Opinión

El peronismo cumple 75 pero en la calle están otros

Fernando González

Periodista. Es prosecretario general de Redacción del diario Clarín desde agosto de 2016. Antes fue director Periodístico de El Cronista (2008-2016)

La protesta volvió a ser masiva y puso en evidencia a un peronismo que luce desorientado

martes 13 de octubre de 2020 - 7:45 am

Columna publicada originalmente en Clarín

Nada cambió ni parece que nada vaya a cambiar en la Argentina con el kirchnerismo. Antes fue el cepo cambiario y ahora es el cepo cambiario. Antes fue Venezuela con Chavez y ahora es Venezuela con Maduro.

Antes fue la democratización de la Justicia y ahora es, sinceramente, el sometimiento de la Justicia. Antes fue 678 y ahora es ese esperpento denominado Nodio. El país sigue atrapado en la década perdida. Y Alberto Fernández no ha conseguido en diez meses que el presente sea otra cosa que una apuesta a la decadencia del pasado.

Y la fotografía de esta semana vuelve a reflejar ese país congelado. Arranca con otra marcha de protesta en las ciudades más importantes. Masiva como las marchas del 20 de junio, la del 9 de julio, la del 17 de agosto y con argumentos más sólidos para salir porque la respuesta sanitaria a la pandemia va derecho al desastre. Argentina va a tener más contagios y más muertos que muchos de los países a los que criticó antes de tiempo. Ahora, que las víctimas se suman de a miles, parece mentira que el Presidente se haya reído de Suecia.

Ante ese panorama, el Gobierno no encuentra una respuesta más creativa que la victimización. Y Alberto Fernández elige radicalizarse para solapar su imagen con la de Cristina Kirchner. Los rasgos de moderación van desapareciendo al mismo ritmo que se derrumba la gestión del Presidente en las encuestas. El y sus ministros hablan y tuitean sobre el odio para adjudicárselo a los dirigentes de la oposición y a los medios de comunicación. La misma estrategia de hace diez años que terminó de delinear una grieta que hoy se vuelve a ensanchar.

Momento extraño para el peronismo. Esta misma semana cumple setenta y cinco años de vida. Aquel que cruzó el puente Avellaneda y llenó la Plaza de Mayo para pedir la libertad de Juan Domingo Perón. El mismo que convocó multitudes en los funerales de Evita, en la matanza de Ezeiza y otra vez en la despedida al líder el 1º de julio de 1974. Un movimiento nacido al calor de las masas que hoy observa como un rejuntado de orígenes múltiples le disputa el tesoro jamás negociado de la calle.

Porque estas marchas, que reclaman contra el aislamiento, que piden el regreso de las clases y que rezan plegarias para poder mantener las actividades económicas con las que sobreviven se lanzan a las veredas y a las calles de distintos lugares de la Argentina a través de la convocatoria libre de las redes sociales. Allí confluyen macristas tan ultras que desprecian a Horacio Rodríguez Larreta y a María Eugenia Vidal. Se suman radicales que aman a Luis Brandoni pero que no quieren saber nada con Mauricio Macri. Hay liberales que votaron a José Luis Espert y librepensadores que odian a todos los dirigentes políticos. Pero a todos los une una corriente de desencanto que todavía no contiene en su amplia heterogeneidad ningún segmento opositor.

Esa es la marea que en estos tiempos desafía y desorienta al Gobierno y al peronismo. Allí están algunos gobernadores e intendentes bonaerenses mojándose los dedos para adivinar de qué lado sopla el viento. ¿Será la hora de promover la candidatura partidaria de Alberto Fernández? Al fin y al cabo, es un sillón figurativo que no le interesa demasiado a nadie pero que puede servirle para fortalecer una imagen que se viene deshilachando.

Está complicado este peronismo que no tiene líder. Porque a este Presidente sin el glamour de aquel patriarca de pandemias de los primeros meses se le suma Cristina, la verdadera dueña del poder en las sombras del Senado a la que nunca terminaron de confiarle. Básicamente, porque ella siempre les enrostró el pecado burocrático del pejotismo.

Es este peronismo el que se plantea la novedad de un 17 de octubre celebrado a través de la frialdad de las computadoras. “Te vamos a llenar el zoom de peronistas”, le prometen a Alberto una media docena de gobernadores que lo han visto todo y algunos gremialistas que, en otros tiempos, no salían de sus casas sin custodios o sin calzarse una 38 junto al cinturón. “Lorenzo Miguel nos hubiera cagado a trompadas si le ofrecíamos hacer un San Perón digital”, cuenta uno de los muchachos ya canoso y se agarra la panza para que las carcajadas no lo hagan caer del sillón donde está sentado.

Claro que hay otra imagen que preocupa por igual a peronistas y opositores. En la Quinta de Olivos estuvieron, separados por algunos metros, militantes y barrabravas que respondían al Gobierno y estos neo manifestantes a los que algunos encuestadores avispados bautizaron como “baby boomers”, para no llamarlos simplemente viejitos, como si eso fuera una descalificación.

También hubo conato de enfrentamiento en la esquina de Recoleta, donde vive Cristina y un grupo de activistas de ATE se ocupó de espantar a los caceroleros que se les arrimaban demasiado. Afortunadamente, no pasó nada. Pero está cerca esa explosión, la más temida por todos aquellos que todavía le apuestan una moneda a la racionalidad.

La Argentina siempre parece volver a Winston Churchill. “Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema”, decía hace ochenta años el hombre que encontró el camino para que la civilización sobreviviera a la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Lamentablemente, a nuestra actualidad le sobran fanáticos que siguen sin querer cambiar de tema.

COMENTARIOS