Opinión

Vacunación a dedo: la ley soy yo

Luis Novaresio

Periodista argentino. Conductor de Animales Sueltos, por América TV, y de Radio La Red

Fernández sabe la cantidad de dosis, los horarios de los aviones que llegan y van, los médicos que trabajan, ¿y no se enteró de que su ministro da citas privadas para los pinchazos? ¿Ginés pudo atreverse a tanto sola su alma?

lunes 22 de febrero de 2021 - 4:02 pm

Columna de opinión publicada originalmente en Infobae

 

Si la Argentina fuera una democracia parlamentaria en la cual el jefe de la administración necesitase del voto de confianza del congreso, Alberto Fernández habría caído. El bochorno de las vacunas entregadas de forma arbitraria desde la cúspide del gobierno no admite dudas. Porque, es bueno señalarlo, creer que el exministro Ginés González García y/o su secretaria por un desliz son los únicos responsables por conocimiento del tema es una ingenuidad.

Ya se ha dicho todo lo que se podía decir de este mamarracho de vacunación a dedo con filtro de amistad. Ilegítimo, sin ética, oscuro, inexplicable, soberbio, bochornoso. Lo que debería resaltarse ahora es que esta actitud es propia de un modo de ejercer el poder clásico en la Argentina en general y en el kirchnerismo en particular, del que ya no puede escapar Alberto Fernández a pesar de haber prometido actuar como un distinto.

Cuando asume un gobierno en estas pampas, éste se convence de que el Estado es el Presidente y sus amigos. Sentarse en el sillón de Rivadavia es estar seguro que las leyes no rigen para ellos sino para el resto de los mortales que no son ellos y sus amigos. ¿Ejemplos? Blanqueos por decreto para familiares, decretos de inconstitucionalidad en los 90 y ahora esto, por citar sólo tres ejemplos de los miles que hay. Las vacunas VIP de Ginés representan “el Estado soy yo” y “no me vengan con esas minucias de la igualdad ante la ley que el que gobierna soy yo. ¿No les gusta? Armen un partido y ganen las elecciones”.

Si hasta se enloda con esta concepción a una valiosa Estela de Carlotto que tiene la edad necesaria y la condición de salud del caso para ser vacunada, pero se la convoca desde el poder porque los inquilinos de la Casa Rosada se sienten con el derecho de proponer una “diferencia” a la hora de la salud igualitaria para todos.

Desde el sábado hasta ahora, las oficinas que ocupó Ginés rumian enojo. El otrora reconocido ministro sabe que muchos conocían perfectamente este operativo y se da cuenta de que Fernández mandó a reducir daños centrando en él y sólo en él la responsabilidad por el desatino. Su enojo está justificado. ¿De verdad alguien cree que la asesora presidencial Cecilia Nicolini y la hoy ministra Carla Vizzotti podían desconocer el destino de 3000 vacunas contadas por el mundo con lupa y traídas por ellas con una trazabilidad de Estado nunca vista? ¿Nicolini y Vizzotti no reportan con minuciosidad al Presidente pelos y señales de la Sputnik? ¿Se les perdió de vista un puñado ostensible de las vacunas conseguidas? ¿Alguien va a explicar lo que con nombre y apellido releva la gran periodista Rosario Ayerdi respecto de una “heladera” ministerial con 3000 dosis de la vacuna rusa manejada por el asesor (sic) Marcelo Guille?

Resulta penoso tratar de definir el accionar del presidente echando a su ministro como un jefe que manda o un presidente que no titubea. ¿Perdón? Manda y responde por el que traficó vacunas. No titubeó al nombrar a Ginés y ahora debiéndose hacer cargo del estropicio en una causa que tiene atrapado el Poder Ejecutivo día y noche. Fernández sabe la cantidad de dosis, los horarios de los aviones que llegan y van, los médicos que trabajan, ¿y no se enteró de que su ministro da citas privadas para los pinchazos? ¿Ginés pudo atreverse a tanto sola su alma?

Aquí no es que un funcionario, solo uno, se haya pasado de vivo. Hay una acción que deriva del concepto con el que se ejerce el poder. Sin respeto por las reglas previas, sin consideración de la publicidad y transparencia de los actos de gobierno. Sin convicción de que debe rendirse cuenta de lo hecho. El diputado Valdés y el senador Taiana (me imagino ahora argumentando ellos sobre lawfare o legalidad de un proyecto) actuaron no como meros criollos adelantándose en la cola. Ellos, y todos los que conocemos hasta ahora, más el resto por conocer, creen que hay un bien supremo (lo que ellos representan) que les permite prioridad por sobre un ochentón de Quitilipi o Villa Trafuls que bien debe esperar por la épica que los funcionarios dicen representar. ¿Queda claro? Me vacuno aunque no me corresponde porque yo soy “la revolución” (sic). El Estado soy yo. Y vacuno a militantes que hasta se hacen selfies, a hijos de sindicalistas de 20 años, a esposas y amantes de funcionarios. La ley soy yo.

Un último debate colateral surge ahora respecto de si debe aplicarse la segunda dosis a los empresarios, periodistas y amigos del gobierno que traficaron la primera inoculación. La ciencia médica parece aconsejar que sí, para no desperdiciar la primera dosis y darle a la sociedad un ciudadano correctamente inmunizado. Otros creen que quien cometió una parte de la ilegalidad y de la falta de ética no puede completar el segundo paso y consumar otro atropello. Es bueno decir que, con toda seguridad, vacunados y vacunadores VIP no deben tener este dilema porque, ya se sabe, ellos creen que gozando del poder o de sus mieles pueden hacer lo que se les cante porque el Estado (y sus amigos) son ellos.

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