Opinión

Etica y coronavirus

Jorge Fontevecchia

Cofundador de Editorial Perfil, CEO de Perfil Network.

sábado 14 de marzo de 2020 - 11:11 am

Columna publicada originalmente en Perfil

 

El ministro de Salud Pública Ginés González García quedó descolocado al decir hace solo diez días: “Estoy mucho más preocupado por el dengue que por el coronavirus”. Y considerar “innecesario tanto temor” porque “el dengue es la epidemia más grande que tiene América del Sur. Tiene 3,2 millones de enfermos, 1.500 muertos, Brasil tuvo 800 muertos el año pasado, Paraguay este año lleva más de 20 muertos, tiene un gran porcentaje de la población, incluido el presidente, enfermos. Nosotros tenemos 16 provincias con dengue y avanzando. Tampoco tenemos vacunas y tenemos un pico que todavía no llegó a su cúspide”.

Si fueran plausibles las estimaciones sobre que si no se tomaran medidas de prevención dos tercios de  la población podría llegar a contagiarse, brindadas por Angela Merkel para Alemania y tardíamente por Trump para Estados Unidos, con una tasa de mortalidad del coronavirus de 3,5% de los enfermos y una población latinoamericana de más de 600 millones de personas el problema sería infinitamente mayor que el del dengue porque en lugar de 1.500 muertos podría haber 14 millones.

Y aunque la tasa de mortalidad de 3,5% solo refleje los casos reportados sin contar un enorme grupo de los contagiados asintomático o sin requerir atención por haber sido afectados levemente, y la verdadera tasa de mortalidad fuera 1%, podrían morir 4 millones de personas en Latinoamérica si no se tomara ninguna medida de control.

Frente a esa hipótesis resulta comprensible que los gobiernos asuman medidas que pueda parecer exageradas como aislar sus países del exterior, impedir cualquier concentración de personas y hasta cerrar todos los centros educativos como decidió Macron en Francia. Pero la mayor crisis sanitaria de lo que va del siglo no es solo un problema exclusivo de salud pública.

Si Latinoamérica, por ejemplo, tuviera que quedar aislada durante todo el invierno, el costo económico podría terminar produciendo otra cantidad de víctimas mortales y representa un desafío ético de ponderación interdisciplinaria  para los gobernantes. En Italia, al no dar abasto a la cantidad de respiradores artificiales para aquella parte de los enfermos que el virus llegó a afectar sus pulmones, los médicos tiene que decidir a qué paciente prestarle esa asistencia: ¿a los más jóvenes porque tienen una posibilidad de vida útil más prolongada o a los más viejos porque tienen mayor riesgo de mortalidad sin asistencia?

Otro dilema ético se presenta en Argentina entre cerrar las escuelas para reducir contagios indirectos pero generar un desorden en la vida cotidiana de todas las familias más costos económicos y educativos difíciles de recuperar.

Extrapolándolo a todo el planeta: ¿a cuántas personas condena a la pobreza cada uno por ciento de menor crecimiento del producto bruto mundial? Y entre los muchos ejemplos puntuales: ¿qué costo tendría para el mundo la destrucción de la aeronavegación comercial si se tuviera que prolongar por muchos meses las restricciones actuales?

En esencia, es la clásica discusión sobre cuando un remedio puede o no ser más nocivo que la enfermedad, ponderaciones que no son lo mismo para un país desarrollado con resto económico que para Latinoamérica que carga con altas tasas de pobreza y enfermedades como el dengue o el sarampión. Será difícil para Ginés González García recuperar el costo reputacional que tuvo por haber subestimado el coronavirus en su merecido prestigio. Pero su deseo de reducir el temor al virus en el imaginario colectivo se puede comprender más allá de su error.

Que los italianos –y dentro de ellos, los del norte rico y no los del más pobre sur– hayan sido los más afectados de Europa, de la misma forma que los iraníes los más afectado de los países de Medio Oriente, trasciende al hecho médico. Desde el siglo I antes de Cristo la Ruta de Seda conectaba a China con la antigua Persia e ingresaba a Europa por el norte de Italia. En el siglo XIII el Marco Polo se hizo célebre con sus viajes que partiendo de Venecia lo llevaron a Mongolia y China cruzando por Persia. Pero no solo la geografía le impuso a Irán y el norte de Italia mayor tasa de contagio y muertos por coronavirus. Por un lado normas de cortesía más afectuosas y una relación con el espacio interpersonal más cercano que el sajón en el caso de los italianos, y una liturgia religiosa mandatoria que concentra multitudes en el caso de Irán, contribuyen a explicar el fenómeno.

Otro componente que altera las consecuencias del virus se relaciona con la libertad de prensa y el sistema de gobierno. Una excelente síntesis realizó el analista Claudio Fantini en la última edición de la revista Noticias exponiendo como un sistema autoritario al estilo de China puede ser más eficaz al combatir un pandemia aplicando restricciones a las libertades inadmisibles en democracias occidentales o,  lo contrario, como las dictaduras al impedir la existencia de periodismo independiente y ocultar la información retardan las medidas de prevención. El mejor ejemplo es Corea del Sur donde hay ocho mil casos de infectados con coronavirus mientras en Corea de Norte no hay ninguno siendo la distancia entre su frontera y Seúl, la capital de Corea del Sur, igual a la distancia que separa Buenos Aires de Pilar y, además, Corea del Norte comparte frontera terrestre con China. Las democracias son mejores para avisar antes pero peores para imponer después las medidas.

El coronavirus es un cisne negro que afecta no solo a la salud pública mundial sino a la economía de todo el planeta generando dilemas éticos médicos, económicos y políticos. De prolongarse podría llegar a ser tan devastador como una guerra mundial, algo inédito para la gran mayoría de los habitantes.

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