Notas de Opinión

Un último esfuerzo, que el final está cerca

Luciano Lecchini

Economista. Corredor inmobiliario. APL inmobiliaria. Blog de Economia: aplinmobiliaria.com/blog.

jueves 30 de julio de 2020 - 5:29 pm

“No hay peor dolor que el soportable, porque no te obliga a cambiar”, me dijo Claudio Zuchovicki en una entrevista hace unos meses. Y creo que argentina está empezando a atravesar un dolor insoportable, de esos que nos obligarán a repensar todo nuevamente. Intentaré graficarlo de una forma diferente.

Unas vacaciones de verano, hace unos 17 años aproximadamente, estábamos con un amigo en el mar, y vemos que una persona mayor nos pide ayuda, porque se estaba ahogando. Mientras el guardavida cambiaba de color la bandera, porque algo en la correntada la hacía peligrosa, mi amigo y yo, con 2 temporadas de Baywatch encima, se nos hizo una obligación moral ayudarlo. En aquel momento, parábamos en un depto en un piso 19, que subía y bajaba a diario por escalera para entrenar. Creíamos que podríamos sacarlo sin problema. Como una bolsa de papa me lo cargué al hombro, y para no extenderme en el relato, la desesperación del hombre, de proporciones generosas, empujándome hacia abajo, no permitiéndome respirar al nadar, me consumieron físicamente en un par de minutos. Con lo último que me quedaba de energía, logré apartarme, miré hacia la orilla, y la vi demasiado lejos. No pude seguir en ese momento que hacía mi amigo, solo supe que estaba en problemas.

Hice lo que pude para sobrevivir, gastando hasta la última “gota” de energía, pero ya no podía mantenerme a flote. Tragué agua, que apenas alcancé a distinguir que era salada. Me dolía todo el cuerpo, ya no me respondía. Pasé más tiempo del ideal bajo el agua, sin poder ver claramente donde estaba, pero programado para sobrevivir, me jugué la última ficha. Llegué una vez más a la superficie y me pareció ver a una mujer: “auxilio”, balbuceé. Todo lo demás es borroso, una tabla de surf, un brazo de un hombre rodeándome el cuello, a quien recuerdo decirle “no puedo respirar”, y de repente arena bajo el cuerpo. Estaba en la orilla, acompañado de un dolor de cabeza insoportable. Mi amigo y el señor, también. Dos cosas más recuerdo de esa tarde: a mis viejos diciéndome de todo, y yo respondiéndoles “Lo volvería a hacer. No puedo no hacer nada si alguien se está ahogando y me pide ayuda”. Y lo segundo, llegamos al departamento, y en la televisión estaban pasando que dos adolescentes intentaron salvar a un señor que se ahogaba, y se ahogaron los tres, ¡en la playa de al lado a la nuestra! Ni siquiera sé cómo definir esto.

A los pocos días, fuimos nuevamente a la playa, mansa, de esas en las que no hay corriente ni olas, y quise meterme al agua para asegurarme que no me había quedado ningún miedo. No pude pasar de las rodillas. Por dentro me decía, “¿no era que lo volverías a hacer?”, “¿cómo podrías?”.

Cuantas veces en argentina sentí esto, que debía dar todo, un último esfuerzo para sobrevivir como privado (una persona que vive del fruto de su trabajo). El dolor se hace cada vez más intenso, pero al ser paulatino, como el sapo que se calienta en la olla, uno se va adaptando a estar cada vez peor. Sin embargo, esta vez es diferente. Estamos atravesando la crisis más importante de la historia argentina. Donde se acumularon errores de décadas, y cuando se venía una explosión extraordinaria, se sumó lo del coronavirus. Se debió dejar de medir la pobreza, que ya con altísima probabilidad supera el 50%, en un país que hace un siglo fue el más rico del planeta. El 50% de lo que recauda el estado es vía emisión de dinero, con la consecuente explosión de inflación que traerá cuando las personas puedan volver a la calle a consumir. El déficit del estado es record, la deuda no se arregla cuando es de las pocas cosas que podría solucionarse fácilmente, las empresas quiebran, la gente no resiste más.

Sin embargo le pido un último “manotazo de ahogado”. Un último esfuerzo, porque al final, hay recompensa. Esto es demasiado, creo yo, como para que no cambiemos. Algo interno nos obligará a tomar una decisión: o mejoramos, o nos vamos. En una economía con demasiados “ahogados”, quien resista se verá sin competidores, o con muchos menos. La rentabilidad, como manifestación de las carencias que tendrá la sociedad, volará a las nubes (ojalá algún día la clase dirigente entienda esto). Los impuestos, impagables, ante la supervivencia, no pueden ni siquiera disputar la batalla. Más aún cuando otros vecinos los bajan, para fomentar las inversiones.

Estamos obligados a cambiar, creo yo. Esta vez fue demasiado. El cuerpo tiene memoria, por más que intentemos olvidar. Lo que más lamento, es no poder salvar a todos los que piden ayuda. Perdón, no puedo. Ya lo di todo, no me queda energía. Y este, es mi último esfuerzo. Solo puedo decirles: no se rindan, el final está cerca, y como todo final, es a su vez, un nuevo comienzo.

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