Opinión

La idea de que la calle fue siempre peronista, otro mito argentino

Pablo Mendelevich

Es colaborador habitual del diario La Nación y es columnista político del programa radial "El Exprimidor". Desarrolló la mayor parte de su carrera en los diarios La Opinión, La Razón y Clarín. Desde el 2003 dirige la Carrera de Periodismo de la Universidad de Palermo. Es uno de los fundadores del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA).

miércoles 16 de septiembre de 2020 - 5:54 pm

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación.

 

La idea de que la calle siempre fue peronista tal vez forme parte de los mitos políticos argentinos. Los recientes “banderazos” opositores incluso llevaron a algunos de sus artífices a celebrar un quiebre inédito del monopolio del peronismo en la ocupación de la calle, en consonancia con la ausencia de concentraciones oficialistas en el contexto de la pandemia. Sin embargo, en la génesis no fue así.

Se cumplen 75 años de la primera gran protesta callejera de la historia argentina. La Marcha de la Constitución y la Libertad, de marcado tono antimilitarista, aunó el 19 de septiembre de 1945 a vastos sectores de clase media, clase alta y dirigentes estudiantiles con una consigna seria y extravagante: pedía “el gobierno a la Corte”. En buen romance, el fin de la dictadura. Junto con el Himno se cantaba la Marsellesa. Iban en andas los rostros de varios próceres, con San Martín a la cabeza.

En un mundo que se acababa de reconfigurar con la derrota nazi y la rendición de Japón, la dictadura militar había levantado el estado de sitio (que enseguida se repondría) y permitió a regañadientes lo que sería la gran marcha “antinazi”, del Congreso a la Plaza Francia. Cuadras y cuadras de gente. Una multitud nunca vista hasta entonces, mucho más importante que la del entierro de Yrigoyen.

Los destinatarios eran un presidente relativamente débil, tan opaco como dócil, el general Farrell, y un vicepresidente fuerte, astuto, más brillante que todos sus camaradas, también el más ambicioso, vicepresidente que en los hechos manejaba el gobierno: el coronel Perón.

Justo ese día los tranviarios resolvieron parar. Perón hizo una arenga por radio para desalentar la concurrencia a la marcha y, otro truco viejo, agitó la posibilidad de que se produjeran desórdenes. Fue entonces cuando acuñó su consejo proverbial para los trabajadores leales: “De casa al trabajo y del trabajo a casa”. A los que saldrían a protestar los llamó “elementos foráneos”, “políticos desahuciados”, “plutócratas egoístas”. Solo le faltó decir que después, cuando terminara todo esto, se manifestarían los argentinos de bien.

La marcha detonó las internas militares, desencadenó conatos de golpe, resultó una estremecedora antesala de la crisis de octubre, que pondría a Perón fuera del gobierno primero, en Martín García después, luego en el Hospital Militar y por fin, la noche del 17 de octubre, en el balcón de la Casa Rosada, entre Farrell y las masas entusiastas, entre Farrell y los debutantes “descamisados”. Ese miércoles 17, consagrado día del nacimiento del peronismo (que en realidad ya había protagonizado un acto el 12 de julio “contra la reacción capitalista”), selló el destino argentino. Quedaron marcados la segunda mitad del siglo XX y, como mínimo, el primer cuarto del siglo actual. Nutridas columnas suburbanas de una clase social hasta entonces desconocida o ignorada en Buenos Aires se habían apoltronado en la Plaza de Mayo reclamando, con éxito, la reposición del jefe militar al que cuatro semanas antes, también un miércoles, otra multitud numéricamente más robusta y mejor vestida acusaba de nazi y exigía remover.

