Opinión

Los elogios de López Obrador a Trump dejan a Alberto Fernández en falsa escuadra

Claudia Peiró

Periodista. Licenciada en Historia. Premio Santa Clara de Asís 2014. Editora de Infobae

El Presidente argentino acababa de decir que sólo él y su par mexicano querían “cambiar el mundo” según una misma visión, cuando el líder mexicano ya se deshacía en halagos al mandatario estadounidense al que el kirchnerismo no se cansa de señalar

sábado 11 de julio de 2020 - 9:27 am

Columna publicada originalmente en Infobae

 

Alberto Fernández, hace 15 días: “A duras penas somos dos los que queremos cambiar el mundo, uno está en México, Andrés Manuel López Obrador, y el otro soy yo”

Andrés Manuel López Obrador, hace 3 días: “Usted (Donald Trump) no nos ha tratado como colonia (…) Se ha comportado hacia nosotros con gentileza y respeto. Usted nunca ha tratado de imponernos nada que viole o vulnere nuestra soberanía”

Alberto Fernández (ayer): “Siento que el gran secreto para que América Latina pueda asumir el desafío de la post pandemia es que las fuerzas progresistas se unan contra la derecha conservadora”

En una nueva conferencia virtual de esa suerte de unidad básica regional que es el Grupo de Puebla, Alberto Fernández volvió a exponer su idea de que la clave para superar la crisis es la homogeneidad ideológica en el subcontinente. ”El secreto para enfrentar los desafíos de la post pandemia será tener un progresismo unido en América latina para que no nos quiebre el conservadurismo”, dijo el presidente en un breve saludo a la Reunión Aniversario del Grupo de Puebla que tuvo lugar ayer, 10 de julio.

El desafío no es menor, si se considera que todos los miembros de ese grupo están hoy fuera del poder en sus respectivos países, salvo Alberto Fernández.

Un par de semanas atrás, en una teleconferencia con el ex mandatario de Brasil, Luiz Inácio “Lula” Da Silva, organizada por la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, el presidente argentino había dicho: “Yo no lo tengo a Néstor, no lo tengo al Pepe Mujica, no lo tengo a Tabaré (Vázquez), no lo tengo a (Fernando) Lugo, a Evo (Morales), no la tengo a Michelle (Bachelet), no lo tengo a (Ricardo) Lagos, no lo tengo a (Rafael) Correa, ni a (Hugo) Chávez”.

Y agregaba: “A duras penas somos dos los que queremos cambiar el mundo, uno está en México, se llama Andrés Manuel López Obrador, y otro soy yo”.

López Obrador, o AMLO por las siglas de su nombre, desautorizó ese alineamiento en el primer encuentro con su par estadounidense, durante el cual no escatimó elogios hacia Donald Trump, presidente que se destacó por sus declaraciones especialmente duras hacia México por no controlar la inmigración, amenazando incluso al país vecino con imponer aranceles a sus importaciones.

Andrés Manuel López Obrador, el presidente latinoamericano que, como Alberto Fernández, querría cambiar el mundo, se reunió este 9 de julio en Washington con Donald Trump y le dijo: “Usted no nos ha tratado como colonia, al contrario, ha honrado nuestra condición de nación independiente. Por eso estoy aquí. Para expresar al pueblo de Estados Unidos que su presidente se ha comportado hacia nosotros con gentileza y respeto. Nos ha tratado como lo que somos: un país y un pueblo digno, libre, democrático y soberano”.

Por si no bastaba, siguió: “Usted nunca ha tratado de imponernos nada que viole o vulnere nuestra soberanía. En vez de la Doctrina Monroe, usted ha seguido en nuestro caso el sabio consejo del ilustre y prudente George Washington, quien advertía de que las naciones no deben aprovecharse del infortunio de otros pueblos”.

La visita de AMLO tenía por objeto celebrar la entrada en vigencia, el 1° de julio, del nuevo tratado de libre comercio entre Estados Unidos, México y Canadá (T-MEC). Era el primer viaje del líder mexicano al exterior. En la reunión bilateral sólo se habló de temas comerciales; no de inmigración ni del muro que Estados Unidos quiere construir en la frontera.

Pero, frente a estas expresiones de López Obrador, no faltó quien recordara que el presidente estadounidense había llegado a decir: “(Los inmigrantes mexicanos) traen drogas, crimen, son violadores y, supongo que algunos, son buenas personas”.

Es cierto que, tal vez preparando el terreno, el mes pasado Donald Trump había calificado a López Obrador de “gran tipo”. Y no hay duda de que ambos países tienen una abultada agenda común y una fuerte interdependencia, como para que sus presidentes se den el lujo de no llevarse bien.

Pragmatismo obliga, Trump devolvió ahora las obsequiosas palabras de AMLO llamándolo su “amigo” y calificando a los mexicanos residentes en Estados Unidos como “gente fantástica” y “muy trabajadora”.

“Hemos tenido una gran relación desde el principio, y quizá fue contra todos los pronósticos. Mucha gente apostó en contra de eso. Pero han aprendido a no apostar en contra de nosotros. Creo que eso en México lo han aprendido”, abundó Trump.

