Opinión

Alberto, Massa y Máximo juegan al “ole” con el Fondo

La misión está aprendiendo cómo funciona, o mejor dicho no funciona, el Frente de Todos: con cada funcionario que habla se hace una idea distinta de para dónde quiere agarrar el gobierno

lunes 16 de noviembre de 2020 - 7:45 am

Columna publicada originalmente en Todo Noticias

En las últimas dos semanas hubo una catarata de “gestos de ajuste”, que es evidente a quién van dirigidos y para qué. Lo que no se sabe es si van en serio, si algo de eso se pondría en práctica, cuándo y cómo, o es pura retórica de circunstancias.

Resumamos: el IFE sería reconvertido en planes sociales, no se sabe cómo ni a qué costo; de los ATPs se dice de algo parecido, tal vez se conviertan en créditos para empresas en problemas, vaya a saber cuándo y cómo; ¿aumento de tarifas?, de a poco va a haber, pronto tal vez se sepa; en cuanto a la doble indemnización y la prohibición de despidos parece que también se empezarían a revisar, tal vez por sectores; jubilaciones, ya se vienen ajustando por debajo de la inflación desde hace tiempo, y ahora se anuncia van a ajustarse aún más abajo, no se sabe bien desde cuándo ni cómo; ¿menos transferencias a las provincias?, de eso nada, salvo para la ciudad de Buenos Aires, a la que ya se le recortó y se le quiere recortar aún más.

¿Alcanzará para congraciarse con la misión del Fondo? Lo que Alberto y Guzmán pretenden es que alcance y para convencerlos rápido, antes de fin de año, de modo de dar una señal de que se puede aguantar con el esquema cambiario vigente, y que tanto el ministro como el presidente podrán sobrevivir a los chubascos del verano, cuando la crisis social llegará probablemente a su clímax.

El problema es que son muchos gestos pero pocas nueces. Y la Argentina ya firmó más de veinte acuerdos con el FMI, y no cumplió ninguno, jamás, ni siquiera con gobiernos con mucha más vocación por cumplirlos que éste que tenemos ahora.

Él habla mucho, pero medidas concretas hay pocas para mostrar, y son más bien imprecisas, no se sabe si van a perdurar, y las credenciales de los funcionarios que tiene en Economía no ayudan: su fe ajustadora es tan enfática como reciente, ¿por qué creer que van a mantenerla, que en serio van a resistir las presiones por más gasto, cuando los actores sectoriales y los socios políticos les reclamen asistencia, partidas extra, todo lo que se sabe tiende a aumentar durante el verano, y más cuando el verano viene complicado y es víspera de elecciones.

A este problema se sumaron además, en estos días, las inconsistencias típicas del Frente de Todos. Manifiestas en gestos e iniciativas descoordinados y contradictorios, que adoptaron miembros destacados de la coalición oficial en medio de los esfuerzos de Guzmán por hacer buena letra.

Massa recibió a la misión del Fondo, pero para aclararle que si hay ajuste con él no cuenten, lo que no debió sonar muy bien ni en quienes lo visitaron ni en Economía, que había prometido hacer aprobar en el Congreso el acuerdo que se firme con el organismo. Encima el presidente de Diputados viene de agregarle al proyecto de presupuesto unos cuantos gastos y algunos tributos que necesita para sostener su propio proyecto político. Y que tampoco debieron caer muy bien que digamos en la gente de Economía. Se dice que algunos senadores oficialistas amagaron con eliminar esos agregados cuando el proyecto pasó por la Cámara alta, pero Cristina no estuvo interesada en armar otro despiole con eso: ya iba a complicarle la vida tanto a Sergio como a Alberto, por la ausencia de las planillas de obras provinciales que siempre acompañan los presupuestos y aceitan la buena voluntad de los bloques oficiales.

