Opinión

El debate: los derechos humanos del pasado y del presente

Miguel Wiñazki

Periodista y escritor

Los derechos a la salud, a la seguridad y a la educación se han vuelto quebradizos desde hace demasiado tiempo. Es más fácil transformar el vocabulario con antojos ortográficos que cambiar la realidad

sábado 8 de febrero de 2020 - 11:20 am

Columna publicada originalmente en Clarín

 

Hay un trauma social que proviene del miedo. Una amenaza de “coronavirus” sui generis, de una peste implacable que convierte en parias a quienes no se arrodillan ante el yugo de los credos verticalistas.

Hay una ola, un movimiento refutador profundo, un “cuidado con lo que vas a decir” que todos tenemos dentro nuestro como una alerta que suena al momento de pronunciarnos sobre cuestiones que percibimos controvertidas o tomados para sí por el kirchnerismo paleolítico que pretende atesorar la verdad y solo la verdad.

Hay un patrimonialismo de la historia, una apropiación y una inquisición para quienes se animan a la disidencia con el recetario de lo que se debe pensar y decir distribuido desde el marionetismo K.

Hay un vasallaje sutil que expande un estilo acrobático del decir. Nos adiestramos para hablar sin dejar flancos vulnerables a la acusación tan temida: ¡Reaccionario! Esa espada de Damocles lingüística y política funciona y sofrena masivamente.

Hay autocensura. Es regresiva e inadecuada y nos paraliza, pero la hay.

Hay un dogmatismo que prescribe cómo tenemos que hablar, y sobre todo, cuándo y sobre qué temas es preferible callar.

El autoritarismo navega en profundidades envenenadas con temor. Brota de un subsuelo histórico autoritario, distante de la realidad y cercano a los púlpitos y a la misa política.

En la Argentina decir la verdad tiene costos elevados. Se gatilla con automatismo y disciplina militante una consecuente metralleta de insultos para quienes difieren del modelo oficial, cristinista sobre los ‘70 y sus aciagas circunstancias. Enunciar el número registrado hasta ahora y no sólo el simbólico de los desaparecidos, no es negar la mayor atrocidad de la historia argentina.

Es todo tan delirante que -al revés- de pronto adviene un negacionismo paradójico del inmenso trabajo de la CONADEP que documentó y enumeró con el auspicio del Estado los horrores cometidos. Por eso, Graciela Fernández Meijide ha dicho que “en la Argentina no hay negacionismo sobre la Dictadura”.

Hubo y hay sectores, ultras y minoritarios al día de hoy, que relativizan o incluso justifican la barbarie de los militares. Son pocos fanáticos encapsulados en su locura.

En simultáneo hubo y hay negacionismo de los crímenes de Estado de la Triple A, y también de la sangre derramada por el ERP y por Montoneros.

Persiste un tabú allí. Una interdicción. Para las metástasis de los ‘70 valen más (para muchos) los panegíricos que la realidad. Es todo tan dinámico, sin embargo, que la imposición dogmática de pronto apareció perforada desde el corazón del gobierno. Santiago Cafiero ha dicho que “no hay presos políticos en la Argentina”. De inmediato, Julio De Vido le apuntó con su guadaña afilada de lugares comunes y lo acusó -cuándo no- de empleado de la Embajada de los Estados Unidos.

En simultáneo salió la troupe de defensores de villanos alineados detrás del otrora súper operador con carnet gubernamental.

Elisabeth Gómez Alcorta, la ministro de las Mujeres, Géneros y Diversidad también se diferenció de Cafiero: “No tengo ninguna duda de que Milagro Sala es una presa política”, sentenció y aludió a cuestiones semánticas y vacíos legales.

La escena se completó cuando el gobernador Axel Kicillof se refirió a los “Docentes y docentas” para que “Nunca Más sean tomadas como enemigos”.

Alberto Fernández sonreía detrás suyo.

Es más fácil transformar el vocabulario con antojos ortográficos que cambiar la realidad.

Más allá de todas las discusiones gramaticales, ideológicas, y de las internas, la rudeza de la economía sigue castigando y viene de lejos. Entrar a un hospital público a pesar de las destrezas y de los esfuerzos de los médicos es muchas veces un calvario. Los pacientes no discuten el pasado sino el hoy, y el futuro inmediato. Aguardan curar sus males, y el bizantinismo se esfuma en una ridícula lontananza respecto de la vida cotidiana.

Los derechos a la salud, a la seguridad y a la educación se han vuelto quebradizos desde hace demasiado tiempo. No resuelven esos problemas los expertos en aparentar progresismo.

Hay una gigantesca hipocresía.

La corrupción produjo un daño terrible. Y De Vido es uno de los máximos responsables de esas exacciones masivas. La impunidad que reclama solo ahondaría más el drama que siempre produce el crimen sin castigo.

La pobreza golpea. Los remedios se encarecen. Los alimentos también a pesar de tantos cuidados y controles.

Esto no es fácil para nadie.

Una sociedad no vive de apariencias.

Porque todas las apariencias engañan.

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