Opinión

Emily in Paris: al final las chicas solo quieren divertirse

Florencia Preti

Periodista en Nexofin. Estudiante avanzada de Ciencias de la Comunicación (UBA)

¿Pusimos acaso al creador de Sex and The City en un pedestal demasiado alto?

domingo 4 de octubre de 2020 - 11:29 pm

Una mujer joven y profesional, vestida con looks espectacularmente estilosos que jamás podría pagar (y viviendo en un departamento del que no queremos realmente saber cuánto sale el alquiler), logra hacer que todos los problemas de su vida se solucionen con una sonrisita and a little help from their friends. ¿Sex and the City? No, Emily in Paris.

La trama es simple: Emily (Lily Collins), una chica joven de Chicago, decide mudarse a Francia a tomar el trabajo de ejecutiva de marketing que su jefa (Kate Walsh) decide rechazar tras enterarse que está embarazada. Sin embargo, nuestra inocente palomita de protagonista no sabe francés y parece no estar enterada del renombrado desdén que tienen los franceses contra los norteamericanos, especialmente cuando estos no conocen su idioma pero pretenden hacerse cargo de la estrategia de redes sociales de sus compañías.

La nueva serie de Darren Star para Netflix retoma muchos de los clichés que lo llevaron al éxito con Sex and the City en 1998 (una chica amante de la moda que ama el amor pero no parece tener muy en claro qué le gusta en los hombres así que va a probar un poco de todo mientras está enamorada de su vecino, al que conocemos en el primer episodio) pero le agrega a la mezcla un par de estereotipos sobre el modo de vida de los parisinos (quienes aparentemente se levantan tarde, no parecen conocer el concepto de acoso sexual y se la pasan de bar en bar) y la sensación de que París es mucho más lindo (y seguro) de lo que es, con su comida, callecitas, viñedos y excesos siempre listos ‘for the gram’.

Pero donde la vida de Carrie Bradshaw era un dramón, la de Emily es un cuento de hadas donde siempre hay un guionista que agita su varita para poner los patitos en fila y darle a cada episodio un final feliz: ella es la mejor de la empresa (a pesar de la reticencia de su jefa, interpretada por la actriz Philippine Leroy Beaulieu), los clientes la aman al punto de cruzar la línea de lo profesional y, por supuesto, todos los franceses que hablan inglés se vuelven sus inmediatos sidekicks. Al final, el único real problema de Emily es qué hacer con Gabriel (interpretado por Lucas Bravo) el siempre servicial vecino con el que hay una evidente atracción pero tiene novia.

 

¿Es mala? No. Es graciosa y liviana, y se termina en una tarde de cuarentena antes de que te des cuenta de que te estás riendo de lo que pasa y de que puedas seguir en Instagram a Bravo, pero lo único que nos queda al terminarla es un desfile de looks preppy curados por la única e inigualable vestuarista Patricia Field, que a la vez parece sacados de Gossip Girl y más tuits sobre “la trama” (spoiler alert: la trama es Bravo) que sobre la calidad de la serie y la sensación de que, en un mundo de Handmaid’s Tale, Watchmen, Euphoria e Inconcebible, todavía hay lugar para series que solo quieren divertirse.

 

 

 

 

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