Coronavirus

La gestión de la incertidumbre

Cecilia Arizaga

Socióloga.

A diferencia de lo que estaba ocurriendo, ante la pandemia pareciera que la gestión de la incertidumbre ya no se puede librar de modo individual, ni será el mercado el que nos rescate

sábado 4 de julio de 2020 - 1:51 pm

Columna publicada originalmente en Perfil.

Transitamos una época en donde la incertidumbre se ha vuelto parte de nuestra vida cotidiana. Desde ese contexto no es algo nuevo. El capitalismo actual rompió con todas las marcas de estabilidad que caracterizaron al sistema en las diversas vertientes del Estado de bienestar de la posguerra. Ese sistema empezó a desmoronarse avanzando la segunda mitad del siglo pasado para cerrar su ciclo con ímpetu en los años noventa cuando se instaló la cultura de la flexibilidad. Desde allí para acá somos seres expuestos a una constante incertidumbre que suele esconderse en palabras como “flexibilidad”, “adaptación” y “autonomía”. Esta incertidumbre de la flexibilidad tiende a focalizarse en el trabajo (¿quién piensa hoy en un trabajo para toda la vida?) pero lo cierto es que se expande a todo el mundo de vida (¿qué hay hoy para toda la vida?). Se trata de una incertidumbre que viene del mundo de lo cotidiano, de lo habitual, y en ese aspecto podemos decir que está dentro de lo que entendemos por “la cultura” en el sentido de lo que las personas hacemos para llevar nuestra vida adelante en el marco socio histórico que nos toca.

Hoy ante la pandemia nos enfrentamos a una incertidumbre de nuevo tipo. Abundan los discursos del “enemigo invisible” que por un lado traen la metáfora de la guerra y por otro aparece la idea de un peligro que percibimos como por fuera del sistema, por fuera del orden de la cultura, más bien algo desconocido del orden de la naturaleza, de lo no manejable. Ambas miradas colocan el problema por fuera de los dominios del quehacer humano. Es decir, desestiman lo que los humanos hemos hecho con el medio ambiente y con la construcción de una sociedad crecientemente desigual como motores de la emergencia y avance del virus.

A diferencia de lo que estaba ocurriendo, donde cada uno y cada una iba gestionando la incertidumbre a su modo y como podía de acuerdo a sus capitales sociales, culturales y económicos, ante la pandemia pareciera que la gestión de la incertidumbre ya no se puede librar de modo individual, ni será el mercado el que nos rescate. O al menos no parece ser suficiente si bien el virus vino a refregarnos en las narices el modo en que la desigualdad nos divide hasta para tener o no agua para higienizarnos.

Los que en la añeja “normalidad” vivimos en situaciones de bienestar muchas veces creemos que el Estado es una molestia que hay que reducir a su mínima existencia. Por el contrario, quienes conviven con la vulnerabilidad la propia experiencia de vida los enfrenta a la necesidad de contar con un Estado compensador de desigualdades. El tema es que hoy todos somos vulnerables, aunque unos más que otros y otros más iguales también, como en la fábula de Orwell. Será cuestión de dar un giro en cuanto al posicionamiento individuo-Estado.

La sociología habla de des-velar como la acción por la cual la mirada sociológica intenta correr el velo para descubrir los entramados de poder que se esconden bajo aquello que nos resulta “natural”, inamovible. La pandemia está desenmascarando escenarios sociales de un modo extremo: ¿cómo nos comportamos con el medio ambiente y con los seres humanos con los que compartimos este planeta? Es una oportunidad de des-velar y actuar. También está la posibilidad cierta, y hasta ahora bastante más afianzada, de profundizar en lo que estábamos: encerrarnos más porque el otro se vuelva una amenaza, otra más que se suma al listado, la de contagiarnos y así agudizar tendencias a la estigmatización y el miedo al otro. En definitiva, ahondar en la desigualdad social en una sociedad que ya estaba eligiéndola muy activamente, aunque diga lo contrario, como dice el sociólogo Francois Dubet.

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