Opinión

La macro argentina: un cisne negro, un rinoceronte gris y un mirmecoleón

La pandemia y su “receta”- el confinamiento- pusieron en foco nuestra realidad estructural más oscura

domingo 8 de noviembre de 2020 - 10:53 am

Columna originalmente publicada en Infobae

Nicholas Taleb definió a un hecho altamente improbable y disruptivo como un “cisne negro”. Por su parte, Michele Wucker comparó a los peligros obvios que se nos vienen encima y muchas veces ignoramos con ver correr hacia nosotros a un “rinoceronte gris” y no prestarle atención.

Aunque algunos lo habían anticipado, se podría decir que la pandemia desatada a principios de año en el mundo fue un cisne negro. Un hecho inesperado que cambió bruscamente el estado de las cosas.

A la Argentina este cisne negro la tomó con la guardia muy baja, una economía estancada desde el 2011, deuda en default, alta inflación, precios relativos (en particular los precios de los servicios públicos) desacomodados, delicado equilibrio fiscal, más producto de la licuación inflacionaria que de un esquema eficiente de recursos y gastos, etc., en una somera descripción de la macro. A su vez, la pandemia y su “receta”- el confinamiento- pusieron en foco nuestra realidad estructural más oscura. Pobreza, hacinamiento, trabajo informal, desigualdades educativas, y una débil infraestructura sanitaria en algunas regiones.

La estricta cuarentena inicial, y luego su prolongación en sectores intensivos en trabajo informal, o de baja calificación (restaurantes, hoteles, comercios, construcción, “changas”), sumado a los problemas de oferta y demanda que enfrentaron los sectores formales (principalmente industrias), obligaron a un fuerte paquete de ayuda estatal a las empresas, para el pago parcial de sus nóminas salariales, (ATP) y a las personas, ampliando la cobertura de transferencias directas de ingresos (IFE). Pero claro, sin ahorros fiscales previos, sin crédito externo, sin activos para realizar, toda esta montaña de fondos provino de la emisión de pesos por parte del Banco Central. Ya en ese momento, advertimos que había que ser cuidadoso con esta medicina, reduciendo gastos públicos innecesarios en pandemia, en todos los niveles, y, quizás, utilizar el pago con bonos de una parte de dichos gastos, para minimizar el desbarajuste macroeconómico que se iba a producir. Aumentar descontroladamente la oferta de una moneda que nadie quiere iba a generar un exceso de demanda en el mercado del dólar oficial (reduciendo las escasas reservas disponibles), aumentaría la brecha con los precios del resto de los dólares “blancos y azules”, y eso también se “filtraría” al saldo comercial reduciendo las reservas y llevaría a un incremento de la demanda (y los precios) de los bienes con muchos componentes importados (automóviles, electrónica). Finalmente, empezaría a notarse desabastecimiento en algunos rubros, y un incremento de la tasa de inflación. Todo esto era obvio, pero las autoridades, hasta bien entrado el mes de septiembre, se empecinaban en negarlo. “La emisión no importa”, “el dólar blue es de traficantes de armas y narcotraficantes”. “La brecha no afecta las reservas”. Es decir, el Gobierno estuvo frente a un claro ejemplo de la amiga Michele Wucker: un rinoceronte gris que corría hacia él, mientras, desde el Presidente para abajo, lo negaban, lo ninguneaban.

A mediados de septiembre, el equipo económico reaccionó mal, suponiendo que el problema era una anomalía en el mercado del dólar, cuando, como mencionara, el problema era y es, el desequilibrio macroeconómico, originado por la pandemia, y agravado por la solución. Se intentó manejar el mercado de cambios con “la policía”, restricciones para operar, aumento del período de “parking” de los bonos que se utilizan en la compra -venta de títulos para obtener los dólares alternativos (CCL, MEP), drástica limitación al uso del cupo para la compra de 200 dólares al tipo de cambio oficial y más impuestos para elevar su precio, prohibición para los no residentes de operar en ese mercado, etc. Como el problema era otro, el rinoceronte gris siguió avanzando enceguecido para atacar.