Lo que la semana que viene se apruebe finalmente en Diputados ¿será un presupuesto acorde con las expectativas del Fondo? Cuando salió de Economía ya estaba fuera de línea con las promesas de limitar el gasto que ahora Guzmán le hace a los encargados de seguir el caso argentino. Y que significarían llevar el déficit a 3, como mucho 3,5 puntos del PBI. Pero con los agregados de Massa y demás promotores del “gasto público reactivador” es seguro que el déficit del año próximo será bastante superior incluso al 4,5% del que se hablaba antes de empezar las negociaciones. Así que por más que Guzmán siga haciendo ruido, nueces hay más bien pocas para mostrar.

Encima Máximo también quiso aportar lo suyo: esta semana convocó a una sesión especial para tratar el impuesto a la riqueza, cuando ya en el Ejecutivo respiraban aliviados creyendo que había pasado al olvido. Tampoco esa iniciativa debe haber fortalecido la disposición de los negociadores del Fondo a creer lo que promete Guzmán, o a creer siquiera que Guzmán está suficientemente “empoderado” por el presidente. O que alcanza con que el presidente lo “empodere” para que su ministro pueda ordenar una gestión económica hasta aquí deshilachada e inconsistente.

Es curioso el rol que están cumpliendo Massa y Máximo. En general los gobiernos tratan que desde los cargos de conducción de la Cámara baja que ellos ejercen, igual que desde la presidencia del Senado, se ordene el trámite legislativo de sus proyectos, en particular el del presupuesto, para no pagar demasiado a los legisladores y los gobernadores por su aprobación. Pero ahora sucede más bien lo contrario. Massa actúa como si fuera no un legislador, ni el jefe de Diputados, sino un gobernador más, impone tributos, autoriza gastos, y hasta cuando encuentra un hueco inaugura obras. En tanto Máximo ejerce no de jefe de todos los diputados en representación del presidente, sino como referente de la facción mayoritaria de los legisladores, La Cámpora, y guardián de sus credenciales como facción más progre del peronismo, por lo cual se entiende no piense renunciar tan fácil al impuesto a los ricos.

El problema, como se ve, reconduce a la cuestión de dónde reside la autoridad en el Frente de Todos, y si es posible dar un rumbo consistente a un Frankestein como este, hecho con pedazos de varios cuerpos, y muy poca cabeza.

Es un asunto crítico en todo gobierno, y lo es aún más en uno que intenta poner orden en sus cuentas. Todas las gestiones que preceden a la de Alberto pueden dar fe de ello: sin un equipo bien coordinado, y sin el respaldo decidido del presidente y sus aliados, no hay forma de darle un mínimo orden a la gestión económica. Menos cuando hay muchas ventanillas abiertas para repartir plata, y los límites de cuánta plata se puede repartir sin que la macroeconomía estalle son muy estrechos.

Alfonsín lo intentó con Grinspun, no funcionó, vio cerca el abismo y puso a Sourrouille. Menem intentó con varios, hasta que se resignó a poner a Cavallo. De la Rúa también intentó con varios hasta que volvió a recurrir a Cavallo, y algo parecido sucedió con Macri, hasta casi el final. Los gobiernos kirchneristas nunca pusieron esfuerzos en coordinar la gestión económica, en cambio, porque les sobraba la plata y el dispendio pasaba desapercibido. Otro buen motivo para que Alberto no los tome de ejemplo. Salvo tal vez a la segunda Cristina, que sí trató de poner un poco de orden, y en alguna medida logró hacerlo con Kicillof, cuando se le fueron acabando las cajas a saquear.

Las cosas después pueden salir bien, mal o muy mal, pero en cualquier caso una condición imprescindible para que la gestión funcione es que el equipo económico controle mínimamente lo que se gasta y el presidente le brinde un contundente aval. En la actualidad no están dadas ninguna de esas dos condiciones. Y para complicar las cosas se ve al presidente mismo tirando para otro lado que su ministro del ramo.

