Opinión

Carta abierta a sí mismo

Silvio Santamarina

Periodista (TEA) Letras e Historia en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es editor ejecutivo de Noticias; trabajó en Télam, revista Poder, diarios Perfil y Crítica.

viernes 20 de marzo de 2020 - 11:46 am

Columna publicada originalmente en la web de Revista Noticias

Aunque se trate de una pieza de comunicación institucional estudiada para apuntalar formalmente la conferencia de prensa del Presidente sobre la cuarentena total contra el Coronavirus, la carta abierta al pueblo argentino firmada por Alberto Fernández revela, en su letra chica, cómo se enfrenta a su destino de líder en tiempos particularmente inciertos.

“Una decisión excepcional en un momento excepcional”, define el mensaje, confesando tácitamente que a Fernández ya le cayó la ficha de que ya no hay margen para que su gestión no sea de excepción, fuera de toda zona de confort esperable. La situación de decadencia económica y ahogo financiero que recibió al asumir, sumada a la peculiar alianza de poder con su Vicepresidenta, ya le exigían cualidades extraordinarias para sobrellevar con éxito su misión. Pero la pandemia despejó cualquier tentación de hacer la plancha o de patear la pelota para adelante, y lo obliga a asumir decisiones que, para bien o para mal, pasarán a la Historia.

“Es el problema de salud más grave que hemos tenido en toda nuestra vida democrática”, asegura el Presidente en su carta, y la frase subraya un tema que aparecerá también en otro momento del mensaje: la democracia puesta a prueba, en el límite de su capacidad de respuesta sistémica a un acontecimiento que podría desbordarla. Mucho se ha hablado de la presunta ventaja mostrada por sistemas de gobierno más autoritarios en Asia para controlar rápidamente la crisis sanitaria, en contraste con la aparente ineficacia republicana europea para frenar la catástrofe del Covid-19.

Las escenas de desborde ciudadano en una estación de tren colapsada y en el ingreso a provincias y municipios por parte de argentinos haciendo turismo irresponsable mostraron qué cerca de la anomia nos puede dejar un recalentamiento de los ánimos a medida que empeore el impacto del virus en la población. Alberto Fernández tiene frescas en su memoria de político de carrera la crisis del 2001 y la que atravesó Raúl Alfonsín ante los alzamientos armados que le tocó sofocar. La resiliencia del gobierno albertista podría ser también la de la democracia argentina, ante el test más difícil de superar, con escasas herramientas materiales a disposición.

Y por esos caprichos de la historia, el virtual toque de queda sanitario está programado para culminar aprovechando el feriado que conmemora otro gran desafío nacional -con víctimas fatales, héroes y villanos-, que casualmente o no dio paso a la reapertura democrática: la guerra de Malvinas y su derrota a manos de un enemigo poderoso. Ahora a Alberto Fernández le toca otra guerra desigual, contra otro enemigo feroz, que también viene cruzando el Atlántico con ganas de matar y colonizar, con el agravante de que es invisible.

Las metáforas y comparaciones bélicas marcan el fraseo presidencial en su carta abierta. Los uniformados, sean militares, médicos o simplemente obreros de las industrias claves para la superviviencia colectiva, son los grandes héroes de este relato, donde el egoísmo es el gran traidor a la patria. Como supo confesarlo Winston Churchill, en esta guerra tampoco puede prometerse más que sangre, sudor y lágrimas: el Presidente peronista tendrá que aprender a inspirar al pueblo dando solo malas noticias. La tarea es de alto riesgo, en un país cuya capacidad de unirse en torno a un objetivo patriótico parece agrietada sin remedio. Al resentimiento fratricida que la Argentina venía padeciendo, el Coronavirus le suma el desánimo, que el Presidente califica como el otro gran enemigo invisible de esta crisis.

Ganar o perder no será simplemente una cuestión de cifras sanitarias comparadas. Se trata más bien del humor social, que no solo tendrá que afrontar el miedo y el dolor de la pandemia, sino sus consecuencias económicas todavía incalculables. No casualmente, apenas se menciona el factor económico en el extenso texto que lleva la firma del Presidente. Sí se apela a la unión de empresarios, sindicalistas, fuerzas sociales, religiosas y políticas, para “trabajar juntos para el mismo lado”: en esta utópica unidad venían insistiendo Alberto y Cristina Fernández desde la campaña electoral. Pero los primeros cien días de gobierno mostraron el fracaso inicial de esa convocatoria, en la cuenta regresiva de otro temible default de la deuda nacional. Y todo indica que la pandemia vino a empeorar las cosas. O quizá todo lo contrario, si el Presidente consigue usar el espanto para unir a los argentinos, y con esa unidad superar ambas crisis, la sanitaria y la financiera. Suena casi imposible pero, como escribe Alberto Fernández al cierre de su carta: “Somos la Argentina”.

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