Opinión

El estado de las cosas

Carlos De Angelis

Sociólogo. Es docente y especializado en opinión pública. Colabora con artículos periodísticos en distintos medios.

Alberto Fernández inició un giro en su construcción política que no pasó desapercibido para el establishment

lunes 8 de junio de 2020 - 10:50 am

Columna publicada originalmente en Perfil

Es probable que la idílica idea de alcanzar nuevos consensos políticos estructurales para lograr un cambio “sostenible” para la Argentina haya pasado con la velocidad de un tren bala por delante de nuestros ojos.

¿Testamentos o testimonios? La narrativa es breve, el primer mes y medio de la decisión presidencial de llevar al país al aislamiento social preventivo y obligatorio (ASPO) obtuvo la adhesión de más del ochenta porciento de la ciudadanía. Una cifra inusual para una sociedad polarizada. Aun en la era de la desacralización del mundo, la sigla ASPO fue rápidamente reemplazada por la palabra “cuarentena” que tiene un origen religioso.

Según el Antiguo Testamento de la Biblia, Moisés estuvo cuarenta días y cuarenta noches -sin comer pan, ni beber agua- en el desierto del Sinaí hasta que recibió de Dios las tablas de la ley talladas en piedra. El Nuevo Testamento presenta una alegoría similar cuando Jesús se retiró por cuarenta días y sus noches al desierto antes de predicar y formar a sus discípulos donde fue tentado tres veces tentado por el diablo: “no sólo de pan vive el hombre” fue la una de las más renombradas respuestas de Jesús frente a la tentación. La cuarentena implica en el sentido religioso la purificación del alma, una respuesta no tan lejana a la que dan los infectólogos aplicado a los procesos biológicos.

Sin embargo, el consenso social obtenido en la primera etapa de la cuarentena no se tradujo en un pacto social, económico y político que permitiera sacar al país del desierto real y simbólico en que se encuentra el país y que se remonta a prácticamente una década. Por el contrario, las decisiones políticas tomadas frente a la pandemia se volvieron a reintroducir en la grieta que llevó por ejemplo a un grupo no muy numeroso a manifestarse en Plaza de Mayo con consignas “anticuarentena” y otro grupo -ya en redes sociales- reclamando a los medios de comunicación que no difundan tal manifestación, bajo la incauta idea de que lo que no se muestra en los medios no existe. Sobre los inclasificables anticuarentena las interpretaciones de su accionar y su densidad ideológica fueron desde que se trataba de un grupo marginal extravagante hasta la propia encarnación de Steve Bannon, reconocido estratega de la nueva derecha mundial.

Infectomanías. Por otra parte, un grupo de 300 personas, algunas ligadas a Cambiemos bajo las categorías de intelectuales, profesores, periodistas, profesionales y ciudadanos, presentaron una solicitada en que se dice -palabra más, palabra menos- que el gobierno presenta una versión light de la seguridad nacional encarnada en la “infectadura”: “un eficaz relato legitimado por expertos”. Se debe recordar que la Doctrina de la Seguridad Nacional remite a una serie de orientaciones que conducirían a la mayor parte de las fuerzas armadas de América Latina a intervenir en la búsqueda y eliminación de enemigos internos (opositores políticos) en cada país en el marco de la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Así como Alberto Fernández se refirió en su momento al Covid-19 como un ejército invisible a vencer, este grupo redobló la apuesta para teñir de dramatismo bélico al momento actual. El objetivo de generar polémica quedó servido en bandeja y no falló.

Pero la realpolitik nuevamente prevaleció, y el trío Alberto Fernández, Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof nuevamente se presentaron en escena para expresar la continuidad de la política de confinamiento, ahora por tres semanas especialmente en AMBA (CABA y GBA), aunque también en otros lugares como Chaco, Trelew y parte de Río Negro, mientras gran parte del territorio nacional se comienza a desescalar.

Giros. A todo esto, el presidente comienza a dar un giro en su construcción política. La reunión con los magnates argentinos no pasó desaperciba por el establishment, porque básicamente intentó llevar calma a los empresarios preocupados por diferentes políticas incipientes como el impuesto a las grandes fortunas, las nuevas restricciones para la compra de dólares para la importación y la efímera idea de que el Estado se quede con parte de las empresas privadas que recibieron recursos estatales para pagar una parte de los sueldos. Con respecto de estas ayudas que llevan el solemne nombre de Asistencia de Emergencia para el Trabajo y la Producción (ATP) surgió un discreto debate en las altas cumbres a raíz de que algunas grandes empresas se disponían a devolver los recursos tras observar los requisitos que conllevaban, por ejemplo, no poder distribuir utilidades. Varios empresarios de los más grandes que decidieron bajarse del programa se quejaron aduciendo un cambio de reglas en realidad podían pagar los salarios, pero prefirieron financiarse con dinero estatal, una controversia que habla en profundidad de la formación capitalista en Argentina.

También el presidente observó con su grupo más cercano que la pandemia pasó de fase política y corría el riesgo de generar una imagen de inmovilismo (el comentario de cierto porteñocentrismo de la gestión causó inquietud). Por eso decidió pasar a la etapa de runner de la geografía nacional y en cuestión de horas estuvo en Formosa, Misiones, La Pampa y Río Negro, además de las visitas a distintos puntos de la provincia de Buenos Aires y la conferencia de prensa triangular.

La liga de la ¿justicia? En otro punto del ecosistema político se comienza a decidir si el Consejo de la Magistratura avanza o no sobre las múltiples denuncias sobre el juez federal Rodolfo Canicoba Corral. Por lo visto hasta ahora la segunda opción tiende a prevalecer. Otro juez, Federico Villena tiene en sus manos una megacausa sobre presunto espionaje de la AFI macrista sobre un heterogéneo conjunto de dirigentes, periodistas y hasta de académicos, mientras que el Poder Ejecutivo también prepara un proyecto de ley para cambiar el ordenamiento de la justicia federal. Finalmente, y en este estado del arte, la Corte Suprema sigue su propio ASPO a prueba de pandemias.

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