Opinión

El federalismo de Alberto Fernández

Sergio Berensztein

Politólogo. Presidente, IPS LATAM, Tar Heel

En qué consiste el proyecto de ley de "capitales alternas" del Presidente y cómo se inscribe en la historia argentina

domingo 16 de febrero de 2020 - 8:50 am

Columna publicada originalmente en Todo Noticias

Este último miércoles, el presidente Alberto Fernández envió al Congreso un proyecto de ley para declarar “capitales alternas” a 24 ciudades, una por cada provincia que conforman la Argentina, a excepción de Buenos Aires que contará con dos en los distritos de La Matanza y General Pueyrredón (Mar del Plata).

Las ciudades fueron elegidas en acuerdo “con los gobiernos y legisladores de cada provincia”, con el objetivo de “profundizar la implementación de políticas de descentralización y federalización, acercar la gestión y los asuntos de gobierno a todo el territorio nacional”.

La propuesta había sido uno de los ejes de su campaña electoral, cuando después de las PASO expresara: “crear en cada provincia una capital alterna de la Argentina y obligar al gobierno nacional a trasladarse una vez por mes ahí, y escuchar ‘in situ’ los problemas. Porque una cosa es ver estadísticas y otra es ver y escuchar a la gente, porque uno puede entender verdaderamente la dimensión del conflicto”. En este sentido, el artículo 2 del proyecto que ingresó a la Cámara de Senadores propone la creación del Programa Gabinete Federal, “destinado a realizar reuniones entre funcionarios nacionales, representantes de las organizaciones de la sociedad civil y autoridades locales con el fin de identificar las demandas de la comunidad y articular las medidas necesarias para su satisfacción”.

Y establece que las reuniones serán convocadas por el jefe de Gabinete y que el Ministerio del Interior será la cartera encargada de coordinarlas, con una periodicidad no mayor a 30 días, a realizarse durante los próximos dos años.

El proyecto tiene como inspiración lo realizado hace casi 21 años por el entonces gobernador de la provincia de Córdoba, Juan Manuel De la Sota, cuando en julio de 1999 eligió a la ciudad de Río Cuarto para sesionar durante dos días al mes con su gabinete, convirtiéndola mediante la Ley 8.780 en la capital alterna de la provincia. Sin embargo, durante el paso de los años esto se fue diluyendo y en la actualidad, el gobernador Juan Schiaretti apenas pasa unas pocas horas en el “Imperio del Sur”.

No es la primera vez que se intentó descentralizar el país, siendo la más recordada la propuesta del presidente radical Raúl Alfonsín que proponía trasladar la Capital, de Buenos Aires a la patagónica ciudad de Viedma, conocida como el Plan Patagonia, que además de la desburocratización, impulsaría a una de las zonas menos explotadas de la Argentina. El proyecto obtuvo la aprobación del Congreso en 1987 y se creó el Ente para la Construcción de la Nueva Capital (ENTECAP), encargado de la planificación y concreción de las obras, que contemplaban la mudanza en 12 años. Sin embargo, la hiperinflación y la salida anticipada de Alfonsín en 1989 hizo que el proyecto finalmente se archivara. Años más tarde, Raúl Alfonsín lo consideró como un gran error de su gestión, admitiendo que “me tendría que haber mudado, aunque sea en carpa a Viedma. Eso hubiera cambiado todo”.

Paradójicamente cuando en 2014 finalmente se derogó la ley propuesta por Alfonsín, también crecía la idea a finales del segundo mandato de Cristina Fernández, de sacar la Capital de Buenos Aires, pero esta vez al norte del país. Impulsada por el entonces presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, proponía a la primera ciudad fundada en el país, Santiago del Estero “porque es la madre de las ciudades, está en el corazón de la Patria, es un eje estratégico entre los dos océanos y el Mercosur, por eso encarna el sueño de un país más integrado y federal”. Añadiendo en que así se “cumplirá también el sueño del General San Martín, que quería una capital lejos del puerto, y servirá para iniciar un proceso de desconcentración del conurbano. Para ello Argentina tiene que avanzar en una nueva organización del Estado y lograr un equilibrio territorial con la creación de cien nuevas ciudades en el norte”. Una vez más y sin contar con el aval de la oposición por considerar que había otros temas estructurales más apremiantes para resolver, el proyecto quedó trunco.

Ahora bien, en un mundo tan integrado como el actual, con tecnología de la información tan sofisticada, con capacidad en tiempo real de enterarse lo que pasa literalmente en todos los rincones del planeta, suponer que el federalismo depende de estos traslados del gabinete a ciudades del interior parece, al menos, ingenuo. Lamentablemente, las prácticas unitarias han degradado la institucionalidad federal en nuestro sistema institucional, tornando al federalismo en una mera expresión de deseos.

Es una realidad que no hemos podido romper esa trampa que lleva muchísimo tiempo y que no puede ser superada tan fácilmente, simplemente llevando regularmente al interior del país al gabinete (que, por cierto, casi no se reúne en Buenos Aires; si el presidente considera que no sirven esa clase de reuniones, ¿para que desplazar a todos el gobierno a sitios tan distantes?).

La elección de invocar la afirmación de Juan Bautista Alberdi en el proyecto enviado por el presidente, acerca de que “en el símbolo o escudo de armas argentinas aparece la misma idea, representada por dos manos entrelazadas formando un solo nudo sin consolidarse: emblema de la unión combinada con la independencia”, no solo denota un reconocimiento a las identidades de cada provincia y la coordinación de éstas con el Gobierno Nacional, sino que puede ser leído como un discurso “postgrietista”.

Dado que la figura de Alberdi no contaba con la simpatía de los sectores kirchneristas que preferían reivindicar a otras figuras antagónicas como la de Juan Manuel de Rosas, como ocurrió durante el último gobierno de Cristina. Pero recordemos que también el propio Alberdi cometió ciertas contradicciones en el formato que él mismo propuso (la “república posible”), que le otorga al presidente una infinidad de recursos que en la práctica debilita a los estados provinciales y lo vuelve una figura unitaria.

Es muy bienvenida esta iniciativa si se complementa con un proceso real de mejora del federalismo, incluyendo la coparticipación y un plan estratégico de infraestructura, para integrar efectivamente al país. Si queda solamente acotado a la retórica del federalismo, estaremos en presencia de otra oportunidad perdida. Asimismo, vale la pena preguntarse si no existen mecanismos más efectivos para fomentar el debate de la ciudadanía sobre los temas de interés público.

En principio, el fomento a la democracia deliberativa y el fortalecimiento de los partidos políticos como órganos fundamentales para seleccionar, ordenar y canalizar las demandas de la sociedad constituyen una alternativa muchísimo más relevante que la impulsa el gobierno. En efecto, alimentar de abajo hacia arriba la participación y creatividad de la sociedad civil parece mucho más adecuado y austero que estos viajes relámpago de burócratas que promueve el Poder Ejecutivo.

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