Finalmente, hace unos días, el ministro de Economía “descubrió” al rinoceronte gris -“la emisión monetaria presiona sobre la brecha”, “hace falta converger al equilibrio fiscal”- y comenzó a instrumentar algunas medidas que reconocen al menos, parte del problema.

Colocó deuda vinculada a la evolución del dólar oficial (dólar link), para ofrecer instrumentos de dolarización alternativos y anunció, como señal para las expectativas, que iba a recurrir menos a la maquinita del Banco Central, para no agravar el desequilibrio monetario existente. Dio marcha atrás en las restricciones al mercado de dólares alternativos, permitió nuevamente a los no residentes operar en ese mercado, y hubo una suba marginal de la tasa de interés. A su vez, anticipó que enviaría al Congreso un programa plurianual de reducción del déficit fiscal, acumulación de reservas, y reformas al sistema impositivo. (La planilla de cálculo que pide el FMI en sus típicos programas). Y se anticipó que los congelados precios de los servicios públicos comenzarían a liberalizarse selectivamente, al menos para los sectores “que pueden pagarlo”. Otra vez, señales para el mercado, y reconocimiento de parte de las condiciones de un eventual acuerdo con el FMI.

Sin embargo, simultáneamente, con este giro pseudo “ortodoxo”, se intervino en el mercado de cambios vendiendo bonos en cartera de organismos públicos a precios de liquidación (aumentando la deuda en poder del sector privado), el Banco Central siguió activo en la punta vendedora del mercado de futuros, se incrementaron oficial o extraoficialmente las restricciones a las importaciones. Se autorizaron aumentos de precios para algunos sectores, y luego se anularon. Se dará marcha atrás, definitivamente, según trascendió, con las rebajas impositivas acordadas, durante el gobierno de Macri, en el pacto fiscal con las provincias, y se avanzaría, a cambio, con la sanción del Impuesto a la Riqueza. Por lo tanto, queda claro que el “ajuste”, nuevamente, lo hará el sector privado. Por otra parte, y disculpen el “tecnicismo”, como parte del exceso de dinero ya creado está “guardado” en forma de Leliqs (Letras de Liquidez) en poder de los bancos en el Banco Central, cuando el Gobierno emite más deuda, para que la compre el sector privado, ese dinero se obtiene cancelando Leliqs, y eso equivale a emisión de pesos. De manera que, al final del día, la colocación de deuda pública, al menos parcialmente, se sigue financiando con emisión. Es reducción de deuda remunerada, del Banco Central a cambio de aumento de deuda del Tesoro.

Eso se suma al contexto político, con la carta de la Vicepresidenta pidiendo un acuerdo “para terminar con la bimonetariedad de la economía argentina”, el fallido fallo de la mayoría de la Corte sobre el traslado de los jueces, las idas y vueltas en torno a la designación del Procurador, el caso de las telecomunicaciones, como servicio público, el apoyo presidencial a la “reforma agraria”, etc. etc.

Todo esto en un contexto en donde aumenta el costo del capital y aumenta directa o indirectamente (por la legislación) el costo del trabajo, desalentando cualquier inversión privada que no tenga super rentabilidad, capital ya hundido, o algún regalo.

Al parecer, estamos ante una dosis de pseudoortodoxia, al menos en el marketing del discurso, y un mal ajuste fiscal (más presión impositiva) conviviendo con acciones que agravan el centro del problema argentino: que el sector público no genera crecimiento, y el sector privado presenta falta de rentabilidad genuina, para invertir y crear trabajo. Un programa que sólo “elude” al rinoceronte, pero no lo caza.

Hablando de animales, este extraño y contradictorio mix de políticas, de dudoso éxito final, me recordó a ese animal mitológico, el mirmecoleón, mitad león y mitad hormiga. Como es mitad león, no puede comer plantas, y como es mitad hormiga, no puede comer carne, por lo tanto, muere de hambre.

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