Opinión

La Argentina se encamina a su peor crisis: ¿podrá recuperarse sin socialismo?

Diego Giacomini

Economista, profesor titular en la UB, profesor adjunto en la UBA

sábado 18 de abril de 2020 - 10:45 am

Argentina se dirige a una crisis 2020/2021 que será peor que la crisis de 2002. Por un lado, la contracción del PBI 2020 sería (lo más probable) peor que la de 2002. Por el otro, dado la fuerte caída de la demanda de dinero y el alocado ritmo de emisión monetaria, que se intensificarán ambos a futuro, el desequilibrio cambiario y monetario también serán récord. El salto del dólar será récord en 2020/2021 (contabilizando desde 2002). La inflación interanual (primero) iniciará su camino hacia los tres dígitos y (más tarde) se estacionará en los tres dígitos. En este marco y dado que las condiciones socioeconómicas son significativamente peores a las de 2001, los niveles de pobreza e indigencia resultante de la crisis 2020/2021 serán peores que los de 2002.

Sin embargo, la gravedad de una crisis no sólo debe ser medida por la caída del PBI y/o el aumento del desempleo o la pobreza, sino por los esfuerzos que habría que hacer para dejarla atrás y volver a crecer, y también por la magnitud de los costos que la sociedad pagaría si dichos esfuerzos no se encararan. Es fundamentalmente a partir de estos dos últimos conceptos que pensamos que Argentina se está dirigiendo a la peor crisis de su historia. La crisis 2020/2021 no sólo tendrá los peores números, sino que tampoco tendrá una resolución sencilla, rápida y fuerte como sí tuvo la crisis de 2002. En este sentido sólo basta recordar que el PBI rebotó al +8% en 2003/2005, mientras que la inflación cerró +3,7%; +6,1% y +12.3% esos años.

De la crisis del 2002 se salió con forma de “V” porque tanto los fundamentos fiscales y monetarios, como los de la economía real, permitían aplicar políticas facilistas, tanto desde su diseño, como desde su aplicación. En este sentido y más allá de la diatriba que vende la casta política, desde lo fiscal y desde lo monetario fue muy sencillo salir de la crisis 2002. Y como si todo esto fuera poco, en 2001/2002 los fundamentos de la economía real retroalimentaban el fácil éxito de aquellas políticas fiscales y monetarias, potenciando el rebote del PBI al +8% anual.

En 2001/2002, el pequeño tamaño del Estado y la baja presión tributaria permitieron aplicar un ajuste fiscal de casi ocho puntos del PBI. El Estado nacional pasó de un déficit primario de -4% (2001) a un superávit primario de +2,3% (2003) y +3,6% (2004). ¿Cómo sucedió? El gasto público era pequeño y no estaba indexado por inflación; ergo, la inflación de 2002 (+40%) licuó una porción de aquel gasto. Paralelamente, se metió un mega impuestazo a las exportaciones que, combinado con el dólar caro, generó un muy importante aumento de la recaudación. Posteriormente, la falta de ajuste por inflación y la recuperación económica también contribuyeron positivamente a los ingresos fiscales. Esta suba de la recaudación combinada con el pequeño tamaño del Estado permitió ir subiendo el gasto público.

En 2001, el patrón dólar de la Convertibilidad y la salida de divisas habían generado escasez de pesos. Además, después de 10 años de estabilidad de precios no había memoria inflacionaria. Así, bajo un modelo de expectativas adaptativas (mirando el pasado) no había expectativas de inflación en 2002. Dado el ajuste fiscal encarado en 2002/2004, en un modelo de expectativas racionales (mirando fundamentos a futuro), tampoco había expectativas de inflación en 2003/2004. La ausencia de expectativas de inflación y la escasez de pesos potenciaban una fuerte demanda de dinero, lo cual permitía emitir sin generar fuerte inflación. El BCRA emitió fuertemente en 2002/2005, primero otorgando redescuentos a los bancos, y luego para sostener al dólar nominal. Emitió tan fuerte que la inflación, luego de bajar de +40% (2002) a +3,7% (2003), se duplicó año tras año subiendo a +6,1% (2004) y +12,3% (2005).