Ningún historiador discute ya el profundo significado que tuvo la volcánica irrupción obrera en el centro porteño en esa jornada bisagra, la del 17. Precisamente esa trascendencia explica en buena medida que el 17 haya podido eclipsar a la marcha de 28 días antes, a la vez soslayada ex profeso por exigencias del guion “revolucionario”. En 1945 el peronismo esquivó decir por qué cuando la “oligarquía” salió a la calle resultó más numerosa que cuatro semanas después, el día que salió “el pueblo”. Si la elite dominante era tan numerosa, algo no cerraba. La realidad fue que se trataba, simbólicamente, de medio país, algo que hoy es fácil de comprender. Excluir de modo revanchista al medio país que, prevenido contra el fascismo local -de una consistencia temeraria-, consiguió unirse en la Marcha de la Constitución y la Libertad sirvió para irrigar la antinomia maestra que Perón usaría para marcar a fuego el futuro argentino. Y que 75 años después insiste en reinventarse.

La Unión Democrática, una alianza multipartidaria preexistente, sería demonizada con un cóctel de verdades y mentiras, en ambas categorías hegemonizado por Spruille Braden, el torpe embajador norteamericano cuya obsesión por derrocar a Perón lo llevó a contaminar toda la escena. Que Braden marchó al frente de las columnas aquel 19 de septiembre, como repitió el peronismo toda la vida, no es cierto, pero eso no lo mejora demasiado, porque su injerencia en los asuntos internos de la Argentina de todos modos fue bestial e inaudita. Al cabo, la ayuda de Braden resultó muy eficaz, pero para Perón, que lo usó. Lo explicó él mismo. “Yo lo hacía enojar -rememoró Perón frente a Félix Luna en 1969-, y cuando se enojaba, atropellaba las paredes, que era lo que yo quería”. No hay duda de que una de las mayores genialidades de Perón consistió, doce días antes de las elecciones de 1946, en embutir su estrategia en el eslogan “Braden o Perón”.

Joseph Page analiza la paradoja de que los “republicanos” antinazis de la Marcha de la Constitución y la Libertad a la vez fueran golpistas: convencidos de ser mayoría, desconfiaban por completo de que el régimen militar ofreciera elecciones libres y querían la caída de Farrell y de Perón por cualquier medio. La historiografía peronista acierta, entonces, cuando dice que la marcha era golpista, pero omite un detalle: había una dictadura militar, no una democracia. Esa dictadura solo le había declarado la guerra al Eje cuando Hitler ya estaba vencido y el poderoso vicepresidente, un gran pragmático cuyo manejo de la ambigüedad haría historia, estaba lejos de que su arte fuera descifrado. Mucho menos bajo el imperio de las ideologías de la época, el amanecer de la posguerra bipolar.

Perón incluso confundía adrede (basta leer la reconstrucción de los diálogos reservados y cables que hizo Alieto Guadagni en Braden o Perón, de Editorial Sudamericana). No solo los partidos de la Unión Democrática tenían sobrados motivos para temer una sucursal mussoliniana, sino también “plutócratas egoístas” más encumbrados, como Truman y Churchill.

Decir que fue la marcha de la oligarquía (sin perjuicio de que incluyera clase alta) se parece bastante a las infaltables descalificaciones estrafalarias de ahora contra cualquier manifestación opositora de un gobierno peronista o kirchnerista. Participaron en verdad el 19 de septiembre de 1945 prácticamente todos los partidos políticos que habían actuado hasta el momento, los líderes del movimiento estudiantil mezclados con los representantes del establishment.

Pero aquella creencia de la política que asimila tamaño de la multitud en la calle con dominio de las urnas sufrió entonces un traspié, luego olvidado: para su sorpresa, la Unión Democrática perdió las elecciones (limpias) en manos de la flamante cría política de la dictadura militar. Obtuvo 1.207.080 votos, 280.000 menos que Perón.

La brecha, no tan diferente de la de 2019, fue de algo menos de diez puntos porcentuales. Cualquier pesadumbre por la circularidad de la historia argentina en cuestión de exclusiones y subdesarrollo persistente corre por cuenta del lector.

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