Ciencia

Por qué las cosquillas tienen más efecto cuando las hace otro que uno mismo

Qué sugieren investigaciones al respecto

domingo 4 de abril de 2021 - 7:08 am

El órgano que protagoniza esta aventura sensorial de las cosquillas es tu cerebro. Cuando una parte sensible de tu cuerpo recibe cosquillas, las neuronas viajan hasta llegar al sistema somatosensorial, el área del cerebro que se encarga de interpretar tus sentidos y emitir impulsos físicos como la risa o el contacto a una zona específica de tu cuerpo.

El cerebro se activa ante las cosquillas, incluso cuando otra persona amenaza con hacerlo. Un estudio descubrió que las zonas del cerebro que reciben los estímulos de las cosquillas son las mismas que reaccionan antes de recibirlas, anticipándose al hecho y generando esa sensación nerviosa aún sin contacto físico.

Otros descubrieron que el cerebelo puede ser el responsable de predecir las acciones que harás con tu cuerpo. Esto provoca que el sistema somatosensorial, se active con menor intensidad cuando tocas tu piel y, por ende, tu reacción ya no será tan efusiva.

Existen dos tipos de personas que pueden reaccionar a sus propias cosquillas como si alguien más les hiciera. Se trata de la gente con esquizofrenia y trastorno esquizotípico de la personalidad, también conocido como esquizotipia.

Para el primer caso, se demostró que algunos esquizofrénicos que perciben alucinaciones o fenómenos de pasividad perciben en igual intensidad al realizar ellos mismos estimulaciones al tacto en comparación a que alguien más lo hiciera. En cuanto a las personas cuyos rasgos de esquizotipia son más notorios, se observó que tampoco hubo diferencias significativas haciéndose cosquillas ellos mismos que si alguien más lo provoca.

Por divertido que fuese que pudiéramos hacernos cosquillas a nosotros mismos, la razón por la que no podemos hacerlo es que el cerebro ha sufrido adaptaciones destinadas a optimizar el modo en que entendemos el mundo que nos rodea y nos relacionamos con él. Es importante que seamos capaces de distinguir si una experiencia concreta es consecuencia de nuestros actos o de alguna fuerza externa.

Si todo nos pareciese ajeno a nosotros mismos, quizás no seríamos capaces de aprender de nuestros errores, porque ni siquiera seríamos conscientes de haber cometido ninguno. Y si todo nos pareciese controlado por nosotros mismos, seríamos presa fácil para los depredadores. El saber que el chasquido de una rama que se rompe a nuestras espaldas en medio del bosque no lo han causado nuestros pasos, sino un oso que anda al acecho, no tiene precio.

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