Opinión

El Gobierno ensaya la misma receta que siempre llevó al fracaso

Desalienta el comercio exterior con el aumento de las retenciones sobre las exportaciones, pese a que es uno de los pocos rubros con alto potencial de crecimiento

martes 25 de febrero de 2020 - 11:55 am

Columna publicada originalmente en Infobae.

En enero 2020 el saldo de balance comercial mostró un saldo positivo de USD 1.015 millones, casi triplicando el saldo positivo de un año antes. Sin embargo, ese fenomenal aumento del excedente de divisas no se debe a un gran incremento de las exportaciones, ya que cayeron 0,8% interanual, sino a que continuó la caída de las importaciones (16,1%), fruto de la gran recesión que golpea la economía argentina. Todos los rubros tuvieron bajas, pero el que más cayó fue piezas y accesorios para bienes de inversión, lo cual estaría mostrando la destrucción de stock de capital que está teniendo el país.

En 2019 las exportaciones habían aumentado 5,4% con relación a 2018, en gran medida gracias a que en los últimos meses del año las empresas aceleraron sus envíos de granos al resto del mundo para no caer en el aumento de los derechos de exportación. Por el lado de las importaciones, hubo una caída del 25% interanual, como resultado de la recesión, acumulan 14 meses consecutivos de retracción.

Este saldo de balance comercial positivo, no se da por las buenas razones, un aumento de las exportaciones, sino por las malas razones: la fuerte recesión interna.

Para el Gobierno, la buena noticia es que hay menos demanda de dólares para importar insumos y bienes de capital, por lo tanto existe, transitoriamente, menos presión sobre el mercado de cambios. La mala noticia es que a dos meses de haber asumido la presidencia, Alberto Fernández lejos de ponerle plata en el bolsillo a la gente, se la está sacando y lejos de encender la economía, la sigue apagando con mayor carga impositiva que hace inviable el crecimiento.

Entre las jubilaciones que caen en términos reales, salvo un par de puntos por encima de la inflación para quienes perciben valores muy próximos a la mínima, los salarios reales no recuperan toda la inflación y la inversión que brilla por su ausencia, la única opción que le queda al Gobierno para mover la economía son las exportaciones. Sin embargo, las ataca por doble vía: les atrasa el tipo de cambio real e incrementa las retenciones, al tiempo que les pone un tipo de cambio más alto para comprar insumos importados.

El gráfico muestra la evolución del tipo de cambio a pesos constantes de enero 2020 desde diciembre 2001, último mes que aun sobrevivía la convertibilidad, aunque agonizando. Actualmente está un 85,2% más alto que al comienzo de esta serie, pero desde el pico del 2002 en adelante hubo continuas caídas de la paridad en términos reales, por cepo cambiario, endeudamiento, precios de las materias primas, y una serie de factores que no fueron, justamente, el ingreso de divisas por inversiones.

Es decir, el peso nunca tendió a fortalecerse por confianza, sino que se “fortaleció” por artificios financieros y regulatorios.

Si se toma una serie larga de 50 años, se observan dos puntos muy bajos que son, el fin de la tablita cambiaria de José Alfredo Martínez de Hoz y la convertibilidad, y tres picos muy altos que son el rodrigazo, la licuación de pasivos de las empresas de 1982 y la hiperinflación de 1989.

Hasta fines de la década del 80, salvo los picos mencionados, el tipo de cambio se mantuvo en la banda equivalente a $100 a $200 actuales. Y luego transcurren 29 años en que el estuvo por debajo de los $50 de hoy, salvo el salto de 2002 en que sobrepasó levemente los $100 actuales.

Durante la convertibilidad hubo dos factores que mantuvieron el tipo de cambio estable: 1) hubo inversiones en el sector real de la economía en el rubro infraestructura por las privatizaciones y 2) por el endeudamiento.

Entrando en el presente siglo, el precio de las materias primas que más exporta la Argentina contribuyó a mantenerlo por debajo de los $50 actuales, aunque en 2011 ya se estableció el cepo cambiario a pesar de los buenos precios internacionales de la soja. En el segundo mandato de Cristina Kirchner el poroto de soja cotizó, en promedio, a USD 465 la tonelada, unos USD 508 actuales ajustado por la tasa de inflación de los EE.UU.

Se puede afirmar, entonces, que en los últimos 50 años el tipo de cambio fue utilizado como ancla para frenar la inflación, usando diferentes métodos, pero en última instancia, fue un camino que perjudicó el comercio exterior, eliminando la exportación como motor de crecimiento económico. Siempre se quiso impulsar el consumo interno como motor de la economía, obviamente por razones políticas populistas, llevando a perder participación en el comercio internacional y desincentivando la inversión.

Entre noviembre de 2019 y enero de 2020 el tipo de cambio nominal se mantuvo estable en torno a los $63, mientras que la tasa de inflación acumulada fue del 11% en ese período. Otra vez, se está usando el tipo de cambio como ancla inflacionaria, con un BCRA que sigue expandiendo la base monetaria y pisando las tarifas de los servicios públicos y de ciertos “precios cuidados” para frenar transitoriamente el aumento del IPC pero no la inflación. En definitiva, para frenar la inflación, atrasan el tipo de cambio y apuntan a un modelo de sustitución de importaciones creyendo que con eso vamos a crecer.

El gráfico anterior muestra la participación de la Argentina en el comercio mundial. Cuando fue un país abierto al mundo, las exportaciones representaban entre 2% y 3% del total. Actualmente, apenas explican 0,3%. Dicho de otras palabras, si se hubiese mantenido la participación que se registró con la apertura al mundo hoy se debería estar exportando más de USD 572.000 millones anuales, casi 8 veces el nivel del último año.

Claramente, la dirigencia política insiste en impulsar el consumo interno como motor para captar votos y lo único que están consiguiendo es no lograr ese objetivo y sí achicar cada vez más la economía.

Todos saben cómo termina la historia de pisar el tipo de cambio, las tarifas de los servicios públicos y algunos precios de la canasta familiar con déficit fiscal y sin reformas estructurales. ¿Para qué ensayar la misma receta que siempre lleva al fracaso?

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