Para terminar de entender la salida en forma de “V” luego del 2002, hay que considerar que la economía argentina venía de varios años de respetables niveles de inversión y acumulación de capital durante los ‘90s, con lo cual había habido aumento de la frontera de posibilidades de producción y crecimiento del PBI per cápita, es decir; generación de riqueza. En consecuencia, el PBI potencial era elevado y en consecuencia había elevada capacidad de rebote en 2002. En ese marco, la política monetaria fuertemente expansiva se combinó con suave (pero sostenido) aumento del gasto público y superávit fiscal para estimular la demanda agregada y potenciar el rebote del PBI a partir de 2003. En pocas palabras, de la crisis de 2002 se salió haciendo todo lo que le “gusta” hacer a la casta política: subir impuestos más de lo que se sube el gasto público y emitir dinero.

En este marco, es muy relevante entender que los fundamentos reales, fiscales y monetarios de 2020 no sólo son opuestos a los de 2001/2002, sino que se parecen a los de los ‘80s, incluso en algunos aspectos son peores. Actualmente, Argentina viene de un proceso de muchos años en los cuales la inversión es (todavía) más insuficiente de lo que había sido en los ‘80s. De esta manera, hay más destrucción de capital, menor frontera de posibilidades de producción, más bajo PBI potencial y muy inferior capacidad de rebote que en 2001/2002. Por consiguiente, para salir de la crisis 2020/2021 no se pude hacer lo que se hizo en 2002 cuando se estimuló la demanda agregada usufructuando la herencia (tan denostada) de los ‘90s. Con muy bajo PBI potencial y sin capacidad de rebote, la estimulación de la demanda agregada sólo lograría más inflación y profundizar la estanflación en estos tiempos. Además, el tamaño del sector público juega en el mismo sentido. A final de 2019 teníamos una relación gasto/PBI (43%) y una presión tributaria (sumando los tres niveles de gobierno) de prácticamente el doble (35%) que en 2001. A fines de 2020 dichos números serán “peores” aún. El tamaño del gasto público en términos del PBI se acercará (¿superará?) el 50% y la presión tributaria efectiva (bien medida) también será mayor que la que había en 2019.

En este contexto, para salir de la crisis 2020/2021 habrá que hacer fiscalmente lo opuesto de lo que se hizo en 2002. En lugar de subir mucho los impuestos e incrementar menos el gasto como se hizo en 2002/2005, Argentina deberá achicar significativamente el tamaño del Estado para bajar en forma significativa y permanente el gasto público, y así poder reducir la presión tributaria y las regulaciones en forma creíble, desahogando al sector privado, permitiéndole hacer negocios y ganar dinero de nuevo; piedras fundamentales de la inversión, la acumulación de capital y el crecimiento económico. En otras palabras, es imprescindible hacer una reforma potente del sector público y una ambiciosa reforma tributaria para estimular la oferta agregada y permitir que Argentina vuelva al sendero del crecimiento. Caso contrario, el sector privado seguirá derrapando.

La actual coyuntura monetaria se parece a los ‘80s y está en las antípodas de la de 2002. Actualmente hay repudio por el peso, no hay demanda de dinero y hay fuertes expectativas tanto de devaluación, como de inflación. Tanto en un modelo de expectativas adaptativas (mirando para atrás), como en un modelo de expectativas racionales (mirando los fundamentos y hacia adelante), las expectativas de inflación son crecientes. Dado que la demanda de dinero depende del nivel de actividad y la inflación esperada, hay que esperar que la demanda de dinero se caiga significativamente en Argentina. Con fuerte caída de la demanda de pesos, hay que esperar (primero) fuerte suba del dólar y (más tarde) importante aceleración de la inflación; aún si el BCRA no emitierá ni un peso.

