Opinión

El impuesto a la riqueza nos hará más pobres y lo pagarán los trabajadores

En materia impositiva lo transitorio suele volverse permanente. El impuesto a los bienes personales era transitorio y todavía sigue

lunes 14 de septiembre de 2020 - 5:30 pm

Columna de opinión publicada originalmente en Infobae

 

Los diputados del Frente para Todos Carlos Heller y Máximo Kirchner presentaron su proyecto de ley para establecer un nuevo impuesto al capital (por más que se lo llame aporte solidario). Según el texto difundido, este nuevo tributo al patrimonio se aplicaría por única vez y, de acuerdo con la información suministrada por los promotores del proyecto, solo alcanzaría a unas 12.000 personas cuyo patrimonio supera los $200 millones. El Gobierno dice que planean recaudar unos $300 mil millones los cuales se sumarían a los más de $150 mil millones que se recaudarían por bienes personales (hasta agosto ya se recaudaron $100 mil millones).

Puede parecer razonable que el Gobierno busque conseguir recursos en un momento de graves problemas económicos, pero, más allá de las razones para el impuesto, hay que entender que va a tener un costo, y por costo no me estoy refiriendo al impacto sobre las billeteras de los sujetos alcanzados por el nuevo impuesto. Los impuestos suelen distorsionar los márgenes que afectan los incentivos de los agentes económicos. Los impuestos sobre las ganancias del capital (impuestos a las ganancias corporativas o a los ingresos personales sobre las utilidades) y los impuestos sobre los stocks (bienes personales y este nuevo impuesto) afectan los incentivos a invertir ya que reducen la rentabilidad de la inversión después de impuestos. Obviamente uno puede pensar tranquilamente en que se joroben los inversores: si invierten menos y a una rentabilidad menor, entonces ganan menos plata. Ojalá ese fuera el final de la historia.

Si la rentabilidad cae, la inversión también. La disminución en la inversión puede parecer poco importante en el corto plazo, pero tarde o temprano se hace sentir. Con la caída en el stock de capital la productividad del empleo se desploma y esto se refleja en menores salarios. Puede parecer extraño a primera vista, pero los impuestos al capital los terminan pagando los trabajadores. Esto es lo que en economía se conoce como la incidencia de un impuesto.

Para entender este efecto veamos un ejemplo. Supongamos que el kilogramo de manzanas cuesta $100 y el Gobierno les aplica un impuesto a los productores de manzanas de $10 por kilo. Si el precio de las manzanas después del impuesto sigue siendo $100 entonces decimos que los $10 pesos del impuesto lo pagan los productores ya que ahora reciben $90 en lugar de $100 por kilo. Si el precio sube a $105 entonces el impuesto se reparte mitad y mitad entre productores quienes reciben $95 en lugar de $100 y los consumidores quienes pagan $105 en lugar de $100. Por último, si el precio con el impuesto sube a $110 entonces los productores les están trasladando todo el impuesto a los consumidores. Como regla general podemos concluir que la incidencia del impuesto difiere de quien tiene que pagar el impuesto de acuerdo con la ley y que los impuestos suelen recaer sobre aquellos agentes con menor capacidad de reacción frente al impuesto (los más inelásticos). Si los consumidores pueden sustituir fácilmente el consumo de manzanas por el de otras frutas entonces es poco razonable pensar que los productores de manzanas puedan aumentar el precio.

Volviendo al efecto del impuesto al capital, es razonable pensar que los inversores tienen mayor flexibilidad a la hora de reaccionar frente al impuesto que los trabajadores. En términos económicos decimos que la oferta de capital es muy elástica mientras que la oferta de trabajo es muy inelástica. Si este es el caso entonces como argumentamos con anterioridad el peso de los impuestos al capital va a terminar cayendo sobre los trabajadores asalariados.

Para terminar. Alguno puede criticarme mi razonamiento argumentando que el nuevo impuesto a la riqueza es un impuesto de emergencia que se aplicará una sola vez. Lamentablemente no puedo ver el futuro, pero el pasado me muestra que nuestra historia está llena de contraejemplos. Para empezar, casi siempre estamos en una situación de emergencia. Desde el 6 de enero de 2002 que estamos en emergencia económica por ley con excepción del periodo enero 2018 a diciembre 2019 en el estuvimos en emergencia económica de facto. Además, tenemos la desgracia que en materia impositiva lo transitorio suele volverse permanente. El impuesto a los bienes personales era transitorio y todavía sigue.

Lo mismo se puede decir del impuesto a los créditos y débitos y muchos otros tributos que hoy forman parte de la maraña impositiva que deben sortear las empresas y hogares argentinos. ¿Por qué habría de ser diferente esta vez? Yo no veo razón alguna para pensar que, de aprobarse en el Congreso, este nuevo impuesto no se termine transformando en una más de las herramienta que solemos utilizar recurrentemente “por única vez” como los defaults y las devaluaciones.

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