Política

El delicado equilibrio de Horacio Rodríguez Larreta

Pablo Sirvén

Secretario de Redacción del diario La Nación. Autor de Perón y los medios, El rey de la TV y Converso.

domingo 26 de abril de 2020 - 11:10 am

Columna publicada originalmente en diario La Nación

 

Si Sergio Massa se hubiese mantenido hasta el final como adversario cordial, como lo hizo en el viaje a la cumbre de Davos y en su crucial apoyo legislativo durante el primer año al gobierno de Cambiemos, tal vez hoy sería presidente de la República.

¿Le alcanzará a Horacio Rodríguez Larreta continuar componiendo al opositor amistoso y muy cercano al presidente Alberto Fernández para llegar a la cumbre del poder en 2023?

Adherentes y detractores de esa tesis coinciden en algo: las innegables dotes ejecutivas del jefe del gobierno porteño están fuera de discusión, incluso para kirchneristas acérrimos que lo reconocen en voz baja y a regañadientes. El punto todavía a dilucidar es si aflorará en algún momento su veta política o se limitará a seguir siendo un buen hacedor de gestión municipal, algo que viene haciendo en continuado desde 2007. “Fue un gran gerenciador de Mauricio y ahora lo es de Alberto”, se le escuchó decir discreta y cáusticamente a alguien que ocupó un puesto relevante en el gobierno anterior. En el sector más ortodoxo de Juntos por el Cambio, irrita cierto seguidismo acrítico que estarían observando en Larreta respecto de Fernández, preocupados porque desde que se decretó la cuarentena, ahora ampliada, no han tenido ni un sí ni un no.

Sin embargo, esta idílica convivencia fue posterior al último 11 de marzo, día en que la Organización Mundial de la Salud declaró al coronavirus como pandemia . En aquella jornada, los equipos técnicos de la Ciudad y del gobierno nacional todavía tironeaban del presupuesto porteño para ver qué tajada podían llevarse los nuevos dueños de la Casa Rosada. Pero esa ya es historia vieja. por ahora.

Obviamente, la emergencia mundial exige cerrar filas más allá de las divergencias ideológicas y son bien distintas las sensaciones de quienes opinan desde el llano de las de quienes están en este difícil momento a cargo de la gestión. Larreta y Fernández se conocieron después del cambio de gobierno, pero, como dicen los chicos, “pegaron onda”. El jefe porteño le concedió al flamante jefe nacional el deseo de retirar, sin más trámite, las rejas que dividían la Plaza de Mayo desde 2001. Pero cuando se acentuó el revoloteo para birlarle 1,1 puntos de la coparticipación, Larreta jugó de modo cauto, sin amenazas ni brusquedades.

En la semana que pasó, algunos nubarrones oscurecieron el habitualmente despejado cielo de Rodríguez Larreta: predispuso en su contra a una parte clave de su núcleo duro de votantes, los mayores adultos, al pretender prohibirles que salieran de sus casas, en un exceso de cuidado para impedir que se contagien del virus, que en esa franja etaria es mayoritariamente letal. Rápido de reflejos, rebobinó a tiempo y morigeró la medida. La rebeldía de los mayores de 70 se encarnó en la figura de Sara Oyuela, la señora de 83 años decidida a tomar sol en su reposera en un parque enfrente de su casa, imagen que saltó a los noticieros y a las tapas de los diarios. Su nuevo amigo Fernández no solo salió a bancarlo de movida, sino que en la videoconferencia con los gobernadores anteayer ratificó esa postura.

Con barbijo o sin barbijo, volvió a poner su mejor cara, se retractó en parte, conversó con Graciela Fernández Meijide y salió a grabar nuevos videítos con voluntarios y gente mayor. Y borrón y cuenta nueva, como ya había hecho antes con el episodio mucho menor del estornudo que atajó con la mano en vez de taparse con el codo y cuyo video posterior de disculpas (“¡Qué boludo!”, empezaba su descargo) fue más visto que su blooper original.

También pareció sacarse fácil de encima el tema de las contrataciones vinculadas a funcionarios y los sobreprecios en los barbijos, la otra gran polémica que le estalló en la cara. Por ahora se hizo un sumario interno, se separó a dos funcionarios, se mandó todo a la Justicia y firmó un decreto para que el Ministerio de Hacienda porteño controle las compras.

A pesar de estos tropiezos, Larreta disfruta de una creciente valoración positiva en medio de la emergencia sanitaria, según las principales encuestas. En eso también se parece a Fernández. En distintos países sube la consideración de sus propios líderes porque, en medio de la incertidumbre por la pandemia, las sociedades se inclinan por encolumnarse detrás de ellos, al menos mientras la tempestad no amaine.

Que huya de la confrontación más estentórea en la que suelen incurrir otros dirigentes, incluso de su propia coalición, no significa que Larreta no busque distinguirse: por de pronto en la ciudad no habrá médicos cubanos atendiendo, reservará como siempre 30% de las camas para aquellos pacientes que puedan llegar desde el conurbano en el pico de los contagios y se redujo el sueldo un 25% por tres meses, postura que luego hicieron suya los otros poderes de la ciudad. También declaró la emergencia económica de su distrito y expresó que la pandemia no podía ser una excusa para que el Congreso no funcione. Si hay diferencias, su estrategia, por el momento, parece ser que no se noten demasiado.

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