Ahora bien, el BCRA está emitiendo alocadamente, es decir; tirándole nafta de cohete espacial al fuego de la demanda de dinero. La base monetaria se encuentra creciendo al +75%. En un ejercicio de expansión monetaria muy moderado y sin suba de la tasa de interés, la base monetaria podría estar creciendo interanualmente en torno al 160% interanual en diciembre 2020, también más. En este escenario, la pérdida del poder adquisitivo del peso sería récord desde que se refundó el BCRA. Primero, habría un salto récord del dólar en 2020/2021. Luego, habría otro récord de inflación en 2020/2021. Igualmente, la inflación correría de atrás al dólar. La actual inflación interanual, que está en torno a +50%, iniciaría un viaje sostenido hacia los tres dígitos en el segundo semestre de 2020. La inflación interanual se terminaría ubicando en los tres dígitos. No obstante, el dólar terminaría siendo el mejor negocio en términos reales.

En este marco, salir de la crisis 2020/2021 exigirá fuertes reformas estructurales en el campo monetario; exactamente como se hizo a comienzos de los ´90s. El nivel de repudio por el peso es irreversible, y hace inviable salir de la crisis y volver al sendero de crecimiento con BCRA, política monetaria y peso emitido por la casta política. Es simple: los agentes económicos querrán siempre minimizar su exposición al peso, y eso no es otra cosa que una permanente y recurrente caída de demanda de dinero, el peor enemigo para la estabilidad macro y el crecimiento.

El punto es que una Convertibilidad ya no sería creíble, ya que la casta política argentina también se devoró dicho instrumento, al igual que las metas de agregados y las metas de inflación. Junto a la reforma del Estado hay que hacer una reforma monetaria, bancaria y financiera integral que establezca la libertad de monedas, elimine el sistema de encaje fraccionario, cierre el BCRA y divida la banca en Almacén de Valor y Banca de Inversión. De acuerdo con el Teorema de Regresión Monetaria de Von Mises, lo más probable es que el público elija y adopte espontáneamente al dólar como moneda. Esta elección, sumada a la reforma del Estado, provocaría un ingreso masivo de ahorro que hoy está fuera del sistema, propiciando una monetización genuina con fuerte demanda de dinero que impulsaría un fuerte crecimiento económico.

En síntesis, la suerte del 2020/2021 está echada. En este contexto, salvo que luego de las elecciones de octubre 2021 se encare un fuerte proceso de reformas estructurales promercado y privatizaciones, con reforma del Estado, baja de gasto, reducción de impuestos, reforma monetaria, bancaria y financiera, lo más probable es que la economía argentina prosiga cayendo y con crecientes niveles de inflación. O sea, sin reformas estructurales, el escenario seguirá siendo el mismo de los últimos diez años; es decir, el tercer mandato presidencial con caída libre. No sorprende, al igual que en el paracaidismo, la caída se intensifica con el paso del tiempo.

En este marco, hay que tener conciencia de que desandar este camino hacia el socialismo, que se intensifica día tras día, exige reformas estructurales muy profundas, más profundas que las encaradas a comienzos de los ‘90s. Y hay un gran problema: el mundo es otro, muy diferente al de comienzo de los 90s. En aquel momento, Argentina encaró sus reformas estructurales inmediatamente después que cayera el Muro de Berlín, cuando el Consenso de Washington estaba en su apogeo. O sea, las reformas estructurales de los ’90s no fueron otra cosa que subirse a la “ola” de la moda que estaba vigente en ese momento.

Sin embargo, ahora el escenario no solo es muy diferente, sino que también extremadamente más problemático. El mundo actual es un mundo que vira al socialismo, con Rusia y China ganando poder relativo en el contexto internacional. Es decir, para volver a ordenar nuestra macroeconomía y poder crecer, Argentina debería ir a contramano del mundo, es decir; virar hacia la libertad y el libre mercado, mientras que el mundo se mueve hacia el socialismo. De acuerdo con nuestra visión, el pobre nivel intelectual de la casta política argentina hace muy poco probable dicho viraje. Peor aún, si consideramos que dicho viraje atenta contra sus privilegios de casta y enflaquece su billetera, dichas reformas casi seguro no ocurrirán, y el socialismo estará a la vuelta de la esquina. Está en nosotros impedirlo. Para poder hacerlo, tenemos que tomar conciencia. Por ahora, estamos a tiempo.

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