Opinión

Es hora de pensar si hay una alternativa mejor que cerrar todo

Thomas Friedman

Periodista y escritor estadounidense, tres veces ganador del Premio Pulitzer. Es columnista de The New York Times

jueves 26 de marzo de 2020 - 2:58 pm

Artículo publicado originalmente en The New Work Times – Traducción de Jaime Arrambide

WASHINGTON.- Días como estos ponen a prueba a cualquier líder, ya sea local, provincial o nacional. Todos y cada uno de ellos deben tomar grandes decisiones de vida o muerte sentados al volante de un auto en medio de un banco de niebla, con información incompleta, mientras los que van sentados en el asiento de atrás les gritan de todo. Mi solidaridad con todos ellos, porque sé de sus buenas intenciones. Pero con la mayoría de las empresas cerradas y millones de personas que empiezan a quedarse sin trabajo, algunos expertos ya se preguntan: “Pará un minuto, ¿qué nos estamos haciendo a nosotros mismos y a nuestra economía? ¿No será el remedio, aunque dure poco tiempo, peor que la enfermedad?”.

Comparto esas dudas. Nuestros dirigentes no están manejando completamente a ciegas: cuentan con el asesoramiento de epidemiólogos serios y de expertos en salud pública. Así y todo, hay que tener cuidado de no caer en el “pensamiento de grupo”, que es una reacción natural pero peligrosa cuando se trata de dar respuesta a una crisis global y nacional. Estamos tomando decisiones que afectan a todo el país y a la totalidad de nuestra economía.

Hace falta más equipamiento médico y también tenemos que corregir el colosal error de no hacer testeos generalizados y rápidos. Pero igualmente urgente es empezar a preguntarnos cómo minimizar con sintonía fina la amenaza para los más vulnerables y al mismo tiempo maximizar la posibilidad de que el mayor número de personas puedan volver a trabajar sin riesgo lo más pronto posible. Son muchos los expertos sanitaristas que quieren encontrar un mejor equilibrio entre esas cuestiones médicas, económicas y morales que nos atenazan a todos.

¿Hay otra forma? Una de las mejores ideas que escuché la propuso el doctor David L. Katz, director fundador del Centro de Investigaciones en Prevención de la Universidad de Yale. Katz dice que en este momento nuestros objetivos son tres: salvar tantas vidas como sea posible, garantizar que el sistema de salud no colapse, pero también asegurarnos de que al cumplir los dos primeros objetivos no destruyamos la economía, y en consecuencia, incluso muchas más vidas. Por todo eso, argumento Katz, tenemos que pivotear de la estrategia de “prohibición horizontal” que aplicamos hoy y que restringe los movimientos y negocios de toda la población sin tomar en cuenta las variables de riesgo de cada cual a una estrategia de “prohibición vertical”, de intervenciones más “quirúrgicas”.

Un abordaje quirúrgico-vertical apuntaría a proteger y aislar a los más vulnerables y expuestos a perder la vida o sufrir daño a largo plazo por la infección del coronavirus y básicamente tratar al resto de la sociedad igual que cuando ocurren otras amenazas sanitarias. Eso implica, por supuesto, ser respetuosos al toser o estornudar cerca de otros, lavarse las manos frecuentemente y quedarse en casa si uno se siente mal hasta recuperarse, o recurrir al médico si la recuperación tarda en llegar.

Porque al igual que con la gripe común, la enorme mayoría de los que enfermen de Covid-19 se recuperarán en cuestión de días, un pequeño número necesitarán ser hospitalizados y un porcentaje ínfimo de los más vulnerables, lamentablemente, morirán. Como señala Katz, el elegir el abordaje horizontal de tenernos a todos en casa hasta nuevo aviso, los gobernadores e intendentes podrían estar acrecentando el peligro de contagio para los más vulnerables.

“OK”, le dije a Katz cuando lo llamé por teléfono a su casa, tras leer su artículo. “Pero ya estamos donde estamos. La mayoría de los estados y ciudades ya se han comprometido a un período de distanciamiento y aislamiento horizontal. ¿Hay forma de salir bien parados sin destruir la economía?”.

“No veo por qué no”, responde Katz. “Ahora que ya cerramos prácticamente todo, seguimos teniendo la opción de virar hacia un abordaje más focalizado. Hasta podríamos aprovechar la actual prohibición horizontal como una ventaja para pivotear hacia interdicciones más verticales, en función de las variables de riesgo”.

¿Cómo? “Con una estrategia de aislamiento de dos semanas”, dice Katz. Decirle a todo el mundo que se quede en su casa dos semanas, no indefinidamente. “Entonces, los que manifiesten síntomas deberían quedarse en autoaislamiento, con o sin testeo, tal como hacemos con una gripe”, dice Katz. Y quienes después de esas dos semanas no tengan síntomas ni sean población de riesgo, deberían poder volver a trabajar o estudiar”.

De esa forma, en dos semanas o un poco más podríamos “reiniciar” nuestra sociedad. “Saber que existe una luz al final del túnel tendría un poderoso efecto revitalizador sobre nuestro ánimo y nuestra economía. El riesgo no sería nulo, pero el riesgo de que algo salga mal nunca es nulo, incluso en épocas normales”.

Ampliar la discusión

No soy experto médico. Soy simplemente un periodista que al igual que todos tiene miedo por sus seres queridos, por sus vecinos y por la gente en general. Comparto estas ideas no porque sepa que son una cura mágica ni porque cubran todas las variables posibles. Las comparto porque estoy convencido de que debemos ampliar la discusión mientras nos reconciliamos con la endiablada decisión que debemos tomar:

O dejamos que muchos de nosotros contraigan coronavirus, se recuperen y vuelvan al trabajo, mientras hacemos lo máximo posible para que no mate a los más vulnerables. O bajamos la persiana durante meses y tratamos de salvar del virus a todos, sin importar su perfil de riesgo, y matamos a muchos otros por otros medios, al matar nuestra economía y tal vez también nuestro futuro.

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