Política

Ciberpatrullaje y ADN peronista

Pablo Sirvén

Secretario de Redacción del diario La Nación. Autor de Perón y los medios, El rey de la TV y Converso.

domingo 12 de abril de 2020 - 10:02 am

Nota de opinión publicada originalmente en La Nación

 

La historia nunca se repite, pero el ADN de personas y organizaciones determina conductas recurrentes en el tiempo. El 15 de abril de 1953, desde el balcón de la Casa Rosada , Juan Domingo Perón pronunció uno de los discursos más violentos de su vida. “El gobierno está decidido a hacer cumplir los precios aunque tenga que colgarlos a todos”, bramó el entonces presidente de la República.

En la semana que pasó, los precios volvieron a ser protagonistas: Alberto Fernández decidió empoderar a los intendentes para que en cada distrito controlen que no se desmadren y, por otra parte, saltó el escándalo por sobreprecios en las compras del Ministerio de Desarrollo Social a las primeras planas. Fue a partir de una investigación de Diego Cabot , en LA NACION , sobre las vidriosas compras del Estado, su incidencia en la formación de precios y en eventuales corrupciones.

“Eso de la leña que me aconsejan, ¿por qué no empiezan ustedes a darla”, también desafió Perón en aquella alocución a la multitud. En estas horas, varios intendentes oficialistas ya hacen sentir su rigor con aprietes y clausuras justo cuando se vuelve más vital que funcionen los almacenes y mercados de cercanía, para que nadie se aleje de sus casas y rompa su cuarentena. El matrimonio Coto encabezó una protesta en La Matanza contra su intendente, Fernando Espinoza, por la clausura de uno de sus locales.

“Los mismos que hacen circular rumores todos los días parece que hoy se han sentido más rumorosos”, dijo en el mismo discurso de 1953 el fundador del justicialismo. La irascibilidad de Perón se debía a que, mientras hablaba, detonaron dos artefactos explosivos que provocaron seis muertos y casi un centenar de heridos. Como sucedería dos años más tarde, con los incendios a los templos católicos en la noche del bombardeo sobre Plaza de Mayo, aquel día de 1953 ardieron el Jockey Club y los comités de los partidos radical, socialista y demócrata. Venganzas piromaníacas.

Han pasado 67 años y, gracias a la tecnología, ahora a los rumores los llaman fake news y circulan más rápido. El gobierno actual se preocupa y reconoce públicamente que hace “ciberpatrullaje del humor social”.

“No he hecho nada fuera de ser antiperonista”, se defendió la gran Victoria Ocampo -se cumplieron 130 años de su nacimiento días atrás- al tratar de buscarle un argumento a su inexplicable detención semanas después de aquel temible mensaje de Perón. Gracias a la presión internacional de escritores de la talla de Albert Campus, Aldous Huxley y Gabriela Mistral, la fundadora de la revista literaria Sur fue liberada tras 26 días de arbitraria reclusión.

Jorge Sigal sintetizó muy bien por qué reaparecen nuevos espasmos represores que algunos ya ni pueden ocultar. “Hay gente a la que siempre -escribió el prestigioso periodista en un tuit- le sale lo mismo: controlar, vigilar, castigar. Es un reflejo condicionado”.

En efecto, hay quienes pierden el pudor y hasta se expresan brutalmente. Como @juanalonso, que supo ser un periodista estimable hasta que se extravió en fanatizados laberintos militantes. Leamos: “Teniendo en cuenta la cantidad de trolls macristas que siguen operando en la clandestinidad propongo: 1) detectar las IP y usuarios reales; 2) rastrear la matriz de la incidencia y acompañar un informe judicial; 3) iniciar demandas por sedición en un contexto crítico y pandemia”.

Alonso escribió su bando cuasi castrense el martes por la mañana seguramente cebado por lo que había dicho la noche anterior en TN ante Joaquín Morales Solá el presidente Alberto Fernández: “Todo el mundo sabe quién es el jefe de los trolls”, sin hacer nombres, aunque en clara alusión al exjefe de Gabinete, Marcos Peña. “Soy una de sus principales víctimas”, agregó Fernández sobre la agresividad de los mensajes en su contra en redes sociales. Aunque el jefe del Estado expresó no estar molesto con los cacerolazos -“Todo el mundo tiene derecho a quejarse”, reconoció-, la ruidosa protesta nocturna de algunos barrios porteños sacó de quicio a los miembros más ultras de sus huestes. Con la excusa de combatir la “infodemia”, la agencia oficial Télam puso a disposición del público una “caja de herramientas” para denunciar mensajes inconvenientes en las redes sociales. Casualidad.

“El humor social no es delito”, le expresó la exministra de Seguridad Patricia Bullrich a Luis Majul, por LN+. Debe medirse por encuestas, no por espionaje, algo que parecen usar las administraciones de Misiones y Santa Cruz (recordar también el Proyecto X, del cristinismo).

El gobierno anterior creó la Dirección de Ciberdelitos para trabajar sobre ilegalidades concretas, grooming o venta de armas en la Deep Web, por ejemplo. Los procesados o detenidos en ese período fueron por amenazas puntuales contra el entonces presidente o de bombas a las escuelas que, más que por las redes, entraban por el 911. El jueves a la mañana, su sucesora, Sabina Frederic, reconoció en entrevistas radiales que “la frase ‘medir el humor social’ es poco feliz y dio lugar a confusión”. ¿Por qué no creerle? Eso sí, el que no se confunde nunca es el ADN peronista.

COMENTARIOS