Alberto terminó esta semana negando también el ajuste. Tal vez aleccionado por Máximo y Massa. Y por la propia Cristina que, previsora, se lavó las manos antes que todos ellos. Siempre tarde, ahora parece que Alberto quiere imitarla, y le esconde el bulto a la negociación con el Fondo: desde el lunes habló de la vacuna, del aborto, de Evo Morales y el antimperialismo, de asuntos económicos nada, hasta que el viernes se despachó con un argumento típico de la mentalidad de almacenero miope que los Kirchner tan bien cultivan, y tanto mal nos viene haciendo desde 2005.

“Algunos están muy preocupados por ver dónde vamos a hacer, y la verdad es que el ajuste lo estamos haciendo pagando menos intereses de la deuda que otros tomaron… unos 7000 millones de dólares solo de intereses de deuda había que pagar este año, pero preferimos usar eso en sobrellevar lo que dejó la pandemia. Postergamos ese pago para hacer frente a las urgencias de los argentinos…. que el dinero no se vaya para cumplir con los acreedores, sino que se quede para cumplir con la gente”.

Suena bien, pero es una reverenda tontería y una completa falsedad. El dinero que no se paga de intereses se pierde más que duplicado en fuga de capitales. Fuga que es alimentada, precisamente, por la desconfianza que genera que el gobierno argentino se niegue a pagar sus compromisos y los renegocie cada dos por tres. Esos recursos no están disponibles tampoco porque el Estado no logra que nadie le preste, a menos que pague intereses altísimos. Como los que está comprometiéndose a pagar en estos momentos el ministro Guzmán, en el festival de bonos dolarizados que promueve para tratar de sobrevivir en el cargo, y postergar una devaluación que tarde o temprano igual va a producirse. Y como todo esto viene pasando mientras Alberto habla y habla, la ayuda que ha brindado el Estado argentino a los sectores productivos en problemas y a quienes se quedaron sin empleo es mucho menor que la que ofrece, por caso, el muy neoliberal y derechista gobierno brasileño. De allí que Bolsonaro esté ganando cada vez más popularidad en los sectores bajos de su país, mientras que Alberto no se sabe cómo va a evitar que el Conurbano le estalle en la cara. En síntesis, está visto que es una pésima idea llevarse a las patadas con el sistema financiero internacional. Alberto debería haberlo aprendido después de todos los problemas que nos autogeneramos desde 2005 a esta parte. Pero repetir ese vicio alegremente en medio de la pandemia, cuando los actores económicos en pleno fugan de la moneda local, se ha visto que cuánto más cepo se ponga al dólar más se alimenta esa fuga, y se envió al ministro de Economía a intentar un arreglo salvador con el Fondo para evitar hundirnos del todo, es como demasiado.

Si esto hace el presidente, además, los demás accionistas tendrán aún menos motivos para abandonar la liviandad con que tratan todo este asunto. Ni van a consumir un ápice de su capital político en algo que ni siquiera el presidente parece tomarse en serio. ¿Cómo reprocharle a Massa que haya hecho esas declaraciones negacionistas del ajuste que hizo al recibir a la misión? ¿Cómo reprocharle a Máximo que haya intentado mantener a flote la idea de que La Cámpora es más progre que el resto del peronismo, si ningún otro peronista, empezando por Alberto y siguiendo por los gobernadores y la CGT, se dignan avalar lo que está intentando Economía?

En síntesis, toda la sobreactuación de estos días es muy probable que pase al olvido bastante pronto, y también es probable que la negociación con el FMI se estire. Mientras tanto, el peronismo en el gobierno seguirá crujiendo cada vez que se intente llevar a la práctica las iniciativas que elucubra Guzmán, y tal vez le dé largas a las que se presenten al Congreso, pero seguirá unido. Unido, pero sin rumbo. Lo que puede ser una buena o una mala noticia, según cómo se la quiera ver.

Mientras, desvinculada de estos avatares menores, Cristina aprovechó los últimos días para reconciliarse con Martín Redrado. ¿Será ese el germen de ese rumbo que falta, para cuando se canse de ver cómo Alberto le ladra a su propia sombra?

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