Opinión

Máximo Kirchner va a la guerra con los barones del conurbano

Fernando González

Periodista. Es prosecretario general de Redacción del diario Clarín desde agosto de 2016. Antes fue director Periodístico de El Cronista (2008-2016)

El jefe de La Cámpora acelera su pulseada con los intendentes peronistas por la presidencia del PJ Bonaerense

martes 22 de diciembre de 2020 - 7:15 am

Columna publicada originalmente en Clarín

No todo es recesión en la Argentina. En la casona blanca de Gaspar Campos 1065, en Vicente López, hay un grupo de albañiles trabajando. Es que el añejo petit hotel que queda a veinte cuadras de la Quinta de Olivos necesita algunas refacciones. Sus paredes respiran historia. Allí vivió Juan Domingo Perón con Isabel cuando volvió al país en 1972. Allí se juntó con Ricardo Balbín para explorar el diseño de un futuro distinto que nunca llegó. Allí quedan varios bustos del General y hasta una imagen de Néstor y Cristina. Pero la novedad es que lo están reparando para que Máximo Kirchner lo convierta en su oficina si se cumple su intención de quedarse con la presidencia del peronismo bonaerense.

Es que los tiempos del “Vamos por Todo” se aceleran. Si Cristina anunció el viernes cuáles van a ser los ejes del gobierno de Alberto Fernández en los próximos tres años y explicó en lunfardo el destino laboral de sus ministros, Máximo Kirchner comenzó la misma tarea en la provincia de Buenos Aires con los intendentes peronistas del conurbano. Y la casona de Gaspar Campos es, desde hace dos décadas, propiedad del Partido Justicialista provincial.

Ya les avisó que quiere que renuncien de inmediato los cincuenta consejeros del PJ bonaerense para reemplazarlos por dirigentes de La Cámpora. Y en marzo próximo, la fecha prevista para que Alberto Fernández asuma la presidencia partidaria a nivel nacional, Máximo pretende asumir como presidente del peronismo en la Provincia.

El problema es que ese cargo lo tienen, alternativamente, dos peronistas del Gran Buenos Aires. Gustavo Menéndez, intendente reelecto de Merlo. Y Fernando Gray, intendente de Esteban Echeverría. Y el mandato de ambos dura hasta diciembre de 2021. Menéndez es un peronista que tuvo momentos de amor y odios con Néstor Kirchner y con Sergio Massa, y que ahora mantiene un equilibrio estratégico con el kirchnerismo.

Gray es un dirigente consolidado del peronismo bonaerense que se formó con Eduardo y Chiche Duhalde, y luego completó su trayectoria política durante el mandato de Néstor trabajando en el Ministerio de Desarrollo Social junto a Alicia Kirchner. Acaba de cumplir 50 años y tal vez no tenga la edad suficiente todavía como para ser considerado un barón del conurbano.

Pero Gray aprendió rápido las artes de la supervivencia en el territorio más áspero de la política argentina. Se las arregló para ser elegido jefe comunal en 2007 y ya lleva tres reelecciones. Una con Daniel Scioli como gobernador; otra con María Eugenia Vidal y la última con Axel Kicillof. Esa sí es una regla de los barones conurbaneros. Los gobernadores pasan pero ellos siempre se quedan.

El problema es que Menéndez y Gray, como la mayoría de los consejeros del PJ bonaerense que fueron elegidos con los votos de sus distritos, no quieren saber nada con renunciar antes de tiempo a la conducción partidaria provincial. Eso tiene una sola lectura política. Máximo Kirchner tendrá que ir a la guerra abierta y pública con los intendentes peronistas si quiere quedarse con la presidencia partidaria. Un enfrentamiento que se presentía desde hace un año pero las circunstancias hasta ahora lo habían dejado en suspenso.

Entre Máximo Kirchner y los intendentes peronistas históricos la disputa es feroz distrito por distrito. La Cámpora gobierna algunos bastiones desde los que busca extenderse. Tiene a Mayra Mendoza en Quilmes; a Juan Ustarroz en Mercedes y cuenta como propio a Avellaneda, donde manda el ahora ministro de Vivienda, Jorge Ferraresi. Pero alista a la titular del PAMI, Luana Volnovich, para pelearle Berazategui a los Mussi y a varios candidatos preparados en cada municipio en los que los intendentes no tengan chances de ir por otra reelección. Por eso, La Cámpora se resiste a suspender las PASO (como lo pretenden Alberto y los gobernadores) y también a eliminar la ley que limita las reelecciones de los intendentes, acordada entre por Massa y María Eugenia Vidal en tiempos lejanos.

Como la política es el arte de lo posible, no hay que descartar que esa ley termine siendo la prenda de negociación entre Máximo y los barones. Hay quienes creen en el peronismo que el hijo de los Kirchner terminará siendo presidente del PJ provincial al final del verano si los intendentes logran una reelección más “por única vez”. Así podría tener la lapicera decisiva para la conformación de las listas de candidatos para las elecciones legislativas y llegar a la casona de Gaspar Campos para cuando terminen las discretas obras de refacción.

Pero mientras las negociaciones siguen su curso por vías subterráneas, Máximo Kirchner acelera la estrategia de arrinconar a los barones del conurbano. Lo mismo que hizo Néstor en 2003 para terminar disputándoles el poder dos años después enfrentando a Chiche Duhalde con la candidatura de Cristina a senadora nacional. Claro que aquel era un kirchnerismo en ascenso al que la sociedad del país en crisis conocía mucho menos que ahora.

En quince años, las personas y las circunstancias cambiaron. Hay dirigentes que gobernaron, otros que fueron presos y algunos que ya no están. Persisten la inflación, el déficit fiscal y la pobreza. Y mientras los dirigentes se despedazan por una cuota de poder, la provincia de Buenos Aires sigue siendo el laboratorio más incomprensible del fracaso recurrente de la política argentina.

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