Opinión

Sin espacio para euforias

Julio Villalonga

Periodista. Director de Gaceta Mercantil

sábado 8 de agosto de 2020 - 10:56 am

Columna publicada originalmente en Gaceta.com.ar

No hay lugar para euforias. Los desafíos, tanto internos como externos, son de una dimensión inusitada. Sin embargo, el acuerdo logrado por el ministro de Economía, Martín Guzmán, con la mayoría de los tenedores de bonos con legislación extranjera, esta semana, era un paso indispensable para poder empezar a pensar en los próximos obstáculos, que son variados.

El primero de ellos, en la cabeza de Guzmán, sería alinear a la totalidad -o lo más cercano a eso- de los bonistas con el acuerdo alcanzado con los que representaban a la mayoría, los ahora famosos BlackRock, Templeton y “ainda mais”.

En un país que vive entre los extremos desde hace décadas, los que pedían la cabeza del jefe del Palacio de Haciendo hace muy poco porque creían que naufragaba la negociación, se llamarán a silencio por un tiempo pero volverán apenas vean un resquicio para hacerlo. Siempre así sido así: aquí, la derrota de un funcionario clave se asocia a la del país; y son muchos y con poder los que viven de la carroña.

En el reportaje que le dio a C5N esta semana, el presidente Alberto Fernández disparó mensajes hacia varios destinatarios, adentro y afuera de su gobierno, adentro y afuera del país. Usó ese espacio con criterio y sin exitismo. Tiene en claro, es evidente, que, como dijo un dirigente del oficialismo con muchas batallas similares en las últimas décadas, el país “logró subirse a la lona”, nada más. Ni nada menos.

Ahora comienza el partido, un partido en el que mientras consigue que todos o casi todos los acreedores adhieran al nuevo canje, Guzmán encarará una segunda negociación, se presume que más amable y más rápida, con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Allí lo espera la búlgara Kristalina Georgieva, una católica practicante de fluida relación con el papa Francisco que ha dado señales inequívocas de que no piensa soltarle la mano a la Argentina. Claro, antes el país debía conseguir el acuerdo que Guzmán cerró en los últimos días. Allí no tenía potestad, aunque no se privó de dar su opinión durante todo el proceso, este año.

Entre los “lobos” de Wall Street la influencia de esas declaraciones de la titular del Fondo es relativa. Lo determinante fue el contexto global, la pandemia de coronavirus, que derrumbó la economía con una rapidez y profundidad que llevó al planeta a las estadísticas de hace un decenio: podría decirse que la última fue, sin duda, una década perdida.

Claro que a no todos los impacta igual la crisis. La Argentina la enfrenta con las defensas bajas después de diez años recesivos, casi sin interrupciones.

Si como afirma aquel adagio chino, toda crisis es una oportunidad, se deberá en buena medida a lo que comience a hacer el tándem Fernández-Guzmán en medio, decía, de un contexto internacional y local extremadamente complicado.

El Presidente se congratuló de haber elegido al hincha de Gimnasia y Esgrima La Plata a pesar de las dudas que generaba incluso en su entorno que un académico -por su perfil profesional- se hiciera cargo de una negociación clave y compleja como la que encaró. Usando una imagen usual en los deportes, podría decirse que eligió a un tapado. Sin embargo, la consistencia intelectual de Guzmán y su posicionamiento ideológico fueron dos cartas importantes. Y el hecho de que Cristina Kirchner lo “comprara”, determinante. Venía con el aval de Francisco, un Papa que influye desde hace tiempo en la línea de opinión económica cuyo representante más visible es el premio Nobel Joseph Striglitz. El operativo de “peronizar” las finanzas internacionales recibiría un espaldarazo milagroso con la pandemia.

En un reportaje concedido este viernes a la señal LN+, el economista Daniel Heymann, uno de los mentores de Guzmán, describió con precisión los desafíos de corto plazo que enfrenta la gestión de su alumno.

