Coronavirus

Coronavirus en la Argentina: primeros en cuarentena, últimos en recuperación

Marcos Novaro

Investigador principal del CONICET, profesor de Teoría Política Contemporánea en la UBA, dirige el Centro de Investigaciones Políticas y el Archivo de Historia Oral de Argentina Contemporánea. Colabora en distintos medios gráficos y audiovisuales.

La situación y las perspectivas económicas siguen empeorando, y el Gobierno sigue sin focalizar suficientemente la contención del virus ni el daño a la actividad.

domingo 7 de junio de 2020 - 1:03 pm

Columna de opinión publicada originalmente en TN.com.ar

 

Los pronósticos económicos para este año y el que viene no dejan de empeorar. Las consultoras estiman ahora que la caída no será menor al 9,5%, bastante más pronunciada que la que sufrirá, en la región, quien nos sigue en la desgracia, México.

La respuesta de Alberto Fernández fue estirar la cuarentena, y estirar el lapso de tiempo para revisar su decisión: en vez de 2 semanas como hasta ahora, habrá que esperar otras 3. Si eso no es amor, es al menos un metejón.

Lo hizo solo para el AMBA, Córdoba y otras áreas urbanas, aceptando que se reinicien allí al mismo tiempo unas pocas actividades más. Y podrá decir que así “focaliza” la medida, la vuelve más “quirúrgica”. Pero como las zonas todavía cerradas representan más del 50% de la economía y se extiende la incertidumbre sobre lo que se quiere hacer con el otro 50%, en verdad toda la actividad seguirá muy deprimida.

Sigue sin haber plan económico a la vista, ni respecto a la inflación que se viene, ni al descalabro fiscal ya desatado. Solo se habla de nuevos impuestos o subir los que ya existen, sobre todo los más dañinos para la producción, como las retenciones e ingresos brutos. Y se traban las importaciones, incluso las imprescindibles. Todo lo cual nos habla de la inconveniencia de tener un ministro de Hacienda que se ocupa, con vueltas y demoras, exclusivamente de la renegociación de la deuda.

Mientras, se siguen haciendo anuncios de ayuda, en ocasiones sin efecto concreto: se decidió que se volverá a pagar el IFE en mayo, pero todavía varios millones de los inscriptos para esa compensación están esperando recibir el primer pago de abril. Se entiende que, según la última encuesta de Giacobbe, el 57,6% de los encuestados conteste que no cree poder soportar otro mes de cuarentena. Aunque tendrá que hacerlo nomás.

En cuanto a las profesiones liberales y los servicios, seguirán mayormente clausurados, pese a que muchos de ellos harían un uso muy acotado del transporte público, y no dan lugar a más aglomeraciones que las de un comercio barrial.

De los profesionales, según una encuesta reciente de la Confederación General de Profesionales de la República Argentina, el 92% no ha recibido ninguna ayuda oficial, 39% no puede realizar actividad alguna por la cuarentena, y del resto la mayoría trabaja menos de lo habitual. Por lo que el 51% dice haber perdido más del 40% de sus ingresos. Un verdadero terremoto sobre las clases medias, que el gobierno provocó, y ahora mira para otro lado. Eso sí, sus víctimas deben seguir pagando el monotributo o sus cuotas de autónomos, y en los próximos días, el impuesto a las ganancias por lo que hayan cobrado durante 2019. Vaya a saber de dónde lo van a sacar.

 

 

Se sigue demorando, además, la reapertura de los jardines de infancia y las guarderías, pese a que tampoco implican una mayor presión sobre el transporte (la mayoría de las familias usan los que tienen más cerca de sus domicilios), y su necesidad para la salud y el desarrollo en la infancia, pues no hay forma de sustituirlos por actividades on line, tanto como para que los padres puedan trabajar.

El “cierre” de barrios de emergencia en el conurbano se repite, pese a las protestas y las recomendaciones en contrario. Y tampoco se hacen en ellos testeos masivos, como en sus equivalentes porteños. Testeos que permitirían detener las cadenas de contagio y posibilitar una más o menos rápida reapertura. También allí la actividad económica y las libertades se suspenden sine die, sin plan a la vista.

