Opinión

Duhalde logró que no se hable más de la reforma judicial

Christian Sanz

Director de Tribuna de Periodistas

Los rechazos se generalizaron y lograron cerrar la grieta por unas horas: propios y ajenos salieron a repudiar sus dichos

miércoles 26 de agosto de 2020 - 7:45 am

Columna publicada originalmente en Tribuna de Periodistas

Este miércoles será la madre de todas las batallas… eufemísticamente hablando, claro. Es que, en el seno del Senado, se discutirá la polémica reforma judicial impulsada por Cristina Kirchner en busca de zafar de sus problemas legales.

Será un mero trámite. Nada más. Por más que propios y ajenos —sobre todo ajenos— persistan en protestar y patalear, la norma hará “la gran Quini 6”: sale o sale.

Con un plus: el polémico agregado que refiere a la presión judicial por parte de los “poderes mediáticos”. Una cláusula que condicionará aún más el ya vilipendiado trabajo de la prensa vernácula.

La furia ciudadana ya se ha hecho escuchar el 17 de agosto y promete repetir la proeza mañana mismo.

Para el gobierno solo será “gente gritando”, como sostuvo Alberto Fernández luego de la movilización referida. Tal sordera le costará caro al gobierno, más temprano que tarde.

Como sea, en medio de la discusión del momento, el debate más relevante de los últimos años, apareció Eduardo Duhalde, con sus apocalípticos pronósticos, siempre en tono dramático.

En pleno prime time, el otrora presidente interino auguró improbables golpes de Estado cometidos por fantasmales militares. Los rechazos se generalizaron y lograron cerrar la grieta por unas horas: propios y ajenos salieron a repudiar sus dichos.

¿Quién no lo haría en un país plagado de golpes castrenses, forjados a fuerza de sangre y desapariciones forzadas?

Pero todo termino siendo bizarro, porque todos los análisis que hizo el periodismo terminaron siendo abstractos. Casi como discutir el sexo de los ángeles.

Entretanto, como se dijo, avanza la tan mentada reforma judicial, que terminará de socavar lo poco que queda de la República. En un camino invariable a terminar en la misma senda de países como Venezuela.

Todo en pos de salvar a un puñado de corruptos funcionarios que se han enriquecido de manera exponencial, con Cristina Kirchner a la cabeza, quien logró hacer crecer su patrimonio 3.540% en solo 8 años, sin poder justificar un solo centavo.

Los Boudou, los Cristóbal López, los Lázaro Báez, y otros, se muestran expectantes de lo que va a ocurrir mañana. Porque es su único “salvoconducto”, como bien lo sinceró Milagro Sala en su momento. “Sin reforma judicial no vamos a poder recuperar la libertad”, sostuvo la mujer, en un rapto de honestidad sin precedentes.

Sin embargo, todos hablan de Duhalde, como si hubiera hecho una gran revelación. Como si no se tratara de otro más de sus escandalosos presagios que jamás se cumplen.

A quien abrigue alguna duda, se lo invita a leer esta vieja nota de Tribuna de Periodistas, en la cual se relata algo ocurrido en el año 2007, luego de que el expresidente interino se reuniera con el entonces cardenal Jorge Bergoglio a efectos de hablar de la coyuntura del país.

Duhalde relató entonces que en un momento determinado el religioso le habló sobre una “profecía” en la cual aparecían “cadáveres colgando de columnas del alumbrado, muertes y disparos de armas de fuego”.

La aparente profecía se trataba de algo que ocurriría supuestamente en el año 2008 y, según el religioso, era necesario que se hiciera algo para detener la posible reelección de Néstor Kirchner o el ingreso de su mujer a la primera magistratura.

“Ud. doctor tiene la obligación de que esto no ocurra. Le pido que haga algo”, le habría dicho Bergoglio a Duhalde.

¿Ocurrió realmente lo antedicho o fue apenas un febril reflejo mental de los deseos del exjefe de Estado, exteriorizado como algo cierto? ¿No suena esa historia demasiado parecida a la que sostuvo en las últimas horas Duhalde?

Ciertamente, no vale la pena responder a ninguno de los dos interrogantes. Porque ahora mismo se juega el destino de la República en otro lugar de la historia. Duhalde, bien puede esperar.

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