Opinión

Es tiempo de reorientar la diplomacia deportiva

Alan Abud

Licenciado en Gobierno y Relaciones Internacionales y estudiante de Dirección de Negocios Globales. Escribe artículos de opinión sobre política nacional e internacional en su página de Instagram @minutocanciller_

viernes 16 de octubre de 2020 - 12:11 pm

La utilización del deporte se ha vuelto una herramienta transcendental en la política exterior de muchos países que desean consolidarse a nivel global, alterar percepciones y lograr objetivos. Los países de Medio Oriente tienen esto en cuenta y han actuado en consecuencia. Hoy es una constante que muchos de los principales eventos deportivos pasen por estas naciones o que inviertan millones de dólares en desarrollarse a nivel deportivo.

El deporte es una herramienta muy importante, para quienes la sepan aprovechar, en las relaciones internacionales. Acercan culturas, contribuye a la resolución de conflictos diplomáticos y permite posicionar a un país, entre otras.

En Argentina son pocas las oportunidades que tiene como país para posicionarse internacionalmente y moldear la imagen que proyecta a través del deporte. Y, aún cuando son pocas las oportunidades, no las está aprovechando.

El hecho de que se confirme que Córdoba haya perdido su fecha en el Mundial de Rally, luego de 39 ediciones consecutivas, afecta las posibilidades de Argentina de proyectarse internacionalmente por medio del deporte ya que se le quita una de sus escasas alternativas.

La fecha de este evento deportivo era una gran oportunidad para fomentar el turismo (en 2018 fue la fecha más concurrida de un total de 13) y generar atracción por el país apalancándose en el deporte. En los últimos dos años, Argentina ya ha perdido el Rally Dakar y el Mundial de Rally, dos eventos que eran inamovibles en la agenda deportiva del país.

Sin embargo, pese a lo negativo de la noticia, se debe comprender que la utilización del deporte como herramienta de política exterior no debe reducirse a la celebración de megaeventos deportivos porque nos chocaríamos con la realidad del país: la falta de dinero para invertir y la imposibilidad de competir con las abultadas billeteras de Medio Oriente y los países desarrollados que ofrecen más dinero para ser anfitriones.

El fútbol sigue siendo la insignia del país y no está siendo explotado como se debería. Celebrar la Copa América el próximo año no es suficiente. De hecho, es un oasis en un desierto de imposibilidades económicas para celebrar megaeventos deportivos.

La exportación de talento sigue siendo uno de los componentes de nuestra marca país, pero no parece tener la retribución que uno esperaría más allá de algún ¿reconocimiento? en el exterior. La proyección internacional de equipos como River, Boca y Racing, con escuelas de fútbol en Latinoamérica, da mucha tela para cortar: ¿Por qué no aprovechar esta llegada de los clubes desde el Estado para desembarcar con actividades de diplomacia pública donde, además de la ya existente relación entre estados, suceda otra directa entre el estado y el público objetivo?

Es sabido también que River y Boca han celebrado campus deportivos en China y EEUU, en ciudades donde un desembarco directo de Cancillería sería más costoso y difícil. Incluso Racing tiene una escuela de fútbol en Mozambique. Esto ha permitido generar el vínculo para que luego desarrollen el interés por el fútbol argentino y tengan el deseo de venir al país a capacitarse más en campus y clínicas deportivas. Allí es donde debe poner el foco la política exterior argentina: aprovechar el enlace y que no sólo aprendan de fútbol, sino también del país, nuestra cultura, idioma y costumbres.

Generar una atracción por Argentina que logre ser replicada en su retorno a sus países de origen y que comience un efecto contagio por conocer y aprender sobre Argentina. Algo no muy distinto a lo que sucede hoy con las miles de personas que van a cursar sus estudios universitarios al extranjero: se transforman en “embajadores” del país al retornar a su lugar de origen.

La Cancillería argentina debe reinventarse ante el desafío de lograr una mayor capitalización de la diplomacia deportiva. Si la tendencia de reubicar eventos deportivos donde se ofrezca mayor dinero continúa, es esperable que las retiradas de algunos de los que todavía se celebran aquí continúen. La posibilidad de desarrollar influencia será aún menor si perdemos nuestras pocas herramientas. Es tiempo de reorientar nuestra estrategia respecto a la diplomacia deportiva.

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