Opinión

Los dos pedidos del Estado: quedarse en casa y pagar impuestos

Diego Cabot

Abogado de la UBA, con posgrados en Flacso y la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), donde también se desempeña como profesor de la Maestría en Periodismo. Prosecretario de Redacción de La Nación

El Estado golpea la puerta de los argentinos para decirles que se queden adentro. Y los ciudadanos se lo agradecen. No da la mano, saluda con el codo. Inmediatamente, extiende el brazo y con la misma sonrisa exclama: "Pague los impuestos"

martes 31 de marzo de 2020 - 5:54 pm

Columna publicada originalmente en La Nación

La cuarentena económica empieza a perder el romanticismo que caracterizó los primeros días. “Quedate en casa” empezó a calar hondo en los roídos bolsillos de gran parte de los ciudadanos. Como en aquellas viejas formaciones de patio de escuela primaria, la clase política se formó detrás el presidente Alberto Fernández y tomó distancia. Todos ayudaron a que se percibiera el líder político. Esa dirigencia, al igual que todo el sector público y el que trabaja en el mercado formal, recibirá estos días su sueldo completo en sus cuentas bancarias. El resto, no.

A una economía que tiene una informalidad cercana al 40% se le suman millones de cuentapropistas que se ganan el dinero a diario. Desde el taxista sin pasajero hasta el médico con su consultorio vacío; desde el organizador de eventos hasta el peón que baja y sube muebles en una mudanza, ellos no tendrán el ingreso que sí tendrán los “privilegiados” que están en el sector formal, sea público o privado. Para ese universo, Alberto Fernández parece más un comentarista de la realidad que un estadista capaz de generar políticas activas.

El Presidente es la cara de la decisión de detener el país para defender la salud de su gente y eso será su activo si la famosa curva de contagios y muertes se achata. Pero también es el rostro del principal socio que tiene la actividad privada: la AFIP, que se lleva todos los meses gran porcentaje de lo que recauda una empresa o un cuentapropista. El Estado golpea la puerta de los argentinos para decirles que se queden adentro. Y los ciudadanos se lo agradecen. No da la mano, saluda con el codo. Inmediatamente, extiende el brazo y con la misma sonrisa exclama: “Pague los impuestos”.

Ni la Nación ni las provincias han sido activas para tomar medidas impositivas. Fernanda Laiún, contadora especialista en impuestos, compendiaba algunas. “Se podrían aplazar vencimientos, posponer fechas de pago de los impuestos personales, los de las empresas, del IVA, o acelerar los tiempos de reembolsos de saldos a favor y suspender los de regímenes de retención” vigentes con muchos impuestos.

La Argentina no sostuvo la caja de las empresas para que destinen el dinero disponible a pagar los sueldos. El extremo es la asignación extraordinaria de 10.000 pesos a los monotributistas de las categorías A y B, a quienes no eximió del aporte mensual. Gran parte de ese universo tendrá que pagar la cuota del monotributo ($1955 o $2126, según el monto a facturar) y esperar el pago del subsidio. Parece un contrasentido, pero sucedió.

El presidente Alberto Fernández empezó por llamar “miserables” a quienes despedían. Claro que cualquiera quiere mantener su negocio, por pequeño que sea. Pero quizás esa palabra con la que tanto factura entre sus seguidores cuando se la endilga a una empresa poderosa esté algo desproporcionada para millones a los que el flujo de caja se les cortó a cero y no saben cómo pagar los sueldos.

La Argentina tiene, según datos compilados por LN Data de la Encuesta Permanente de Hogares en su actualización del primer trimestre de 2019, 70.412 dueños de restaurantes y hoteles que no han tenido un solo cliente desde que se inició la cuarentena y no lo tendrán, al menos, hasta el 13 de abril. Tampoco tuvieron sus mejores días los 66.493 vendedores ambulantes, por no hablar de los 82.648 choferes que cuenta el Indec. Hay 337.129 contratistas de la construcción que no construyen que les pagan el sueldo a 610.976 empleados que no trabajan en las obras. Ninguno de estos rubros puede trabajar. Tampoco la mayoría de los 660.267 comerciantes con la excepción de las farmacias, los destinados a la alimentación y alguno más. Los bares y restaurantes emplean a 372.629 gastronómicos que no venden ni cobran propinas. Y los hoteles vacíos, otros 9161. El país dejó de producir autos. Las terminales no fabrican un solo vehículo. La industria tiene 21.000 empleos directos y 52.000 indirectos.

El Presidente, por ahora, prefirió llamar a los que despiden “miserables”. Es verdad que pasó un poco más de una semana y que tiene tiempo de paliar la situación a medida que avance abril. La cuarentena vació las cajas de miles de emprendimientos grandes, pequeños o minúsculos. Es el entramado económico argentino, sumado a la llamada economía en negro. Es posible que la inmensa mayoría de ellos no quieran desprenderse de ningún empleado, pero no menos cierto es que decenas de actividades no tendrán como pagar los sueldos a medida que avance la cuarentena. La caja se vacía y varios empezarán a pensar si pagar impuestos o sueldos. Y en esa elección el Estado puede hacer mucho para que se incline para el lado de los asalariados. Por ahora, está quieto.

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