Opinión

Liderazgos en disputa

Carlos De Angelis

Sociólogo. Es docente y especializado en opinión pública. Colabora con artículos periodísticos en distintos medios.

La sociedad prefiere una conducción política orientada a lo racional, aunque esa actitud no genere los fervores del pasado

domingo 8 de marzo de 2020 - 9:40 am

Columna publicada originalmente en Perfil

Como nunca en la Argentina se han generado liderazgos políticos tan diferentes. Oficialismo y oposición se encuentran en sendas transiciones de un modelo a otro, lo que origina no pocas especulaciones sobre el futuro de la coalición de gobierno, así como en la principal fuerza de oposición.

Unidos o dominados. Siempre es útil recurrir a Max Weber, uno de los fundadores de la sociología, para revisar los tipos ideales de líderes a partir de los tipos de dominación explicados en detalle en su monumental obra Economía y sociedad (FCE, 2012). Cada tipo de liderazgo descansa en la forma que ejercen su dominación legítima.

Por dominación se entiende la “probabilidad de encontrar obediencia dentro de su grupo” (p. 170). Es la forma de ejercer poder, pero este ejercicio es legítimo porque la obediencia por parte de los demás miembros del grupo es voluntaria.

Existen para Weber tres tipos de dominación legítima que generan liderazgos específicos: 1) racional, 2) tradicional, y 3) carismática. El liderazgo racional se basa en la creencia en la legalidad instituida y en el derecho del líder a ejercer la autoridad. En otras palabras, existe un conjunto de reglas que sostiene la acción del líder racional, la sociedad reconoce el derecho a gobernar. En cambio, el líder de carácter tradicional se sostiene sobre la creencia cotidiana y colectiva del valor de las tradiciones “que rigieron desde tiempos lejanos”.  Se puede pensar en un tipo de líder religioso, pero también el líder patrimonial, típica por ejemplo en el feudalismo. Para explicar el tercer tipo de liderazgo, el carismático, vale la pena recordar la frase de Weber: “Descansa en la entrega extracotidiana a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona”. Se trata de una categoría de las más apasionantes para ser estudiadas. Como nota al pie de página, todo tipo de dominación se basa en la creencia de sus seguidores en la legitimidad de su líder.

Mil razones y una emoción. Si bien el autor alemán plantea en repetidas ocasiones que el tipo ideal no existe en su estado puro, puede afirmarse que Alberto Fernández ha mostrado en sus primeros tres meses de gobierno que su modelo de liderazgo apunta a descansar en un formato racional “con arreglo a fines”. Este formato responde tanto a sus características personales, un profesor de Derecho Penal de la Universidad de Buenos Aires con modales cuidados (excepto cuando se enoja), como al carácter argumentativo de sus explicaciones (a veces usando terminología técnica).

En este marco, también piensa que el Estado debe profesionalizarse, por ejemplo, con el retorno de los administradores gubernamentales. Su discurso inaugural en la apertura de sesiones ordinarias del Congreso Nacional lo mostró de cuerpo entero, poco expresivo, pero explicativo en las razones de su plan de gobierno y plasmando su agenda en una gran cantidad de leyes y decretos. Se puede contraargumentar que el estilo racional del Presidente constituye implícitamente una táctica de diferenciación del modelo de liderazgo de Cristina Kirchner, quien prácticamente acierta al 100% en la definición del tipo carismático.

Para Weber, quien domina mediante el carisma es a quien realmente se lo puede llamar jefe, caudillo, guía o líder, que por su acción genera una fuerte respuesta emocional tanto entre sus seguidores como en sus contrarios.

La diferenciación del estilo de liderazgo entre Alberto y Cristina no es simplemente una cuestión estética, sino que genera distintas lecturas de los hechos; por ejemplo, sobre la agria discusión de si los ex funcionarios K en prisión son presos políticos, Alberto respondió dos cosas: no hay presos políticos porque no están a disposición del PE pero sí hay detenciones arbitrarias, en tanto que para Cristina la cuestión se subsume en el lawfare, una guerra jurídica contra los gobiernos nacionales y populares de la región. Para Alberto la dicotomía es legal/no legal, para Cristina es amigo/enemigo.

El problema con el liderazgo muy volcado hacia lo carismático cuando se extiende en el tiempo es que resulta tensionante para la sociedad por generar un antagonismo creciente (la grieta), mientras que otro de los problemas que señalaba el autor ya en 1922 es la dificultad del líder carismático para encontrar su sucesor. Una posibilidad que señala es “por designación del sucesor hecha por el portador actual del carisma y su reconocimiento por parte de la comunidad” (p. 198).

Casa amarilla. En cambio, la caracterización del liderazgo de Mauricio Macri puede ser más compleja porque ha ido mutando. En sus inicios (y especialmente como jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires) planteó a su espacio como pospolítico y más allá de las ideologías, lo que parecía constituir un formato racional orientado a las cosas, pero a lo largo de su gobierno fue mostrándose más como un líder tradicional orientado a valores conservadores.

No obstante, durante la campaña electoral entre las PASO y las elecciones generales de 2019, el líder frío y distante pareció haber recibido una inyección de carisma, con los actos en las plazas al grito de “¡No se inunda más!”. Ese Macri recargado obtuvo su rédito mejorando su performance electoral. Quienes hoy disputan su liderazgo en el PRO parecen poseer otro perfil. María Eugenia Vidal se inclina hacia el modelo carismático, en su carácter de heroína moderna que fue a la provincia de Buenos Aires a enfrentarse a las mafias.

El otro contrincante interno para ocupar el sillón de Rivadavia, Horacio Rodríguez Larreta, parece retomar el contenido original del PRO, alguien alejado de la lógica de las disputas, orientado a solucionar problemas y dispuesto al diálogo “racional” y constructivo.

No es descabellado pensar que, en la hora actual, después de muchos años de confrontación, y en un contexto de alta volatilidad económica y social, la sociedad prefiera una conducción política orientada a lo racional, aunque no levante los fervores del pasado, generando un nuevo clima de época.

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