Opinión

Alberto Fernández se queda sin margen, hasta para hacer de títere

¿Cuánto tiempo más tiene? Muy poco. Mejor que lo use para cambiar de políticas y la relación con Cristina, porque ella ya ni lo reconoce como instrumento

lunes 19 de octubre de 2020 - 7:45 am

Columna publicada originalmente en Todo Noticias

Alberto Fernández volvió a incurrir en un acto suicida esta semana, y ya van acabándosele las balas y las vidas a consumir.

Esta última vez fue en IDEA. Igual que hizo con Venezuela, logró no ser ni chicha ni limonada. Rompió la tradición kirchnerista de ignorar ese foro empresario. Pero asistió a él para hablar mal de Macri y repetir frases gastadas. A las que sumó una insólita: “No voy a quedarme con los depósitos”, su versión del famoso “quien depositó dólares retirará dólares” duhaldista. Así que no recogió más que escepticismo e irritación de esa selecta audiencia. Lo mismo le sucedió a su ministro de Economía. Con lo cual le dieron la razón a quienes desde el sector más duro de su gobierno promovían no someterse al escrutinio de ella, seguir ignorándola.

En suma, tal como días antes sucediera con su voto en Naciones Unidas, no logró apoyo ni de unos ni de otros, sino todo lo contrario: alentó a todos a desconfiar aún más de él. Difícil hacerlo tan mal.

Es la coronación de una seguidilla de actos de autoflagelación, verdaderos suicidios políticos, que empezó al asumir, cuando quiso estirar inútilmente la renegociación de la deuda, y perdió la oportunidad de acceder a financiamiento externo, que ya era imprescindible para el país al comienzo de su mandato y se volvió aún más necesario por la pandemia. Siguió cuando encaró una cuarentena durísima para la economía y las personas, sin plan de salida para contener el virus vía testeos y rastreos, con lo cual quedó cada vez más atrapado entre hundir del todo la actividad económica o flexibilizar y permitir que los contagios se extendieran sin control. Y por si hacía falta profundizó cuando empezó a pelearse inútilmente con los empresarios, en batallas absurdas por controlar sus empresas y mercados, como hizo con Vicentín, luego con las telcos y finalmente con todas, endureciendo el cepo, y por saquear sus arcas, con impuestos que encima van a recaudar poco y nada o quedar trabados por la judicialización.

Fue así dividiendo cada vez más a sus aliados y uniendo a sus adversarios. Soñaba hasta hace poco con que endureciendo el cepo podría llegar a marzo, y la liquidación de la próxima cosecha. Y con más peronismo a su alrededor, llegar a agosto y la campaña por las legislativas. Los sucesos de los últimos días, más la seguidilla de malas noticias sanitarias y económicas, muestran que no está acercándose a ninguno de esos objetivos: la próxima cosecha queda demasiado lejos para las exhaustas arcas del Banco Central, y el liderazgo de su coalición está más lejos que nunca de su alcance, como mostraron los muy esperados y promocionados, pero bastante deslucidos y sobre todo descoordinados festejos por el 17 de octubre.

Más allá de errores puntuales, es su fórmula de gobierno lo que está trayéndole más problemas.

Lo que se constata en que el error que comete es, finalmente, siempre el mismo: quiere ganar tiempo pateando para adelante la resolución de los problemas, con el criterio de conformar de momento a sus distintos públicos y no pelearse con nadie. Pero a esta altura resulta una insistencia un poco insana, dado que toda su trayectoria hasta aquí indica que en vez de ganar apoyos los pierde, y en vez de ganar tiempo no deja malgastarlo con medidas que complican más las cosas apenas se las pone en marcha.

Estos episodios se han repetido hasta el hartazgo porque la suerte le deparó no una sino varias oportunidades para tomar decisiones que podrían abrirle un camino más o menos viable. Y todas las veces falló, las dejó pasar. Veámoslo con más detalle.

Al asumir, Alberto podría haber dado un golpe en la mesa para imponer un equipo económico “propio”, con un programa mínimamente articulado, pero cedió a la presión de Cristina y a su propio optimismo, el que lo llevó a sobreofertar durante la campaña sobre las posibilidades de una pronta recuperación económica, para la cual creía que no haría falta un plan de estabilización si se postergaban los pagos de deuda. Aceptó poner a Martín Guzmán, no un ministro, apenas un mal negociador. Y se disparó de este modo un primer tiro en la sien: malgastó el impulso inicial, que ya de por sí iba a ser modesto por la escasa confianza que generaba su fórmula presidencial, y empezó a perder un tiempo valiosísimo para su supervivencia.

