Coronavirus

Cuarentena eterna, ¿vía argentina al socialismo o al empobrecimiento?

Marcos Novaro

Investigador principal del CONICET, profesor de Teoría Política Contemporánea en la UBA, dirige el Centro de Investigaciones Políticas y el Archivo de Historia Oral de Argentina Contemporánea. Colabora en distintos medios gráficos y audiovisuales.

domingo 24 de mayo de 2020 - 11:08 am

Columna de opinión publicada originalmente en Periódico Tribuna de Periodistas

 

Quedó bien a la vista en los últimos días que el kirchnerismo duro empuja al país hacia una economía estatizada casi por completo, con la excusa de que la pandemia “relegitimó al Estado”, puso a miles de empresas a su merced y evidenció un supuesto agotamiento de la economía de mercado y la globalización.

Con estas ideas en la cabeza, Fernanda Vallejos, diputada de la Cámpora, lanzó su iniciativa, respaldada hasta ahora por dos ministros de Alberto, para hacerse de acciones en grandes firmas como “devolución” por el favor que le han hecho de cerrarlas durante ya dos meses. Los cráneos del estatismo les están diciendo: “Te impido operar tu empresa, tus acciones bajan, las compro con papelitos que imprime el BCRA, y confórmate porque si no te hago quebrar y te quedás sin nada”.

Algo parecido se advierte en el tono eufórico con que nos informan que, gracias a la cuarentena y el colapso económico resultante, ya casi el 90% de la población depende para sobrevivir de un cheque del Tesoro. Ese porcentaje era alrededor del 40% en 2002, trepó a cerca del 60% en 2015 y ahora rompería todos los récords mundiales desde el colapso de la URSS. ¿Eso no es superarse? Sin duda que volvieron mejores.

¿Es ese el futuro que nos espera? Mucha resistencia social no parece haber, visto que la población apoya en su mayoría tanto al gobierno como las ideas antiempresarias. Pero es difícil saber si habrá resistencia del resto del peronismo, ese que creyó la promesa de Alberto Fernández de que reconciliaría al partido con el capitalismo y la democracia liberal, y por eso se sumó a la aventura de volver al poder. Y esa incertidumbre se extiende al propio ánimo presidencial: como en muchos otros temas, se sabe para dónde quieren llevar al país Cristina y su gente, no se sabe en cambio si Alberto tiene otra idea, o termina compartiendo la de sus socios mayoritarios por falta de imaginación, o por simple acomodamiento a la fuerza de gravedad.

Pero hay otra forma de ver las cosas. Y es que, como ha sucedido ya muchas veces, el kirchnerismo cacarea por izquierda pero para ganar las credenciales y la tolerancia necesarias para aplicar políticas más bien conservadoras.

Vistas bajo esa luz, las bravatas estatistas y antiempresarias, aunque a veces se conviertan en medidas concretas de gobierno (parece que será el caso con el impuesto “a los ricos”), en general y en lo fundamental terminan siendo sólo distracciones para endulzar los oídos de los adeptos, y cucos para mantener a raya a los adversarios, de modo de disimular y hacer más pasable el fenomenal ajuste que está imponiendo la pandemia. En verdad, más que la pandemia en sí, la extensísima cuarentena y el nulo espíritu reformista con que nuestro gobierno eligió combatirla.

Muchos en el peronismo entienden mejor que Macri que la economía creada por los Kirchner era ya inviable antes de la pandemia, y ahora es directamente un ensueño. Habrá que volver a atravesar un 2002, para que sea posible algo parecido a un 2003. Así que apuestan a que la cuarentena haga el trabajo que en aquel entonces hicieron De la Rúa y Duhalde: justifique el fenomenal salto devaluatorio que nos va a dejar a casi todos bastante más pobres.

Claro, el gobierno va a mostrarse demudado por el aumento de la pobreza, que afectará sobre todo a sus votantes. Pero con la caja de herramientas de que dispone lo más que puede es amortiguarlo un poco, y el presidente lo sabe: no comparte la fe en el Estado proveedor que abrazan los kirchneristas más fanáticos, y por eso ya avisó, si la pobreza sube 10 puntos no le reclamen a él, habrá sido culpa del virus. De lo que él se va a hacer responsable es sólo de que no haya miles de muertos. Pero, por lo que muestran las encuestas, al menos por ahora, esas contradicciones no le pesan demasiado: es bastante bajo el porcentaje de ciudadanos que le achaca responsabilidad por el deterioro económico, y entre sus votantes, es bajísimo.