Como compensación, el gobierno bonaerense está enviando a sus militantes a agilizar la distribución de bolsas de comida. Pero ya pasó el tiempo suficiente para que se advirtiera que el estatismo de cuarentena no puede sustituir la actividad de la economía, por más precaria que ella sea; y una vez que esta es ahogada por aquel, es bien difícil volver atrás. La reapertura en esos casos puede también demorarse, ¿cuántos de esos “focos” se “contener” así simultáneamente, por cuánto tiempo, hasta que la situación se vuelva inmanejable, la policía bonaerense no cuente ya con los efectivos necesarios y la destrucción de empleos sea irreparable?

Se entiende entonces que el pesimismo económico esté escalando a ritmo mayor que los contagios. Según la última encuesta de Opinaia, desapareció en los últimos tres meses todo el optimismo que AF había logrado generar con su elección y su asunción, la opinión pública está hoy tan desesperanzada como en los peores momentos del ocaso de Macri, y esto recién empieza.

 

 

Conservar la normalidad de la vida social y económica tiene en ocasiones poco premio para los gobernantes. Pero puede terminar siendo muy valorado retrospectivamente. ¿Por qué esa normalidad se extraña tan poco en el oficialismo? Tal vez porque no estaba muy conforme con ella, lo que es bastante comprensible y comparte mucha otra gente. Y porque creyó que, cuarentena mediante, no solo iba a poder evitar muchas muertes, sino que podría escapar de una realidad agobiante, signada por múltiples restricciones. Lo que ya no es tan fácil de compartir, ni razonable.

La cuarentena se ha ido volviendo, así, un instrumento general de gobierno, mucho más allá de lo sanitario, y una vía para fugar de la realidad. Ha generado infinidad de problemas, y agravado otros. Pero sigue ofreciendo condiciones excepcionales para controlar la situación, que ella misma deteriora. Y para soñar con grandes cambios.

Veamos algunos ejemplos. El gobierno nacional acaba de suspender toda actualización salarial para los empleados de la administración. Por este año no habrá aumento. Parece razonable, dado el derrumbe de la recaudación. Más todavía cuando muchos administrativos están en su casa y sus pares de la actividad privada, que están suspendidos, reciben con suerte apenas el 75% de su salario. ¿Sería tolerable esa decisión si se anunciara junto a la “normalización de las actividades”?, ¿serían los gremios del Estado tan tolerantes, encima cuando se anuncian sí algunos aumentos para la tropa, en el Congreso y en los medios públicos, y se rechaza hacer recortes a los sueldos altos y los cargos políticos, de no ser por la continuidad de la cuarentena?

Por otro lado, el Ejecutivo adelantó en estos días que la pospandemia viene más cargada de ilusiones que el trineo de Papa Noel. Prometió un “nuevo contrato social” y una “Argentina más unida y más justa”, una suerte de nuevo comienzo a la Alfonsín, o a la Roosevelt, apenas los contagios amainen. Al comienzo de la emergencia, recordemos, muchos se ilusionaron con algo por el estilo: ella nos daría la ocasión para someternos de una buena vez a una regla común, y nos obligaría a cooperar. No parece que este “no hay mal que por bien no venga” vaya a dar los resultados esperados. La polarización renace parecida a como funcionaba hasta marzo, o más dura aún: ni la reforma de la justicia es otra cosa que impunidad disfrazada, para los opositores, ni la gestión de Macri aportó algo más que deuda espuria e inteligencia ilegal, para los oficialistas. Pero se entiende por eso mismo el intento de las autoridades de mantener aquellas expectativas a toda costa: eventualmente, eso le ayudará a culpar a sus adversarios, cuando la realidad las desmienta y la crisis muestre su rostro más cruel.

Y lo va a mostrar bastante pronto. Como suele suceder con las inundaciones, el verdadero drama comenzará cuando el agua empiece a bajar, porque entonces quedará a la luz todo el daño producido, y los costos que habrá que solventar para la reconstrucción. Nuestra economía privada va a ser sustancialmente más chica y tendrá que seguir sosteniendo una economía estatal que será tan o más pesada e ineficiente. No dará abasto. ¿Tendrá algo más que ofrecer entonces Alberto que un argumento contra el virus, contra Macri y una ilusión de New Deal y justicia social?

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