Por lo pronto, Heymann consideró que un acuerdo con los bonistas permitiría “ganar tiempo” para encarar los problemas estructurales de la economía argentina, que son “de larga data”, advirtió. Si al cabo de ese plazo que se sitúa allá por 2023/24, cuando el país deba comenzar a pagar nuevamente la deuda a privados y, si cierra un acuerdo con el FMI, con el Fondo, el actual gobierno no resuelve esos problemas de fondo, esta “ventana de oportunidad” habrá desaparecido, advirtió Heymann, que le heredó a Guzmán su cátedra en la Universidad de La Plata.

Aunque antes de comenzar el reportaje con Luciana Vázquez el prestigioso macroeconomista aclaró que hablaba a título personal, su cosmovisión es una con la del ministro. Y para Heymann, el próximo desafío de la Administración Fernández, muy complicado, será la discusión presupuestaria. Y recién luego podrá venir el siguiente -o simultáneo- problema, el del desarrollo productivo, que sin resolución hipotecará las posibilidades de la Argentina de cumplir con los compromisos dentro de tres o cuatro años.

Desigualdad

Se trata, nuevamente, del capitalismo con rostro humano. Caído el muro de Berlín y con la única ideología de la maximización de la renta, lo revolucionario pasó a ser sacar de la pobreza a la mayor cantidad de gente posible. Eso que hizo Lula en Brasil pero que terminó con su sucesora, Dilma Roussef, despedida por los mismos que se habían beneficiado de las políticas distribucionistas del PT en el poder. Y que le abrieron paso al salvajismo de Jair Bolsonaro. No existe una conciencia colectiva apegada al sentido común; o peor, muchas veces la tendencia es al suicidio o, al menos, a votar en contra de los propios intereses, en particular aquellos sectores medios que viven en una profunda confusión. Es entendible, el mundo en el que vivimos no ayuda al esclarecimiento.

El nuevo capitalismo debería fundarse sobre las bases de una proporción más razonable entre dólares financieros y dólares productivos. No parece ser la tendencia natural de las cosas, pero esa fórmula debería aparecer una vez que se disipe algo la bruma del coronavirus.

Mientras, los estados nacionales de todos los países afectados, sean potencias o no, han debido salir de manera masiva a intervenir en las economías para moderar la quiebra. Por un tiempo se han corrido del primer plano los personeros del “financierismo”, pero están prestos a volver ante la menor oportunidad.

Entretanto, el contexto internacional de corto plazo incluye un hálito de esperanza para los “productivistas”: Donald Trump parece enfrentar un proceso de reelección cuanto menos difícil el próximo 3 de noviembre. El caso del inquilino de la Casa Blanca es bien interesante. Surgido de una circunstancia fundamentalmente -aunque no completamente- local, el derrumbe de la clase política en EEUU, el turbio magnate inmobiliario se instaló en el poder sin hoja de ruta y con el objetivo de erigirse en el mejor presidente de su país en la historia. Su ego por encima de todo y de todos (y todas). No recibió nada de herencia política y no dejará nada, pero el planeta mutó en simultáneo con su ascenso y seguramente siga cambiando más allá de su caída, si se produce. Como un elefante en un bazar, Trump entró a la escena política estadounidense y mundial para acabar con todo lo que hubiera, no importa si funcionaba o no. Con todo lo establecido. Esa era su impronta y el tiempo dirá si su paso por el poder fue un hiato o el comienzo de una línea divisoria en la historia.

Está claro que, más allá o más acá de Trump, casi nada parece ser como era. Para bien y para mal.

Pero si Joe Biden le gana las elecciones, dentro de apenas 85 días, China seguirá quedando donde queda con todo lo que eso implica para EEUU y para el mundo. Y, aunque con un tono más educado y con mucho conocimiento de las relaciones internacionales, Biden deberá lidiar con eso. No es razonable esperar otra vuelta de campana hacia lo anterior, en la primera potencia mundial, porque sencillamente lo anterior, aquel estadio, ya no existe.

El futuro es un rompecabezas en plena construcción. ¿Hay lugar para “outsiders”, para teorías nuevas-viejas? ¿Hay margen para intentar algún corrimiento? Se verá.

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