20 de Junio

Que nuestra bandera sea la educación

Magdalena Fernández Lemos

Politóloga y docente. Directora Ejecutiva de Enseñá Por Argentina.

La pandemia lleva a otros tipos de celebraciones. Pero a la vez, es un tiempo de reflexión sobre los desafíos educativos

sábado 20 de junio de 2020 - 8:31 pm

Columna publicada originalmente en Perfil.

Cerca de cada 20 de junio, miles de estudiantes de 4to grado se paran nerviosos y expectantes en un acto escolar, les toca ser protagonistas de esta fecha patria: es el día en que hacen su promesa a la bandera. Este año, sin embargo, eso no va a suceder, al menos no de la misma manera que venía sucediendo. Es una más de las tantas tradiciones que la pandemia ha puesto en suspenso. Puede ser, también, una oportunidad para observar, desde la distancia real y metafórica que impone este nuevo contexto, el sentido de nuestras costumbres; para preguntarnos, por ejemplo, por el significado de las banderas.

Sabemos que las banderas son instrumentos de señalización e identificación pero son también grandes condensadoras de sentido, capaces de sintetizar en un elemento una multiplicidad de variables: sentimientos, emociones, historias, presentes y futuros. Son a la vez depositarias de los vínculos más íntimos y personales, garantes de la unión entre pares, de la solidaridad comunitaria, de los imaginarios compartidos. En algún punto, las banderas son lo que queramos que sean, son el resultado de pactos y convenciones, son la prueba de la fuerza de nuestras invenciones devenidas en convicciones. Son una mezcla de tradición y de esperanza.

Me pregunto, entonces, si pensáramos en una bandera para la educación, ¿cómo sería? Me imagino una insignia capaz de unirnos, que nos permita reconocernos en la diversidad; que no esconda un aquí de un allá, que no fomente sentidos de pertenencia restrictivos que nos dividan. Una bandera que nos recuerde cuáles son nuestras prioridades para que éstas nos guíen hacia un futuro más equitativo, más justo, más libre; que nos muestre lo que falta por hacer y nos impulse a ir a buscarlo, todos los días, comenzando ahora.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. En mi caso, y probablemente les pase a muchos y muchas, cuando hago el ejercicio de buscar una imagen que describa una bandera, lo que me devuelve la memoria es un trozo de tela flameando, en movimiento, revelando sus pliegues y mutando de forma. Así me imagino, también, a la bandera de la educación: capaz de moverse, de transformarse, de acompañar esos nuevos vientos que soplan.

Hoy las escuelas están cerradas, no hay actos ni recreos, pero las clases siguen: la educación no entra en cuarentena. La inequidad, lamentablemente, tampoco. Hoy la bandera de la educación está a media asta, y solo podremos izarla con orgullo cuando hayamos construido un sistema educativo que sea realmente de y para cada estudiante; que sea el camino para la transformación colectiva, no la vía para perpetuar privilegios. Creo en una bandera que sea nuestro suelo y nuestro cielo: que nos recuerde nuestras tradiciones, que nos permita pararnos en pie de igualdad; que nos haga libres y nos permita volar tan alto como deseemos.

En la promesa a la bandera, los y las estudiantes prometen defender los valores que representa la insignia patria: libertad, igualdad y solidaridad. Es una hipocresía pensar que esto puede cumplirse en tanto no tengamos un sistema educativo que lo garantice y es una irresponsabilidad absoluta que no trabajemos incansablemente para que así sea. Hasta entonces, propongo que este 20 de junio sea un día de introspección, con la esperanza de que en un futuro cercano tengamos motivo para celebrar.

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