de sus clientas “de toda la vida”, recuerda la labor con la que se desempeñó en todos los aspectos de su vida: “Todo lo que tiene lo obtuvo a pulmón. Gracias a su trabajo pudo hacer su casa y su local. Yo hablo en presente, es difícil imaginar que ya no está”, expresa con tristeza a NEXOFIN.

Por otra parte, A.P, otra de las clientas que prefirió resguardarse y no revelar su nombre, dio a conocer a este medio la opinión que Analía sostenía sobre su actual pareja, hoy presunto femicida: “Me contaba de esta nueva relación que tenía y estaba súper feliz. Con este chico sentía que había encontrado al amor de su vida. Lo conoció en el gimnasio, y ella decía que ‘le cambió la vida’. Le cambió completamente el cuerpo, empezó su pasión por el gimnasio. A veces, contaba que era un obsesivo”, manifestó.

En esa misma línea, A.P agregó: “Ella jamás manifestó algo en contra de él. Siempre hablaba bien y afirmaba que era re dedicado. Hablaba maravillas”, en relación a Llanos, sobre quien pesaban más de 10 denuncias de sus ex parejas, que en declaraciones previas habían advertido sobre el grado de violencia con el actuaba.

Analía Maldonado era madre de un pequeño de siete años a quien “adoraba”, según declaran las fuentes consultadas por este medio que se encuentra en el lugar de los hechos. “Ella era sencilla, amaba su hijo. Lo adoraba, vivía para él”, resumen las vecinas que hoy se unen junto a los 20 mil pobladores de la localidad en un sólo pedido: Ni una menos.

Notas de Opinión

Deshonrar a los muertos, un código que no se rompe ni en la guerra

La mirada de la periodista y conductora sobre la imagen más triste que se vio el domingo en la Plaza de Mayo. La crítica al kirchnerismo

Editorial de Cristina Pérez en “Confesiones en la noche” (Radio Mitre)

El Presidente llamó a marchar pero no fue. Y en la plaza, el kirchnerismo más duro apuntó contra él. El Día de la Lealtad fue un crisol de deslealtades. La imposibilidad de un acto compartido evidencia lo que se quiere disimular. Hoy el peronismo no está unido, sino amontonado.

La unidad de cúpulas que permitió el triunfo ya descolorido del 2019 es sólo un recuerdo que a veces los interpela. No siempre, porque es asombroso el empeño en persistir por terquedad o soberbia con algunos esperpentos. De aquella ingeniería electoral efectiva queda un gobierno parcelado en tajadas de poder y recursos que no se encauzan en un sentido de administración ni en una idea rectora de gobierno. El gobierno de Alberto y Cristina, también en lo funcional, es un gobierno de repartija, no de gestión. Menos de plan. Y también eso, retumbó en los reclamos anómicos de un movimiento que se mira deforme en el espejo. Al rescate de esa esencia que se desdibuja salió primero el Papa, líder espiritual del peronismo, condenando el modelo asistencial y recordando que “lo que da dignidad es el trabajo”. Resulta curioso que el peronismo tenga que salir a recordar eso. La propia CGT volvió a remarcarlo en su documento por el 17 de Octubre y advirtió que “la profundidad de la crisis requiere señales muy claras” al tiempo que reivindicó “las banderas del desarrollo, el trabajo y la producción.”

La cultura planera a la que hoy se oponen con este literal regreso a las fuentes revela una pelea de poder interna con los movimientos sociales que gerencian el control de los pobres. Cuando la CGT reclama la creación de trabajo genuino o la movilidad social también está hablando de su supervivencia y de una puja de poder. Hoy, en el gobierno, influye más Emilio Pérsico que la Central Obrera y La Campora también juega fuerte en el manejo de los fondos asistenciales. No fue magia, fue caja, se podría decir. Los postulados de las rutas del dinero siempre explican muchas cosas.

