Opinión

Seis meses de oscuridad en la diplomacia argentina

Alan Abud

Licenciado en Gobierno y Relaciones Internacionales y estudiante de Dirección de Negocios Globales. Escribe artículos de opinión sobre política nacional e internacional en su página de Instagram @minutocanciller_

viernes 5 de junio de 2020 - 2:43 pm

El próximo 10 de junio se cumplen seis meses desde la asunción del presidente Alberto Fernández. La conformación de su gabinete no estuvo exenta de nombramientos a personas sin experiencia y la cancillería no fue ajena a ello. La designación de Felipe Solá como canciller argentino levanto críticas en el ambiente de diplomáticos y expertos en política exterior. Alberto Fernández acababa de otorgarle un cargo de prestigio en este país a una persona sin ninguna experiencia en este ámbito.

Desafortunadamente era esperable que la designación del canciller generaría más problemas que aciertos en la política exterior argentina al elegirse una persona que carece de carrera diplomática. Sin ir más lejos, desde el gobierno de Eduardo Duhalde, todos los cancilleres que pasaron por el Palacio San Martin tuvieron experiencias previas como diplomáticos, ya sea como embajadores políticos o como egresados del Instituto del Servicio exterior de la Nación. Por el contrario, Felipe Solá, quien además no domina el idioma inglés, rompió con esta “tradición”.

Argentina, un país que se encuentra políticamente distante de sus vecinos de la región, requiere de una diplomacia precisa que reduzca esas distancias. El canciller tiene un rol primordial, no solo contribuyendo en la elaboración estratégica de una política exterior sino también aconsejando al presidente acerca de cómo debe actuar en estos ámbitos.

La diplomacia Fernández-Sola está generando malos resultados: hoy el país está aislado en la región porque se muestran reacios a cooperar con gobiernos que se encuentran en la vereda ideológica opuesta. Esta cancillería parece no tener las aptitudes para trabajar conjuntamente en beneficio de nuestras sociedades. Lejos de intentar acercar a las partes en aquello que tenemos en común, la cancillería se esfuerza por distanciarnos aún más.

Desde antes de asumir el presidente argentino anticipo el desmanejo diplomático que se avecinaba al tensar las relaciones con Brasil tildando a su par, Jair Bolsonaro, de “misógino, violento y clasista”. Como si estuviera en una cancha de futbol, el entonces futuro presidente descalificó al mandatario de nuestro segundo socio comercial.

Las impericias diplomáticas no terminaron ahí, ya como presidente Fernández canceló su reunión pactada con Bolsonaro en el mes de abril, dejando las relaciones en manos del Canciller. El desinterés por Brasil es tal que a 6 meses de su asunción, el embajador Daniel Scioli aún no viajo a Brasilia para ocupar su puesto. Muchos de los desencuentros entre ambos países podrían haberse evitado si hubiera una fuerte representación en Brasilia, no obstante, el gobierno aspira a que la crisis política se lleve puesto a Bolsonaro y en su lugar el PT retome el poder para recomponer las relaciones.

El resto de la región corre una suerte similar: para comenzar, Fernández no asistió a la toma de poder del nuevo presidente uruguayo Lacalle Pou. En Chile, como ya se mencionó en un artículo anterior, el gobierno utiliza la pandemia para pegarle al gobierno de Piñera y generar un impacto en su política interna. No es casual que la Casa Rosada haya tenido que pedir disculpas luego de que el presidente comparara a los presos en las manifestaciones en Chile con los detenidos durante la dictadura de Pinochet. Respecto a Bolivia, Alberto le dio Asilo al expresidente Evo Morales y se rehúsa a enviar un embajador y reconocer al gobierno de Jeanine Áñez hasta que la situación política del país se aclare.

Por último, el portazo de Solá en el medio las negociaciones de acuerdos de libre comercio que el Mercosur está llevando adelante con países del sudeste asiático no cayó para nada bien en Paraguay (actualmente posee la presidencia pro tempore del organismo). El desmanejo de esta situación fue tan grave que luego tuvo que salir a aclarar que la Argentina no se retiraba del bloque.

A excepción de la situación con Bolivia, en cada una de estas situaciones el presidente se vio obligado a recalcular sus decisiones. Las llamadas telefónicas a los mandatarios de la región para aclarar sus decisiones o actos se volvieron moneda corriente. El canciller, quien debe asesorarlo, ya recibió tirón de orejas más de una vez por su incapacidad para manejar estas situaciones. Solá trabaja mal y asesora peor, muchos de los problemas ocurridos en estos seis meses podrían haberse evitado si la diplomacia fuera manejada por expertos: el presidente hubiera mesurado sus palabras y la cancillería obraría como lo que es, no como una agrupación política.

En el único ámbito en el cual la cancillería mantiene un rol activo es en el Grupo de Puebla, donde además de Alberto, el único presidente que forma parte de dicho foro es el mexicano López Obrador. Mandatario que habla para la izquierda y juega para la derecha ya que bajo ningún concepto se atrevería a oponerse a EEUU. La diplomacia Argentina apuesta a liderar un frente (sin un poder real) para que los partidos de izquierda recuperen el mando en la región. Sin embargo, estamos muy lejos de que esto suceda lo que genera cada vez más disgusto en nuestros gobiernos vecinos ante cada declaración del presidente Fernández en este foro.

Argumentar que el aislamiento de Argentina es propio de las diferencias ideológicas no es una excusa valida en las relaciones internacionales. El presidente chileno Piñera, durante el periodo 2010-2014, logro mantener fuertes vínculos con los países de la región que se encontraban gobernados por Cristina, Lula, Evo y “Pepe” Mujica, porque de eso se trata la diplomacia. De acercar posturas, de negociar y garantizar la estabilidad de la región, de defender los intereses del estado, no los de un partido político.

En los seis meses bajo su gestión, la Cancillería argentina ha mantenido un equilibrio entre los errores y los horrores. Afortunadamente, todavía hay mucho tiempo para cambiar. Se vienen tiempos difíciles en la región, con caída económica y aumento de casos positivos de Coronavirus por lo que el país necesitará de sus vecinos para salir adelante. Es hora de que el partidismo se deje para el Café y se encare una diplomacia seria.

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