Al iniciarse la cuarentena lo hizo de nuevo. Ante el despegue en las encuestas pensó que dispondría de más tiempo y margen de libertad para conformar un poco a todos, a los empresarios que iban a ser más dependientes que nunca de su ayuda, a la opinión pública asustada por el virus, y a Cristina y los suyos en la guerra contra los jueces de la corrupción. Desaprovechó así la única oportunidad que iba a tener para construir un liderazgo personal, y una vía moderada y concertada de salida de la crisis. Fue su segundo disparo en la cabeza, el más incomprensible.

Y eso no fue todo. Debilitado ya en distintos frentes, en vez de cambiar rápido de gabinete y estrategia, tras haber cerrado el acuerdo con los bonistas insistió en confiar en todo lo que había fallado: la idea de Guzmán de darle largas al Fondo y al cepo, sin acordar ni dejar de hacerlo con EEUU; la de los infectólogos militantes de estirar la cuarentena pero a la vez desmentir que ella exista y por tanto tenga alguna responsabilidad en los malos resultados alcanzados; y la de Cristina de pelearse no solo con los jueces, también con la Corte. Así empezó un raid de papelones que parece no tener fin, en que fue devaluando él mismo la palabra presidencial, y chocando con cada vez más conflictos en el frente interno y más resistencias en el externo.

Los suicidios del señor Fernández, además de multiplicarse, se volvieron cada vez más públicos e indisimulables. El último, el que cometió ante los empresarios de IDEA, evidencia que ha perdido el temple que hace falta en estos momentos y o no consulta a nadie sobre lo que va a decir o quienes son consultados no entienden lo que está sucediendo: de motu proprio invocó los dos cucos que ningún presidente en su sano juicio debe mencionar cuando arrecia la desconfianza, devaluación y depósitos.

¿Qué fue lo que lo llevó a esta seguidilla de actos de autodestrucción?, ¿qué lo empuja a horadar tan sistemáticamente su autoridad y sus chances de supervivencia?

Su pecado original, su primer suicidio fue aceptar una fórmula de convivencia con Cristina que no podía funcionar.

Es una fórmula que pone a Alberto en el peor de los mundos: no puede construir una autoridad propia porque ella se mete en todo y su gente no lo obedece en muchas materias; pero tampoco ella avala abiertamente las decisiones que le deja tomar, con lo cual lo poco que puede hacer ya de partida carece del respaldo necesario para dar resultado.

En síntesis, parece un títere, pero ojalá lo fuera. Eso al menos le permitiría respaldarse en la autoridad de otros, contar con una legitimidad prestada. Y no es lo que está observándose.

Es que la simultánea presencia y ausencia de Cristina lo termina perjudicando por partida doble: lo vuelve un elemento extraño tanto para los K como para sus adversarios, dentro y fuera del peronismo, en suma, lo coloca en un lugar imposible, y vacía de poder la presidencia.

Esto iba a ser así en cualquier circunstancia: el gobierno de Alberto no podía funcionar bien, porque no se lo concibió para funcionar, sino solo para ser la cobertura para la persecución de la impunidad en las causas de corrupción, y la transición hacia un auténtico regreso del kirchnerismo. Pero desde que estalló la pandemia todos sus problemas se agravaron y aceleraron, y está claro ya que con lo que tiene no se sostiene.

¿Estarán dispuestos Alberto y sobre todo Cristina a cambiar la fórmula de gobierno? Si no lo hacen a tiempo todo va a empeorar, y bastante rápido. Pero si lo intentan no tienen garantizado el éxito. Porque Cristina va a tener que asumir unos cuantos costos y tragarse unos cuantos sapos: si no está dispuesta siquiera a compartir escenario con Alberto y la CGT un 17 de octubre, ¿va a estar dispuesta a desdecirse y aceptar ahora a alguno de los posibles ministros de Economía con que Alberto conversó antes de asumir, y a darle su explícito aval para encarar un plan de estabilización y acordar rápido con el FMI? Difícil imaginarlo.

Como sea, se acelera la cuenta regresiva también para Cristina: a medida que se hunden los últimos retazos de control sobre el dólar y los precios, se vuelve más urgente una intervención de su parte, que mientras más tardía, más costos tendrá, para ella y para el país. Pues más duro y ortodoxo tendrá que ser el giro hacia un plan mínimamente viable.

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