Y López Obrador cerró: “Fallaron los pronósticos: no nos peleamos, somos amigos y vamos a seguir siendo amigos. Con este acuerdo, con respeto a nuestras soberanías, en vez de distanciarnos estamos optando por marchar juntos hacia el porvenir”.

Un realismo bilateral absolutamente comprensible, en un mundo que todavía no ha podido medir la amplitud de las consecuencias económicas de la pandemia y que obligaría por lo tanto a todos los líderes con responsabilidades de gobierno a la prudencia y a la desideologización de las relaciones.

Un contexto que vuelve más incomprensible la insistencia de Alberto Fernández de militar personalmente en el Grupo de Puebla, en vez de delegar esa tarea en su corriente partidaria, a pesar de que sus participaciones en ese foro ya lo han enemistado con algunos de sus pares por discursos que rozan la injerencia en asuntos internos de otros países, como cuando convocó a la oposición chilena a unirse para desplazar a Sebastián Piñera del gobierno.

Varios de los ex mandatarios participantes en ese foro -esos a los que Alberto Fernández extraña y menciona uno por uno-, de volver al poder, ¿actuarían como AMLO o como el presidente argentino? ¿Moderarían sus expresiones anticapitalistas y presuntamente antiimperialistas o seguirían culpando a Washington de todos sus males?

El minué que Alberto Fernández acaba de protagonizar con AMLO y Trump es además un déjà vu para el krichnerismo. Lo mismo que le sucede al mandatario argentino hoy con su par mexicano, le pasó a Néstor Kirchner con Lula en la cumbre de Mar del Plata en 2005: también el fallecido ex presidente creyó entonces que él y su par brasileño actuaban de consuno en el show progresista que montaron para decirle que no al ALCA (Acuerdo de Libre Comercio de las Américas). Algo que bien podían haber hecho sin necesidad de destratar al presidente de los Estados Unidos, George W. Bush.

Los Kirchner no se privaron de nada en aquella ocasión: llegaron hasta a organizar ellos mismos una contracumbre en la que se sucedieron los discursos insultantes hacia el mandatario estadounidense.

Pero, concluida la reunión de Mar del Plata, Luiz Inácio Lula Da Silva, que se había mantenido en un discreto segundo plano dejándole la voz cantante y los exabruptos a Néstor Kirchner, se apresuró a volar a Brasilia donde se iniciaba una visita de Estado del presidente norteamericano, durante la cual ambos dirigentes arreglaron todos sus temas pendientes. El trato obsequioso que Lula le dio a Bush en esa ocasión operó como implícito desagravio de Mar del Plata.

¿Sacó el kirchnerismo la lección de aquellos acontecimientos? Cabe dudarlo. Cristina Fernández de Kirchner, cuyas dos gestiones (2007-2015) coincidieron casi exactamente con los dos mandatos de Barack Obama (2009-2017) como presidente de los Estados Unidos, nunca fue recibida por su par estadounidense, cuyo triunfo electoral ella celebró con una encendida carta de dos carillas; exageración diplomática que no hacía sino confirmar la permanente confusión de planos que es marca registrada del kirchnerismo en política exterior.

Los agravios al presidente estadounidense en Mar del Plata no fueron tomados por ese país como insultos a un republicano, a un partido, sino al país. Por eso Obama nunca se reunió con Cristina Kirchner, por más que ella pudiera creer que una afinidad ideológica con él estaría por encima de los vínculos a nivel estatal.

Ahora mismo, la política exterior actual es una continua confusión de planos. El presidente argentino desgasta su autoridad participando en un foro donde dirigentes de otros países se sirven de su nombre en acciones que incluso van en contra de los intereses que Alberto Fernández debiera encarnar. Intereses que, entre otros temas, incluyen una dura negociación con nuestros acreedores.

La confusión de planos lleva a ideologizar relaciones que deberían estar inspiradas por la agenda estratégica del país. Si tenemos que esperar a que los miembros del Grupo de Puebla vuelvan al gobierno en sus respectivos países, bajemos la persiana.

El mundo no es ni bueno ni malo. Es el que es y en él y con él hay que actuar. Un presidente no debe comprometer las chances de su país, del Estado que debe conducir, por opciones partidarias estériles que sólo sirven para reducir su margen de maniobra internacional, complicando aún más la ya comprometida perspectiva económica de la Argentina.

En el mismo diálogo con Lula en el cual dijo que sólo él y AMLO querían “cambiar el mundo”, Alberto Fernández acusó a Estados Unidos de “romper la Unasur” y de hacer “todo lo posible para que la Celac desaparezca” y además se quejó de que “no conformes con eso, todo el continente fue a correr para que Estados Unidos presida por primera vez el BID”. Un sitio que esperaba ocupara la Argentina a través de Gustavo Béliz.

El gobierno argentino cae en la incongruencia de adoptar un discurso post bolivariano -por llamarlo de algún modo- para luego hacer trascender por ejemplo que espera una actitud amigable del presidente de los Estados Unidos en la renegociación de la deuda, uno de los principales obstáculos a vencer por la Argentina para siquiera empezar a soñar con una recuperación.

No funcionan así las cosas en el mundo. La experiencia kirchnerista previa debería indicárselo. O bien, ya que siente comunidad con Andrés Manuel López Obrador, quizás Alberto Fernández debería aprender de su pragmatismo.

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