La grieta interna del peronismo quedó expuesta burda y violentamente en la plaza kirchnerista del domingo 17 de octubre. Amado Boudou, el primer vicepresidente en ir preso por corrupción fue figura central y Hebe de Bonafini no se privó de advertir al presidente que lucharán para que no pague la deuda mientras él, Manzur y Guzmán intentan que en el primer mundo alguien les crea. El veto de Cristina sobrevuela letal. Pero no pueden decir que no avisa. Ayer, por segunda vez en 48 horas, la vicepresidenta volvió a atacar a los medios y dijo que “ponen nerviosos y mal a los argentinos”. Para el que pensaba que los argentinos están mal por la inflación, la inseguridad, o la corrupción, no, se equivocaron: la culpa es de los medios. Los medios son uno de los culpables favoritos para Cristina Kirchner. No hay límites, ni importa la verdad cuando se trata de buscar culpables.

Pero nada, nada refleja más descarnadamente que no hay límites que el ultraje al santuario de las piedras por los muertos del COVID-19. ¿Qué respeta quien no respeta la memoria de los muertos? Aunque el episodio responda a la acción de unas pocas personas, lo inquietante es que nadie en ese momento los desalentó de cometer el sacrilegio de pisar el dolor. Se hizo rapiña con la muerte. Actuaron como buitres. Actuaron como desalmados.

Todos unidos triunfaremos, dice la marcha peronista. La derrota rompió el apotegma litúrgico del peronismo, le quitó sentido a un presente donde acecha la derrota. El movimiento instintivo de despegarse de la derrota fue reprimido por la necesidad y por la carta de Cristina que buscó atenuar el desbande con un gabinete donde todos queden adentro de sus consecuencias. Cuando hay triunfo es de ella. Cuando hay derrota de todos. Y porque la crisis profunda que admite la CGT, no tendrá escapatoria y el peronismo deberá gerenciar la malaria, no podrá pasarla como papa calienta al que venga para mantener ese otro mito que dice que los buenos tiempos son peronistas. Se viene una experiencia inedita que ya tuvo su primera fase pero que intentaron disimular endilgando todos los males al gobierno de Macri o a la pandemia: ¿Cómo será el peronismo gobernando vacas flacas? Hay una pregunta que hicieron hasta en el Fondo Monetario. Si se reitera o empeora la derrota, ¿el gabinete será el fusible para que gobierne La Cámpora o Cristina le dejará el trabajo sucio del ajuste para replegarse con su populismo intacto? Ahí aparece la otra cuestión esencial: la necesidad de blindarse judicialmente le impide a Cristina abrirse y decir yo no fui, fue Alberto. Además eso no sería creíble porque se la pasó demostrando que manda ella. Quizás el próximo señuelo sea proponer un acuerdo a la oposición para que también firme las medidas impopulares que haya que tomar. ¿Quién puede creerle los términos de un acuerdo a una fuerza política cuyos seguidores injurian hasta a los muertos y sus principales líderes no dicen nada al respecto? Deshonraron a los muertos. Ni en la guerra se rompe ese código.

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Notas de Opinión

Pese a los congelamientos, los motores de la inflación siguen funcionando a toda velocidad

Sólo habrá un alivio temporal, pero pagando el costo de aumentar las distorsiones para el 2022. Las expectativas marcan un piso para el año próximo que no bajaría del 50%

Columna publicada originalmente en Infobae

Lo único que logrará el Gobierno con los nuevos congelamientos de precios es patear los problemas para adelante y acumular distorsiones. El problema de fondo, que es la elevada y persistente inflación, sigue sin ser encarado seriamente y esto complica más el panorama para 2022. Hoy la mayoría de los analistas económicos coincide que el 50% luce mucho más como un piso que como un techo para el año próximo.