¿No son acaso estos problemas los mismos que se enfrentan en el resto del mundo? Solo en parte. No en todos lados se castiga a los sectores que pueden sacar a las economías del pantano, como se hace aquí con la exportación de alimentos, justo cuando es la que menos cae en todo el mundo. No todos los gobiernos pierden meses valiosísimos coqueteando con el default de sus deudas, y desconocen los problemas de desconfianza que así alimentan. Nuestra economía caerá este año más de 10%, según las últimas estimaciones de las consultoras. Así que el margen de tolerancia al alza de la pobreza que pidió Alberto tal vez se haya quedado corto. De ahí que sea tan importante la tarea de descargar culpas, y poner a pleno el aparato digestivo peronista.

Y hay que decir que es tan extraordinaria la capacidad de procesamiento de ese aparato, como limitada la capacidad de innovación de ese partido en la gestión de nuestro Estado. Para empezar, permite entender que, si estuviera cualquier otro en el poder, se vería en figurillas para justificar decisiones costosísimas, como por ejemplo una cuarentena que luce interminable; pero con el peronismo gobernando la culpa de todo es de la pandemia, y las decisiones oficiales no tienen nada que ver.

También están haciendo su parte en este proceso digestivo los gremios de la actividad privada, que aceptaron un “transitorio” recorte de 25% en los salarios, sin chistar. Y la Cámpora desde la ANSES, que sigue recortando “transitoriamente” las jubilaciones. Aunque provincias como Córdoba ya están recortándolas por ley y en forma definitiva. Y será necesario pronto transmitir un celo similar en digerir el ajuste a los sindicatos públicos, cuyos salarios habrá que dejar los mastique y triture la inflación, para acomodarlos a la fenomenal caída de la recaudación causada por la cuarentena.

Lo que permite que todo eso suceda, y de todos modos el gobierno en funciones tenga altos porcentajes de adhesión en la sociedad, en particular entre los más damnificados por sus decisiones, es la fuerte lealtad que profesan los votantes peronistas hacia sus líderes. La fe con que ellos se refugian en sus convicciones tradicionales en momentos de adversidad, y abrazan las explicaciones que aquellos les ofrecen sobre lo que les toca en suerte. Conclusión: claro que ni una mínima parte de esto hubiera sido tolerado a un gobierno no peronista; y se confirma así lo que no se cansan de repetir los más fanáticos oficialistas, “menos mal que Macri ya no estaba en el poder cuando estalló la pandemia”, aunque por razones que de hacerse explícitas en todas sus implicancias, les complicarían sentirse tan contentos consigo mismos como acostumbran.

Hay de todos modos no pocos obstáculos a sortear en el camino que los funcionarios de Alberto y Cristina tienen por delante, y tenemos todos de su mano. Tensionados como están entre sus reflejos primarios, que los llevan a intentar muchas veces un estatismo impracticable o costosísimo, y su improvisado pragmatismo, que acerca opciones algo más viables, aunque en general sin mucho futuro. El peronismo tiene oficio en superar este tipo de situaciones, pero con resultados que dejan bastante que desear: desde 1983 que su principal rol no ha sido ofrecer las mejores opciones para reparar nuestros problemas económicos, sino canales para que sus propios votantes y el país en general acepte lo mucho más pobres que se van volviendo a causa de la perpetuación de los mismos. Con el agravante de que, mientras en las anteriores olas de digestión de nuestro sistemático empobrecimiento hubo consuelos y algo de liderazgo para compensar, la modernización atada a la globalización de Menem, el revival del “vivir con lo nuestro” de Kirchner, ahora hay pobreza de ideas, falta un rumbo, cualquiera sea. Y encima, como decíamos al comienzo, cargamos con un sector público que se niega a cambiar y ahoga aún en mayor medida a la economía privada.

De todo esto nos tendremos que ocupar cuando termina la cuarentena. Y suena tan agobiante que es lógico que muchos prefieran que se postergue ese momento.

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