Política

¿Presos políticos o políticos presos?

Alberto Amato

Periodista argentino desde 1973. Su amplia trayectoria incluye haber sido corresponsal de guerra en Etiopía, Somalía y en Nicaragua.

El ex ministro Julio De Vido, ahora con prisión domiciliaria, condenado por la Justicia en primera instancia.

miércoles 12 de febrero de 2020 - 12:17 pm

Nota publicada originalmente en  Clarín

La absurda polémica sobre si los presos sospechados de corrupción son en realidad presos políticos en vez de políticos presos, no solo contamina la filosofía del Derecho, sino que enloda la larga lista de presos políticos del peronismo, en dictablandas, dictaduras o dictadurísimas, que van desde Hugo del Carril, que lo fue por cantar la Marcha Peronista, con una afinación impecable hay que decirlo, hasta Felipe Vallese, aquel joven obrero que copó junto a un embrión guerrillero un puesto aeronáutico, murió en la tortura, y “desapareció”, durante el gobierno de José María Guido, manejado por militares.

La porfía afecta en esencia sólo al peronismo y a su costado perverso, el kirchnerismo. El resto de los ciudadanos parece tener las cosas mucho más claras. La nueva grieta enfrenta a funcionarios, ministros, secretarios, abogados y adherentes del flamante gobierno de Alberto Fernández y, por supuesto, a quienes están tras las rejas o presos en sus casas. Lo más inquietante es que ha comenzado ya a cobrar vuelo una especie de “revoleo de muertos” que, en momentos de crisis de ideas, surge casi de modo espontáneo entre los contendientes: el ex ministro Julio De Vido, preso en domicilio, dijo al canciller Felipe Solá, que no cree en lo político de esas prisiones: “Vos eras gobernador cuando mataron a Kosteki y Santillán”, los dos piqueteros asesinados por el comisario de la bonaerense Alfredo Franchiotti, el 26 de junio de 2002. El desempolvar a los muertos es preludio de grandes desastres. Nadie como este país sabe de esas cosas.

La muerte del juez federal Claudio Bonadio, la pasada semana, hizo reaparecer como un espectro a la Argentina que celebra las muertes. No la veíamos desde los sangrientos días de la década del 70, aunque ahora vestía los mismos harapos morales de aquel país suicida, y se expresaba, si no con las mismas voces, con un eco anacrónico y necio. Duró poco, porque el balance político del desatino no daba dividendos. Pero se escuchó fuerte. Seguramente hay otra manera de hacer política que no sea la de invocar fantasmas del pasado. Y también hay otra manera de afrontar las responsabilidades penales que no sea la de disfrazarlas de una épica que no existe.

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