Más allá de las críticas generalizadas, un congelamiento de precios como el que se quiere volver a implementar ahora podría servir si va acompañado de una política de shock para combatir en seco las causas que generan los altos índices inflacionarios. Así podría combatirse la denominada “inercia inflacionaria”, un fenómeno que aparece en todos los libros de texto: aunque las medidas económicas corrigen las distorsiones que generan ese fenómeno, los precios aumentan por un buen tiempo (por lo menos seis meses más) hasta que empiezan a reflejar los frutos de aquellas medidas. El ejemplo más claro fue la Convertibilidad de 1991. Pese a que se trató de un plan de estabilización que dio resultado muy rápido, los precios siguieron aumentando durante varios meses y se encarecieron notablemente en dólares a lo largo de aquel año.

Pero en este caso no hay nada de eso. Al contrario, la aceleración de la inflación en septiembre a 3,5% dejó en claro que la tendencia a la baja de los últimos cinco meses había sido puramente circunstancial. Es muy probable que hasta fin de año no se registren niveles inferiores al 3% mensual, más allá de las medidas artificiales que buscan ponerle un freno momentáneo.

Más allá de las políticas que buscan controlar los precios cueste lo que cueste, no conseguirán el resultado esperado porque los motores que generan los aumentos de precios siguen todos encendidos e incluso aceleraron en los últimos meses. Esos motores son los siguientes:

Mayor emisión monetaria para hacer frente al déficit fiscal. Aunque los primeros meses del año mostraron mayor estabilidad por mayores ingresos extraordinarios, en esta segunda parte del año reapareció el agujero de las cuentas públicas que se irá agrandando hasta fin de año. Esto requerirá de más emisión monetaria, que tiene efectos inflacionarios ante la baja demanda de dinero producto de la desconfianza.

Fuerte aumento del déficit cuasifiscal por los intereses de las Leliq y pases pasivos: según estimó el economista Ramiro Castiñeira, de Econométrica, los pasivos monetarios le costarán al BCRA la impresionante cifra de 1,5 billones de pesos por año. Al tipo de cambio oficial son 15.000 millones de dólares, que exceden largamente lo que deberá pagar la Argentina por su deuda pública en 2022. Esta situación pone bajo la lupa el déficit cuasifiscal, que llegaría al 3% del PBI y se transforma en uno de los principales motores inflacionarios, como lo fue en buena parte de la década de 1980.

Faltantes de productos importadores e insumos para la producción: las últimas medidas que endurecieron aún más el cepo cambiario están agravando los problemas de oferta en la economía. Muchos productos no están disponibles, otros tienen fuertes faltantes y en otros casos se consiguen en cantidades muy limitadas. La consecuencia de esto -en un contexto de aumento de demanda por suba de salarios y emisión- es un recrudecimiento de las remarcaciones de precios. Prácticamente no hay un solo sector de la economía que se salve de este fenómeno, que promete agravarse en los próximos meses, ante la necesidad del Central de cuidar las escasas reservas que le quedan.

Congelamiento de combustibles, tarifas y dólar: se trata de otras medidas artificiales que buscaron a lo largo del año mejorar el poder adquisitivo de los salarios, pero no fueron suficientes. En todos los casos, y por distintas razones, el Gobierno tendrá que buscar una salida gradual para cada caso. En relación a los combustibles, la suba de los precios internacionales vuelve insostenible mantener los valores de la nafta más allá de fin de año. En cuanto a las tarifas, tampoco puede extenderse mucho más el congelamiento porque implica seguir aumentando los subsidios. Y, por último, el tipo de cambio ya es un hecho que se deslizará mucho más rápido (del 1% al 3% mensual) después de las elecciones. Todo esto contribuirá a varios puntos más de inflación en 2022.

