Opinión

Hay que festejar trabajando

Silvio Santamarina

Periodista (TEA) Letras e Historia en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es editor ejecutivo de Noticias; trabajó en Télam, revista Poder, diarios Perfil y Crítica.

El Primero de Mayo señala un posible punto de inflexión para repensar la cuarentena

viernes 1 de mayo de 2020 - 5:32 pm

Columna publicada originalmente publicada en Noticias

El Día Internacional del Trabajador llega en un momento bisagra de la cuarentena que gestiona el gobierno argentino. El Presidente y los jefes territoriales de las zonas identificadas como foco de la pandemia saben que ya no hay margen para seguir estirando el encierro masivo como hasta ahora, por más que haya dado buenos resultados epidemiológicos. Tampoco es posible irse al otro polo, cercano al del negacionismo sanitario elegido por algunos líderes populistas del mundo.

El sentido común receta practicar el equilibrio, pero a condición de que sea un equilibrio muy dinámico, que empuje diariamente a una salida del aislamiento extremo, con más prisa que pausas. Pero como bien marcaron los gobernadores, tanto oficialistas como opositores, Alberto Fernández no puede arriesgar contagios con permisos recreativos, en plena recesión galopante: es tiempo de enfocar los recursos y la atención en volver a trabajar. Paso a paso, pero más que nunca.

Esta necesidad de enfocarse en retomar la actividad productiva antes que demorarse en medidas para facilitar paseos tiene consenso en el ámbito metropolitano, a uno y otro lado de la General Paz. Lo dejó claro Horacio Rodríguez Larreta al sumarse al rechazo de la invitación presidencial a las caminatas o al running: mejor abrir la válvula del riesgo solo para ir a trabajar. También lo señaló el ministro de Salud bonaerense, Daniel Gollán, de incuestionable ADN kirchnerista, incluso como miembro del grupo de intelectuales conocido como Carta Abierta: el actual funcionario de Kicillof avisa que ya hay que ver cómo la cuarentena administrada evoluciona en una inevitable fase de contagio administrado, sin caer en la desidia y la relajación irresponsable, más bien todo lo contrario.

El problema para encarar el desafío de retomar pronto altos niveles de actividad productiva no es el peligro del Coronavirus, sino el estado de la cultura del trabajo en la Argentina. Por un lado, el espíritu empresario nacional se ha estancado en la manía, facilista y autodestructiva, de buscar la rentabilidad perdida hace mucho por falta de creatividad propia, escarbando en el pozo de la reducción salarial y de personal, en una espiral suicida. Del otro, la política resguarda su propia rentabilidad partidaria y gremial sosteniendo burocracias y multiplicando subsidios al no trabajo. Atrapados entre ambos factores de poder, millones de argentinos trabajan en la informalidad, en sus diversos tonos de grises, para sobrevivir a la desidia y mediocridad de su dirigencia pública y privada.

Por eso se ha instalado la idea deprimente de que cada vez menos argentinos mantienen a cada vez más, sean o no trabajadores, porque la productividad misma del trabajo argentino está en crisis. Pero esa crisis no es necesariamente terminal. Aunque la pandemia haya justificado una primera reacción de multiplicar la acostumbrada improductividad colectiva subsidiada, pasado el primer shock de miedo al virus desconocido, es tiempo de revisar esta cultura nacional tóxica.

El Coronavirus no vino a confirmar que la economía subsidiada con respirador es el camino correcto e inexorable para la Argentina: solo demuestra que el bajón productivo es el síntoma de una enfermedad colectiva contagiosa, que además es letal para los grupos de riesgo social. Quizá sea cierta la maldición de Barrionuevo cuando confesó que “la plata no se hace trabajando”: el dinero tal vez no, pero el futuro, sí. Este Primero de Mayo con sol peronista es el día ideal para pensar cómo salir a respirar de nuevo, con guantes y barbijo.

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