Opinión

Sobre nuestra libertad

Gabriel F. De Pascale

Doctor en Filosofía. Profesor Titular de Derecho Constitucional y Derechos Humanos.

sábado 13 de junio de 2020 - 10:04 am

¿Qué significan las frases “estoy a favor de la vida y no de la muerte”? ¿“prefiero fabricas vacías por cuarentena y no por obreros muertos”? ¿“entre la vida y la economía siempre estaré a favor de la vida”? ¿”de la crisis económica se vuelve y de la muerte no”?, y otras frases por el estilo con las que desde discurso oficial los gobernantes nos insultan diariamente haciendo un reduccionismo tribunero y sensacionalista que simplifica a niveles de primates el problema, que radica justamente en buscar –ponderando las circunstancias- el equilibrio entre ambos valores.

Este discurso oficial no hace otra cosa que clausurar lo que queremos proponer aquí, un debate serio, abierto y razonado sobe las restricciones a nuestras libertades y la destrucción de nuestra economía. Se trata de un planteo binario: ser un asesino materialista o un gobernante magnánimo que cuida de la vida y la salud de su pueblo.
Justamente en momentos de emergencia es donde el gobierno debe extremar los instrumentos de la democracia: el debate público, el acuerdo parlamentario, la integración de todas las voces. Sin embargo, los titulares de los “Poderes Ejecutivos” empezando por el nacional, pero sin dejar de lado los provinciales e inclusos los municipales, se comportan como verdaderos Príncipes. Nadie quiere que nadie se muera, lo que no queremos es ser tratados como ovejitas estúpidas.

Pero veamos un segundo ese discurso oficial del poder: No es cierto que la vida –en el caso que estuviera seriamente amenazada- siempre sea la opción que elegimos. En todo caso es una cuestión de medida, grado o proporción. Un ejemplo extremo y obvio- solo para poner en tela de juicio este debate vida-muerte: el año pasado, en Argentina hubo 20 muertos por día en accidentes de tránsito; unos 7000 por año -sin contar heridos, lisiados, etc.- y a nadie se le ocurre ni evalúa por un segundo suspender el tránsito automotor. Si bien sabemos que circular en automóviles costará vidas, lo asumimos como una consecuencia, incluso cuando nuestra vida misma está en juego. Repito, es cuestión de utilidad.

La foto donde obreros están almorzando sobre una viga de acero colgando en el aire en la construcción del Empire State, es conmovedora, (luego supe que es una foto posada y que tampoco están en el Empire State). Pero realmente trabajadores inmigrantes europeos y canadienses perdieron la vida en la construcción de ese edificio, y eso fue asumido como un costo por la aseguradora. Eso ocurre continuamente en todo el mundo. Lo que hacemos es sumar medidas de seguridad, no suspender las construcciones.

Obviamente que estos ejemplos son arbitrarios y nada comparables con esta situación de pandemia. Solo sirven para poner en tela de juicio la vedada afirmación de que la vida y la salud son valores absolutos.

Con el discurso maniqueo y totalitario de vida o muerte solo se pretende silenciar a quienes –de muy buena fe- piensan que hay que poner otros valores en la balanza. La salud y la vida son valores que apreciamos muchísimo pero no son absolutos. Y que, como dice el himno nacional, la libertad -en casos extremos- podría hacernos jurar con gloria morir.

Teniendo en cuenta la magnitud del problema –incluso tomando como cierta la gravedad que le imponen nuestros gobernantes, no compartida en otras latitudes-: ¿que porción de nuestra libertad debemos ceder? Y en todo caso, ¿quien podría disponer de ella?

Partamos del principio que somos del todo libres menos la porción de esa libertad que cedimos al Estado en función del bien común. No al revés. El Estado no nos concede nuestra libertad, somos nosotros los que cedimos una parte de ella para vivir en sociedad, y conservamos todo el resto.

¿De dónde surge este poder discrecional de un gobernador o un intendente para prohibirnos salir a caminar con nuestros hijos o decidir si un comercio, o una actividad va a abrir, o si una profesión puede funcionar o no? Aterrado presencié cómo un colegio de abogados le pide al ¿¡Intendente!? que les permita abrir sus estudios jurídicos.

En Tierra del Fuego se pretendía que una aplicación indique cuándo se puede salir 3 horas. Un código QR se pone verde para salir, y antes que se ponga rojo hay que ingresar. La policía controla. Al final aclararon que el trackeo se puede desconectar. ¡Menos mal!

El gobernador de tal provincia decide que a partir de tal fecha se puede abrir el comercio. ¡Gracias! ¡Que benevolencia! Tengan en cuenta que podría haber dicho que no. Como pasa entre la Ciudad Buenos Aires y la Provincia, donde la política tiñe el destino de nuestras elementales libertades.

Toda emergencia tiene un límite, y claramente aquí –bajo estas circunstancias- repito, todo es cuestión de medida, se atravesaron groseramente.

Estas restricciones a nuestras básicas libertades personales en manos de los poderes “ejecutivos”, donde los otros poderes no juegan ningún rol, son repugnantes a sistema republicano aun en su más austera dimensión.

Como la Constitución lo obliga, al Congreso no le quedó alternativa que tratar y aprobar muy a destiempo, y desfasado de los acontecimientos, –vimos toda la comedia previa a las sesiones virtuales- los DNU que emitió el presidente, para algunos de ellos imponiendo la mayoría oficialista. Triste papel de espectador el del Órgano representante del pueblo.

Nuestra Corte como guardián de nuestros derechos constitucionales, ¿no tiene nada que decir?

Se trata de un manejo sin precedentes de la biopolítica en términos focaultnianos.

Toda restricción a la libertad debe tener fundamentos muy claros, ser limitada en el tiempo y debe ser decidida en los ámbitos democráticos más amplios disponibles. En este estado de cosas no hay poder que pueda contraponerse al cada vez más creciente y desmesurado poder de los “ejecutivos” y eso no es bueno. Y mucho peor si lo que se pretende es un juego de todo o nada donde quien ose querer plantear la discusión pública sobre las libertades individuales y las desastrosas consecuencias económicas y personales de la cuarentena, está a favor de la muerte.

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