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Notas de Opinión

El Papa Francisco le avisa al kirchnerismo que se acabó la joda

El Sumo Pontífice se autoinvitó a IDEA para hacer una apenas disimulada autocrítica del pobrismo y celebrar el rol empresario. Una señal que Alberto Fernández desaprovechó en su cierre, pero que puede desalentar más locuras de parte de Cristina y sus seguidores

Columna publicada originalmente en Todo Noticias

Los planes sociales han servido para administrar nuestro empobrecimiento colectivo durante las últimas dos décadas, casi tres. Pero no dan para más. Los empezaron a repartir, en el ocaso de los noventa y de la Convertibilidad, Menem y Duhalde. Luego la Alianza los aumentó y se los empezó a transferir a las organizaciones de desocupados. Y tras el derrumbe del “uno a uno” Duhalde volvió a ampliarlos.

Pero quien sin duda contribuyó más a convertirlos en parte estructural del sistema de poder, y en el mecanismo central para reproducir el control de su fuerza política sobre el territorio y sobre los excluidos, para asegurarse de que no protesten por su condición, y de paso voten a quienes los mantienen en ella, fue Néstor Kirchner.

El actual presidente intentó disculparlo, y disculparse, diciendo que entre 2003 y 2007 los habían reducido a la mitad. Una más de las estadísticas mentirosas a que suele recurrir Alberto Fernández para zafar de todo: no contó ni el “Jefes y Jefas” ni muchos otros programas que siguieron atendiendo a millones de personas hasta que Néstor le pasó la banda presidencial a su mujer. Y Alberto mintió en algo más importante que los números: porque lo esencial que hizo Néstor fue cooptar a las organizaciones de desocupados que no fueran demasiado troskas, convertir a sus dirigentes en legisladores o funcionarios, y premiarlos además con paquetes de planes, que servirían para motivarlos a mantener disciplinados a los pobres, no pasarse a la izquierda, y controlar así “la calle”.

Desde entonces Argentina se volvió un país peor que el de los años noventa, porque puede ser gobernado, bastante establemente, con un piso de 30% de excluidos, que se asume van a seguir siéndolo. ¿Gobernado por quién? Pues por los “representantes de los pobres”, que no tienen problema en representar a más y más gente, al contrario. Así, los planes sociales pasaron de ser transitorios y de incluir contraprestaciones formativas para “mejorar la empleabilidad”, es decir ayudar a volver al mercado de trabajo a sus beneficiarios, a permanentes e ir acompañados de una única obligación, ir a las marchas que convocan sus jefes, para felicidad de los jefes de éstos, los “defensores de los pobres”.

El 12 de septiembre se evidenció el límite de este modelo. Su aceitada organización, de probada eficacia política y electoral, chocó contra el hartazgo de sus supuestos “beneficiarios”, que parece no se conforman con ser mantenidos con vida para votar, ante todo quieren volver o llegar de una buena vez a trabajar. Ese día millones de “planeros” se negaron a hacer su parte en esta tragedia, se quedaron en sus casas o directamente votaron a fuerzas políticas que, de izquierda o derecha, vienen denunciando la perversión del “gobierno de los pobres”.

Desde entonces muchos dirigentes y funcionarios del FdeT se desviven por mostrar que eso es precisamente lo que ellos están haciendo, bajo el lema “convertir planes en empleo” se anunciaron infinidad de medidas, casi ninguna concreta. Y lo peor, ninguna creíble, en parte porque no hay ni una voz ni una idea rectora de todo ese anuncismo, en parte porque el gobierno ha perdido ya demasiada credibilidad, cuando intenta enmendarse le creen aún menos que cuando insiste con su partitura de siempre.

Debió intervenir el Papa Francisco para que quedara en claro la dimensión del problema. Y el hecho de que lo que está en juego es la base misma de la representatividad del peronismo, ya no sólo de un líder u otro (la pérdida masiva de votos se dio en todo el país, hasta en los cotos electorales más protegidos), o la de “los K” a favor de los “históricos” o “moderados” (de ser ese el caso, le hubiera ido más o menos bien a Florencio Randazzo, y no fue lo que sucedió). Su condición de “partido de los pobres” está en el tapete, simplemente porque los pobres se hartaron. Dejaron de ser clientes seguros de todos esos ñatos. Y quieren otra cosa.

