Opinión

El que depositó Albertos, recibirá Cristinas

Pablo Mendelevich

Es colaborador habitual del diario La Nación y es columnista político del programa radial "El Exprimidor". Desarrolló la mayor parte de su carrera en los diarios La Opinión, La Razón y Clarín. Desde el 2003 dirige la Carrera de Periodismo de la Universidad de Palermo. Es uno de los fundadores del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA).

miércoles 26 de agosto de 2020 - 5:32 pm

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación

 

No parece casual que Eduardo Duhalde haya estremecido al país con dos frases pronunciadas en lenguaje político extremo al día siguiente de que Alberto Fernández hubiese llevado ese lenguaje a su máxima potencia desde diciembre de 2019. El tono de la discusión política a veces tiene el comportamiento de la dinamita, la sola explosión de un cartucho detona al de al lado. Después de que el Presidente dijo que su antecesor inmediato le propuso que deje morir gente, otro expresidente aseguró que no habrá elecciones el año próximo y que existe riesgo de golpe de estado. Si en tiempos de delicada crisis el mensaje de quienes tienen responsabilidades de conducción es que todo puede empeorar y que el país puede estallar, ¿quién se ocupa de sembrar esperanza y, si fuera posible, de lidiar con el destino?

Como se sabe, los misiles que Fernández le disparó a Macri el domingo fueron dos. En el primero hacía una extraña comparación de los daños causados por el gobierno macrista y por el coronavirus (“a la Argentina le fue mejor con el coronavirus que con el gobierno de Macri”, fue la frase exacta) sin siquiera hacer mención de los miles de muertos que lleva causada la pandemia en el país. En el segundo trataba a Macri poco menos que de genocida, con el agravante de que no lo hacía en formato de opinión sino con el envoltorio de una información: según Fernández, Macri le aconsejó en una conversación privada poco antes de la implementación de la cuarentena dejar a la gente en la calle y “que se mueran los que tengan que morirse”.

Cabía esperarlo, Macri escribió una carta pública -fue forzado a romper su silencio desde Suiza- para desmentir las expresiones presidenciales. El episodio se insinuó como una reminiscencia de los graves desencuentros institucionales de 2015 con Cristina Kirchner. Al superhéroe Fernández no lo incomodó el delay, ciento cincuenta días de demora para denunciar a quien supuestamente lo había llamado en el verano, el villano Macri, no para pedirle que deje de morir gente, qué va, sino lo contrario, que la dejen morir: un villano hecho y derecho. ¿Pero por qué Fernández se habrá guardado durante cinco meses esta verificación caricaturesca de que, como suele sugerir Cristina Kirchner, Macri es abominable? Lo más probable es que no contó antes que Macri le había dicho que era mejor que se muriese la gente porque no fue cierto.

Técnicamente esto se llamaría una falacia del tipo argumentun ad passiones: apelar a las emociones. Macri, que no aclaró en su carta cómo había sido la conversación de marzo, pudo haber defendido algo parecido a la teoría contraria a la cuarentena estricta, la de la inmunidad colectiva, que por entonces enarbolaba Boris Johnson en el Reino Unido y que a su manera sostuvo Suecia, según la cual la población debería contagiarse en menos tiempo, poniéndose el foco en los grupos de riesgo y no en una protección indiscriminada al conjunto. De ahí a decir que levantó el teléfono para recomendarle al presidente que la gente se muera hay un buen trecho.

Pero Fernández demostró que su ataque feroz a Macri no fue un exabrupto. Le respondió a la réplica con pareja hostilidad y buscó, con éxito, hacer durar el tema en las primeras planas. ¿Una ofrenda a la vicepresidenta? Afirmar que Fernández evaluó que en este momento le conviene polarizar debido al inminente fracaso de la reforma judicial, a las internas oficialistas o lo que fuere quizás suene a una legitimación metodológica de lo que en verdad es una jugada incendiaria. Primera moraleja: el presidente de la Nación y su antecesor, líderes del gobierno y de la oposición (no líderes únicos pero sí centrales), al revés de lo que se creía y se celebraba, no pueden ni siquiera hablarse por teléfono. Si hablan no se entienden. O quedan expuestos a traición ulterior. Para la salud de la democracia es doblemente decepcionante, porque hasta ahora se pensaba que Cristina Kirchner era quien robustecía la grieta con su desprecio personal por casi cualquier opositor, pero que por suerte estaba el presidente, un fanático del diálogo, decía él de sí mismo.

Desde el domingo, en medio de una de las mayores crisis sanitaria y económica de la historia, las posibilidades de ir hacia un sistema en el que haya acuerdos entre las dos grandes coaliciones (recuérdese que la ganadora obtuvo hace 10 meses 48,24% y la perdedora 40,28%) están un poco más lejos. ¿Cómo harán ahora Fernández y Macri para hablar por teléfono y recordar -ya ni siquiera acordar- de un mismo modo las cosas que se dicen? ¿Con un escribano? ¿Fernández apuesta a un eterno Rodríguez Larreta, el equilibrista, como interlocutor?

En este contexto, lo de Duhalde, que sí fue un exabrupto (lo admitió él mismo el martes al arrepentirse) gozó, curiosamente, de cierta verosimilitud. No las advertencias concretas -que no habrá elecciones en 2021 y que existe riesgo de golpe de estado-, sino la idea subyacente de que todo irá peor, que el fantasma del 2001 revolotea sobre las pampas y que podría ser multiplicado.

Duhalde, visto el difícil contexto en el que le tocó actuar en 2002-2003, fue un buen presidente. Con Remes Lenicov y con Lavagna puso la economía en marcha, frenó el desbarajuste político, consiguió una aceptable paz social (pese a los asesinatos de Kosteki y Santillán, por los que estuvo a punto de caer) y, autoacortándose el mandato en forma no muy ortodoxa, logró llegar al final de su gobierno provisional. Pero su aporte histórico nunca terminó de serle reconocido, en parte porque se lo birló el sucesor, su delfín, quien a los dos años lo desplazó y se atribuyó para siempre toda la gloria de haber revertido el 2001.

Aunque como pronosticador Duhalde nunca fue muy certero (sus dos frases más famosas son “el que depositó dólares recibirá dólares” y “la Argentina, un país condenado al éxito”), podría decirse que como piloto de tormentas le sobra autoridad. Es una pena que la malgaste anunciando catástrofes en vez de echar luz sobre el modo de evitarlas.

Pero también es cierto que no es el único que habla de un futuro explosivo. La retórica catastrofista no solo estaría relacionada con los famosos ciclos disruptivos de la economía argentina y con un modo inestable de concebir la política sino con la falta de rumbo, la ausencia de planes consistentes tanto del gobierno como de la oposición. Hace pocos días el radical Ernesto Sanz hizo en un contexto partidario una pregunta retórica que fastidió al presidente: “¿Cuánto tiempo más demora esto en explotar?”. Sanz bregaba porque Juntos por el cambio formulara propuestas para ofrecer “una luz al final del túnel”, pero la pregunta prevaleció.

El futuro como abstracción también se difumina cuando el presente, lejos de seguir una guía reconocida, es rico en sorpresas. La iniciativa de expropiar Vicentin, la reforma judicial, el DNU de las telecomunicaciones, lo fueron, no solo para la sociedad en general sino, incluso, para miembros de las respectivas áreas del gobierno. Cuando la sorpresa es rutina -y esto va de la mano del desafío pandémico- el futuro es más impredecible.

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