Opinión

¿Qué podemos hacer?

Carlos De Angelis

Sociólogo. Es docente y especializado en opinión pública. Colabora con artículos periodísticos en distintos medios.

El mandatario se resiste por ahora a impulsar un ‘albertismo’ que pueda hacerle frente a los halcones del kirchnerismo

lunes 22 de junio de 2020 - 12:10 pm

Columna publicada originalmente en Perfil

El caso Vicentin reflota la idea que Cristina Kirchner es quien escribe el libreto del gobierno nacional entre bambalinas.

Táctica o estrategia. Para algunos fue cristalino como el cuarzo que Cristina sería presidente en las sombras desde el día 18 de mayo de 2019 en que presentó la candidatura de Alberto Fernández reservándose para sí la vicepresidencia. En su momento esta novedad sacudió a la sociedad argentina, y con gran trascendencia en la prensa internacional por lo inusual de la situación. Quedaba claro que en Argentina los partidos políticos son una ficción, Mauricio Macri también se había autoelegido, así como los demás candidatos a la presidencia. Muchos vieron en la movida de Cristina una genialidad estratégica, pero también quedaba flotando la duda si la decisión no estaba marcada por sus propios límites electorales: su núcleo duro (entre el 25 y el 30%) la iba a seguir acompañando, pero probablemente no le alcanzaría para batir a Macri en una posible segunda vuelta. Esto marca tanto la importancia de un sector independiente en su voto, así como la supervivencia de un votante peronista no K que podía preferir en última instancia otro mandato de Macri antes que a Cristina.

Terceros en discordia. Alberto Fernádez fue eficiente en varios aspectos, ejecutando con rapidez la recomposición del panperonismo atrayendo a los gobernadores que sucesivamente se habían distanciado del kirchnerismo, así como también la reconciliación con Sergio Massa y otros dirigentes de menor peso, lubricando la construcción del Frente de Todos. En la palabra “todos” orilla también el error estratégico de Cambiemos de no generar una fuerza secundaria con capacidad de succionar votos peronistas. En 2015 la boleta Massa-de la Sota obtiene en primera vuelta el 21,4%. Si la mitad de estos votantes se hubieran sumado a, 37% de Scioli-Zannini, éstos hubieran tenido un triunfo contundente. En 2017 cuando los reflectores apuntaban a la elección para la banca de senador en la provincia de Buenos Aires y la principal confrontación se daba entre la expresidenta y Esteban Bullrich surge una cuarta opción que encabeza Florencio Randazzo. Nuevamente si el 5,4% de Cumplir se hubiera sumado al 37,3% de Cristina, la ex presidenta no hubiera perdido la elección, y habría evaluado que sus posibilidades estarían intactas para dos años más tarde.

También la movida de Cristina de correrse de encabezar la fórmula fue mediáticamente efectiva. Si bien algunos comunicadores ostensiblemente antiK repetían hasta convertirse en inaudible el mantra de “van a votar a la jefa de la banda”, una parte del electorado comenzó a reconocer en Alberto Fernández algunas cualidades que se consideraba relevantes en su momento, como por ejemplo haber planteado fuertes críticas a la política de Cristina y suponer que precisamente que no sería simplemente un delegado.

Decisiones. Hoy, más que nunca el Presidente se encuentra frente a la famosa frase que inmortalizara Lenin: “¿qué hacer”. Qué hacer con una economía en terapia intensiva, en una dura negociación con los acreedores privados (y con el FMI esperando en la cola para cobrar), con el Estado pagando la mitad de los sueldos de buena parte del sector privado, regulando por decreto los haberes jubilatorios, postergando paritarias, prohibiendo los despidos en el sector privado, proponiendo pagar en cuotas el aguinaldo, congelando las tarifas de los servicios públicos por lo menos hasta fin de año, entre muchas otras acciones que van emergiendo y que se modifican hora a hora, como la moratoria universal (¿y nuevo blanqueo para capitales en el exterior?) En este marco se debe sumar una indeterminada cantidad de empresas que estarían por ir a la quiebra por la sumatoria de la larga recesión económica de los años de Macri agudizado por los efectos de la pandemia, y la histórica escasa voluntad empresarial para invertir y generar nuevos mercados.

Las voces de la discordia. Vicentin, es la punta de un iceberg muy profundo. Simbólicamente es como si quebrara Apple o Google en los Estados Unidos. Sin embargo, la propuesta de la estatización generó escozor en una parte de la sociedad, especialmente en aquella que sin haber votado a Fernández ha ponderado sus cualidades en el manejo sanitario de la pandemia (que tras la larga cuarentena vuelve a recrudecer), y la despolarización política efectuada al encontrar una causa superior para tender puentes con la oposición.

En estos precisos momentos el Presidente escucha dos voces. Una de ellas señala que la salida a la crisis es recreando algunos mecanismos del primer peronismo, como por ejemplo el control estatal directo de las exportaciones. Nacionalizaciones, estatizaciones y nuevas regulaciones serían palabras en el diccionario predilecto de estas políticas. La otra voz sugiere la búsqueda de alternativas más complejas, más propias del tercer peronismo, como forjar un nuevo pacto social que involucre al empresariado y a las centrales obreras (actores casi ausentes en la nueva anormalidad), o la creación de empresas mixtas públicas privadas.

Una posible lectura política (un tanto lineal) sindica que quienes impulsan las primeras políticas serían los sectores más radicalizados del kirchnerismo, mientras que las alternativas emergen de los otros socios del Frente de Todos. Este último sector (de naturaleza heterogénea) se visualiza débil para contrapesar en la discusión a los halcones de la coalición, y piensan que la generación de un “albertismo” podría mejorar la correlación de fuerzas al interior del Frente, e incluso atraer electoralmente a los sectores medios hoy alérgicos a Macri. Sin embargo, Alberto Fernández por ahora resiste a la idea. Conoce mejor que nadie el esfuerzo político que implica este posible movimiento: operó la ruptura con el duhaldismo en 2005, también tuvo un rol importante en la candidatura presidencial de Massa en 2015 y fue jefe de campaña de Randazzo en 2017.

Con estos antecedentes prevalece la idea de que el riesgo de romper el Frente de Todos es enorme, sin embargo, otro riesgo es que el rol de equilibrista que ejerce Fernández hoy sea leído por propios y ajenos como signo de debilidad.

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