Opinión

El cambio de fase

Carlos Mira

Periodista. Autor de Asi somos y Asi Nos Va y de La Idolatría del Estado

Ha comenzado una etapa compatible con la máxima marxista de “arrancarle a la burguesía la propiedad de los medios de producción”

martes 27 de octubre de 2020 - 7:45 am

Columna publicada originalmente en The Post Argentina

El plan ha pasado de una etapa gramsciana, que había consistido en un incesante repiqueteo sobre el inconsciente colectivo para cambiar las convicciones medias del hombre común, a una etapa de acción guevarista consistente en la toma de decisiones drásticas que contemplen el ganar terreno ya no en el plano ideológico o abstracto sino en el plano de los hechos y de las concreciones.

Ha comenzado una etapa compatible con la máxima marxista de “arrancarle a la burguesía la propiedad de los medios de producción”.

Esta fase del plan se manifiesta de manera muy evidente en la toma de tierras cada vez más frecuente y naturalizada, incluso con la complicidad de la parte de la Justicia (que ya sido suficientemente copada con agentes formados durante la fase gramsciana de la estrategia) y con la infatigable prédica de Bergoglio que envía a sus esbirros cómo infantería de los operativos.

El gobierno naturalmente es parte de este mecanismo por la acción de múltiples agentes orgánicos incrustados en su estructura a tal punto que varios funcionarios del presidente Fernández comparten la toma del campo de la familia Etchevehere en Entre Ríos.

Se trata de una convalidación tácita de la violencia que fue refrendada, además -por si hiciera falta- con múltiples manifestaciones públicas de apoyo a los ladrones.

Esta verdadera avanzada desenfrenada hacia la consecución de los fines delineados por el foquismo y el entrismo de los ‘60 y los ‘70 también tiene, naturalmente, una fase económica que consiste en la destrucción ya definitiva de la estructura productiva.

Con ese costado del plan es consistente todo lo que está ocurriendo en materia económica que no es necesario explicar mucho y que cada día se afirma más con el retiro del país de empresas extranjeras, con el cierre de miles de compañías nacionales y con un cerrojo a la libertad de trabajar que profundiza una pobreza tan buscada como funcional a sus intereses de dominio.

El comunismo es un mal paciente. Como toda ideología atemporal, no está preocupado porque el sentido común lo desmienta y hasta lo deje en ridículo: ellos siguen, no paran.

Nikita Khrushchev lo dijo públicamente con todo cinismo en 1959: “…Los hijos de tus hijos vivirán bajo el comunismo. Ustedes los occidentales son tan crédulos que no aceptarán el comunismo directamente pero seguiremos alimentándoles con pequeñas dosis de socialismo hasta que finalmente despertarán y descubrirán que ya tienen comunismo para siempre. No tendremos que pelear con ustedes. Debilitaremos tanto su economía hasta que caigan como fruta madura en nuestras manos.

La democracia dejará de existir cuando les quiten a los que están dispuestos a trabajar y se lo den a aquellos que no “.

Si bien se estudian las palabras de este terrorista, no se tardará en concluir que es lo que ha ocurrido en la Argentina y en todos los países que han tenido la desgracia de padecer semejante peste.

No hay dudas de que a los efectos de “las pequeñas dosis de socialismo“ (algo que recuerda mucho a la metáfora de la rana hervida), en la Argentina, contribuyeron de manera inconmensurable el peronismo (el propio Perón admitió que su movimiento se llamó “Justicialismo” solo porque en aquellos años la palabra “socialismo” no estaba bien vista en la Argentina) y el catolicismo tercermundista hoy encaramado en el mismísimo trono de Pedro por la acción de Bergoglio.

Me consta que existe mucha gente en la iglesia razonable que sabe esto pero que no puede hablar por miedo.

El Papa y el gobierno kirchnerista de la Argentina hoy son los dos principales fogoneros de la etapa guevarista del plan para llevar a la Argentina a un comunismo sin retorno.

Hace treinta años que advierto este peligro en los medios, dentro de mi alcance, de todas las maneras que pude.

La vigencia a toda máquina, en esos años, de la etapa gramsciana del plan hizo que esa prédica solo sirviera para perder trabajos y oportunidades. De modo que conozco por experiencia propia en qué consiste la estrategia.

Es posible también que, siguiendo el decálogo de Lenin, los provocadores estén buscando un muerto.

El líder guerrillero soviético inmortalizó 10 mandamientos para sus secuaces. Uno de ellos decía: “tengamos un muerto” y obviamente endilguémoselo a nuestros enemigos y respondamos en consecuencia.

Es muy probable que los usurpadores busquen un escopetazo. Yo que la gente de campo me preocuparía por saber muy bien quiénes están en sus concentraciones: no sería extraño que ante tal hervidero provocado por tantas injusticias, algún infiltrado armado mate a un usurpador-idiota útil y se desencadene un contragolpe con fuerzas de choque integradas por milicias de delincuentes recientemente liberados para justificar la matanza de propietarios y con ello se ponga en marcha la fase copamiento final.

Nikita Khrushchev tenía razón: la libertad es muy crédula, inocente, naive. Confía en que el sistema que ella crea es tan abrumadoramente superior a cualquier otro, que cree que con eso es suficiente y se relaja.

El comunismo se sabe inferior. Es más sabe que es la encarnación del mal. Sabe que no cuenta a su favor con el sentido común humano.

Por eso se preparó: ideó un plan sin tiempo, un plan que, primero, cambiara el sentido común, luego desmoralizara a la sociedad, luego pervirtiera su economía empobreciendo a enormes cantidades de seres humanos y finalmente, cuando estos estuvieran hastiados, sin salud (por eso la pandemia fue una bendición para ellos y no sería extraño que la China comunista la creara a propósito) sin amparo, pobres y sin la fuerza de la autoestima, se dispusiera el asalto final.

La Argentina está entrando en esa fase.

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