Y ¿Qué fue lo que dijo el Papa? Esto fue lo más extraordinario. Porque Francisco ha sido hasta aquí la voz rectora del “pobrismo”, y lo que hizo cuando intervino en IDEA, por propia iniciativa, sin que nadie se lo requiriera, fue repudiar el pobrismo.

Él y sus exégetas, el más conocido Juan Grabois (pero también militan en esa corriente Emilio Pérsico, Milagro Sala, etc.) vienen desde hace tiempo impulsando una vuelta de tuerca más en la conversión de la pobreza y el desempleo, de una condición transitoria, a permanente, con la idea de que ser excluido por el capitalismo no es algo malo en verdad, es hasta una ventaja, pues permite reconstruir virtudes que el mercado destruye, la comunidad de iguales, el sometimiento del individuo a esa comunidad, la administración de bienes según necesidades y no según el ansia egoísta de consumir o de acumular. Todas ideas que suenan entre marxistas y precapitalistas, solidarias y terriblemente opresivas, y están perfectamente traducidas a la práctica en los barrios que solía administrar con mano de hierro la Tupac Amaru.

Lo que dice ahora Francisco es que toda esa gente lo interpretó mal (una excusa que sin esfuerzo toma de Perón, quien la utilizaba asiduamente), y que él nunca tuvo otro ideal que el del trabajo productivo, inserto en una economía donde la contraparte son los empresarios, que “generan los puestos de trabajo”, la maldita “relación patronal” que Grabois, Pérsico y Sala tanto repudian. Habló incluso de la cultura del esfuerzo, por oposición a vivir del subsidio, bordeando el discurso que identifica a los excluidos con la vagancia: cuando apeló a sus antepasados piamonteses para desligarse de cualquier simpatía con el “aliento de la ociosidad” quedó cerca de insinuar que el problema tal vez sean los que no tienen la suerte de contar con genes tan laboriosos.

Como sea, rol empresario, trabajo diversificado y productivo, esfuerzo. Se cuidó, es cierto, de utilizar palabras demasiado extrañas a su léxico, que se le hubieran atravesado en la garganta, como “capitalismo”, “mérito” e “inversión”, pero no dejó ninguna duda de que su bendición al empresariado iba dirigida a cerrar una grieta que, hasta hace poco, no estaba entre sus preocupaciones. Y que está dispuesto a hacerlo yendo a la búsqueda hasta de los interlocutores más difíciles: IDEA sigue siendo para el kirchnerismo territorio enemigo, Cristina no se cansa de despreciar y confrontar con esa y otras entidades semejantes, y sin ir más lejos le había reprochado a Alberto que asistiera al coloquio del año pasado y se expusiera a sus críticas, algo que seguramente alentó al presidente a mostrarse timorato en su intervención, que matizó con defensas abstrusas de los controles de precios y hasta del régimen de indemnizaciones, pese a que él mismo venía de relativizarlo en un acuerdo con la UOCRA. Una pena que el presidente no se avivara de que Francisco le estaba habilitando el terreno para ser un poco más audaz, y tal vez recuperar algo de su dignidad y autoridad perdidas.

¿Cómo caerán este giro y estas palabras papales en las filas del peronismo? Puede que algunos, sobre todo los más duros del kirchnerismo, hagan oídos sordos. O hasta celebren la habilidad del “viejo” para engañar al adversario, también reflotando antiguos malabares justificatorios harto conocidos. Pero es de esperar que una buena porción de la dirigencia de esa fuerza, incluidos simpatizantes de la vicepresidenta, se pregunten si no habrá llegado la hora de repensar las cosas en serio. Y asumir que la fiesta distributiva terminó hace tiempo. Duró muchísimo, mucho más que al propio Perón, pero ya no queda casi nada que repartir. Así que hay que dejarse de embromar y sacarles los pies de encima, aunque sea un poco, para renegociar reglas de convivencia y cooperación, con los que saben y les gusta producir.

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