Opinión

Cristina le apunta a la Corte pero le pega a Alberto

Fernando González

Periodista. Es prosecretario general de Redacción del diario Clarín desde agosto de 2016. Antes fue director Periodístico de El Cronista (2008-2016)

La Vicepresidenta asume el protagonismo en el ejercicio del poder y responsabiliza al Presidente por sus infortunios

viernes 11 de diciembre de 2020 - 9:15 am

Columna publicada originalmente en Clarín

Llega el año electoral y se derrumban las máscaras. Ahora es Cristina Kirchner quien agarró el timón del barco para llevarlo en el rumbo que ella quiera. Con el objetivo primario de reemplazar a esta Corte Suprema de Justicia por otra que le asegure total impunidad en su amplio espectro de causas.

Navegar en un rumbo que, tal vez, se parezca un poco más al que hoy sufre Venezuela. Un rumbo que, antes que ceder el mando, prefiere estrellarse.

El gobierno de Cristina no menciona a Alberto Fernández. La segunda carta que la Vicepresidenta hizo pública para el primer año del Frente de Todos en el poder ni siquiera lo nombra. Utiliza una técnica muy de moda en estos tiempos, sobre todo en las aguas progresistas de las que bebe el kirchnerismo. Invisibiliza al Presidente. No lo critica ni lo elogia, claro. Lo ignora. Como si no existiera.

La segunda epístola de Cristina a los argentinos comienza con un autoelogio contundente. Se vanagloria de las 32 sesiones que el Senado hizo en pandemia y de las 40 leyes sancionadas. Nada de que arrepentirse. Cero autocrítica. Después viene la brevísima mención a la gestión de Alberto. La economía de tierra arrasada que le adjudica a Mauricio Macri. Y el coronavirus como justificativo del derrumbe económico, de la inflación y de los veinte millones de pobres que ya tiene la Argentina.

Cristina se dedica luego a despedazar a los miembros de la Corte Suprema. Eran esperables sus ataques a Ricardo Lorenzetti y a Carlos Rosenkrantz, los dos últimos presidentes del Tribunal. Pero en la Casa Rosada sorprendieron las críticas a Horacio Rosatti, peronista santafesino y ex ministro de Justicia de Néstor Kirchner. Y, sobre todo, las líneas impiadosas que le dedicó a Elena Highton de Nolasco, la jueza más cercana al Presidente. Evidentemente, el fallo confirmatorio de la condena de Amado Boudou por coimas y fraude al Estado encendió la furia de la Vicepresidenta.

Tanto se exteriorizó la tensión en los últimos días que tuvieron que ensayar una puesta en escena. Porque, en el funeral de Maradona, había quedado demasiado en evidencia el malhumor de Cristina. Por eso, aparecieron distantes en la sede la ex ESMA. Allí fue ella la protagonista, la que más habló, la que recibió los mejores aplausos. Era el mismo escenario donde Néstor Kirchner había pedido perdón a las víctimas del terrorismo estatal quince años atrás. Como si el Juicio a las Juntas y el Nunca Más de Raúl Alfonsín no hubiesen existido.

Las líneas directrices del gobierno de Cristina son simples y fáciles de detectar con anticipación. La política exterior no podrá ser condenatoria del chavismo en Venezuela. Allí reside la dificultad que tiene la Cancillería para acompañar el rechazo de la OEA a las fraudulentas elecciones legislativas que Nicolás Maduro perpetró el último fin de semana.

Cristina ha ordenado también perjudicar como sea la gestión de Horacio Rodríguez Larreta. Pegarle al gobierno de la Ciudad en donde más le duele: recortarle los ingresos y afectar su capital político más relevante. La obra pública y los estándares de salud y educación, claramente superiores a los del resto de la Argentina. Lo presume como el adversario electoral del 2023 y la receta que le aplica es la del peor Perón. Al enemigo, ni justicia.

Mientras amenaza a los jueces que no le simpatizan, Cristina premia los que cumplen sus directivas. Por eso, apuró la designación de Alejo Ramos Padilla en el Juzgado Federal Nº1 de La Plata, justo el que debe controlar y decidir sobre las elecciones en la provincia de Buenos Aires. Se trata de un magistrado militante que ha defendido los intereses del kirchnerismo en el caso D’Alessio y que ya tiene denuncias de tres ONGs y cuatro diputados de Juntos por el Cambio contra su nombramiento. Si hay un tesoro a cuidar con gente confiable son las urnas. Sobre todo las bonaerenses.

El frente judicial y las elecciones del año próximo. Esas son las obsesiones del gobierno de Cristina. Y en esa dirección ha puesto la proa de sus objetivos. Le deja a Alberto el premio consuelo del plan de vacunación. Un rosario de promesas que se van deshilachando y que, con suerte, se transformarán en la mayor cantidad posible de vacunas rusas para los primeros meses del año próximo. En la línea de Vladimir Putin que también trazó la Vicepresidenta. Eso y más de 40.000 muertos es el saldo del primer año del Presidente.

Poco, demasiado poco para los tres años extensos que quedan por delante. Poco para las expectativas políticas de Cristina, que le apunta a la Corte pero responsabiliza al Presidente por sus infortunios. Poco pero suficiente como para que se acelere la caída de Alberto en las encuestas y se impaciente aún más la mujer que le otorgó el poder.

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